Una trepadora bien elegida y mal colocada acaba convertida en un problema de albañilería. El error rara vez está en la planta: está en haberla puesto contra una superficie a la que no puede agarrarse, o contra una a la que se agarra demasiado bien. Antes de abrir el hoyo conviene resolver dos cosas: cómo sube esa especie en concreto y qué va a soportar su peso dentro de quince años.
Tres formas de trepar, tres exigencias distintas
Las trepadoras no son un grupo botánico, sino un modo de vida al que han llegado plantas muy distintas por caminos distintos. A efectos prácticos, para decidir dónde se pone cada una, basta con separarlas en tres bloques. El mecanismo de agarre se explica con detalle en el artículo sobre cómo se agarran las trepadoras; aquí interesa solo lo que exige cada bloque al soporte.
Las que necesitan algo delgado a lo que enroscarse. Aquí entran las de zarcillo —Passiflora caerulea, Vitis vinifera, Cobaea scandens, la clemátide con sus pecíolos prensiles— y las de tallo voluble, que giran la punta del brote hasta encontrar apoyo: Wisteria sinensis, Lonicera, Jasminum officinale, Ipomoea, Humulus lupulus. Un zarcillo de clemátide se cierra sobre elementos de menos de un centímetro; uno de pasiflora admite algo más. Un tallo voluble de glicina puede rodear un tubo de cinco centímetros, y con los años lo estrangula. Ninguna de las dos sube por un muro liso: sin alambre, cable tensado, emparrillado o malla, se quedan amontonadas en el suelo. Es lo que ocurre cuando se planta una glicina contra una fachada limpia y se espera a ver qué pasa.
Las que suben solas. Las de raíces adventicias —Hedera helix, Hydrangea anomala subsp. petiolaris, Campsis radicans, Ficus pumila— emiten raicillas a lo largo del tallo que se introducen en cualquier poro. Las de discos adhesivos, como Parthenocissus tricuspidata y P. quinquefolia, terminan sus zarcillos en almohadillas que segregan un adhesivo y se pegan al vidrio si hace falta. No piden soporte. Ese es el atractivo y ese es el problema, y merece su propio apartado.
Las que no trepan. Los rosales trepadores y sarmentosos, la buganvilla, Solanum laxum, Plumbago auriculata: emiten varas largas que se apoyan sobre la vegetación vecina, a veces ayudadas por espinas ganchudas, pero no tienen ningún órgano de fijación. Hay que atarlas una por una, y hay que seguir atándolas todos los años. Quien planta un rosal trepador esperando que suba por sí mismo se encuentra en junio con tres metros de vara tumbados sobre el seto.
La separación del muro no es un detalle estético
Cualquier sistema de soporte fijado a una pared debe quedar separado de ella entre cuatro y seis centímetros como mínimo. Esa cámara cumple tres funciones a la vez.
La primera es dejar pasar el aire. Una masa de vegetación pegada al paramento impide que el muro se seque después de una lluvia o de un riego; la humedad retenida degrada el revoco, favorece la aparición de manchas y, en fachadas con problemas previos de capilaridad, los agrava. Con cinco centímetros de hueco y algo de viento, el muro se airea y el follaje también, lo que reduce de paso los ataques de oídio.
La segunda es puramente mecánica: un tallo voluble necesita rodear el soporte, y no puede hacerlo si el alambre está clavado a ras de pared. Con el cable pegado al muro, la glicina no encuentra por dónde pasar y acaba enrollándose sobre sí misma.
La tercera es de mantenimiento. Con separación se puede meter la mano por detrás, cortar una rama que se ha ido donde no debía y, llegado el caso, descolgar la planta entera para pintar. Sin separación, cualquier intervención implica destrozar la trepadora.
Anclajes: qué se fija y cómo
El sistema más limpio y duradero para una fachada es el cable de acero inoxidable de 3 o 4 mm con tensores. Se fija en los extremos con cáncamos o con separadores de acero atornillados al muro, se tensa lo justo para que no cuelgue y se dispone en horizontales cada 40 o 50 cm, o en verticales si la planta es voluble y se quiere un efecto de columnas. Un cable de 4 mm bien anclado aguanta sin quejarse la carga de una trepadora adulta; el punto débil nunca es el cable, es el taco.
Sobre ladrillo macizo, hormigón o piedra, un taco de expansión de calidad o un taco químico resuelven. Sobre ladrillo hueco —lo habitual en tabiquería y en muchos cerramientos de vivienda española— un taco de expansión corriente se afloja con el tiempo porque revienta el tabique del hueco: ahí toca anclaje químico con tamiz, que reparte el esfuerzo en varias paredes internas del ladrillo, o taco largo específico para hueco. Perfora sin percusión en ladrillo hueco; el martillo destroza el tabique interior y deja el agujero inservible.
Hay un caso donde conviene detenerse antes de taladrar: las fachadas con aislamiento por el exterior (SATE). El anclaje debe atravesar el aislante y morder el soporte estructural, con la varilla adecuada y sellado del paso; un taco que se quede en la capa de mortero y poliestireno acabará cediendo y, además, habrá abierto un puente para el agua. Si la fachada es de este tipo y no hay claridad sobre cómo está resuelta, la trepadora se pone en una estructura exenta —pérgola, celosía sobre pies derechos, arco— separada del muro.
El emparrillado o celosía de madera es la alternativa más sencilla. Se monta sobre listones de 4 o 5 cm que hacen de separadores y, si se atornilla en lugar de clavarse, puede desmontarse entero con la planta encima. Una celosía de madera tratada en clase 3 dura unos ocho o diez años a la intemperie; conviene contar con ello y no plantar debajo una trepadora que a los quince años pese más que el soporte.
Las que suben solas: lo que hacen a un muro
La hiedra, la parra virgen y la bignonia son cómodas porque no piden nada. Sobre un muro sano de ladrillo visto o de piedra bien rejuntada, en general no causan daño estructural, e incluso amortiguan las oscilaciones de temperatura del paramento. El daño aparece cuando el soporte ya tiene un defecto o cuando la planta llega donde no debe.
Sobre revoco o enfoscado pintado, las raicillas de la hiedra se meten en cualquier microfisura, la ensanchan al engrosar y terminan levantando escamas de mortero. Al arrancar la planta, el revestimiento se va con ella: quedan miles de pequeños discos y raicillas adheridos que hay que lijar o cepillar, y la pintura no sobrevive. Si la fachada está pintada y se piensa repintar alguna vez, la hiedra directa sobre el muro es una decisión con fecha de caducidad.
Peor es lo que ocurre arriba. Estas plantas no se detienen en el alero: se meten bajo la teja, levantan las de la primera hilada, colonizan el canalón hasta atascarlo y entran por las juntas del alero hacia el bajo cubierta. Un canalón obstruido rebosa, el agua corre por la fachada y el problema deja de ser de jardinería. La regla operativa es sencilla: si la trepadora es autoadherente, hay que poderla recortar por arriba todos los años, y si no hay forma de llegar a esa altura con seguridad, no se planta ahí. Lo mismo vale para las carpinterías: un brote de Parthenocissus que se cuela por el hueco de una persiana enrollable acaba bloqueando el tambor.
Un apunte sobre manejo: la savia y las hojas de Hedera helix contienen falcarinol y compuestos relacionados que provocan dermatitis de contacto en personas sensibles, y sus bayas son tóxicas por ingestión. La Campsis también irrita la piel de algunas personas. Nada dramático, pero al podar una masa grande de hiedra conviene guante y manga larga, y no quemar los restos en un montón que se respire.
Atar las sarmentosas, y cómo
Un rosal trepador se conduce, no se suelta. La técnica que decide la floración es la horizontalidad: una vara guiada casi en horizontal brota a lo largo de toda su longitud, mientras que la misma vara puesta vertical solo brota en la punta y deja el pie desnudo. Por eso los rosales trepadores se atan en abanico o en espiral sobre un soporte ancho, no en columna.
La atadura debe ser blanda y en ocho: el lazo cruzado entre la vara y el alambre impide que la corteza roce contra el metal. Sirve rafia, tubo de goma, cinta de jardinería o brida ancha dejada floja. Lo que no sirve es el alambre desnudo ni la brida apretada: el tallo engorda cada año y a los dos o tres queda estrangulado, con la parte de arriba secándose sin motivo aparente. Revisa las ataduras viejas cada invierno y córtalas antes de que muerdan.
Orientación: qué pared para cada planta
Un muro no es un sitio neutro. Una fachada sur o suroeste en el interior peninsular acumula calor todo el día y lo devuelve por la noche; en julio, la superficie de un muro oscuro al sol pasa holgadamente de los 50 °C, y las raíces del pie de la pared están en el punto más seco del jardín, porque el alero desvía la lluvia.
Sur y oeste: Bougainvillea (solo en litoral y zonas libres de heladas fuertes), Campsis radicans y C. grandiflora, Vitis, Passiflora caerulea, Podranea ricasoliana, Trachelospermum jasminoides —este último aguanta el sol pleno una vez establecido, aunque agradece riego—. Son las paredes donde una glicina florece mejor, siempre que tenga agua.
Este: la mejor orientación en clima mediterráneo. Sol de mañana, sombra en las horas duras. Aquí van bien los rosales trepadores, Clematis, Lonicera, Jasminum officinale.
Norte: sin sol directo, con luz constante y fresco. Es el sitio de Hydrangea anomala subsp. petiolaris, Hedera —incluidas las variegadas, que aquí no se queman—, Parthenocissus, Schizophragma hydrangeoides y Fatshedera. En el norte húmedo funciona; en Almería o Murcia, una pared norte es un refugio muy útil.
La clemátide merece una nota aparte: quiere la cabeza al sol y el pie a la sombra. Se planta con el cuello enterrado unos cinco centímetros y con una piedra plana o una vivaz baja cubriendo el suelo del pie, o se seca por la base sin razón visible.
Lo que llega a pesar una trepadora adulta
Es la variable que no aparece en la etiqueta del vivero. Una glicina de veinticinco años desarrolla un tronco leñoso de más de veinte centímetros de diámetro y varias toneladas de empuje acumulado sobre el punto donde se apoya: hay pérgolas metálicas ligeras torcidas por una Wisteria, y barandillas de balcón desplazadas de su anclaje. Una parra virgen que cubre veinte metros cuadrados de valla pesa, con las hojas mojadas, bastantes decenas de kilos.
Y hay un factor que se olvida: el efecto vela. Una valla de simple torsión o un panel de celosía dejan pasar el viento; cubiertos de hiedra densa se convierten en una superficie continua, y un temporal de invierno tumba la línea entera de postes. Si la trepadora va sobre una valla, los postes tienen que estar dimensionados y cimentados para esa carga desde el principio, no para la valla vacía. Con una valla ya montada, la solución realista es elegir una trepadora de follaje ligero y podarla en serio cada año, o plantar por delante una estructura propia.
Dónde no se pone una trepadora
Hay emplazamientos que dan problemas garantizados, y conviene descartarlos antes de comprar la planta.
Contra una medianera ajena. La planta no distingue de propiedades y acaba por el otro lado. La conversación con el vecino llega siempre, y suele llegar tarde.
Bajo un alero de teja, si no vas a poder podar arriba. Ya está dicho arriba, pero es de donde salen los daños que cuestan dinero.
Sobre bajantes, canalones y cualquier instalación. Una voluble rodea una bajante de PVC y la deforma; una hiedra tapa la boca del canalón. Tampoco sobre armarios de contadores, registros, cajas de acometida ni ventanas de sótano: todo eso hay que abrirlo algún día.
En una fachada que se va a pintar o rehabilitar. Espera a que la obra esté hecha; replantar es más barato que arrancar.
Sobre un árbol al que tengas aprecio. Una glicina o una hiedra vieja sobre un árbol joven acaban compitiendo por la luz y, en el caso de las volubles, estrangulando ramas. Sobre un árbol adulto y sano la hiedra suele ser tolerable, pero añade peso y vela en la copa.
A menos de un metro de la fachada, si la especie es vigorosa. El pie se planta separado 40 o 50 cm del muro y ligeramente inclinado hacia él, para que la raíz salga de la franja seca del alero y del terreno compactado de la cimentación.
En resumen
Identifica primero cómo trepa la planta: las de zarcillo y las volubles necesitan cable, alambre o emparrillado y no suben por un muro liso; las de raíces adventicias y discos adhesivos suben solas, y por eso hay que poder recortarlas por arriba todos los años; las sarmentosas, como el rosal trepador, se atan a mano y se guían en horizontal.
Separa el soporte cuatro o seis centímetros del muro para que el paramento se airee y la planta pueda rodear el cable. Ancla en condiciones —taco químico con tamiz en ladrillo hueco, estructura exenta si la fachada lleva aislamiento exterior— y elige la orientación según la especie, con la clemátide siempre con el pie sombreado. Calcula el peso y el efecto vela a veinte años vista, no a dos. Y no la plantes bajo un alero al que no llegues, ni sobre canalones, contadores o medianeras.