Hacia el cuarto o quinto año, la Clematis montana deja de comportarse como una trepadora y pasa a comportarse como una masa: ya no es un tallo que sube por un alambre, sino un volumen leñoso de varios metros cúbicos que descansa sobre lo que le pusieron debajo. Ese cambio de escala es lo que hay que tener en la cabeza el día de la plantación, porque condiciona el soporte, el sitio y el trabajo de mantenimiento durante los veinte años siguientes.
Una trepadora de cobertura, no de detalle
La especie procede del Himalaya y del oeste de China, donde crece en bosques de montaña entre los 1.200 y los 4.000 metros. De ahí le vienen las dos cualidades que la definen en jardín: vigor desmesurado y una rusticidad a prueba de casi cualquier invierno peninsular, con hojas caducas que aguantan sin daño en torno a los −20 ºC.
Una planta establecida alcanza de ocho a diez metros con facilidad, y en pared bien orientada y suelo profundo pasa de doce. Los crecimientos anuales, una vez arrancada, van de dos a tres metros. No es una trepadora que se «coloque» en un rincón de dos metros junto a la puerta: en ese rincón acabará ahogando lo que tenga alrededor y pidiendo la tijera dos veces al año.
Lo que ofrece a cambio es cobertura rápida y densa. Para tapar un muro medianero feo, un garaje, una alambrada larga o un tocón vivo, no hay muchas alternativas caducas que trabajen a esa velocidad. Otras opciones para superficies grandes y sombrías están reunidas en trepadoras para la sombra.
La floración de abril y mayo
Durante dos o tres semanas, entre finales de abril y mediados de mayo según la zona, la planta desaparece bajo la flor. Son flores pequeñas para el género —de cuatro a seis centímetros—, de cuatro sépalos abiertos en cruz, blancas en la especie tipo y rosadas en var. rubens, y salen a millares repartidas por toda la superficie de la mata.
Varias formas tienen perfume, algo poco frecuente en Clematis. La var. rubens y cultivares como 'Elizabeth' o 'Mayleen' huelen a vainilla, más marcado a media tarde y en día templado. La var. wilsonii es la excepción de calendario: florece de cuatro a seis semanas más tarde, ya en junio, con flor blanca de sépalos estrechos y un olor a chocolate muy reconocible; sirve para prolongar la temporada cuando ya se tiene una montana temprana.
Entre los cultivares habituales en vivero español, 'Grandiflora' es la blanca de flor mayor y quizá la más desmedida de todas, 'Elizabeth' la rosa pálida perfumada de referencia, 'Marjorie' la semidoble asalmonada y 'Freda' la de tono más oscuro y hoja bronceada, algo menos crecida que las demás y por eso útil en espacios ajustados.
Lo importante: florece sobre madera del año anterior
Las yemas de flor se forman durante el verano y el otoño anteriores, sobre los tallos que crecieron esa temporada. En marzo esas yemas ya están hechas y esperando. Todo lo que se corte a final de invierno es floración eliminada, y el resultado es una planta verde y sana en mayo sin una sola flor.
Por eso Clematis montana pertenece al grupo 1 de poda, el de las que apenas se tocan. La ventana de intervención es justo después de la floración, de finales de mayo a mediados de junio como muy tarde. Ahí quedan tres o cuatro meses de temporada para que rebrote y forme la madera que florecerá el año que viene. El reparto completo del género en grupos está en Clematis y sus tres grupos de poda.
El soporte que necesita de verdad
El error de cálculo habitual es de peso, no de altura. Una montana adulta, con la madera acumulada de una década y la hoja mojada tras una lluvia, carga cientos de kilos sobre su estructura, y esa carga trabaja hacia fuera y hacia abajo. Las mallas plásticas, los enrejados de listón fino de jardinería y los alambres de tender se vencen o se sueltan del muro a los pocos años, casi siempre en un temporal.
Lo que aguanta es cable de acero galvanizado de tres o cuatro milímetros, tensado con tornillos tensores sobre cáncamos anclados con taco químico o taco de expansión, en líneas horizontales cada cuarenta o cincuenta centímetros y separadas cinco o seis del paramento. También sirve un enrejado metálico soldado bien atornillado, o postes de madera tratada de sección generosa en el caso de una valla. Los detalles de anclaje, separación y daño al revoco están desarrollados en consejos a la hora de colocar enredaderas.
Hay dos sitios donde no conviene dejarla llegar: el canalón y el faldón de teja. La montana no perfora ni se adhiere —trepa enrollando el pecíolo de la hoja, sin ventosas—, pero se cuela bajo la teja levantada, coloniza el canalón y lo atasca de hoja seca cada otoño. Se resuelve dejando el metro superior del muro sin cable y recortando ahí cada junio.
Sobre un árbol viejo
Es el uso que mejor la aprovecha y el que menos trabajo da: un ciruelo o un manzano agotado, un almendro seco todavía en pie, un ciprés desmejorado. La planta sube por las ramas finas y acaba colgando la floración desde la copa, que es como se ve en su ambiente natural.
Dos precauciones. La primera, que el porte del árbol dé la talla: sobre un frutal joven o un árbol de menos de cinco o seis metros, la montana termina compitiendo por la luz y desequilibrando la copa. La segunda, la plantación: conviene ponerla a metro y medio o dos metros del tronco, fuera de la maraña de raíces principales, y guiarla hasta la primera rama con una cuerda tendida en diagonal. Si se planta pegada al pie, compite con el árbol por agua en el peor momento y arranca mal.
Qué hacer cuando la mata se ha hecho enorme
Con los años, la planta acumula una capa de madera vieja, hoja seca y tallos muertos entrelazados que puede llegar a medio metro de espesor, con la floración desplazada a la superficie y la base pelada. Hay tres niveles de intervención, todos en la misma ventana de junio:
Recorte de contención. El mantenimiento normal. Se acortan los brotes que se salen del espacio asignado y se retiran las madejas de hoja seca acumulada. Media mañana de trabajo al año, escalera incluida.
Aclarado. Cada tres o cuatro años, además del recorte, se sacan de raíz dos o tres de los tallos principales más viejos y desnudos, cortándolos abajo y tirando de ellos con paciencia para desenredarlos. Rebaja peso y devuelve luz al interior.
Rebaje severo. Cuando la situación se ha ido de las manos, se puede bajar toda la planta a un metro o metro y medio del suelo. Es una operación que hay que hacer en junio, nunca a final de invierno, y asumiendo que se pierde la floración del año siguiente y a veces la de dos. Conviene saber además que Clematis montana rebrota desde madera vieja peor que las clemátides del grupo 3: algunos ejemplares muy envejecidos no vuelven, o vuelven solo por un lado. Si la planta es vieja y está en mal estado, con frecuencia sale más a cuenta arrancarla y poner una nueva, que en tres años ha recuperado el terreno.
Suelo, agua y clima español
Le va bien un suelo profundo, fresco y con drenaje, ni ácido ni muy calizo. Como todas las clemátides se planta con el cuello unos centímetros por debajo del nivel del cepellón, por la razón que se explica en enfermedades de la clemátide, y agradece el pie sombreado con acolchado, una losa o una vivaz por delante.
Geográficamente está en su sitio en la cornisa cantábrica, Galicia, el Pirineo, los sistemas Central e Ibérico y la meseta norte, donde el verano no es extremo y hay humedad. En el litoral mediterráneo funciona en exposición fresca y con riego, aunque la floración se adelanta a abril y dura menos. En el interior sur y en el valle del Ebro, con cuarenta grados de julio y suelo recalentado, es una planta que sufre; ahí conviene ir a viticella o a las especies de la lista de clemátides para clima seco.
Los primeros dos veranos hay que regar sin fallar. Después, en clima atlántico, se apaña sola. Es de las clemátides menos afectadas por el marchitamiento y de las más sanas en general; sus problemas típicos son la araña roja en muro caliente y algo de oídio a final de verano en mata muy densa y mal ventilada, un asunto tratado en plagas en las plantas trepadoras. Como el resto del género, su savia contiene protoanemonina y conviene podarla con guantes.
En resumen
Clematis montana es la trepadora de cobertura del género: ocho a doce metros, dos o tres metros de crecimiento al año, rusticidad hasta unos −20 ºC y una floración torrencial de flor pequeña entre abril y mayo, perfumada en var. rubens, 'Elizabeth' o 'Mayleen', y desplazada a junio en var. wilsonii. Florece sobre la madera del año anterior, de modo que solo se recorta después de florecer, entre finales de mayo y junio, y nunca a final de invierno. Exige un soporte de cable de acero tensado o enrejado metálico capaz de sostener el peso real de una mata adulta, espacio de verdad, y una revisión anual para que no colonice canalones y tejas. Sobre un árbol viejo y robusto es donde mejor se la ve y menos trabajo da.