El aloe vera dejó de ser una liliácea hace ya bastantes años, aunque la etiqueta siga circulando. Las liliáceas de la clasificación antigua eran un cajón enorme donde cabía casi cualquier monocotiledónea con seis tépalos, y los estudios moleculares de las últimas décadas lo desmontaron pieza a pieza. Hoy el género Aloe está en la familia Asphodelaceae, subfamilia Asphodeloideae, dentro del orden Asparagales, en compañía de los gasterias, los haworthias y el gamón de nuestros pastos.

El nombre correcto de la planta es Aloe vera (L.) Burm.f., y Aloe barbadensis Miller es un sinónimo posterior que todavía se usa mucho en el comercio y en el etiquetado de cosmética. Es una suculenta originaria de la península arábiga, probablemente del sur de Omán y Yemen, naturalizada hoy en todas las zonas cálidas del planeta, incluidas Canarias, Almería y Murcia, donde se cultiva a escala comercial.

Roseta de Aloe vera con hojas carnosas verdes y dientes en el margen

Cómo distinguir el aloe vera del resto

Con más de quinientas especies en el género y un buen puñado de plantas parecidas de otras familias, la confusión es constante y a veces importa.

PlantaHojaMargenPorteSeñal definitiva
Aloe veraGruesa, verde grisáceo, sin manchas en adultoDientes blandos, blanquecinos y separadosRoseta sin tronco, 40-60 cmAl cortar sale gel transparente y jugo amarillo en el borde
Aloe maculataCon manchas blancas alargadas muy marcadasDientes pardos y durosRoseta baja y abiertaLas manchas persisten toda la vida
Aloe arborescensEstrecha, curvada, verde azuladoDientes muy juntos y pronunciadosArbustivo, con tronco, hasta 3 mRamifica y forma mata leñosa
AgaveRígida, fibrosa, no jugosaEspinas duras y una púa terminalRoseta grande y simétricaAl cortar suelta savia acuosa e irritante, no gel

Las plantas jóvenes de Aloe vera sí tienen manchas claras y hojas más abiertas, y por eso se confunden con Aloe maculata; a partir de los dos o tres años pierden el moteado y la roseta se cierra. Tenemos más señales en cómo distinguir el verdadero aloe vera y en cómo diferenciar el aloe y el agave, una distinción que conviene tener clara porque la savia del agave sí es irritante para la piel.

Las tres capas de una hoja

Un corte transversal de una hoja de aloe muestra tres zonas bien diferenciadas, y confundirlas es el origen de casi todos los equívocos sobre esta planta.

La epidermis es la piel exterior, dura, verde y cerosa, con muy pocos estomas y una cutícula gruesa que reduce la pérdida de agua.

La capa de látex viene justo debajo, en forma de un anillo de células situadas junto a los haces conductores. Es un líquido amarillo, amargo y pegajoso, conocido como acíbar, que rezuma en cuanto se corta la hoja. Contiene derivados hidroxiantracénicos, principalmente aloína, y es la parte responsable del efecto laxante que dio fama a la planta durante siglos. También es la parte con problemas de seguridad, y volvemos a ello más abajo.

El parénquima central es la masa gelatinosa translúcida que ocupa casi todo el interior, con un 98 o 99 por ciento de agua y el resto polisacáridos, sobre todo acemanano, además de enzimas y minerales. Es lo que la industria llama gel de aloe.

Cuando en un envase pone gel de aloe, debería referirse solo a la tercera capa, obtenida separando el parénquima y descartando el látex. Cuando pone extracto de hoja entera, incluye también la segunda. La diferencia no es cosmética. Hay un artículo dedicado a cómo cortar las hojas de aloe vera.

Respira de noche, y eso cambia cómo se riega

El aloe practica el metabolismo ácido de las crasuláceas, conocido por sus siglas en inglés, CAM. En lugar de abrir los estomas de día como la mayoría de las plantas, los mantiene cerrados bajo el sol y los abre de noche, cuando el aire está más fresco y húmedo. Fija entonces el dióxido de carbono en forma de ácido málico, lo almacena en las vacuolas y lo libera al día siguiente para fotosintetizar con los poros cerrados.

Esa estrategia le permite perder una fracción mínima del agua que perdería una planta convencional, y explica su comportamiento en maceta. Un aloe no consume agua a la velocidad de un geranio ni de lejos, y por eso el riego que a otras plantas les parece escaso a él le sobra. También explica que tolere el calor extremo mejor que la humedad ambiental permanente.

Cuánta agua, cuándo, y qué pasa si te pasas

La regla es regar a fondo y con mucho espacio entre riegos. Se empapa el sustrato hasta que salga agua por el drenaje, y no se vuelve a tocar hasta que la maceta esté completamente seca por dentro, no solo en superficie. En verano, en exterior, eso suele ser cada diez o quince días; en invierno, en una habitación fresca, puede ser una vez al mes o ninguna.

Por debajo de 10 grados el aloe entra en reposo y deja de absorber agua. Regar un aloe frío es la forma más rápida de perderlo, porque el agua se queda en el sustrato y las raíces se pudren sin defensa.

Los síntomas se leen bien y son opuestos entre sí. Le falta agua cuando las hojas se afinan, se arrugan longitudinalmente y se curvan hacia dentro, manteniendo la firmeza al tacto: se recupera en dos días tras un riego. Le sobra agua cuando las hojas se vuelven blandas, translúcidas y amarillentas empezando por las de abajo, y la base huele mal al tirar de ellas. Ese segundo cuadro no se arregla regando menos: hay que sacar la planta, cortar las raíces podridas, dejar secar el cepellón un par de días al aire y replantar en sustrato nuevo. En cómo recuperar una planta de aloe vera está el procedimiento completo.

Sol: bronceado y quemadura

Quiere mucha luz, pero la exposición se hace por etapas. Una planta que ha vivido dentro de casa y se saca de golpe a pleno sol de junio se quema: aparecen manchas blanquecinas o pardas, secas y hundidas, que no se recuperan nunca. La aclimatación se hace a lo largo de dos o tres semanas, empezando por sombra luminosa y aumentando poco a poco.

Un aloe bien expuesto adquiere tonos rojizos o cobrizos en los bordes y en las puntas. Eso no es una quemadura: es acumulación de pigmentos protectores, el equivalente vegetal de un bronceado, y es señal de una planta que recibe luz suficiente. Un aloe de un verde intenso y hojas alargadas, blandas y separadas está pidiendo más luz.

Sustrato y maceta

La mezcla adecuada lleva al menos la mitad de material mineral: una parte de sustrato para cactus o de turba, una de arena gruesa de río o gravilla, y una de perlita o puzolana. Los sustratos universales solos retienen demasiada agua para esta planta.

La maceta debe tener agujeros, ser preferiblemente de barro, que transpira, y no ser demasiado grande. Un aloe en una maceta enorme tarda semanas en secar el volumen de sustrato y ahí es donde empiezan los problemas. Se trasplanta cuando la roseta llena el diámetro del tiesto, cada dos o tres años, en primavera.

De frío aguanta bajadas puntuales a 2 o 3 grados bajo cero si el sustrato está seco, y muere con heladas mantenidas. En el litoral mediterráneo y en Canarias vive en el jardín todo el año; en el resto de España, maceta y entrada a cubierto en noviembre.

Hijuelos: la única multiplicación que funciona

Aquí hay que desmontar una idea muy extendida: una hoja de aloe cortada y plantada no enraíza. Al contrario que en la mayoría de las suculentas de hoja carnosa, donde un fragmento genera una planta nueva, la hoja de aloe tiene tanta agua y tan poca capacidad de formar raíces adventicias que lo que hace es pudrirse. No importa cuánto tiempo se deje cicatrizar antes.

Lo que sí funciona son los hijuelos, esos brotes que salen de la base de una planta madura. Se separan en primavera, cuando tienen al menos 8 o 10 centímetros y tres o cuatro hojas propias, sacando el cepellón entero y cortando la unión con un cuchillo limpio. Se deja secar el corte tres días a la sombra y se plantan en sustrato ligero, sin regar la primera semana. Prenden casi todos. El detalle está en cómo reproducir el aloe vera.

Por qué no florece

El aloe vera florece en un racimo alto, de hasta 90 centímetros, con flores tubulares amarillas colgantes, entre finales de invierno y primavera. Es habitual que nunca ocurra en una planta de interior, y las razones son tres y concurrentes.

La primera es la edad: no florece antes de los cuatro o cinco años. La segunda es la luz: en interior, incluso junto a una ventana, la intensidad es una fracción de la exterior, y sin ese nivel no se induce la floración. La tercera es la falta de un invierno de verdad: la planta necesita un periodo fresco, entre 8 y 14 grados, y seco, de al menos dos meses. Un aloe en un salón calefactado a 21 grados todo el año no tiene ninguna señal estacional.

La combinación que funciona es sacarlo al exterior de abril a noviembre y dejarlo invernar en una galería o terraza acristalada fresca, sin riego.

Gel, acíbar y lo que decidió la Unión Europea

Conviene separar los dos usos, porque el estado de la evidencia y del marco legal es muy distinto.

Aplicación externa del gel. Existen estudios sobre su uso tópico en quemaduras superficiales, heridas y algunas dermatosis, con resultados que apuntan a un efecto modesto sobre el tiempo de cicatrización. La calidad metodológica de buena parte de esa literatura es limitada, con muestras pequeñas y preparaciones no estandarizadas, de modo que se puede decir que hay indicios razonables y no que esté demostrado. Puede provocar dermatitis alérgica de contacto en personas sensibles, y no debe aplicarse sobre quemaduras profundas ni heridas abiertas, que requieren atención sanitaria.

Consumo por vía oral. Aquí el asunto cambió de forma sustancial. Los derivados hidroxiantracénicos del látex, entre ellos la aloína y la aloe-emodina, son laxantes potentes y también compuestos sobre los que se acumularon dudas de genotoxicidad. En 2021, el Reglamento (UE) 2021/468 prohibió el uso en alimentos y complementos alimenticios de aloe-emodina, emodina, dantrona y de las preparaciones de hoja de Aloe que contengan derivados hidroxiantracénicos. A eso se suman los estudios del Programa Nacional de Toxicología estadounidense que hallaron evidencia de actividad carcinogénica en ratas alimentadas con extracto de hoja entera no decolorado.

Lo que se comercializa legalmente hoy en alimentación son preparados de gel purificado y decolorado, con el látex eliminado. Por ese motivo aquí no hay indicaciones de cantidades ni de formas de preparación doméstica, y por el mismo motivo conviene ser prudente con las recetas caseras que circulan: la separación limpia entre gel y látex no es trivial fuera de una planta industrial.

Añade a eso las interacciones: un laxante antraquinónico provoca pérdida de potasio, lo que puede agravar los efectos de la digoxina, de los diuréticos y de los corticoides; hay además datos de efecto hipoglucemiante que aconsejan precaución con antidiabéticos. Cualquier decisión sobre tomar aloe se consulta con el médico o el farmacéutico.

Con perros y gatos en casa

El aloe está incluido en los listados de plantas tóxicas para perros y gatos, y el responsable es de nuevo el látex, no el gel. Un animal que muerda una hoja puede presentar vómitos, diarrea, letargo y orina de color anómalo. La cantidad necesaria no es grande en un gato pequeño.

Como esta planta se coloca a menudo en repisas de cocina y baños, donde los gatos suben, merece la pena situarla donde no llegue. Puedes consultar la lista general en plantas tóxicas para gatos.

En resumen

Aloe vera (L.) Burm.f. ya no es una liliácea: pertenece a las Asphodelaceae. Es una suculenta arábiga de metabolismo CAM, con los estomas abiertos de noche, que exige riego abundante pero muy espaciado y nada de agua por debajo de 10 grados. Se aclimata al sol por etapas y responde con tonos rojizos, que son bronceado y no quemadura. No se multiplica por hoja, que se pudre siempre, sino por hijuelos separados en primavera. Florece a partir de los cuatro años si pasa un invierno fresco y seco al exterior. Su hoja tiene tres capas, y la intermedia, el látex amarillo con aloína, es la que está restringida en alimentación en la Unión Europea desde 2021; el gel central, para uso externo, tiene indicios razonables de utilidad y ninguna certeza. Y es tóxico para perros y gatos.


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