La Salicornia europaea conocida también como espárrago de mar, es una suculenta que suele encontrarse en las costas con suelos salados y periódicamente inundados. En la antigüedad...
La forma más rápida de distinguir un aloe de un agave es mirar la punta de la hoja y probar a partirla. El agave termina en una espina terminal dura y punzante, y su hoja es fibrosa: no se rompe con la mano. El aloe no tiene esa espina terminal, sus dientes marginales son blandos, y la hoja se parte con los dedos dejando salir un gel transparente.
Se parecen porque ambos resolvieron el mismo problema, vivir en sitios cálidos y secos, formando rosetas de hojas gruesas. Pero no son parientes cercanos, evolucionaron en continentes distintos y, aunque los cuidados generales se parezcan, tienen ciclos anuales opuestos. Esa última diferencia es la que de verdad cambia cómo se riegan en un jardín español.
Comparativa rápida
| Aloe | Agave | |
|---|---|---|
| Familia | Asphodelaceae | Asparagaceae |
| Origen | África, península arábiga, Madagascar | México, suroeste de Estados Unidos, Centroamérica |
| Hoja | Carnosa, con gel en su interior, se parte con la mano | Fibrosa y rígida, hace falta tijera o cuchillo |
| Punta | Sin espina terminal | Espina terminal dura y punzante |
| Margen | Dientes blandos, poco agresivos | Dientes duros, a menudo ganchudos |
| Floración | Repetida a lo largo de su vida | Una sola vez, y después muere |
| Crecimiento | Meses templados y frescos | Meses cálidos |
La prueba de la hoja
Es la que no falla. Corta o arranca una hoja de la parte baja de la roseta y trata de partirla en dos con las manos. La del aloe cede enseguida y deja a la vista un tejido gelatinoso y transparente que ocupa casi todo el grosor de la hoja. La del agave no cede: está llena de fibras largas y resistentes, las mismas que históricamente se han usado para hacer cuerda y tejido, y hay que cortarla con tijeras bien afiladas.
Si no quieres sacrificar una hoja, mira el perfil. El agave tiende a rosetas más rígidas, simétricas y arquitectónicas, con hojas gruesas en la base que se estrechan hacia una punta muy definida. El aloe tiene un aspecto más blando, las hojas suelen curvarse hacia dentro o hacia fuera, y muchas especies están moteadas de blanco.
Familias y origen
El género Aloe pertenece a la familia Asphodelaceae, la misma de Haworthia y Gasteria, y es africano en sentido amplio: África continental, la península arábiga, Madagascar y las islas del Índico. El género Agave pertenece a la familia Asparagaceae, la de los espárragos, y es americano: México, el suroeste de Estados Unidos, Centroamérica y el Caribe.
Los dos están hoy repartidos por todo el mundo por la mano del ser humano, y en la costa mediterránea española conviven en cualquier rotonda y en cualquier talud. Eso hace que se confundan más aquí que en sus lugares de origen, donde nunca coincidían.
Floración: la diferencia más definitiva
El aloe es policárpico: florece muchas veces a lo largo de su vida, normalmente a finales del invierno y en primavera, con espigas de flores tubulares naranjas, rojas o amarillas que atraen pájaros e insectos.
El agave es monocárpico: acumula reservas durante años y, cuando llega el momento, emite una inflorescencia enorme, que en Agave americana puede superar los seis metros y se ve desde lejos como un mástil ramificado. Después de fructificar, la roseta muere. No es un accidente ni un fallo de cultivo, y de nada sirve regarla más. Lo que queda son los hijuelos que la planta ha ido produciendo a su alrededor, que son la continuación.
Si tienes una roseta grande que de pronto lanza un tallo hacia arriba a toda velocidad, esa planta es un agave y está en su último año.
Ciclo anual: por qué no se riegan igual
Esta es la diferencia que importa en el manejo. El agave sigue el patrón que se espera de una suculenta: crece en los meses cálidos y se ralentiza en invierno, de manera que en invierno hay que mantenerlo seco para evitar la podredumbre.
El aloe hace lo contrario. Su temporada de crecimiento son los meses templados y frescos, y termina con la floración de finales de invierno o principios de primavera; en pleno verano se para. En un jardín exterior de la costa española, eso se traduce en que el aloe agradece algo de agua durante el invierno suave, mientras que el agave debe pasar esos mismos meses en seco.
Dicho esto, la regla común manda por encima de todo: lo que mata a ambos géneros es el agua estancada en la raíz, especialmente con frío. Suelo o sustrato drenante, riegos abundantes y espaciados en la temporada que corresponda a cada uno, y nunca agua acumulada en el centro de la roseta.
Precauciones al manipularlos
Aquí hay una diferencia práctica que casi nadie menciona y que conviene tener presente.
El agave es una planta peligrosa de podar. La espina terminal es rígida y punzante y causa heridas profundas con facilidad, sobre todo a la altura de los ojos cuando se trabaja agachado junto a un ejemplar grande. Y su savia es irritante: el contacto con la piel puede provocar dermatitis, y el contacto con los ojos o las mucosas es más serio. Se poda con guantes gruesos, manga larga y gafas de protección, y una práctica habitual en jardinería es despuntar la espina terminal de los ejemplares plantados junto a caminos y zonas de paso. Ante un contacto que dé problemas, la consulta es al médico.
El aloe es mucho más manejable, pero también tiene su aviso: bajo la piel de la hoja hay un látex amarillo, el acíbar, irritante y de sabor muy amargo, cuya ingestión produce trastornos digestivos y que se considera tóxico para perros y gatos. Si un animal ha mordisqueado una planta, el destino es el veterinario.
En el jardín español
Los dos funcionan muy bien en el litoral mediterráneo, en Baleares y en Canarias, y los dos son plantas de bajo consumo de agua una vez arraigadas. Fuera de esas zonas, en la meseta y en el interior peninsular, hay que contar con las heladas: algunos agaves aguantan bastante frío si están secos, mientras que la mayoría de los aloes no, así que en el interior el aloe es planta de maceta que se guarda en invierno.
Sobre el agave hay que añadir una precaución de otro tipo. Varias especies introducidas, y Agave americana en primer lugar, se han naturalizado en la costa peninsular e insular a partir de hijuelos abandonados, y forman colonias densas en laderas, barrancos y taludes donde desplazan a la vegetación local. Los restos de poda y los hijuelos sobrantes van al contenedor de residuos vegetales, nunca al campo: un hijuelo tirado en un talud arraiga sin ayuda de nadie.
En cuanto a usos, el agave se aprovecha por su fibra (de ahí el sisal y el henequén), como planta ornamental, y en México para producir tequila a partir del agave azul y como base de un jarabe edulcorante. Del aloe se extrae el gel de las hojas para la industria cosmética. Las propiedades sanitarias que suelen atribuirse a uno y a otro son asunto de profesionales de la salud, no de una ficha de jardinería.
En resumen
Aloe y agave se distinguen por la hoja: la del aloe es carnosa, llena de gel y se parte con la mano, sin espina terminal y con dientes blandos; la del agave es fibrosa, rígida, con dientes duros y una espina terminal punzante. El aloe es africano y de la familia Asphodelaceae; el agave es americano y de la familia Asparagaceae.
La otra diferencia decisiva es el ciclo. El aloe florece muchas veces y crece en los meses templados; el agave florece una sola vez, muere después y crece en los meses cálidos, de modo que en invierno el aloe admite algo de agua y el agave debe permanecer seco. Y al manipular un agave, guantes y gafas: la espina y la savia irritante hacen que sea, con diferencia, el más incómodo de los dos.