Los bulbos de primavera son los que se plantan en primavera, cuando ya no hay riesgo de helada, y dan flor desde principios de verano hasta el otoño. Dalias, gladiolos, calas, begonias tuberosas, cañas de indias, nardos o liliums entran en este grupo, y todos comparten un rasgo que los separa de los bulbos de otoño: no toleran el frío bajo tierra. Por eso se plantan cuando el suelo ya se ha templado y, en zonas de invierno duro, se levantan al final de la temporada.
La clasificación en jardinería va siempre por la fecha de plantación, nunca por la de floración. Es una fuente constante de confusión, porque un bulbo de otoño florece en primavera y uno de primavera florece en verano. Si al comprar te fijas en cuándo hay que meterlo en tierra, no te equivocas.
Cuáles son los principales
Conviene precisar algo antes de la lista: en este grupo casi ninguno es un bulbo verdadero. Hay rizomas (cala, canna), cormos (gladiolo, freesia, crocosmia), tubérculos (begonia) y raíces tuberosas (dalia). En jardinería se llaman bulbos a todos porque se compran y se manejan igual, pero la diferencia importa a la hora de dividirlos.
- Dalia. Raíz tuberosa. Enorme variedad de formas de flor, que es lo que se usa para clasificarlas: pompón, cactus, decorativa, anémona, nenúfar, de collarete. Pide sol pleno y suelo fértil, y las variedades altas necesitan tutor desde el momento de plantar, no después. Cortar las flores marchitas mantiene la floración hasta el otoño.
- Gladiolo. Cormo. Vara floral con ocho o diez flores que abren en sucesión de abajo arriba, muy usada como flor cortada. Sol pleno y suelo suelto.
- Cala o lirio de agua. Rizoma. La blanca, Zantedeschia aethiopica, es semiacuática y quiere sombra y humedad constante. Las de colores, derivadas de otras especies, son más delicadas y exigen mejor drenaje.
- Begonia tuberosa. Tubérculo. La excepción del grupo en cuanto a luz: sombra luminosa y nada de sol directo.
- Caña de indias. Rizoma. Follaje grande y flores en tonos cálidos, muy resistente al calor del verano peninsular.
- Lilium. Bulbo verdadero, escamoso y sin túnica protectora, por lo que no se puede dejar secar. Quiere el bulbo fresco y la flor al sol.
- Nardo (Polianthes tuberosa). De los más perfumados que existen. Necesita calor, así que en el norte hay que darle el sitio más resguardado.
- Agapanto y crocosmia. Los dos se comportan como vivaces y, una vez instalados, aguantan años sin que haya que tocarlos.
Un apunte que corrige un error frecuente en las listas de bulbos: la peonía no es una bulbosa de primavera. Tiene raíces tuberosas con yemas, se planta en otoño y se le exige además que las yemas queden muy poco enterradas, a dos o tres centímetros como mucho, o no florece. Plantada en primavera y honda, no da flor.
Cuándo plantarlos en España
La referencia es la última helada, no una fecha del calendario. Como orientación por zonas:
- Litoral mediterráneo, Andalucía y Canarias: desde finales de febrero o principios de marzo.
- Meseta e interior peninsular: abril, y en zonas altas hasta primeros de mayo, porque las heladas tardías de abril se llevan por delante los brotes de dalias y cannas.
- Norte atlántico: marzo y abril, con menos riesgo de helada pero con suelo más frío y húmedo, así que el drenaje es aún más importante.
Se puede adelantar la floración arrancando los tubérculos en interior, en macetas, cuatro o seis semanas antes, y trasplantándolos al exterior cuando pase el peligro. Con dalias y begonias funciona bien.
Y hay una técnica que merece la pena conocer para gladiolos: plantar de forma escalonada, un lote cada dos o tres semanas desde marzo hasta junio. Cada tanda florece unos noventa días después de plantada, así que se consigue vara floral de forma continua todo el verano en lugar de tener todo el efecto concentrado en quince días.
Profundidad, distancia y preparación del terreno
La regla general sigue siendo la de dos o tres veces el diámetro del bulbo para la profundidad y una proporción parecida para la distancia. Con algunas precisiones propias del grupo:
- Dalia: de 10 a 15 centímetros de profundidad, con el cuello y las yemas hacia arriba, y de 60 a 90 centímetros entre plantas en las variedades grandes. Se clava el tutor antes de tapar, para no atravesar el tubérculo después.
- Gladiolo: de 10 a 15 centímetros, y unos 15 entre cormos. Plantado más hondo se sostiene mejor y necesita menos tutor.
- Canna: de 10 a 15 centímetros, y de 30 a 50 entre rizomas.
- Begonia tuberosa: apenas cubierta, uno o dos centímetros, con la cara cóncava hacia arriba.
- Lilium: hondo, unas tres veces la altura del bulbo, para que emita raíces del tallo por encima del bulbo.
El terreno debe estar mullido y drenar bien. En suelo arcilloso, que es lo habitual en buena parte del interior, hay que abrir hoyo ancho y mezclar arena gruesa y compost, o plantar en caballón. En maceta, un sustrato universal de calidad con un tercio de perlita resuelve el drenaje.
Estos bulbos sí son más exigentes en nutrientes que los de otoño, porque tienen que sostener una floración larga en pleno verano. Compost o estiércol maduro al preparar el terreno, y abono líquido con más potasio que nitrógeno cada quince días durante la floración.
Riego: el punto crítico en verano
Aquí está la diferencia grande con los bulbos de otoño. Aquellos florecen aprovechando la humedad del invierno y casi no piden agua; estos florecen en julio y agosto, y en el verano mediterráneo eso significa riego regular. No son plantas de jardín seco, y conviene saberlo antes de plantar cincuenta dalias en un secano.
Las pautas prácticas:
- Riego profundo y espaciado antes que superficial y diario. Se busca que el agua llegue a la zona del bulbo, no que moje los primeros centímetros.
- Al pie y a primera o última hora del día, sin mojar el follaje.
- Acolchar con corteza, paja o restos de siega secos. En verano reduce mucho la evaporación y mantiene el suelo más fresco, que es justo lo que agradecen liliums y calas.
- Ninguno tolera el encharcamiento. La podredumbre del bulbo empieza por ahí y no tiene arreglo.
- Las calas son la excepción: aguantan suelo permanentemente húmedo y viven incluso con la maceta dentro de un estanque.
Al terminar la temporada
Cuando el follaje amarillea se van suspendiendo los riegos y se deja secar la parte aérea, que es cuando el bulbo rehace sus reservas. A partir de ahí, la decisión depende de la zona:
En clima suave, litoral mediterráneo, sur y Canarias, la mayoría se pueden dejar en el suelo. Cannas, calas, agapantos, crocosmias y muchas dalias pasan el invierno sin problema si el terreno no se encharca, que suele ser el factor limitante más que el frío.
En el interior y en zonas de heladas fuertes, se levantan. El procedimiento es siempre el mismo: se extraen con cuidado cuando la parte aérea está seca, se limpian de tierra, se cortan los restos de tallo, se dejan secar unos días a la sombra en sitio aireado y se guardan en cajas con turba seca, arena o viruta, en un lugar oscuro, seco y fresco pero sin heladas. Conviene revisarlos a mitad de invierno y descartar los que estén blandos o con moho.
El momento de guardarlos es también el bueno para multiplicar: las dalias se dividen dejando al menos una yema del cuello en cada trozo, porque una raíz tuberosa sin yema no brota; los rizomas de canna y de cala se parten dejando dos yemas por porción; los cormos de gladiolo producen cormillos alrededor que se separan y se plantan aparte, aunque tardan un par de años en dar flor.
En resumen
Los bulbos de primavera se plantan cuando ha pasado el riesgo de helada, entre finales de febrero en el sur y mayo en zonas altas, y dan flor desde el comienzo del verano hasta el otoño. Casi ninguno es un bulbo verdadero: son rizomas, cormos, tubérculos y raíces tuberosas, y esa diferencia decide cómo se dividen.
Lo que más condiciona el resultado en España es el agua: florecen en el peor momento del año y necesitan riego regular y acolchado, aunque nunca encharcamiento. Al final de la temporada, en clima suave se quedan en el suelo y en el interior frío se levantan y se guardan en seco. Puedes ver también los bulbos de otoño y los bulbos de verano.