Fuera de la Hydrangea macrophylla de toda la vida hay cinco hortensias que se ven poco en los jardines españoles y que en muchos casos son mejores opciones: aguantan más sol, más frío o más cal, no dependen del pH para dar su color y algunas piden mucha menos agua.

Aquí van sus fichas, con lo que las diferencia y dónde encaja cada una. Los cuidados comunes a todo el género están en la segunda parte, y la descripción general de las especies, en la primera.

La Hydrangea arborescens ‘Annabelle’ es la gran protagonista de este jardín, creado por Íñigo Segurola y Juan Iriarte en una villa privada de San Sebastián.

Hydrangea arborescens: bolas blancas para la sombra

Originaria del este de Estados Unidos, fue la primera hortensia que llegó a los jardines europeos, en el siglo XVIII, mucho antes que las asiáticas que hoy dominan el mercado.

Sus corimbos son casi esféricos, más pequeños y redondos que los de la macrophylla, de un blanco inmaculado que a veces tira a verdoso, sobre hojas grandes, anchas, de un verde medio y acabadas en punta. La mata alcanza alrededor de metro y medio, con tallos delgados que se inclinan bajo el peso de las cabezas, sobre todo después de una tormenta. El cultivar ‘Annabelle’ es el que ha popularizado la especie.

Dónde va bien: es la reina de los rincones de sombra. Plantada en masa contra un fondo oscuro de setos o de arbolado, produce un efecto de luz blanca que ninguna otra planta de sombra iguala. Vive muchos años y es muy resistente al frío.

Poda: florece sobre la madera del año, así que se rebaja con fuerza al final del invierno. Cuanto más severa es la poda, más grandes salen las cabezas florales y más se vencen los tallos, así que una poda algo más moderada da flores más pequeñas pero una mata que se sostiene mejor.

Hydrangea paniculata: la más resistente

Si hay una hortensia para el que no vive en la cornisa cantábrica, es esta. Tolera bastante más sol, más frío y más sequía que la macrophylla, y su color no depende del pH del suelo, así que en terreno calizo se comporta sin los problemas de las otras.

Sus corolas son panículas cónicas de florecillas pequeñas, generalmente blancas o de un tono verdoso, que al envejecer viran a rosados y granates. Hay cultivares en los que las flores de la base se ponen rosa fuerte mientras las de la punta siguen blancas, y otros que pasan del crema al fresa. Son además ligeramente perfumadas, algo raro en el género.

La planta es esbelta, de tallos gráciles y hojas ovales acabadas en punta, y en algunos cultivares el follaje toma tonos rojizos en otoño. Las panículas secas aguantan estupendamente el invierno en la mata y también valen para arreglos secos.

Dónde va bien: al fondo de una bordura mixta, como telón de fondo de plantas más bajas, mezclada con vivaces o con rosales, o formada como arbolito de un solo tronco, cosa que admite bien.

Poda: florece sobre la madera del año. Poda fuerte al final del invierno para forzar tallos nuevos y vigorosos. Algunos cultivares de floración muy temprana sólo admiten recortes ligeros.

Hydrangea quercifolia: hoja de roble y otoño de fuego

Nativa del sureste de Estados Unidos, es la única hortensia que aporta cuatro estaciones de interés. En verano da panículas blancas, simples o dobles, que van tomando un tono rosado al envejecer. En otoño sus grandes hojas lobuladas, muy parecidas a las del roble, se tiñen de rojo vino y granate. Y en invierno queda la corteza, que se exfolia en tiras canela.

La mata es alta y redondeada, y sirve también para setos informales. Tolera el calor y la sequía bastante mejor que la macrophylla, lo que la hace interesante en zonas donde esta lo pasa mal, siempre que el suelo no sea muy calizo.

Poda: florece sobre madera vieja, así que prácticamente no se poda. Como mucho, retirar las corolas al morir la flor. Si el frío ha dañado ramas, se recortan ligeramente al principio de la primavera.

Hydrangea aspera: follaje afelpado y flores moradas

La más original del género y una de las menos vistas. Sus hojas son grandes, de verde oscuro, con la superficie rugosa y un tacto claramente afelpado. Las corolas son lacecap: un cojín central de florecillas fértiles moradas y nectaríferas rodeado de unas pocas estériles de tono lila.

Forma matas frondosas que pueden llegar a los tres metros de alto y otro tanto de ancho, así que necesita sitio. Requiere resguardo del viento, que le estropea el follaje, y sombra parcial. Tolera algo mejor que la macrophylla los suelos con presencia de cal. Hay cultivares con matices rojizos en la hoja.

Poda: florece sobre madera vieja. Al final del invierno basta con eliminar las cabezas florales cortando por encima del primer par de yemas.

Hydrangea petiolaris: la hortensia trepadora

Trepadora asiática de hoja caduca que se sujeta sola a un muro o al tronco de un árbol mediante raíces adventicias, como la hiedra, sin necesidad de alambres ni celosías. Puede cubrir entre tres y diez metros de altura, y con el tiempo más.

Produce grandes corimbos blancos de encaje, nectaríferos y con un aroma ligero y limpio, que destacan sobre el verde oscuro del follaje. En otoño las hojas se vuelven doradas antes de caer, y en invierno queda la estructura de ramas y la corteza exfoliante, que tiene su interés. Hay cultivares de hoja variegada.

Dónde va bien: es de las poquísimas trepadoras con flor que funcionan de verdad en una pared orientada al norte. Ese es su sitio. También sirve como tapizante en pendientes umbrías, extendiéndose por el suelo.

Paciencia: es lenta los dos o tres primeros años, mientras forma raíz, y muchos jardineros la dan por perdida antes de que arranque. A partir de ahí crece con fuerza y llega a ser voluminosa y pesada, cosa a tener en cuenta al elegir el soporte.

Poda: no la necesita, salvo para contenerla, y en ese caso justo después de la floración o al final del invierno.

Se le parecen mucho dos trepadoras emparentadas, Schizophragma hydrangeoides y Schizophragma integrifolium, que se comportan de forma similar y en las que cada flor estéril luce una sola bráctea grande en lugar de varias.

Hydrangea serrata: la de jardín pequeño

Japonesa como la macrophylla, y tan próxima a ella que algunos botánicos las tratan como una sola especie. Se distingue por sus hojas más alargadas y de margen aserrado, de donde le viene el nombre, y por sus tallos más finos y su porte más contenido.

Sólo produce corolas lacecap, de aspecto delicado, con florecillas simples o dobles en blanco, azulado o rosa fuerte. Como en la macrophylla, el color depende del pH del suelo y de la disponibilidad de aluminio, según se explica en el color de las hortensias.

Su tamaño moderado la convierte en la mejor opción del género para jardines pequeños, patios y macetas, y su flor ligera aguanta mucho mejor la lluvia que las bolas macizas de la macrophylla. Algunos cultivares añaden buen color de otoño en la hoja.

Poda: florece sobre madera vieja, poda muy ligera al final del invierno.

Cuál elegir según el jardín

Para un jardín de sombra en el norte, con tierra ácida, la arborescens por las masas de blanco y la aspera si hay espacio. Para clima mediterráneo, interior peninsular o suelo con algo de cal, la paniculata con diferencia, y la quercifolia como segunda opción si el terreno no es muy calizo. Para una terraza o un patio pequeño, la serrata. Y para un muro al norte que no sabe uno qué hacer con él, la petiolaris.

En resumen

La macrophylla no es la única hortensia ni siempre la mejor. La paniculata y la arborescens florecen sobre madera nueva, admiten poda severa y son mucho más tolerantes, la primera con el sol y la cal y la segunda con el frío y la sombra. La quercifolia añade otoñada y corteza, la aspera aporta un follaje y un color de flor únicos, la serrata resuelve los espacios pequeños y la petiolaris cubre muros al norte sin ayuda.

Todas comparten el gusto por el suelo fresco y rico y por la sombra ligera, pero se separan en dos grupos a la hora de podar, y equivocarse ahí cuesta una temporada entera de flores. Ese detalle, más que el color, es lo que conviene comprobar antes de comprar cualquiera de ellas.


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