Antes de despiezar nada hay que darle la vuelta al palé y buscar dos letras marcadas a fuego en el taco. Esa comprobación decide si la madera vale para plantar o si hay que devolverla al contenedor, y lleva quince segundos. Todo lo demás (cómo sacar las tablas enteras, qué se construye con ellas y cómo se trata la madera para que dure) viene después y solo tiene sentido si el sello es el correcto. Las cuestiones generales de drenaje, litros y peso están en los principios de las macetas recicladas.

El sello: HT sí, MB no

Los palés que cruzan fronteras llevan obligatoriamente un marcado a fuego según la norma internacional NIMF 15, y ese marcado es un óvalo con una espiga de trigo, el código del país (ES para España), un número de registro del fabricante y, a la derecha, el código del tratamiento aplicado. Está en los tacos laterales o en el larguero, a veces en los dos extremos.

HT. Tratamiento térmico: la madera se llevó a 56 °C en el núcleo durante al menos 30 minutos para matar insectos xilófagos y sus larvas. No interviene ningún producto químico. Es la madera que se busca y la que se usa sin reservas, incluida la que va a tocar hortalizas. Suele ir acompañada de DB (descortezado) y a veces de KD (secado en horno), que son buenas noticias adicionales: la madera seca y sin corteza se pudre mucho más tarde.

MB. Bromuro de metilo: fumigación con un gas que es a la vez tóxico agudo, neurotóxico y destructor de la capa de ozono. Está retirado en la Unión Europea desde 2010 en aplicación del Protocolo de Montreal y prohibido como fumigante de embalaje de madera, pero sigue apareciendo en palés antiguos que llevan años dando vueltas y en palés de importación procedentes de países donde el tratamiento continúa autorizado. Un palé con las letras MB no se usa para nada que vaya a tocar comestibles, ni para una mesa de cultivo, ni para muebles de una terraza donde juegue un niño o donde haya animales. Tampoco se lija ni se corta, porque eso genera serrín de esa madera, ni se quema. Se descarta y se lleva a un punto limpio. No hay forma casera de saber cuánto residuo queda ni manera de neutralizarlo, así que la decisión es binaria: sin MB, se usa; con MB, fuera.

Otros códigos. Puedes encontrarte DH (calentamiento dieléctrico, tratamiento térmico y por tanto seguro) y SF (fluoruro de sulfurilo, un fumigante químico admitido en la norma internacional pero no autorizado en la Unión Europea para este uso; con el mismo criterio que MB, se descarta).

Palés sin ningún sello. No son tóxicos: la ausencia de marcado significa que el palé nunca salió del país y por eso no necesitó tratamiento fitosanitario. El problema es otro. Son palés de un solo uso, de pino verde, sin descortezar y sin secar, con humedad alta y a menudo con corteza pegada, así que llegan con hongos de azulado, a veces con galerías de insectos, y a la intemperie se ablandan en dos inviernos. Valen para una jardinera provisional o para una estructura que no vaya a sostener peso, no para una mesa de cultivo que quieras usar cinco años.

Palés de colores. Los azules, rojos o marrones pintados pertenecen a empresas de alquiler que los ponen en circulación y los recuperan; no están abandonados aunque lo parezcan, y llevárselos es apropiarse de material ajeno. Además están pintados, lo que añade un recubrimiento que nadie sabe de qué es. Se dejan donde están.

El sello no lo dice todo. HT garantiza el tratamiento fitosanitario, no lo que se derramó encima durante su vida útil. Un palé con manchas oscuras de aceite, con olor a disolvente o a producto químico, o que venga de un almacén de fitosanitarios, de pinturas o de un taller, se descarta aunque esté marcado HT. Los que salen de una frutería, de una tienda de alimentación o de un almacén de material de construcción limpio son los que interesan.

Jardinera construida con madera de palé

Despiezar sin partir las tablas

Las tablas de un palé van clavadas con clavos helicoidales o anillados, diseñados para no salir nunca. Metiendo una pata de cabra por el canto y haciendo fuerza, lo que cede es la tabla, que se raja a lo largo de la fibra justo por la línea de clavos. Hay tres maneras de evitarlo.

Sierra de sable con hoja bimetálica de corte de metal. Es el método limpio y el más rápido. La hoja se introduce en la junta entre la tabla y el taco y corta los clavos por la mitad; la tabla sale entera, sin marcas y sin tensión, con los medios clavos dentro que después se sacan con unas tenazas o se empujan con un botador. Con una hoja de 20 cm se despieza un palé completo en un cuarto de hora. La hoja de corte de madera no vale: los dientes se pierden al primer clavo.

Palanca desclavadora de palés. La herramienta específica, con dos uñas separadas que apoyan a ambos lados del clavo y reparten el esfuerzo sobre toda la tabla en lugar de concentrarlo en un punto. Saca las tablas enteras la mayoría de las veces y no necesita electricidad.

Maza y taco de apoyo. Golpeando desde el reverso, sobre el taco y no sobre la tabla, se separan unos milímetros; después se hace palanca con la pata de cabra apoyada sobre un trozo de madera de sacrificio, para no marcar el canto ni concentrar la fuerza en el filo. Es lento y sale bien más o menos la mitad de las veces.

Un atajo cuando no importa perder longitud: cortar con sierra circular las dos líneas pegadas al interior de los tacos exteriores. Se pierden unos ocho centímetros por lado y se obtienen tablas largas, rectas y sin un solo clavo, listas para trabajar. Para muchas construcciones sale más a cuenta que pelearse con el desclavado.

Después del despiece, dos tareas que no conviene saltarse: pasar un imán o revisar tabla por tabla para que no quede ningún resto de clavo (uno solo estropea el disco de la sierra y las manos), y lijar con grano 80 y luego 120, porque el pino de palé astilla y esas astillas acaban en los dedos cada vez que se riega.

Jardinera vertical

Es la construcción más habitual y la que más veces sale mal, porque tiene un problema físico que hay que resolver en el diseño y no después.

El montaje básico: el palé se pone en pie apoyado contra un muro, se forra por detrás, por los laterales y por el fondo con geotextil o malla antihierbas grapada cada diez centímetros, se rellena de sustrato por arriba compactando ligeramente y se planta por las aberturas frontales, entre tabla y tabla.

El problema: el agua baja por gravedad a través de una columna continua de sustrato, de manera que la fila superior se seca en un día y la inferior queda permanentemente encharcada, con lo que se pierden las plantas de arriba por sed y las de abajo por asfixia. Tenerlo colgado en vertical no cambia la física.

La solución es compartimentar. Se atornillan tablas horizontales por detrás formando bandejas independientes, cada una forrada por separado y con sus propios agujeros de drenaje, de modo que ningún nivel vierta sobre el siguiente. Cuesta una tarde más y es la diferencia entre una jardinera que funciona y una que se vacía en junio. La alternativa parcial es inclinar el palé entre 10 y 15 grados contra el muro, lo que reparte mejor el agua, y añadir un ramal de goteo por arriba.

Profundidad y plantas. Entre tabla y tabla quedan 10 o 12 centímetros de fondo, que solo admiten raíz superficial: lechugas de hoja de corte, canónigos, rúcula, espinaca, fresas (Fragaria × ananassa), aromáticas de mata pequeña como tomillo, perejil, cebollino y orégano, y suculentas rastreras (Sedum album, Sedum spurium, Sempervivum) si es una pared soleada y no quieres regar a diario. La menta va bien pero llena su compartimento entera. Tomate, pimiento, calabacín y cualquier raíz profunda quedan fuera.

Anclaje. Un palé vertical plantado y regado pesa entre 80 y 120 kg. Se fija al muro con dos tacos químicos o dos escuadras metálicas, sin excepción; apoyado y nada más, con un golpe de viento o el empujón de un niño se viene abajo.

Mesa de cultivo y jardinera clásica

Con las tablas del despiece se construye lo que la vertical no permite: fondo.

Una mesa de cultivo es un cajón de tablas montado sobre patas, y las medidas importan más que el acabado. Altura de trabajo entre 85 y 90 centímetros, que es lo que evita agacharse. Anchura máxima 70 centímetros si se accede por un lado y 120 si se accede por los dos, para llegar al centro sin apoyar el pecho. Profundidad del cajón: 15 centímetros bastan para hoja, aromáticas y fresa; para zanahoria, remolacha, ajo o cebolla hacen falta 30. Fondo de tablas dejando ranuras de tres o cuatro milímetros entre ellas, más geotextil por dentro, y ahí ya está resuelto el drenaje sin taladrar nada.

El forro interior es la decisión que más vida añade a la construcción. Un plástico grueso, perforado solo en el fondo y coincidiendo con las ranuras, separa el sustrato de la madera y multiplica los años de servicio. Una mesa forrada dura fácilmente el doble que la misma sin forrar.

La jardinera clásica es el mismo cajón sin patas, apoyado en cuatro tacos de cinco centímetros para que la madera no toque el suelo. Puesta directamente sobre tierra húmeda, la base se pudre por dentro antes del segundo verano.

Mesa de cultivo hecha con tablas de palé

Tratar la madera para que dure

El pino de palé sin tratar y en contacto con sustrato húmedo da dos o tres años. Tratado y forrado, seis u ocho. La diferencia está en cuatro cosas y ninguna es cara.

Que no toque el suelo. Cuatro tacos, cuatro ladrillos o unos pies de plástico bajo la base. La humedad que sube por capilaridad desde la tierra hace más daño que la lluvia.

Que el sustrato no toque la tabla. El forro interior de plástico o geotextil, ya mencionado.

Sellar las testas. El agua entra por los extremos cortados, donde la fibra queda abierta, mucho más que por la cara. Esas zonas piden dos manos extra de lo que uses.

Un acabado que filtre el ultravioleta. Tres opciones sensatas:

Aceite de linaza cocido. Barato, sin olor persistente, apto para estructuras que van a tocar comestibles. Se aplica la primera mano diluida para que penetre y dos o tres más al natural, con un día de secado entre ellas y en día seco. Se renueva cada año o dos. Los trapos empapados de aceite de linaza se extienden abiertos al aire para secar y no se amontonan, porque el aceite curando desprende calor.

Lasur al agua para exteriores. Penetra sin formar película, resiste bien y admite repintado sin decapar. Elígelo pigmentado: el pigmento es lo que bloquea el ultravioleta, y el incoloro protege bastante menos. Si la construcción va a llevar hortalizas, busca uno sin biocidas y comprueba la etiqueta.

Aceite de teca o de tung. Más caro y con mejor resistencia al agua, razonable para una mesa de cultivo que quieras conservar.

El barniz brillante de interior es la peor elección posible en el exterior: forma una película que se cuartea con los ciclos de sol y lluvia, el agua se cuela por las grietas y queda atrapada debajo pudriendo la madera sin que se vea nada desde fuera.

Todo tratamiento se aplica por las dos caras y se deja curar una semana larga antes de meter sustrato y plantar.

En resumen

Busca el óvalo marcado a fuego en el taco antes de nada. HT significa tratamiento por calor y es la madera que se usa sin reservas; MB significa bromuro de metilo, un fumigante prohibido en la Unión Europea que aún aparece en palés viejos y de importación, y ese palé no se usa ni se lija ni se quema: se lleva al punto limpio. Los palés sin sello no son tóxicos pero vienen húmedos y sin descortezar, traen hongos y duran poco; los de colores son de empresas de alquiler y no se cogen. Y un HT manchado de aceite se descarta igualmente. Para despiezar, sierra de sable con hoja de metal cortando los clavos, que saca la tabla entera. La jardinera vertical exige compartimentar por niveles o el agua se irá toda abajo, y solo admite 10 centímetros de raíz. La mesa de cultivo pide 85-90 cm de altura, 15 cm de fondo para hoja y 30 para raíz, y forro interior. Y la madera dura el triple si no toca el suelo, no toca el sustrato, lleva las testas selladas y va con aceite de linaza o lasur pigmentado renovado cada dos años.


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