Cuando alguien dice hortensia casi siempre está pensando en Hydrangea macrophylla, la de las bolas azules y rosas de los jardines del norte. Pero el género Hydrangea reúne unas cuarenta y cinco especies de arbustos, arbolitos y trepadoras, en su mayoría de hoja caduca, originarias del este y sureste de Asia y de América, y varias de ellas resuelven situaciones donde la macrophylla fracasa: pleno sol, suelo calizo, sequía relativa o inviernos duros.
Elegir la especie adecuada es la decisión que más condiciona el resultado, mucho más que el cultivar concreto o el color. De ella dependen el tamaño de la mata, la tolerancia al sol y a la cal, la resistencia a la helada tardía y, algo muy práctico, cómo y cuándo hay que podar. Aquí repasamos qué es cada una y para qué sirve; los cuidados están en la segunda parte y las especies menos habituales, en la tercera.
Hay cultivares de hortensia cuyas florecillas combinan dos tonos y cambian de tonalidad varias veces a lo largo de la floración.
Lo que llamamos flor no es la flor
Merece la pena entenderlo porque explica muchas cosas. En una corola de hortensia hay dos tipos de florecillas. Las fértiles son diminutas, poco vistosas y producen néctar y polen. Las estériles son las grandes y llamativas, y lo que parecen pétalos son en realidad sépalos, que por eso duran meses sin marchitarse y aguantan la lluvia sin deshacerse.
Esa duración es la gran virtud de la planta. Una hortensia está atractiva desde principios del verano hasta bien entrado el otoño, y las corolas secas siguen dando juego en la mata durante el invierno, con la escarcha encima. En esa línea van también las plantas que mueren bellamente.
Cabeza de mopa y cofia de encaje
Dentro de Hydrangea macrophylla y Hydrangea serrata hay dos formas de inflorescencia con nombres tomados del inglés que se usan tal cual en jardinería.
Las mophead, cabeza de mopa, son los corimbos redondos y densos, formados casi por completo por florecillas estériles. Son las clásicas bolas de color macizo, las más vistosas y las más pesadas: con la lluvia se vencen y arrastran las ramas.
Las lacecap, cofia de encaje, son planas y mucho más ligeras. En el centro llevan un cojín de florecillas fértiles diminutas, rodeado de una corona de florecillas grandes estériles. Tienen dos ventajas sobre las anteriores: aguantan mejor el temporal y, al conservar flores fértiles, atraen abejas y otros polinizadores.
La tercera forma es la panícula, un cono alargado propio de Hydrangea paniculata y de Hydrangea quercifolia, de aspecto más ligero y silvestre y, en el caso de la paniculata, con un ligero perfume.
Las especies y para qué sirve cada una
Hydrangea macrophylla. La clásica, de hoja grande, brillante y dentada. Es la que da la mayor gama de color y la única, junto con la serrata, cuyas flores viran de azul a rosa según el pH del suelo (lo tratamos en el color de las hortensias). También es la más exigente: quiere sombra en clima cálido, agua constante y suelo ácido, y sus yemas de flor las estropea una helada tardía. Florece sobre la madera del año anterior.
Hydrangea serrata. Japonesa como la anterior, de hoja más estrecha y con el margen aserrado, tallos finos y porte más compacto. Sólo da corolas lacecap. Por tamaño es la mejor de la familia para jardines pequeños y para maceta, y su color también depende del pH.
Hydrangea paniculata. La más resistente de todas y la que mejor encaja fuera del norte. Tolera bastante más sol, más frío y más cal que la macrophylla, y su color no depende del suelo. Panículas cónicas blancas, crema o verdosas que se vuelven rosadas al envejecer. Florece sobre la madera del año, así que se poda fuerte al final del invierno.
Hydrangea arborescens. Norteamericana, de corimbos casi esféricos, blancos o verdosos, sobre tallos delgados que se vencen con el peso. Su cultivar más difundido produce masas de luz blanca que en un rincón de sombra resultan espectaculares. También florece sobre madera nueva y se poda severamente en invierno.
Hydrangea quercifolia. La hortensia de hoja de roble, del sureste de Estados Unidos. Vale por tres motivos: panículas blancas que rosan al envejecer, hojas grandes y lobuladas que en otoño se ponen rojo vino, y mejor tolerancia al calor y a la sequía que la macrophylla. Florece en madera vieja y casi no se poda.
Hydrangea aspera. Un arbustazo que llega a los tres metros, de hojas grandes con tacto afelpado y corolas lacecap moradas y lilas. Necesita sitio y resguardo, y es de las más originales del género.
Hydrangea petiolaris. La trepadora, asiática, que se sujeta con raíces adventicias como la hiedra y puede cubrir diez metros de muro. Corimbos blancos de encaje, ligeramente perfumados, y follaje que amarillea en otoño. Es lenta al principio y luego imparable. Su orientación es el norte.
Cómo usarlas en el jardín
El emplazamiento de manual es al pie de árboles caducos, donde reciben sombra ligera en verano y luz en primavera, y donde el suelo suele ser fresco y rico en materia orgánica. Con abedules, arces o robles jóvenes el conjunto funciona muy bien. También en las inmediaciones de un estanque o de un curso de agua.
Como compañeras naturales están las demás acidófilas, que piden lo mismo: camelias, rododendros, azaleas, pieris, kalmias y arces japoneses. En un jardín de tierra ácida del norte esa es la paleta obvia, y hay más ideas en un jardín de acidófilas.
Con vivaces también combinan, siempre que no queden invadidas: hemerocallis, astilbes, phlox, persicarias y helechos. La paniculata, por su porte esbelto y ligero, es la que mejor se mezcla en una bordura mixta, colocada en la parte trasera como telón de fondo de plantas más bajas y de floración más temprana. También convive bien con rosales.
Un recurso de diseño que funciona siempre: hortensias blancas contra un seto perenne de follaje oscuro. El contraste hace que las corolas parezcan iluminadas desde dentro, y en sombra es de los pocos efectos que dan luz de verdad a un rincón.
En maceta y en interior
Todas las de porte contenido viven bien en tiesto, lo que permite tenerlas en terrazas y patios de cualquier punto del país controlando el sustrato y el riego. Las serrata y las macrophylla compactas son las indicadas.
Dentro de casa son plantas de temporada, no de interior permanente: necesitan un sitio fresco, muy luminoso y sin calefacción cerca, y en cuanto pasa la floración lo suyo es sacarlas fuera. Hay más sobre esto en un jardín de hortensias de puertas adentro.
La floración, mes a mes
En el jardín, las hortensias brotan tras la poda de finales de invierno y no enseñan nada hasta bien entrada la primavera. El grueso de la floración va de junio a septiembre según la zona, y en la cornisa cantábrica se prolonga con facilidad hasta octubre.
Las que se ven en flor en marzo en los viveros son ejemplares forzados en invernadero, adelantados varios meses respecto a su ciclo natural. Conviene saberlo para no comparar: una planta de jardín en marzo está sacando hojas, no flores, y eso es lo normal.
Pasada la floración, las corolas no se caen. Se van secando en la mata, virando a verdes, pardos y granates, y muchos jardineros las dejan puestas todo el invierno, tanto por su aspecto como porque protegen del frío las yemas que están debajo.
En resumen
Hortensia no es una planta sino un género con especies muy distintas entre sí. La macrophylla es la más vistosa y la más exigente, la serrata es su versión compacta para jardín pequeño, la paniculata es la resistente que aguanta sol, frío y algo de cal, la arborescens es la de las bolas blancas para sombra, la quercifolia suma otoñada de color y la petiolaris cubre muros al norte.
Todas comparten la afición a la sombra ligera, al suelo fresco y rico y al agua abundante, y todas ofrecen una floración larguísima que se prolonga en seco durante el invierno. Los cuidados concretos y la poda, que cambia radicalmente de una especie a otra, están en la segunda parte.