Un cacharro se convierte en maceta cuando cumple cinco condiciones medibles: cabe suficiente sustrato dentro, el agua sobrante sale por abajo, la pared no cuece ni congela la raíz, el material aguanta la intemperie el tiempo que se le pide y lo que contuvo antes no envenena lo que se planta. Ninguna de las cinco depende del gusto ni de la foto. Esta página explica las cinco de una vez, porque son las mismas para una lata de tomate, para una bañera y para un tablón de pallet; el resto de artículos de la serie dan por sabido lo que hay aquí y se ocupan de los problemas propios de cada objeto.
Volumen: cuánta tierra pide de verdad cada planta
El volumen es la condición que más se incumple, porque un recipiente bonito parece siempre más grande de lo que es. La cifra útil no es la capacidad del envase sino el sustrato que queda dentro una vez descontados los tres o cuatro centímetros libres del borde que hacen falta para regar sin que rebose.
Como referencia de trabajo, con sustrato normal y riego cada dos o tres días en verano:
Menos de 1 litro. Solo plantas de raíz mínima y suculentas de crecimiento lento: Sempervivum tectorum, Sedum album, Sedum acre, Echeveria pequeñas, Haworthia. Un bulbo de Muscari armeniacum o de Crocus también cabe, con la advertencia de que en un volumen así el sustrato se seca entero en un día de julio.
De 2 a 4 litros. Aromáticas leñosas contenidas: tomillo (Thymus vulgaris), orégano (Origanum vulgare), ajedrea, un romero joven. También lechuga de hoja suelta, una mata de perejil o una fresa (Fragaria × ananassa).
De 5 a 10 litros. Albahaca en condiciones, menta (que ocupará el volumen entero en una temporada), acelga, un pimiento de fruto pequeño con riego diario.
De 15 a 20 litros. Pimiento y berenjena para una cosecha real, calabacín de mata compacta, una lavanda (Lavandula angustifolia) o un romero adulto.
De 25 a 40 litros. Tomate. Por debajo de 20 litros el tomate da fruto, pero pide riego dos veces al día en julio y agosto y castiga cualquier despiste con podredumbre apical, que es un fallo de transporte de calcio provocado por el vaivén de humedad, no por falta de calcio en el sustrato. Un cítrico enano o un arbusto arbustivo permanente empiezan en 40 litros y agradecen 60.
La regla práctica: si dudas entre dos tamaños, el grande. El sustrato de más no perjudica a una planta bien drenada y compra margen de riego, que es lo que falta en verano en casi toda la península.
Drenaje: el agujero no es opcional y la grava no lo sustituye
Una raíz respira. En un sustrato saturado el oxígeno disuelto se agota en unas horas y, a partir de ahí, los hongos oportunistas de suelo (Pythium, Phytophthora) encuentran el terreno preparado. La planta muere de asfixia con el aspecto exacto de una planta seca: hojas mustias, aunque el sustrato esté empapado.
Cuántos agujeros y de qué tamaño. Un orificio de 10 a 12 mm por cada 2 o 3 litros de volumen, repartidos por el fondo y nunca uno solo en el centro, que se tapona con el primer pegote de raíces. En recipientes que van a apoyar sobre suelo plano conviene añadir dos o tres perforaciones en la pared lateral, a un centímetro del fondo, porque si el fondo queda sellado contra las baldosas el agua no sale. Elevar la maceta sobre tacos o pies de goma de un centímetro resuelve lo mismo.
Chapa fina: lata, cubo de zinc, regadera, bidón. Marca el punto con un punzón o un clavo y un martillo, porque si no la broca patina y raya toda la pieza. Broca de acero rápido de 6 mm, revoluciones bajas y presión constante. Después hay que quitar la rebaba del reverso con una lima redonda o dando una pasada con una broca más gruesa a mano: esa rebaba corta raíces y es el punto por el que empieza a oxidarse la chapa.
Plástico. Broca de madera o de metal a velocidad baja. El plástico rígido y envejecido (polipropileno de un cubo de obra, PVC) se raja si se fuerza; conviene ir de menos a más diámetro. Una punta de soldador caliente perfora limpio y sella el borde, pero hay que hacerlo al aire libre porque el plástico caliente desprende humo irritante.
Barro cocido y gres. Broca de widia o de diamante, sin percusión, y mojando la zona con un chorrito de agua para que no se recaliente. La percusión parte la pieza.
Cerámica esmaltada y porcelana. Lo mismo, con un trozo de cinta de carrocero pegado sobre el punto para que la broca no resbale por el vidriado.
Cristal. Broca de diamante hueca, agua constante, empezando con el taladro inclinado para abrir la mordida y enderezándolo después. Un tarro de conserva o una botella gruesa se dejan perforar con paciencia; el vidrio templado, no: al primer arañazo profundo estalla entero en fragmentos, así que la puerta de una mampara o un vaso de horno se descartan de entrada.
Madera. Broca de 8 a 10 mm y varios agujeros repartidos; la madera drena además por las juntas entre tablas, que aquí juegan a favor.
Por qué la capa de gravilla en el fondo no arregla nada. Es la idea más repetida y la física dice lo contrario. Cuando un sustrato fino se apoya sobre un material de poro grueso (grava, arlita, trozos de teja), el agua no pasa de uno a otro hasta que el sustrato fino está completamente saturado, porque la tensión capilar del poro fino retiene el agua con más fuerza de la que la grava puede ejercer. El efecto es que la franja permanentemente encharcada del fondo, en lugar de desaparecer, sube hasta situarse justo encima de la grava. Además, la grava ocupa litros de volumen que la raíz podría estar usando. Sirve para una sola cosa: sujetar por dentro una malla o un trozo de geotextil sobre un orificio ancho para que el sustrato no se escape. Todo lo demás lo hace el agujero.
Temperatura: la pared del recipiente decide la del sustrato
En el suelo, la tierra alrededor de una raíz apenas oscila. En una maceta el sustrato está separado del sol por unos milímetros de material, y esa diferencia se paga.
Las raíces de la mayoría de hortícolas y ornamentales trabajan bien entre 15 y 25 °C, se resienten por encima de 30 y sufren daño real a partir de 35 °C sostenidos: el pelo radical se lesiona, la absorción cae y la planta se marchita con el sustrato húmedo. Un recipiente de metal oscuro o plástico negro orientado al sur, en una tarde de julio en Sevilla, Córdoba o Murcia, lleva la cara expuesta muy por encima de esa cifra y calienta los primeros centímetros de sustrato pegados a la pared, que es justo donde se acumulan las raíces finas. La misma lata pintada de blanco o de un color claro baja el problema varios grados.
Tres soluciones que funcionan: pintar el exterior en color claro con pintura al agua para exteriores, meter el recipiente feo dentro de otro mayor y dejar una cámara de aire de dos centímetros, o colocarlo donde reciba sol de mañana y sombra desde las dos de la tarde.
El barro sin esmaltar hace lo contrario: evapora agua a través de la pared, enfría el sustrato por evaporación y lo seca deprisa. En Galicia o en el Cantábrico es una ventaja; en el interior seco en agosto obliga a regar a diario, y una planta mediterránea de secano lo agradece mientras que una hortense lo padece.
El cristal concentra radiación sobre el sustrato como un pequeño invernadero, calienta la zona radicular y además deja pasar luz a las raíces, que responden mal y favorecen la aparición de algas en la pared interior.
En invierno el problema se invierte. Un recipiente pequeño de metal o de barro fino a la intemperie deja que el cepellón se hiele entero, cosa que en el suelo no pasa. En la meseta o en zonas con heladas de varios días seguidos conviene agrupar las macetas contra un muro y forrar las paredes exteriores con plástico de burbujas.
Degradación: cuánto va a durar antes de romperse
Un objeto que se fabricó para vivir dentro de casa envejece rápido en una terraza.
Plásticos. El polipropileno y el polietileno sin estabilizante ultravioleta pierden flexibilidad y se vuelven quebradizos en dos o tres temporadas de sol directo: la pieza sigue entera hasta que se coge por el asa y se parte, con quince kilos de sustrato dentro. Los bidones alimentarios de polietileno de alta densidad, los cubos de pintura profesionales y los contenedores azules de transporte están hechos con carga de negro de humo o estabilizantes y aguantan mucho más. Una señal fiable de que un plástico está pasado: se vuelve mate, tiza al frotarlo y cruje al flexionarlo.
Metal. La hojalata de una lata de conserva es acero con un baño de estaño y un barniz interior pensado para dos años de despensa, no para agua permanente; se perfora por dentro en una temporada o dos. El acero galvanizado aguanta bastante más, el acero inoxidable indefinidamente, el zinc laminado antiguo (regaderas, barreños) muchos años.
Madera. Sin tratar y en contacto con sustrato húmedo, el pino sin tratamiento se ablanda en dos inviernos. El castaño, el roble y el alerce duran sin ayuda. Cualquier madera dura más si el sustrato no la toca: un forro interior de plástico grueso perforado solo en el fondo separa la humedad de la tabla.
Textiles y cuero. Duran una temporada o dos, y el planteamiento honesto es contar con ello desde el principio.
Peso: qué pesa una maceta llena y mojada
El cálculo que evita disgustos: un sustrato de turba y fibra de coco, empapado, pesa alrededor de 0,8 kg por litro. Si se mezcla tierra de jardín o arena, sube a 1,3-1,6 kg por litro.
Traducido: una jardinera de 40 litros pesa unos 35 kg recién regada; un bidón de 60 litros, cerca de 50; una bañera de 150 litros con sustrato ligero pasa de 120 kg y con tierra de jardín se acerca a 200. Ese peso hay que poder moverlo una vez y sostenerlo siempre.
Dos consecuencias prácticas. La primera, en balcones y voladizos las cargas grandes van pegadas a la fachada o sobre el muro de carga, nunca alineadas en el borde exterior del voladizo, que es donde la losa trabaja peor; si se trata de varios cientos de kilos en un edificio antiguo, la consulta a un técnico no es exageración. La segunda, cualquier recipiente que vaya a moverse (para barrer debajo, para resguardarlo en invierno) se monta desde el principio sobre una plataforma con ruedas, porque después ya no hay manera.
Para aligerar sin perder volumen útil sirve mezclar perlita o fibra de coco en el sustrato, y no rellenar el fondo con corcho o botellas: eso resta litros a la raíz y desestabiliza el conjunto con viento.
Qué contuvo el recipiente antes: lo que hay que descartar
Este apartado va antes que la estética y no admite matices.
Descarta sin excepción cualquier envase que haya contenido disolventes, aguarrás, aceite de motor usado, anticongelante, pintura, barniz, decapante, ácidos de batería o productos fitosanitarios. Los restos quedan retenidos en las costuras, en el barniz interior y en el propio plástico, que absorbe compuestos orgánicos y los va soltando durante años; enjuagar no lo resuelve. Los envases de fitosanitarios, además, tienen en España un circuito propio de recogida a través de los puntos SIGFITO y ese es su destino, no la terraza.
Galvanizado. Un barreño, un cubo o una bañera de zinc funcionan bien como maceta ornamental. Con riego constante y sustrato ácido el recubrimiento libera zinc, que en exceso resulta fitotóxico y frena el crecimiento de la planta antes de suponer un problema para nadie. Las piezas antiguas pueden llevar cadmio como impureza del zinc, y eso sí es motivo para no cultivar comestibles dentro. La solución es sencilla y vale para las dos cosas: un forro interior de plástico grueso o de geotextil que separe el sustrato del metal, perforado en el fondo coincidiendo con los agujeros.
Pintura antigua. Muebles, contraventanas, bañeras y juguetes metálicos pintados antes de los años noventa pueden llevar pigmentos con plomo, habituales en pintura doméstica europea hasta bien entrados los ochenta. Con la pintura intacta y sellada el riesgo es bajo; el problema aparece al lijarla o rasparla, porque genera polvo fino. Si la capa está descascarillada y la pieza va a llevar comestibles o va a estar a la altura de un niño, se descarta y se busca otra cosa: es más rápido que cualquier alternativa.
Maderas tratadas. Las traviesas de ferrocarril impregnadas en creosota están restringidas en la Unión Europea y no pueden venderse ni cederse para uso particular; la creosota es cancerígena y en verano el olor delata la pieza. La madera de pérgola verdosa anterior a 2004 puede estar tratada con arseniato de cobre cromado, retirado del mercado doméstico ese año. Ninguna de las dos se usa para jardineras, y menos para cultivar. Sobre los pallets, que tienen su propio código de tratamiento impreso a fuego, está el artículo dedicado a pallets.
Neumáticos. Aguantan indefinidamente y son estables, pero contienen zinc y compuestos aromáticos que migran lentamente. Para plantas ornamentales, sin objeción; para hortalizas de hoja o raíz, mejor otro recipiente.
El criterio general: un envase alimentario, un objeto doméstico o una pieza de menaje pasan sin más trámite. Cualquier cosa que venga de un taller, de una obra o de un almacén agrícola se queda fuera.
Los cuatro artículos que continúan este
Con lo anterior resuelto, cada familia de objetos plantea sus propias dificultades. Los recipientes pequeños de cocina y casa (latas, tarros, teteras, coladores, cafeteras) están en macetas con objetos de cocina y casa. Los muebles y las piezas grandes (bañera, lavabo, cómoda, carretilla, tambor de lavadora) en macetas con objetos grandes en desuso. Las botas y los zapatos, con su volumen ridículo y sus materiales, en macetas con zapatos viejos. Y la madera de palé, con el asunto del sello de tratamiento por delante, en macetas hechas con pallets.
En resumen
Antes de plantar en cualquier objeto reciclado hay que responder cinco preguntas. ¿Caben los litros que pide la planta, descontando el borde libre? ¿Tiene agujeros suficientes de 10-12 mm, uno por cada 2-3 litros, y no una capa de grava que solo eleva la zona encharcada? ¿La pared va a cocer el cepellón al sol, como hace el metal oscuro y el plástico negro, o a secarlo, como hace el barro? ¿Va a seguir entero dentro de tres años a la intemperie? Y, sobre todo, ¿qué llevaba dentro? Disolventes, aceite, pintura y fitosanitarios descartan el envase; el galvanizado y la pintura anterior a los noventa piden forro interior o descarte si va a haber comestibles. Resueltas esas cinco, lo demás es decidir qué queda bonito.