Toda planta nueva llega por una de dos vías: una semilla, o un trozo de otra planta. Parece una distinción de manual y sin embargo es la decisión que más consecuencias tiene en un jardín o en un huerto, porque determina si la planta que obtengas se va a parecer a la madre, cuándo va a florecer, qué enfermedades va a arrastrar y cuánto tiempo vas a esperar. Este artículo explica el panorama general y las consecuencias prácticas de elegir una vía u otra; el cómo de cada técnica está en los artículos específicos que se enlazan al final de cada apartado.
Las dos vías, y qué las separa
La reproducción sexual implica la fusión de dos gametos, uno masculino en el polen y otro femenino en el óvulo. Cada gameto lleva la mitad del material genético y ha sido barajado previamente durante la meiosis, de modo que el embrión resultante es una combinación nueva que no había existido antes. El producto es una semilla.
En la multiplicación vegetativa o asexual no interviene ningún gameto. Un fragmento de la planta —un trozo de tallo, una raíz, una hoja, una yema, un hijuelo— regenera los órganos que le faltan y se convierte en una planta completa. El producto es un clon: genéticamente idéntico a la madre.
Que esto sea posible se debe a la totipotencia de la célula vegetal, una propiedad que los animales han perdido: una célula viva de un tejido vegetal conserva la información completa del organismo y, en las condiciones adecuadas, puede desdiferenciarse y volver a generar un individuo entero. De ahí que un trozo de tallo forme raíces donde antes no las había —raíces adventicias— y que un fragmento de hoja de Sansevieria o de Begonia dé una planta nueva.
Lo que de verdad cambia al elegir una u otra
Variabilidad frente a identidad
De una semilla sale un individuo distinto de sus padres. De un esqueje sale el mismo individuo repetido. Esta es la diferencia de la que se derivan casi todas las demás.
La consecuencia inmediata la conoce cualquiera que haya sembrado el hueso de una fruta buena: un cultivar no sale igual de semilla. Un manzano 'Reineta', un rosal 'Iceberg', una lavanda 'Hidcote' o un tomate 'Corazón de buey' son clones seleccionados entre miles de plantas por una combinación de caracteres muy concreta. Sus semillas contienen combinaciones nuevas, y lo probable es que la descendencia sea peor que la madre, porque la madre fue elegida precisamente por ser excepcional. Un manzano nacido de pepita da fruta, sí, pero rara vez comestible en el sentido comercial; por eso todos los manzanos de una variedad del mundo son injertos que remontan a un único árbol original.
Lo mismo vale para las plantas variegadas, las de porte llorón, las enanas y las de flor doble: son mutaciones o selecciones que solo se mantienen por vía vegetativa.
La cara positiva de la variabilidad es que es la materia prima de la mejora. Si quieres una planta nueva —un color que no existe, una resistencia que no está—, la semilla es el único camino.
Vigor y sanidad
La semilla es un filtro sanitario. La mayor parte de los virus vegetales no pasan a la descendencia por semilla, porque no penetran en el embrión; en cambio, se transmiten prácticamente siempre por vía vegetativa, ya que el esqueje lleva consigo el sistema vascular infectado. Un clon multiplicado durante décadas acumula virus, viroides y fitoplasmas de manera silenciosa, y esa acumulación se manifiesta como pérdida progresiva de vigor y de producción, sin síntomas llamativos. Es un fenómeno bien conocido en patata, ajo, fresa, vid y frutales, y la razón de que exista la planta certificada: material de partida saneado, obtenido a partir de meristemos y verificado libre de los virus de la lista.
Sembrar, además, es la manera de introducir material nuevo en un jardín sin importar problemas: una semilla rara vez trae hongos de suelo, cochinillas o nematodos; una planta en maceta comprada, con frecuencia.
La fase juvenil y la edad de la planta madre
Este punto es el menos evidente y uno de los más útiles.
Una planta nacida de semilla pasa por una fase juvenil durante la cual es incapaz de florecer, por mucho que crezca y por muy bien tratada que esté. Su duración depende de la especie: unas semanas en una lechuga, meses en un rosal, y años en los leñosos. Un manzano de semilla tarda de seis a diez años en dar la primera flor; un peral, de seis a doce; un nogal, de diez a quince; un roble, de veinte a cuarenta. Durante esa fase la planta a menudo tiene un aspecto distinto: la hiedra juvenil trepa y tiene la hoja lobulada, mientras que la hiedra adulta forma matas arbustivas, no trepa, tiene la hoja entera y es la única que florece y fructifica.
Un esqueje, un acodo o una yema injertada heredan la edad fisiológica del tejido del que proceden. Si tomas material de un árbol adulto ya productivo, la planta resultante está en fase adulta desde el primer día y florece en dos o tres años. Ese, y no otro, es el motivo por el que los frutales se injertan: no se gana solo el patrón, se salta una década de espera.
La contrapartida es simétrica y hay que tenerla presente: el material juvenil enraíza mucho mejor que el adulto. Un esqueje tomado de un rebrote de la base de un árbol viejo arraiga con facilidad, y el mismo esqueje tomado de la parte alta de la copa puede no arraigar en absoluto. De ahí la práctica del vivero de mantener plantas madre podadas a tocón, «rejuvenecidas», para producir esquejes.
Hay un tercer efecto de la misma familia: la plagiotropía. En muchas coníferas y en algunos árboles, un esqueje tomado de una rama lateral conserva la memoria de su posición y crece en horizontal, sin formar nunca un eje vertical. Es un problema clásico en Araucaria, Abies, Picea y Cedrus: el esqueje enraíza y se queda tumbado para siempre. La solución es tomar el material del eje principal o de brotes verticales.
Tiempo, cantidad y coste
La semilla es barata, se almacena bien, permite obtener miles de plantas y se transporta sin problemas. Es lenta hasta la floración y desigual en el resultado. La vía vegetativa es rápida hasta el producto final, uniforme y previsible, pero cada planta requiere una manipulación individual, el material de partida es voluminoso y perecedero, y muchas especies simplemente no enraízan.
Un apunte legal que conviene conocer: los cultivares registrados bajo protección de obtención vegetal —muy habitual en ornamentales de novedad, con la etiqueta «®» o «PBR» en la maceta— no pueden multiplicarse vegetativamente para su venta sin licencia. Para uso propio en el jardín no hay problema.
Cómo funciona la reproducción sexual
La flor y la polinización
La flor completa tiene estambres, que producen el polen con los gametos masculinos, y pistilo, con el ovario donde están los óvulos. Muchas especies tienen flores hermafroditas, con ambas partes; otras son monoicas, con flores masculinas y femeninas separadas en la misma planta (calabacín, melón, nogal, avellano, maíz); y otras son dioicas, con pies macho y pies hembra distintos (kiwi, acebo, sauce, palmera datilera, Ginkgo, muérdago). Con las dioicas hay que plantar los dos sexos, o no hay fruto: un acebo solitario cargado de flores no dará una sola baya si es macho, y tampoco si es hembra y no tiene macho cerca.
La polinización es el transporte del polen hasta el estigma. Puede ser anemófila, por el viento —gramíneas, coníferas, olivo, nogal, avellano, plátano de sombra: flores discretas, sin néctar, con muchísimo polen, y responsables de la mayor parte de las alergias—, o entomófila, por insectos, con flores llamativas, perfumadas y con néctar. La fecundación llega después: el grano de polen germina sobre el estigma, emite un tubo polínico que recorre el estilo y libera los gametos en el óvulo.
Autofecundación y fecundación cruzada
Las especies autógamas se fecundan con su propio polen: guisante, judía, tomate, pimiento, lechuga, trigo, altramuz. Su descendencia es muy uniforme y se parece mucho a la madre, y por eso de una variedad tradicional de tomate se pueden guardar semillas año tras año con resultado estable. Basta con separar unos metros las variedades distintas para evitar cruces ocasionales.
Las alógamas se cruzan obligatoria o preferentemente con otro individuo: maíz, calabaza, cebolla, zanahoria, remolacha, col, casi todos los frutales de hueso y pepita, la mayoría de los árboles. Muchas tienen mecanismos que impiden la autofecundación, como la autoincompatibilidad genética —el polen propio germina pero el tubo polínico se detiene antes de llegar al óvulo—, o la maduración desfasada de estambres y pistilo. La consecuencia práctica está en cualquier catálogo de vivero: un cerezo 'Burlat', un manzano 'Golden' o un almendro 'Marcona' necesitan un polinizador compatible plantado cerca y con floración simultánea. Un solo árbol, por sano que esté, dará flor y no dará fruta.
De guardar semilla de una especie alógama sale una descendencia muy variable. Y forzar la autofecundación en una alógama tiene un coste conocido: la depresión por consanguinidad, que reduce el vigor, el tamaño y la fertilidad generación tras generación, muy visible en maíz.
Híbridos F1: qué son y por qué su semilla no sirve
Un híbrido F1 es la primera generación del cruce entre dos líneas puras distintas. Una línea pura se obtiene autofecundando una población durante seis, siete u ocho generaciones hasta que todos sus individuos son casi idénticos y homocigotos; en el proceso pierden vigor. Cuando se cruzan dos líneas puras diferentes, ocurre lo contrario: la descendencia recupera la heterocigosis y muestra heterosis o vigor híbrido, con plantas más grandes, más productivas y, sobre todo, extremadamente uniformes, porque todas tienen exactamente la misma constitución genética.
Esa uniformidad es lo que se paga en un sobre de semilla F1, y es real: todas las plantas nacen a la vez, tienen el mismo porte y maduran juntas.
El problema aparece en la generación siguiente. Al autofecundarse o cruzarse entre sí, las plantas F1 producen una F2 que segrega: los caracteres que estaban combinados en la F1 se reparten al azar entre los descendientes, y el resultado es una población dispar en la que unas plantas son altas y otras bajas, unas productivas y otras no, y muchas peores que cualquiera de los abuelos. Aquello que hacía valiosa a la F1 —la uniformidad y el vigor— se deshace en un solo paso. Guardar semilla de un pimiento o de un calabacín F1 no es imposible, pero el resultado del año siguiente no tiene nada que ver.
Si quieres guardar tu propia semilla, la vía es usar variedades de polinización abierta o tradicionales, no híbridas. Son algo menos uniformes y a menudo menos productivas, pero se reproducen fieles a sí mismas y permiten seleccionar año tras año adaptándolas a tu huerto.
Al margen de esto está la hibridación interespecífica, el cruce entre dos especies distintas, del que proceden buena parte de las plantas ornamentales de jardín: casi todas las rosas modernas, los Hemerocallis, las orquídeas comerciales, la menta piperita (Mentha × piperita, cruce de M. aquatica y M. spicata) o el plátano de sombra (Platanus × hispanica). Estos híbridos suelen ser estériles o dar semilla inviable, así que se multiplican siempre por vía vegetativa. La menta piperita, de hecho, no produce semilla fértil: toda la que existe en el mundo procede de esquejes y estolones.
La apomixis: semillas que son clones
Hay un caso que rompe el esquema y que conviene conocer porque tiene aplicación práctica. La apomixis es la producción de semillas sin que haya habido fecundación: el embrión se forma a partir de tejido materno, con lo que la semilla da un clon de la madre pese a ser una semilla.
Ocurre en el diente de león (Taraxacum officinale), en muchas zarzas del género Rubus, en Hypericum perforatum, en Alchemilla, en Poa pratensis y en algunos Sorbus y Crataegus. Es una de las razones de que el diente de león colonice con tanta eficacia: no necesita polinizador y cada individuo produce descendencia idéntica y adaptada.
La variante más interesante para el jardinero está en los cítricos y en algunos mangos: la poliembrionía nucelar. Una sola semilla de naranjo amargo o de mandarino contiene varios embriones, y la mayoría no proceden de la fecundación sino del tejido nucelar de la madre, de modo que son clones. Al germinar salen varias plántulas del mismo hueso, y las clonales son las más vigorosas y uniformes, mientras que la de origen sexual suele ser la más débil. Esto explica que los patrones de cítricos se produzcan tradicionalmente de semilla y salgan idénticos, algo impensable en un manzano.
El catálogo de la multiplicación vegetativa
Esquejes o estaquillas. Un fragmento de tallo, raíz u hoja que se separa de la madre y forma raíces adventicias por su cuenta. Se clasifican por el estado de la madera: herbáceos, de madera blanda, semileñosos y leñosos, cada uno con su época. Es la técnica más usada y la que más depende de la especie: hay plantas que arraigan en un vaso de agua y otras que no arraigan con ningún tratamiento. El detalle de cuándo tomarlos, cómo cortarlos y cuándo tiene sentido la hormona está en el artículo sobre la multiplicación por esquejes leñosos.
Acodo. La rama forma raíces sin separarse de la madre, que la sigue alimentando mientras tanto. Es más lento y da menos plantas por operación, pero tiene una tasa de éxito muy superior al esqueje, precisamente porque el fragmento nunca queda a su suerte. Es la salida para especies difíciles de enraizar. Están descritos el acodo simple y múltiple, que se hacen tumbando una rama al suelo, y el acodo aéreo, que se hace en la propia rama y sirve para árboles y plantas de interior con el tallo desnudo.
Hijuelos, chupones y división. Muchas plantas producen por sí solas brotes con raíz propia junto a la madre: agaves, aloes, bromelias, plataneras, fresas por estolón, bulbosas por bulbillos. Separarlos es la vía más sencilla de todas porque la planta ya está hecha. Se detalla en el artículo sobre plantas que se reproducen por hijuelos.
Injerto. Une la parte aérea de una planta —la púa o la yema— con el sistema radicular de otra —el patrón—, que aporta anclaje, adaptación al suelo, resistencia a plagas de raíz y control del vigor. Es la base de la fruticultura: la filoxera obligó a injertar toda la viticultura europea sobre patrones americanos, y los patrones enanizantes de manzano son lo que permite recolectar desde el suelo. Exige compatibilidad, que en general se da dentro del mismo género.
Órganos de reserva. Bulbos que se multiplican por bulbillos, tubérculos, rizomas y cormos son formas naturales de multiplicación vegetativa que solo exigen desenterrar, dividir y volver a plantar en el momento de reposo.
Cultivo in vitro o micropropagación. Multiplicación en laboratorio a partir de fragmentos de meristemo en medio estéril con hormonas. Produce cantidades enormes de plantas idénticas en poco espacio y, sobre todo, permite obtener material libre de virus, porque el ápice meristemático suele estar limpio incluso en una planta infectada. Es el origen de casi todo el material certificado de fresa, patata, plátano, orquídeas y ornamentales de producción masiva.
Cómo elegir
Siembra cuando quieras muchas plantas y baratas —anuales de temporada, hortalizas, setos, repoblación—, cuando trabajes con una especie botánica y no con un cultivar, cuando busques variabilidad para seleccionar, o cuando quieras material sano de partida.
Multiplica vegetativamente cuando quieras exactamente la misma planta —un cultivar, una variegación, un porte concreto—, cuando la especie no dé semilla viable o sea híbrida estéril, cuando la semilla tarde años en florecer o cuando el proceso germinativo sea complicado.
Y un matiz que evita decepciones: si compras un frutal, lo que llega es un injerto, con dos genotipos en el mismo árbol. Los brotes que salgan por debajo del punto de injerto son del patrón, no de la variedad, y hay que eliminarlos en cuanto aparezcan; si se dejan crecer, con su mayor vigor acaban dominando el árbol y lo que se recoge es fruta de patrón, casi siempre incomible.
En resumen
La reproducción sexual mezcla dos genotipos y da semillas que producen individuos nuevos; la multiplicación vegetativa aprovecha la totipotencia de la célula vegetal y da clones. De ahí salen todas las consecuencias prácticas: un cultivar no sale igual de semilla y por eso las variedades se injertan o se esquejan; la semilla filtra los virus mientras que el clon los arrastra y pierde vigor con las décadas, lo que justifica la planta certificada; y la semilla obliga a atravesar una fase juvenil de años en los leñosos, mientras que el esqueje o la yema injertada heredan la edad de la madre y florecen enseguida, aunque el material adulto enraíza mucho peor que el juvenil. En la reproducción sexual conviene saber si la especie es autógama, y entonces su semilla sale fiel, o alógama y autoincompatible, y entonces necesita polinizador y su descendencia es variable. Un híbrido F1 es el cruce de dos líneas puras: uniforme y vigoroso, pero su F2 segrega y pierde todo lo que lo hacía valioso, así que para guardar semilla hay que usar variedades de polinización abierta. La apomixis produce semillas clonales sin fecundación, y su caso más útil es la poliembrionía nucelar de los cítricos, que permite obtener patrones idénticos de semilla. Para el cómo de cada técnica, están los artículos de esquejes, de acodo simple y aéreo y de hijuelos.