Conviene deshacer un equívoco antes de seguir: llamar al género «trepadora resistente a la sequía», así en bloque, es inexacto. Las clemátides de jardín que se venden por la flor grande —las de sépalos anchos y quince centímetros de diámetro— quieren el pie fresco, la raíz sombreada y humedad en el suelo durante todo su ciclo, y en un verano seco de interior peninsular lo pasan mal por mucho que se rieguen. Dicho eso, dentro de Clematis hay un puñado de especies que sí están construidas para el calor y la sequía, porque vienen exactamente de ahí. Ese es el material del que trata esta página.
Clematis flammula, la mediterránea de verano
Es la candidata natural en España porque es de aquí: crece silvestre en setos, ribazos y orlas de encinar por casi toda la mitad este y sur de la Península, en suelos secos y a menudo calizos. Florece en pleno agosto, cuando el jardín está parado, con una nube de florecillas blancas de cuatro sépalos estrechos y un perfume claro a almendra que se nota desde lejos.
Aguanta el verano sin riego una vez arraigada, tolera la caliza sin clorosar y rebrota con energía. Pertenece al grupo 3, así que se corta a fondo a final de invierno y no da problemas de manejo. Su historia, su ecología y el aviso que contiene su nombre popular están en la muermera.
Clematis cirrhosa, que florece en invierno y descansa en verano
De todas, la que mejor resuelve el problema, porque no lo afronta: lo esquiva. Clematis cirrhosa es propia del Mediterráneo oriental y de las Baleares —la var. balearica es la forma insular, de hoja finamente dividida— y ha invertido el calendario. Echa la hoja en otoño, florece de noviembre a marzo con campanillas colgantes de color crema, a menudo moteadas de rojo por dentro, y en cuanto aprieta el calor pierde el follaje y entra en reposo estival. En julio parece muerta y no lo está.
Esa estrategia la convierte en la clemátide más lógica para el litoral mediterráneo, Andalucía o Baleares: florece en la estación húmeda y duerme en la seca, exactamente como el resto de la flora que la rodea. Resiste en torno a −8 ºC, lo que la limita en zonas de invierno duro, y necesita drenaje impecable: en suelo pesado y con riego de verano se pudre, porque el agua le llega justo cuando no la quiere.
Se poda como grupo 1, es decir, apenas: un recorte ligero después de la floración, ya en primavera, y nada más. Cortarla en enero es cortarla en plena flor.
Clematis viticella, la más práctica
Originaria del sur de Europa y de Asia Menor, es la especie que salva la papeleta en la mayoría de los jardines españoles con verano caluroso. No es una planta de secano estricto —agradece un riego quincenal en julio y agosto—, pero tolera el calor, la caliza, la insolación fuerte y los inviernos de la meseta sin inmutarse, y es además notoriamente resistente al marchitamiento que castiga a los híbridos de flor grande.
Florece de junio a septiembre sobre madera del año, con flor mediana acampanada o abierta, en morados, granates, rosas y blancos. Los cultivares clásicos —'Étoile Violette', 'Polish Spirit', 'Madame Julia Correvon', 'Alba Luxurians', 'Purpurea Plena Elegans'— se comportan casi tan bien como la especie. Poda de grupo 3: al suelo cada final de invierno, sin contemplaciones.
Clematis tangutica y las de estepa
Aquí se cambia de continente. Clematis tangutica y su pariente Clematis orientalis vienen de las estepas y las montañas secas de Asia central, del noroeste de China a Mongolia, donde el verano es corto y árido y el invierno muy frío. Traen, en consecuencia, una tolerancia a la sequía y al frío que ninguna clemátide europea iguala.
La flor es distinta a todo lo demás del género: campanillas amarillas de sépalos gruesos y cerosos, colgantes, con aspecto de farolillo, abiertas de julio a octubre. Y detrás vienen los aquenios plumosos plateados, que se sostienen hasta bien entrado el invierno y que en muchos jardines valen tanto o más que la floración. 'Bill MacKenzie' es el cultivar de referencia, vigoroso y de flor mayor.
Para el interior peninsular —ambas mesetas, Aragón, La Rioja, interior de Andalucía— es probablemente la elección más segura del género. Grupo 3 también, con poda anual a fondo.
Un par de casos con matices
Clematis vitalba, la hierba de pordioseros, es autóctona en buena parte de la Península y de una rusticidad absoluta, pero no se recomienda plantarla: alcanza más de quince metros, se hace leñosa y pesadísima, siembra sola y se comporta como colonizadora agresiva sobre setos y arbolado joven. En Nueva Zelanda y en parte de Norteamérica figura como invasora declarada. Fuera de un talud rústico enorme donde no moleste a nadie, hay mejores opciones.
Clematis campaniflora, del suroeste ibérico y Portugal, es pariente cercana de viticella, con flor blanquiazulada más pequeña y campanulada, buena tolerancia al calor y menos vigor. Es interesante y poco frecuente en vivero. Y Clematis texensis, de las calizas de Texas, aporta el rojo intenso a los híbridos y aguanta bien la insolación, aunque sus cultivares suelen coger oídio con facilidad.
Cómo se cultivan en clima seco
Tener la especie adecuada es media batalla; la otra media es la implantación. Estas plantas resisten la sequía cuando ya tienen la raíz hecha, no el primer verano.
Plantar en otoño, no en primavera. De octubre a diciembre, para que el invierno y la primavera trabajen a favor y la raíz llegue con profundidad al primer julio. Una clemátide plantada en abril en Ciudad Real afronta el verano con el cepellón del vivero y poco más.
Hoyo grande y suelo profundo. Sesenta centímetros de lado, con la tierra removida y mejorada con compost, para que la raíz baje. En terreno somero o sobre roca, la sequía se nota el doble.
Riego de establecimiento durante dos o tres veranos. Poco frecuente pero abundante: un riego largo cada diez o quince días moja en profundidad y empuja la raíz hacia abajo, mientras que un riego corto diario mantiene el sistema radicular en los diez primeros centímetros, que es justo la capa que se cuece en agosto.
Acolchado grueso y sombra en el pie. Ocho o diez centímetros de corteza, paja o grava, sin tocar el cuello. Y por delante, una vivaz mediterránea de porte bajo —lavanda, santolina, nepeta, salvia— que dé sombra a la base. Esta es la aplicación literal de la regla del pie a la sombra y la cabeza al sol que se explica en Clematis y sus tres grupos de poda, y en clima seco no es un consejo sino un requisito.
Orientación este o sureste. Sol de mañana y sombra a partir del mediodía. Un muro blanco encalado a poniente concentra radiación reflejada y temperaturas de superficie que ninguna clemátide soporta.
Cuello enterrado unos centímetros, como en todo el género, por la razón que se detalla en enfermedades de la clemátide.
Por qué fracasan los híbridos de flor grande en el interior
No es cuestión de mala suerte ni de riego insuficiente. Hay razones concretas y todas apuntan en la misma dirección.
La raíz es superficial y carnosa, concentrada en los primeros treinta centímetros, y esa capa es exactamente la que alcanza temperaturas altísimas en un suelo desnudo de meseta en julio. Por encima de cierto umbral la raíz deja de absorber aunque haya agua disponible, y la planta se marchita con el suelo húmedo.
La hoja es fina y de superficie amplia, con transpiración alta y sin ninguna de las adaptaciones xerofíticas —cutícula gruesa, pelo, hoja reducida— de la flora mediterránea. Y el sépalo, que no es un pétalo verdadero y dura muchos días abierto, se decolora y se acartona con radiación intensa: los azules y rosas de los híbridos pierden color en cuestión de días bajo un sol de agosto castellano.
El calendario tampoco ayuda. Estos híbridos florecen en mayo y junio y repiten en agosto, es decir, exigen su máximo esfuerzo fisiológico justo en el pico de estrés hídrico y térmico. Las especies de esta página lo evitan: cirrhosa florece en invierno, tangutica tiene hoja pequeña y raíz profunda, flammula es de aquí.
Se añaden las noches cálidas, que impiden la recuperación nocturna, y el agua de riego dura y caliza de buena parte del país, que con el tiempo agrava la clorosis. Un híbrido de flor grande puede vivir en Madrid o en Zaragoza, sí, pero en patio interior, orientación este, riego constante y pie tapado. Fuera de esas condiciones, la elección sensata es otra especie.
Qué elegir según dónde se esté
Litoral mediterráneo, Baleares y Andalucía occidental: Clematis cirrhosa para tener flor en invierno y reposo en verano, y Clematis flammula para la floración de agosto.
Interior peninsular con verano duro e invierno frío: Clematis tangutica como primera opción y Clematis viticella con un riego quincenal de apoyo.
Zonas de transición y jardín con riego disponible: el grupo viticella completo, que da color de junio a septiembre y perdona errores.
Norte atlántico: ninguna de estas restricciones aplica, y ahí sí funcionan los híbridos de flor grande y la Clematis montana. Otras alternativas para muros difíciles, con más o menos exigencia de agua, están recogidas en enredaderas.
En resumen
El género no es, en conjunto, resistente a la sequía: los híbridos de flor grande piden pie fresco y humedad sostenida, y fracasan en el interior peninsular por raíz superficial, hoja transpirante y un calendario de floración que coincide con el pico de calor. Sí resisten las especies mediterráneas y esteparias: Clematis flammula, ibérica y de floración estival perfumada; Clematis cirrhosa, que florece de noviembre a marzo y duerme en verano; Clematis viticella, la más práctica y tolerante; y Clematis tangutica, la de estepa asiática, con farolillos amarillos y plumas plateadas. En clima seco se plantan en otoño, en hoyo profundo, con dos o tres veranos de riego espaciado y abundante, acolchado grueso, pie sombreado y orientación de sol de mañana.