La amapola que enrojece las cunetas y los trigales españoles en mayo es Papaver rhoeas, una planta anual de ciclo cortísimo que nace con las lluvias de otoño, pasa el invierno como roseta pegada al suelo y florece entre abril y junio antes de secarse por completo. No es la adormidera ni tiene nada que ver con el opio: su látex es blanco y contiene alcaloides distintos, sin efecto narcótico.
Esa confusión es la duda que más se busca, así que va primero y con detalle. Después, lo que hace singular a esta flor: dura entre uno y tres días, no produce una gota de néctar, dispersa las semillas como un salero y esas semillas pueden esperar enterradas ochenta años a que alguien remueva la tierra. Eso último explica los campos rojos de Flandes.
Amapola común o adormidera: cómo se distinguen y qué dice la ley
Las dos son Papaver y las dos tienen cuatro pétalos y cápsula, pero se diferencian sin lupa.
| Amapola común (Papaver rhoeas) | Adormidera (Papaver somniferum) | |
|---|---|---|
| Tallo y hojas | Cubiertos de pelos rígidos, verdes | Lampiños y de un verde azulado glauco |
| Inserción de la hoja | Hoja pecolada, no abraza el tallo | Hoja sin pecíolo, abrazando el tallo |
| Cápsula | Del tamaño de una uña, ovoide, glabra | Del tamaño de un huevo pequeño, globosa |
| Color de flor | Rojo escarlata con mancha basal negra | Blanco, lila, malva o rojo apagado |
| Látex | Blanco, con roeadina y alcaloides no narcóticos | Blanco, con morfina, codeína y tebaína |
| Situación legal en España | Libre | Cultivo sometido a autorización |
El detalle legal conviene tenerlo claro: el cultivo de Papaver somniferum con fines distintos de los ornamentales de jardín particular está sujeto a autorización de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, y su cultivo extensivo sin permiso constituye infracción. La amapola común no tiene restricción alguna y se puede sembrar sin más. La ficha de la adormidera entra en su historia y morfología.
Una flor de dos días que no da néctar
Antes de abrirse, la flor está encerrada en dos sépalos peludos que caen al suelo en el momento en que el capullo se yergue. Dentro, los cuatro pétalos van comprimidos y arrugados como papel de seda: al desplegarse tardan unas horas en estirar del todo, y esas arrugas siguen visibles el primer día. La flor dura de uno a tres días y luego los pétalos se desprenden enteros con el primer viento.
La amapola no tiene nectarios. Lo único que ofrece a sus visitantes es polen, y lo ofrece en cantidad: los estambres se cuentan por cientos, formando un anillo negro-violáceo alrededor del ovario. Abejas domésticas, abejorros y sobre todo escarabajos florícolas la visitan por eso.
La mancha oscura de la base de los pétalos, presente en muchas poblaciones, tiene función de diana: bajo luz ultravioleta (que las abejas ven y nosotros no) el contraste entre el centro y el resto del pétalo es mucho mayor que a simple vista. Es una señal de aterrizaje pintada para ojos distintos de los nuestros.
El salero: cómo siembra y por qué las semillas duran un siglo
Cuando la cápsula madura y se seca, no se abre por gajos ni se raja. Bajo el disco estigmático aparece una corona de poros diminutos, y la cápsula queda colgando de un tallo largo y elástico. Cada golpe de viento la sacude y expulsa unos pocos granos por los poros, en un mecanismo que los botánicos llaman censer o salero. La dispersión no es explosiva sino gradual, repartida a lo largo de semanas, lo que aumenta la probabilidad de que alguna semilla caiga en un buen sitio.
Una sola cápsula contiene entre 1.000 y 1.500 semillas, y una planta bien desarrollada puede llevar veinte cápsulas. La cuenta sale a más de veinte mil semillas por individuo.
Esas semillas son negras, del tamaño de un grano de arena, y tienen dos propiedades notables. Necesitan luz para germinar, así que solo brotan si están en los primeros milímetros del suelo. Y mantienen la viabilidad enterradas durante ochenta a cien años según los ensayos de banco de semillas del suelo. Un campo puede llevar décadas sin una sola amapola y cubrirse de rojo el año en que se ara profundo, simplemente porque el laboreo ha subido a la superficie semillas de otra generación.
Por qué se llenaron de amapolas los campos de Flandes
Ese mecanismo explica el episodio que convirtió a esta flor en símbolo. Durante la Primera Guerra Mundial, la artillería revolvió hasta el subsuelo miles de hectáreas de campiña belga y del norte de Francia, tierras agrícolas con un banco de semillas de amapola acumulado durante siglos. En 1915, entre trincheras y cementerios improvisados, floreció una alfombra roja donde antes solo había barro.
El médico militar canadiense John McCrae escribió allí ese mismo año el poema In Flanders Fields, y de ahí salió la amapola de papel que se lleva en la solapa cada 11 de noviembre en el Reino Unido y la Commonwealth. La flor no salió porque el suelo estuviera abonado por nada: salió porque una perturbación brutal del terreno es exactamente el estímulo que Papaver rhoeas lleva diez mil años esperando.
Porque esa es su historia larga: la amapola es un arqueófito, una planta que llegó a Europa occidental acompañando a las semillas de cereal desde Oriente Próximo durante el Neolítico. Nunca ha vivido lejos del arado. Su ciclo está sincronizado con el del trigo y la cebada: nace cuando se siembra, florece cuando el cereal espiga y madura antes de la siega.
La familia Papaveraceae: látex blanco, naranja y rojo
Papaveraceae reúne unos 44 géneros y en torno a 825 especies, casi todas del hemisferio norte. Su rasgo común es un sistema de laticíferos, conductos que recorren toda la planta y sueltan látex al herirla. El color del látex es distinto en cada género y sirve para identificarlos:
- Blanco en Papaver, las amapolas y adormideras.
- Amarillo anaranjado en Chelidonium majus, la celidonia, cuyo jugo se ha usado tradicionalmente contra las verrugas y que es hepatotóxico por vía oral: hay casos documentados de hepatitis por preparados de celidonia, motivo por el que las agencias europeas han restringido su uso.
- Amarillo también en Glaucium flavum, la amapola marina de arenales y gravas costeras.
- Rojo anaranjado en Sanguinaria canadensis, norteamericana.
La familia incluye además la amapola de California (Eschscholzia californica), naturalizada en muchos puntos de España; las plantas corazón sangrante (Lamprocapnos spectabilis) y las Corydalis y Fumaria, que hasta hace poco se separaban en familia propia y hoy se incluyen aquí como subfamilia Fumarioideae. Una visión general de conjunto está en la ficha de la familia Papaveraceae.
Las amapolas silvestres españolas, incluida una que solo vive en Grazalema
Además de la común, en la península crecen varias especies parecidas que se distinguen sobre todo por el fruto y por el pelo del tallo:
Papaver dubium, de flor más pálida, anaranjada, y cápsula alargada en forma de maza. Papaver hybridum, con cápsula cubierta de cerdas rígidas curvadas. Papaver argemone, de pétalos estrechos y separados entre sí, que dejan ver el centro. Y Papaver apulum, mediterránea y escasa.
El caso más interesante es Papaver rupifragum, la amapola de Grazalema: una especie perenne de flor anaranjada que crece exclusivamente en las grietas calizas de la sierra de Grazalema y el entorno de Ronda, en Cádiz y Málaga. Es un endemismo estricto, y su presencia en jardines de todo el mundo procede de material cultivado; en la naturaleza solo existe allí.
En la costa, sobre todo en el Cantábrico y en el Mediterráneo, aparece Glaucium flavum, de hojas azuladas y carnosas y una cápsula extraordinariamente larga, de hasta 30 centímetros, que parece una vaina de judía.
Cómo sembrarla en el jardín y por qué no se trasplanta
La amapola tiene una raíz pivotante que se daña con cualquier manipulación. No admite trasplante ni semillero en alveolo: se siembra directamente donde va a florecer y punto. Comprar plantel de amapola no tiene sentido.
La siembra ideal en España es de octubre a noviembre. Así la planta forma roseta en invierno, desarrolla raíz y da una floración abundante desde abril. Una segunda ventana va de febrero a marzo, con floración más tardía y más corta, y da resultados peores en el sur porque el calor llega antes de que la planta esté hecha.
Como la semilla necesita luz, no se entierra: se esparce sobre suelo rastrillado y se aprieta con la palma o con un rulo para asegurar el contacto, sin cubrir con tierra. Conviene mezclarla con arena seca, cuatro o cinco partes de arena por una de semilla, porque es tan fina que de otro modo cae toda en el mismo palmo.
Suelo pobre y bien drenado; en tierra rica y regada da mucha hoja y tallos que se tumban. Sol pleno. Se aclara a un ejemplar cada 20 o 25 centímetros cuando las plántulas tienen cuatro hojas. Riego solo si el otoño viene seco: a partir de marzo, la lluvia normal de un año medio le basta en casi toda la península.
Después de florecer se seca y muere; si se dejan dos o tres cápsulas sin cortar, se resiembra sola y al año siguiente aparece sin hacer nada. Ese es su modo natural de mantenerse en un jardín.
De dónde salen las amapolas rosas, blancas y bicolores
Las mezclas de semillas que se venden con colores pastel, salmón, lila, blanco con borde rojo o dobles descienden casi todas de un mismo trabajo. En 1880, el reverendo William Wilks, párroco de Shirley, en Surrey, encontró en un rincón de su jardín una amapola común silvestre con un fino borde blanco en los pétalos. La guardó, la resembró y durante veinte años fue seleccionando las plantas que perdían la mancha negra central y ganaban tonos claros.
De ahí salieron las llamadas amapolas Shirley: mismo Papaver rhoeas, mismos cuidados y mismo ciclo anual, pero con centro blanco o amarillo en lugar de negro y una gama que va del blanco puro al granate. Se cultivan exactamente igual que la silvestre. Con el tiempo, si se dejan resembrar libremente, tienden a revertir al rojo con mancha negra por cruce con las poblaciones silvestres del entorno.
No hay que confundirlas con las amapolas perennes de flor gigante que se venden en maceta: esas son Papaver orientale, del Cáucaso, plantas vivaces de treinta centímetros de flor que rebrotan cada año y que se comportan de forma completamente distinta.
Toxicidad, uso tradicional y el asunto de los análisis
Papaver rhoeas contiene roeadina, roeagenina y alcaloides emparentados, del grupo de las papaverrubinas. No son opiáceos y no tienen actividad narcótica. Aun así, la planta no es inocua: se han descrito intoxicaciones en ganado que ha pastado grandes cantidades y episodios de somnolencia y trastornos digestivos en niños tras ingerir cantidades importantes de flores o cápsulas verdes.
La medicina popular española y europea usó durante siglos los pétalos secos en infusión y jarabe con fama de calmante suave y pectoral, y el jarabe de amapola figuró en farmacopeas oficiales. La evidencia clínica que respalde esos efectos es inexistente: no hay ensayos que los hayan demostrado en personas. Los pétalos siguen usándose en la industria como colorante y como componente de mezclas de herboristería, papel en el que su función es más estética que terapéutica. Cualquier uso con intención medicinal debe consultarse con el médico o el farmacéutico, especialmente en embarazo, lactancia, en niños y en quien tome sedantes o depresores del sistema nervioso central, y este artículo no describe preparaciones ni cantidades.
Las hojas tiernas de la roseta invernal se han comido tradicionalmente en el este peninsular con el nombre de rosellas o gallitos, cocidas o salteadas, antes de que la planta espigue. Es una práctica local extendida, pero exige identificación segura de la roseta y recolección lejos de cultivos tratados y de arcenes de carretera. Ante cualquier ingestión accidental con síntomas, el Instituto Nacional de Toxicología atiende en el 91 562 04 20, las 24 horas.
Un apunte aparte, muy buscado: las semillas de amapola de la panadería no proceden de P. rhoeas sino de la adormidera, y aunque en sí mismas no contienen opiáceos, arrastran trazas de morfina y codeína de la cápsula durante la trilla. Consumir una cantidad apreciable de bollería con estas semillas puede dar positivo en un análisis de opiáceos en orina durante uno o dos días, un efecto documentado y que conviene conocer si se va a pasar un control laboral o deportivo.
Por qué casi han desaparecido de los trigales
Quien recuerde los campos españoles de los años sesenta y compare con los de ahora nota la diferencia. La causa es el herbicida selectivo de hoja ancha, generalizado desde mediados del siglo XX, que eliminó la amapola de los cereales sin tocar el trigo.
La historia tiene un giro. Papaver rhoeas es hoy una de las malas hierbas con resistencias más estudiadas de Europa, y España fue de los primeros lugares donde se documentó: desde principios de los años noventa se detectaron en Cataluña y Aragón poblaciones resistentes a los herbicidas inhibidores de la ALS, como el tribenurón-metilo, y también a las auxinas sintéticas del tipo 2,4-D. La aplicación repetida del mismo modo de acción seleccionó los individuos con la mutación, generación tras generación y con veinte mil semillas por planta de por medio.
Por eso las amapolas que hoy se ven en el campo español están, sobre todo, en linderos, cunetas, barbechos y bordes de camino: los sitios donde no llega el pulverizador.
En resumen
La amapola de las cunetas es Papaver rhoeas, anual de látex blanco y alcaloides no narcóticos, distinta de la adormidera por sus tallos peludos, sus hojas pecioladas y su cápsula pequeña. Su flor dura dos o tres días, no da néctar y solo ofrece polen; la cápsula dispersa por poros como un salero y las semillas aguantan enterradas hasta un siglo, lo que explica los campos rojos de Flandes en 1915 y las floraciones súbitas tras una obra. Se siembra a voleo en octubre, sin enterrar y sin trasplantar nunca, en suelo pobre y a pleno sol, y se resiembra sola si se dejan cápsulas. Pertenece a las Papaveraceae, familia de látex delator que incluye a la celidonia, la amapola de California y las fumarias, y en España cuenta con un endemismo notable, Papaver rupifragum, restringido a la sierra de Grazalema. Más fichas relacionadas: amapolas, amapola de California y el género Papaver.