Un hígado que funciona de otra manera: ahí empieza la explicación de por qué el gato aparece una y otra vez en las listas de intoxicaciones vegetales y el perro que vive en la misma casa, con las mismas macetas, no. No es que el gato sea más curioso ni más torpe. Es que procesa determinadas moléculas peor que casi cualquier otro mamífero doméstico, y encima tiene una costumbre —lamerse el pelo varias horas al día— que convierte un roce con una hoja en una dosis por vía oral.

Este artículo explica esa fisiología y lo que se deduce de ella. Para la lista ordenada por gravedad, con qué plantas mandan al veterinario de urgencia y cuáles solo provocan un mal rato, está el artículo de plantas peligrosas para las mascotas, donde también figura el teléfono del Instituto Nacional de Toxicología.

Gato junto a una maceta en el interior de una vivienda

La enzima que al gato le falta

Cuando un mamífero absorbe una sustancia extraña, el hígado la transforma en dos fases. La primera la oxida; la segunda le pega una molécula grande que la vuelve soluble en agua para que salga por la orina o por la bilis. Una de las vías principales de esa segunda fase es la glucuronidación, a cargo de una familia de enzimas llamada UDP-glucuronosiltransferasa, abreviada UGT.

El gato doméstico, Felis catus, tiene esa familia enzimática empobrecida. Varios de sus genes UGT son pseudogenes: están en el genoma pero no producen enzima funcional. Se interpreta como una consecuencia evolutiva de un linaje estrictamente carnívoro, que durante millones de años apenas se topó con los compuestos defensivos que abundan en hojas, cortezas y frutos. Un animal que come carne no necesita un hígado especializado en desmontar química vegetal.

La consecuencia práctica es sencilla de enunciar y de peso: compuestos que un perro o una persona eliminan en unas horas, el gato los retiene mucho más tiempo. La misma cantidad por kilo de peso alcanza en sangre concentraciones más altas y las mantiene. Es exactamente el motivo por el que el paracetamol, inofensivo a dosis normales en humanos, resulta letal en gatos con cantidades pequeñas, y el mismo mecanismo que explica su sensibilidad a determinados grupos de moléculas vegetales.

Conviene decir también qué no explica esta carencia. Hay toxinas que no dependen de la glucuronidación en absoluto y que son peligrosas para cualquier animal: los glucósidos cardiotónicos de la adelfa, la ricina de las semillas de ricino, los cristales de oxalato cálcico de las aráceas. Ahí el gato no está en desventaja fisiológica; simplemente comparte el riesgo con el resto de la casa.

El acicalado convierte el contacto en ingestión

La segunda pieza es conductual. Un gato adulto dedica una parte considerable de sus horas de vigilia a lamerse, y esa lengua rasposa recorre lomo, patas, cola y cara. Todo lo que se le haya quedado adherido al pelo termina en la boca.

Eso rompe la lógica habitual de la prevención. Con la mayoría de los animales basta con que no muerdan la planta; con el gato hay que contar además con que la roce. Un felino que se frota contra una maceta, que atraviesa un macizo del jardín o que se sienta bajo un ramo recién comprado arrastra polen, savia y restos de hoja, y se los come media hora después mientras se asea.

De ahí salen tres precauciones que no aparecen en las listas convencionales de plantas prohibidas:

  • Cuidado con la savia que gotea. Al podar una Euphorbia, una Ficus o una Dieffenbachia, el látex cae al suelo y al mueble. Limpia antes de dejar al gato entrar en la habitación.
  • El polen viaja. Un ramo colocado alto sigue soltando polen que cae sobre superficies por las que el gato pasa.
  • El agua del jarrón cuenta como ingestión. Muchos gatos prefieren beber de un vaso o de un florero antes que de su cuenco.

El Lilium, el caso extremo

Los lirios verdaderos del género Lilium y las azucenas de un día del género Hemerocallis son el ejemplo que mejor ilustra hasta dónde llega el problema. Provocan en el gato una necrosis tubular aguda: el riñón deja de filtrar en cuestión de uno a tres días. No se conoce con exactitud la molécula responsable, y no se ha descrito el mismo cuadro en el perro ni en la persona. Es una toxicidad específica de especie.

Flor de lirio amarillo con las anteras cargadas de polen

La cantidad necesaria es mínima. Toda la planta es tóxica —hoja, tallo, flor, bulbo—, pero además basta el polen depositado en el pelaje o unos sorbos del agua en la que ha estado el ramo. Hay casos documentados en los que la única exposición conocida fue morder una hoja y otros en los que el animal solo se acicaló después de rozar las anteras. El margen es tan estrecho que la recomendación veterinaria es categórica: en una casa con gato no entran lirios, ni en maceta, ni cortados, ni dentro de un ramo mixto de floristería.

Importa distinguir los nombres, porque en castellano «lirio» se usa con generosidad. El riesgo renal grave corresponde a Lilium y Hemerocallis. Los lirios de agua o calas (Zantedeschia) y los lirios de los valles (Convallaria majalis) son plantas distintas con toxicidades distintas: la primera es una arácea con oxalatos, la segunda contiene glucósidos que afectan al corazón. Ninguna es inocua, pero el cuadro clínico no es el mismo.

Si hay sospecha de contacto con Lilium, el tiempo es el factor decisivo. El tratamiento con fluidoterapia iniciado en las primeras seis horas cambia por completo el pronóstico; iniciado a las cuarenta y ocho, a menudo ya no hay riñón que salvar. No hay que esperar a que el gato tenga síntomas.

Aceites esenciales: el riesgo que casi nunca se nombra

Aquí es donde la carencia de UGT se vuelve más relevante y donde las listas de plantas tóxicas se quedan cortas, porque el peligro no está en una maceta sino en un frasco.

Los aceites esenciales son mezclas concentradas de terpenos y fenoles vegetales. Buena parte de esas moléculas —el mentol, el timol, el carvacrol, el eugenol, los fenoles del árbol del té— se eliminan precisamente por glucuronidación. El gato no puede, o puede muy despacio, así que se acumulan. A eso se suma que su piel es delgada y absorbe bien, y que respira más veces por minuto que un perro del mismo tamaño, de modo que un ambiente cargado le entrega más dosis.

Los más problemáticos documentados en clínica felina son el árbol del té (Melaleuca alternifolia), la canela, el clavo, el orégano y el tomillo por sus fenoles, los cítricos por el limoneno, el poleo-menta (Mentha pulegium), el pino y el eucalipto. El cuadro va del temblor y el babeo a la depresión del sistema nervioso y al daño hepático.

En la práctica doméstica esto se traduce en unas cuantas reglas:

  • Nada de aplicar aceite esencial sobre el gato, ni diluido, ni como remedio antiparasitario casero, ni en el collar. Existen insecticidas «naturales» a base de aceites vegetales formulados para perro que han causado intoxicaciones graves en gatos.
  • Difusores ultrasónicos con moderación y nunca en una habitación cerrada donde el animal no pueda salir. El aerosol se deposita en el pelo y de ahí pasa a la lengua.
  • Limpiadores y ambientadores con aceite de pino o de cítricos: ventilar y dejar secar antes de que el gato pise el suelo.
  • Los frascos, guardados. Un vial volcado sobre una superficie es una dosis concentrada al alcance de una lengua.

La planta de la que procede el aceite suele ser mucho menos peligrosa que el aceite. Una mata de tomillo en el balcón no equivale ni de lejos a unas gotas de esencia de tomillo: la concentración de principio activo se multiplica por cien o por mil en el destilado.

Las plantas de interior con las que hay que contar

Puestas en orden de lo que se ve en una casa española, estas son las que más veces intervienen, con el matiz de por qué el gato es un caso aparte en cada una.

Aráceas. El potos (Epipremnum aureum), la monstera (Monstera deliciosa), la dieffenbachia, el filodendro, el anturio y el espatifilo comparten haces de cristales aciculares de oxalato cálcico, los rafidios, que se clavan en la mucosa de la boca. El dolor es inmediato y suele frenar al animal antes de que trague demasiado, lo que en general limita el cuadro a babeo, inflamación de labios y lengua y rechazo del alimento. Es la intoxicación felina más frecuente y rara vez la más grave, pero la inflamación de la faringe puede complicar la respiración en un gato pequeño.

Hojas jaspeadas de potos, Epipremnum aureum

Ciclamen (Cyclamen persicum). La flor de invierno de los supermercados. La concentración de saponinas está sobre todo en el tubérculo, que queda medio enterrado y a la vista, justo lo que un gato escarba.

Crotón (Codiaeum variegatum). Euforbiácea de látex irritante; el problema aquí no es tanto morderla como que la savia quede en el pelo.

Flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima). Su fama supera con mucho su peligrosidad real: el látex irrita boca y estómago y produce vómito, pero no causa el envenenamiento dramático que la leyenda le atribuye.

Hortensia (Hydrangea macrophylla). Contiene glucósidos cianogénicos en hoja y capullo; hace falta bastante cantidad, cosa poco probable en un gato.

Rododendros y azaleas (Rhododendron spp.). Grayanotoxinas que actúan sobre los canales de sodio del corazón y del sistema nervioso. Pocas hojas bastan y el cuadro es serio.

Adelfa (Nerium oleander) y ricino (Ricinus communis). Las dos plantas de exterior más peligrosas del entorno mediterráneo, con toxinas que no dependen del hígado felino para hacer daño. La adelfa mantiene su actividad incluso seca, así que los restos de poda no son residuo inofensivo.

Bulbos de tulipán y de narciso. Más asunto de perros que de gatos, porque los bulbos se desentierran, pero un gato de interior puede mordisquear el follaje de un bulbo forzado en maceta.

Convivir con plantas y con gato

Renunciar a las plantas no es la única salida ni la más razonable. Con tres decisiones se reduce casi todo el riesgo.

La primera es la lista corta de exclusión. Fuera de casa, sin negociación: Lilium, Hemerocallis, adelfa, ricino y Cycas revoluta. Son las que combinan alta toxicidad con dosis pequeña. Todo lo demás admite convivencia con precauciones.

La segunda es dar al gato algo que masticar. Buena parte de los mordiscos a las hojas no son hambre sino conducta: el gato busca fibra y estímulo oral. Una maceta de hierba gatera (Nepeta cataria), de valeriana o simplemente de cebada o avena germinada, colocada en un sitio accesible, desvía la atención de forma notable. Es más eficaz que cualquier repelente.

La tercera es la altura y el envase. Colgar no sirve de mucho con un animal que salta cinco veces su altura, pero una estantería sin apoyos intermedios sí. Y un jarrón con tapa o con el cuello estrecho evita que beba el agua de las flores.

Ante una sospecha de ingestión, lo útil es identificar la planta —una foto de la hoja y de la flor vale más que un nombre popular— y llamar al veterinario. No hay que provocar el vómito por iniciativa propia: con savias irritantes y con látex, el segundo paso por el esófago hace más daño que el primero. En cuanto a los remedios caseros con leche, aceite o infusiones, no ayudan y retrasan lo que sí funciona.

En resumen

El gato no está sobrerrepresentado en las intoxicaciones por plantas por casualidad. Su hígado carece de buena parte de la maquinaria de glucuronidación que otros mamíferos usan para eliminar compuestos vegetales, así que retiene lo que otros expulsan; y su acicalado hace que cualquier contacto con una hoja o con un polen termine convertido en ingestión. De ahí que el Lilium lo mate con la dosis que lleva el agua de un jarrón y que los aceites esenciales, ausentes de casi todas las listas, sean un riesgo real en su caso. Cinco plantas fuera de casa, una maceta de hierba a su disposición y sentido común con los frascos de esencias cubren la mayor parte del problema; la lista completa por gravedad y el teléfono de toxicología están en el artículo dedicado a las plantas peligrosas para las mascotas.


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