El nombre popular de la muermera no es cariñoso, y no lo es por una razón química concreta. Clematis flammula crece silvestre por los ribazos de media España, huele a almendra en agosto y es una planta de jardín perfectamente cultivable; también tiene una savia que levanta ampollas, y la memoria de ese efecto quedó fijada en los nombres con que se la conoce. Vale la pena contarlo entero, porque explica a la vez la planta y la precaución con que hay que tratarla.

Clematis flammula cubierta de flores blancas

Una liana del matorral mediterráneo

Se trata de una trepadora leñosa de tres a cinco metros, caduca en el interior y semipersistente en inviernos suaves, con tallos delgados y acanalados que se vuelven fibrosos con los años. La hoja es pinnada o dos veces pinnada, con foliolos pequeños, enteros y de margen limpio, bastante distinta de la hoja ancha y trifoliada de la clemátide de Armand. Como todo el género, sube enrollando el pecíolo alrededor de lo que encuentre.

Florece de julio a septiembre, en el hueco del calendario en que el matorral está quieto. Las flores son blancas, de cuatro sépalos estrechos y no más de dos centímetros, pero salen en panículas terminales amplias y a millares, hasta cubrir la planta con una espuma blanca visible desde lejos. El perfume, dulce y almendrado, se concentra al atardecer.

En otoño llegan los aquenios: frutos secos rematados por un largo apéndice plumoso y sedoso que en septiembre y octubre convierte la mata en una masa gris plateada. El viento se encarga del reparto, y por eso la especie aparece de forma espontánea en cualquier talud del entorno.

Dónde vive

Es propia de toda la cuenca mediterránea, y en la Península ocupa sobre todo la mitad este y el sur: Cataluña, Levante, valle del Ebro, Baleares, Andalucía, con presencia dispersa en el interior y el suroeste. Sube hasta los mil o mil doscientos metros y prefiere los suelos secos, pedregosos y con frecuencia calizos.

Su ambiente es el borde: setos vivos, ribazos entre bancales, márgenes de camino y de cultivo, orlas de encinar y coscojar, taludes soleados. Ahí no crece sobre estructura sino sobre otras plantas —zarza, majuelo, lentisco, aladierno, escaramujo—, apoyándose en la mata y sacando la floración por encima. Es una liana de dosel bajo, no una trepadora de gran altura, y en eso se diferencia de su pariente Clematis vitalba, que trepa quince metros y se comporta de manera mucho más invasora.

Para la fauna es una pieza útil precisamente por su fecha. En agosto, con casi todo agostado, ofrece néctar y polen abundantes y se llena de abejas, abejorros, sírfidos y mariposas; la maraña de tallos sirve de refugio y nidificación, y sus aquenios los aprovechan pájaros pequeños como material de nido.

La protoanemonina y el aviso que trae el nombre

Todas las clemátides, y en general toda la familia Ranunculaceae, contienen en los tejidos vivos un glucósido llamado ranunculósido. Mientras la planta está intacta no ocurre nada. Cuando el tejido se rompe —al partir un tallo, machacar una hoja o podar—, una enzima lo transforma en protoanemonina, una lactona volátil e inestable que es la responsable del efecto.

Sobre la piel produce una dermatitis irritativa de aparición no inmediata: enrojecimiento, escozor y, con exposición prolongada o piel sensible, ampollas que pueden tardar horas en salir y que dejan la zona en carne viva. Por eso se la llama vesicante. Por ingestión irrita la mucosa de la boca y del tubo digestivo, con salivación, ardor, dolor abdominal y vómitos; afecta igual a personas y a animales domésticos, y los casos serios son raros sencillamente porque el sabor acre hace que nadie insista.

Un detalle relevante: al secarse la planta, la protoanemonina se transforma en anemonina, un compuesto mucho menos activo. De ahí que el material seco apenas cause problemas y que el ganado que rechaza la mata verde pueda comer heno que la contenga sin consecuencias. La toxicidad es, en la práctica, un asunto de la planta fresca y de la savia recién liberada.

Muermera alude a las llagas supurantes que provoca —«muermo», en el sentido antiguo de secreción y mal aspecto— y hierba de los pordioseros recoge un uso documentado en Europa desde la Edad Moderna: quienes pedían limosna se aplicaban la savia sobre la piel para producirse llagas de aspecto grave, y una vez conseguida la caridad la lesión curaba sola. El mismo nombre existe en francés, herbe aux gueux, y se aplica también a Clematis vitalba. No hay aquí ninguna receta que reproducir, y este texto no la incluye: se trata de un daño químico real sobre el tejido, con riesgo de infección y de cicatriz.

Qué hacer y qué no

Manipularla es perfectamente viable con sentido común. Poda y recolección con guantes y, si la mata es grande y hay que meterse dentro, con manga larga; los restos frescos se retiran en el momento y no se dejan al alcance de mascotas ni de niños pequeños.

Si la savia toca la piel, se lava pronto con agua abundante y jabón y se evita el sol sobre la zona. Las ampollas no se revientan. Si la superficie afectada es amplia, si la lesión no mejora o si hay contacto con los ojos, corresponde acudir a un médico; para una duda menor, el farmacéutico orienta bien. Ante una ingestión, sobre todo en niños o en animales, hay que llamar al médico o al Servicio de Información Toxicológica sin esperar a ver síntomas, y no provocar el vómito por cuenta propia.

Sobre su fama medicinal conviene ser preciso. La tradición popular europea la citó como rubefaciente y vesicante para dolores articulares, y una especie próxima, Clematis erecta, figura en las farmacopeas homeopáticas. No existe evidencia clínica que respalde ningún uso terapéutico de la planta, y el margen entre irritación y lesión con pérdida de piel es estrecho e imposible de dosificar en casa. No hay preparación doméstica recomendable, ni infusión, ni aplicación externa, ni maceración. Está desaconsejada de plano en embarazo y lactancia, en niños y sobre piel dañada, y quien siga cualquier tratamiento crónico —muy en particular con anticoagulantes, inmunosupresores o corticoides— debe consultar antes con su médico o su farmacéutico en lugar de experimentar con plantas de campo.

Frutos plumosos y plateados de Clematis flammula

Su sitio en un jardín naturalista

Con eso dicho, es una planta excelente para jardinería mediterránea de bajo mantenimiento, y por motivos que las clemátides de vivero no pueden ofrecer: florece en agosto, resiste el verano sin riego una vez arraigada, no clorosa en caliza y sostiene fauna en la peor época del año.

Los usos que mejor le sientan son de tipo rústico. Sobre un seto vivo mixto de arbustos autóctonos, dejándola apoyarse como lo hace en el campo. En un cierre de alambre o una valla rústica que haya que tapar sin obra. Sobre un talud seco, donde sujeta suelo y no necesita estructura. O trepando por un arbusto grande de floración primaveral —lentisco, coronilla, majuelo— al que le añade una segunda estación de interés. Lo que no encaja es un enrejado geométrico junto a la puerta de casa: crece de forma desmañada y en invierno queda como un manojo de varas.

Cultivo: pleno sol, suelo con drenaje, cualquier textura, tolerante a la caliza. Plantación en otoño y dos veranos de riego espaciado para asentar la raíz; después, autónoma en clima mediterráneo. Pertenece al grupo 3 de poda: florece sobre madera del año, así que se corta a unos treinta centímetros del suelo cada final de invierno y rebrota con fuerza en primavera. La clasificación completa está en Clematis y sus tres grupos de poda, y otras especies del género aptas para verano seco, en clemátides que resisten la sequía.

Se multiplica bien por semilla recogida en otoño y estratificada en frío durante unas semanas, aunque germina de forma irregular y con calma. Se resiembra sola en el entorno; nada comparable al problema que da Clematis vitalba, pero conviene revisar de vez en cuando los alrededores si hay un seto joven cerca.

En resumen

Clematis flammula, la muermera, es una liana autóctona del matorral mediterráneo que vive sobre setos, ribazos y taludes calizos, florece de julio a septiembre con una nube de flores blancas perfumadas a almendra y cierra el año con aquenios plumosos plateados. Su savia fresca libera protoanemonina, irritante y vesicante al contacto y tóxica por ingestión, lo que explica sus nombres populares y el viejo uso para fingir llagas; el compuesto pierde actividad al secarse la planta. Se maneja con guantes, sin preparaciones caseras de ningún tipo y con consulta médica ante contacto extenso o ingestión. En jardín es una pieza de primera para seto vivo, talud o cierre rústico en clima seco, a pleno sol y con poda anual a fondo a final de invierno.


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