Una rama que cría raíces sin dejar de recibir savia de la planta madre tiene una ventaja que ningún esqueje puede igualar: no depende de sus propias reservas para sobrevivir al proceso. Puede tardar un año, o dos, y mientras tanto sigue alimentada. Eso es el acodo, y en su versión a ras de tierra resuelve la multiplicación de muchas especies leñosas que en bandeja de esquejes se pudren sin echar una sola raíz.

El detalle de cómo se forman esas raíces adventicias y qué papel juega la auxina está explicado en el artículo dedicado a los esquejes de madera dura; aquí basta con saber que la herida practicada en la rama acumula asimilados y hormona justo donde queremos que salgan.

Rama acodada y sujeta al suelo con una horquilla

Acodo simple

Es la forma básica y la que sirve para casi todo arbusto con ramas bajas y flexibles. Se elige un vástago del año anterior, de la periferia baja de la mata, que llegue al suelo sin romperse al doblarlo. Se cava una zanjita de 10 a 15 cm de profundidad en el punto donde la rama toca la tierra, se dobla en U, se practica la herida en la zona que quedará enterrada, se sujeta y se cubre.

El extremo de la rama debe quedar fuera, vertical, con 15 a 30 cm al aire y atado a una caña. Esa verticalidad no es estética: el ángulo cerrado en la curva acentúa la acumulación de reservas en la zona enterrada.

La época va de febrero a abril, sobre madera del año anterior aún sin brotar, o bien de agosto a septiembre con la madera ya agostada. En el litoral mediterráneo el acodo de finales de invierno se adelanta a febrero; en el interior norte conviene esperar a marzo.

Responden bien el avellano (Corylus avellana), la hortensia (Hydrangea macrophylla), el lilo (Syringa vulgaris), la camelia (Camellia japonica), el rododendro, el laurel (Laurus nobilis), el membrillero de flor (Chaenomeles), el cotino (Cotinus coggygria), la higuera (Ficus carica) y los magnolios caducos. Precisamente el grupo de especies que peor sale de esqueje.

Acodo múltiple o serpenteante

La misma idea aplicada a un sarmiento largo que se entierra y se saca varias veces, como una costura. Cada tramo enterrado produce una planta; de una sola rama de dos metros salen cuatro o cinco.

La condición es que la especie tenga entrenudos largos y tallos que enraícen desde el nudo: vid (Vitis vinifera), glicinia (Wisteria sinensis), madreselva (Lonicera), jazmín (Jasminum officinale), clemátide, hiedra y pasiflora. En arbustos de entrenudo corto y madera rígida no funciona: la rama se parte al ondularla.

Regla práctica del reparto: cada tramo bajo tierra tiene que llevar al menos una yema enterrada, y cada tramo al aire, al menos una yema fuera. La yema enterrada da las raíces; la que queda al aire dará el brote de la futura planta. Si se entierra a ojo y coinciden dos nudos seguidos bajo tierra, ese tramo saldrá enraizado pero ciego.

Acodo de punta

Aquí no se entierra la parte media de la rama sino el ápice, y quien lo hace solo es un grupo muy concreto: las zarzas de porte arqueado, Rubus fruticosus y las variedades sin espinas derivadas de ella, más los frambuesos negros y púrpuras (Rubus occidentalis y sus híbridos). En la naturaleza lo hacen solas: el vástago del año se arquea, la punta toca el suelo y arraiga.

Se aprovecha ese comportamiento en agosto y septiembre, enterrando los últimos 5 a 10 cm del vástago en un agujerito de unos 8 cm, con la punta hacia abajo. No hace falta herida ninguna. Enraíza en cuatro a seis semanas, forma una yema terminal engrosada y pasa el invierno así. Se corta el cordón umbilical y se trasplanta a finales de invierno, con 20 o 25 cm de vástago madre como asa.

El frambueso rojo (Rubus idaeus) no se multiplica así: emite hijuelos de raíz y basta con arrancarlos.

Acodo en montículo y acodo en zanja

Estos dos son la técnica industrial con la que se producen los patrones frutales clonales, y explican por qué un manzano injertado sobre M9 es idéntico en todos los viveros de Europa.

En el acodo en montículo se planta una cepa madre, se deja establecer un año y en el invierno siguiente se recepa a 2 o 5 cm del suelo. En primavera brota un manojo de vástagos; cuando alcanzan 12 a 15 cm se recalzan con tierra ligera, serrín o turba hasta cubrir la mitad de su altura, y la operación se repite dos o tres veces a lo largo de la primavera hasta formar un caballón de 20 a 25 cm. En noviembre o diciembre se retira el montículo y se cortan a ras los vástagos, cada uno con su cabellera de raíces. La cepa vuelve a brotar la primavera siguiente y produce durante quince o veinte años.

Así se propagan los patrones de manzano de la serie M y MM, el membrillero (Cydonia oblonga) usado como patrón de peral, el avellano, el grosellero y el níspero japonés.

El acodo en zanja se reserva para los patrones que ni así responden. La planta madre se planta inclinada 30 o 45 grados y al segundo invierno se tumba entera dentro de una zanja poco profunda, sujeta con ganchos. Los brotes que emergen se van cubriendo con tierra desde que asoman, de modo que su base crece siempre a oscuras. Esa etiolación —tejido joven que nunca ha visto la luz— es lo que hace enraizar a especies que en montículo darían solo callo. Se usa en patrones de cerezo y en manzanos difíciles.

El anillado y la incisión: por qué se hacen

La rama acodada tiene savia bruta de sobra, que sube por el xilema desde la raíz de la madre. Lo que necesita es que los azúcares y la auxina que bajan por el floema se detengan en el punto enterrado en lugar de seguir su camino hacia el tronco. Para eso se corta el floema.

El anillado consiste en retirar un anillo completo de corteza de 1 a 2 cm de ancho, rascando hasta dejar la madera limpia. Es el método seguro: el puente de floema queda interrumpido del todo. Se hace con navaja bien afilada y dos cortes circulares paralelos.

La incisión es un corte oblicuo de 3 a 5 cm hecho hacia arriba, que penetra un tercio del grosor de la rama y se mantiene abierto con una cerilla, una piedrecita o un poco de musgo. Es más rápido y arriesga menos la integridad de la rama, pero tiene un inconveniente: si se cierra, la rama se suelda y el acodo no enraíza aunque siga verde durante meses. En ramas gruesas y en especies lentas, mejor anillar.

Una tercera opción, válida en especies fáciles, es simplemente torcer la rama hasta que cruja o raspar la corteza con la uña en la cara inferior. Sobre cualquiera de las tres heridas se puede espolvorear hormona de enraizamiento en polvo, aunque en acodo aporta bastante menos que en esqueje.

Sujeción, sustrato y riego

La rama tiende a salirse. Se sujeta con una horquilla de alambre grueso doblada en U, con una piqueta de madera bifurcada o, en último caso, con una piedra plana encima. Si el acodo se levanta y la herida queda al aire aunque sea unos días, se seca y se acabó.

La tierra que cubre el acodo debe ser más ligera que la del jardín: mitad tierra, mitad arena de río o mantillo maduro. Un suelo arcilloso compactado asfixia las raíces nuevas, que son extremadamente finas.

Y el punto que decide el resultado es el riego de julio y agosto. El acodo está a 15 cm de profundidad, en la zona que primero se seca, y la planta madre no le manda agua suficiente para compensar. Un acodo que pasa dos semanas de agosto en tierra seca detiene el enraizamiento y ya no lo reanuda. Conviene marcar el punto con una caña y regarlo aparte, o cubrirlo con un acolchado de corteza.

Acodo enraizado listo para separar de la planta madre

Cuánto tarda de verdad y cómo se separa

Los plazos que circulan —«en un par de meses ya está»— corresponden a las especies más agradecidas y a condiciones de vivero. En jardín, con acodo hecho en primavera:

Un ciclo, de seis a doce meses: avellano, grosellero, vid, hortensia, forsitia, jazmín, madreselva, higuera. Acodo de marzo, separación en noviembre o en febrero siguiente.

Dos ciclos, de dieciocho a veinticuatro meses: magnolios caducos, camelia, rododendro, arce japonés (Acer palmatum), hamamelis, laurel. Acodo de marzo, separación en el segundo otoño. Levantar la tierra al primer otoño y no ver raíces no significa fracaso; significa que faltan doce meses.

La comprobación se hace apartando la tierra con los dedos, nunca con herramienta, y volviendo a cubrir con cuidado. Se busca una cabellera repartida, no dos raíces sueltas.

La separación conviene hacerla en dos tiempos. Primero se corta el tallo a medias, del lado de la planta madre y a unos centímetros del acodo, y se deja así dos o tres semanas: la planta nueva se ve obligada a tirar de sus propias raíces mientras todavía recibe algo de la madre. Después se termina el corte y se desentierra con cepellón, no a tirones.

El momento es otoño o final de invierno, con la planta en reposo, jamás en pleno verano. Al plantar conviene reducir la parte aérea en un tercio para compensar el sistema radicular escaso, y pasar el primer año en maceta o en un bancal de cría antes de llevarlo al sitio definitivo. Los acodos de camelia y magnolio, en particular, agradecen ese año intermedio en contenedor con sustrato ácido.

En resumen

El acodo a ras de tierra funciona porque la rama nunca deja de estar alimentada mientras enraíza, y por eso salva especies que de esqueje no salen. El acodo simple sirve para cualquier arbusto con ramas bajas y flexibles; el serpenteante multiplica trepadoras de entrenudo largo; el de punta es cosa de zarzas y frambuesos negros, en agosto y sin herida; el montículo y la zanja son la fábrica de patrones frutales clonales. La herida —anillado completo o incisión sostenida abierta— es lo que retiene los azúcares y la auxina donde deben salir las raíces. Y los dos factores que deciden el resultado son la humedad de agosto y la paciencia: un año para el avellano o la vid, dos para el magnolio y la camelia, con separación en dos cortes y en reposo vegetativo.


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