Los minicactus que se venden en tiestos de cinco o seis centímetros no son especies enanas. Son plantas jóvenes de especies normales, cultivadas en macetas diminutas para que resulten baratas y quepan en una bandeja de supermercado. Un Echinocactus grusonii del tamaño de una nuez es el mismo cactus que en veinte años ocupa medio metro.
Saberlo cambia la forma de tratarlos, porque significa que hay que trasplantarlos cuando toca, que van a crecer y que, bien llevados, son plantas de por vida. También significa que los cuidados no son los de un adorno: son los de un cactus, y el primero es no ahogarlo.
Los minicactus van de maravilla en tiestos de líneas sencillas y colores puros.
Lo primero: quitarles la flor de pega
Muchos minicactus se venden con una flor de colores chillones pegada en la punta con silicona caliente. No es su flor: son flores secas de siempreviva teñidas. Ese pegote tapa el ápice, que es justamente donde el cactus crece, y al retirarlo suele arrancar tejido y dejar una cicatriz.
Conviene quitarla en cuanto se llega a casa, con cuidado, y aceptar la marca. Cuanto más tiempo pase, más difícil es despegarla sin daño y más se resiente el crecimiento.
Otro caso frecuente es el cactus injertado de bola roja, amarilla o naranja sobre un tallo verde recto. Son Gymnocalycium mutantes sin clorofila, incapaces de vivir por su cuenta, injertados sobre un portainjerto que los alimenta. Son bonitos, pero tienen fecha de caducidad: cuando el portainjerto se agota, el conjunto se viene abajo. No es un fallo de cultivo.
Luz, el factor decisivo
La mayoría de los cactus de venta vienen de zonas áridas de América con sol pleno, y en un interior español la luz que reciben es siempre menos de la que quisieran. El sitio es junto a una ventana bien iluminada, y una orientación sur o este es lo ideal.
Con poca luz se ahílan: en lugar de engordar, el ápice se estira y forma una punta pálida y estrecha, con las espinas más cortas y separadas. Es un daño permanente: esa parte deformada no vuelve a engrosar, y sólo se puede disimular esperando a que la planta crezca bien a partir de ahí.
Cuidado con lo contrario, sin embargo. Si un cactus que ha pasado el invierno dentro de casa se saca de golpe a pleno sol de mayo, se quema, y las manchas blanquecinas o pardas de la quemadura tampoco desaparecen. La aclimatación tiene que ser gradual: dos o tres semanas en sombra clara antes de darle sol directo, y aumentando la exposición poco a poco.
Riego
No hay una tabla de días que valga, porque depende del tamaño del tiesto, del sustrato, de la temperatura y de la luz. El criterio correcto es este: regar en abundancia, hasta que salga agua por el drenaje, y no volver a regar hasta que el sustrato esté completamente seco. Ese ciclo de mojar bien y secar del todo es lo que reproduce el régimen de lluvias de su medio natural.
En la práctica, en un tiesto pequeño en pleno verano puede tocar cada semana o cada diez días; en primavera y otoño, cada dos o tres semanas; y en invierno, prácticamente nada. Los riegos superficiales frecuentes son peores que ninguno: mantienen la parte alta húmeda, que es donde está el cuello de la planta, y no llegan a las raíces profundas.
Al regar, hacerlo sobre el sustrato y no encima de la planta, sobre todo en los cactus lanosos. Y nunca dejar agua en el plato.
El reposo de invierno, y por qué florecen
Esto es lo que separa una colección que florece todos los años de otra que no florece nunca. La mayoría de los cactus globosos que se venden como minicactus (Mammillaria, Rebutia, Parodia, Gymnocalycium, Echinopsis) necesitan pasar el invierno frescos y completamente secos para inducir la formación de flor.
Eso significa dejarlos de octubre o noviembre hasta marzo en una habitación fría y muy luminosa, una galería sin calefacción o un porche cerrado, sin regar nada en absoluto. Un cactus en un salón a veintidós grados y regado en enero seguirá vivo, pero crecerá blando, se ahilará y no dará una sola flor.
Ese reposo también los hace mucho más resistentes al frío, porque un tejido seco aguanta temperaturas bajas que a un tejido lleno de agua lo reventarían.
Sustrato y maceta
Sustrato específico para cactáceas, y aun así conviene aligerarlo con un tercio de material mineral grueso: arena silícea gruesa lavada, puzolana, pómice o gravilla. Los sustratos de turba que vienen de fábrica retienen demasiada agua y se compactan.
La maceta debe tener agujero de drenaje. Esto choca de frente con la costumbre de plantarlos en boles, ensaladeras, tazas y terrarios de cristal cerrados, que es lo que más se ve en decoración y lo que más cactus mata. Un recipiente sin desagüe acumula agua en el fondo, donde no se ve, y pudre las raíces desde abajo. Si el recipiente decorativo gusta mucho, la solución es meter dentro las macetas con drenaje, no plantar directamente.
El tamaño de la maceta debe ser ajustado. Un cactus pequeño en un tiesto grande tarda semanas en secar el sustrato, y ahí es donde empiezan los problemas.
Trasplante
Cada dos o tres años, en primavera, cuando la planta ya llena su tiesto. Se hace con el sustrato seco, sujetando la planta con una tira de papel de periódico doblada varias veces o con una tenaza de cocina forrada, nunca con las manos desnudas.
Es el momento de revisar las raíces, cosa que casi nadie hace. Se busca podredumbre (raíz oscura y blanda) y cochinilla de raíz, que se ve como grumos algodonosos blancos entre las raíces y la tierra y que pasa desapercibida hasta que la planta se para sin motivo aparente. Se retira todo el sustrato viejo y se planta en tierra nueva y seca.
Después del trasplante, no regar durante una semana. Las raicillas rotas necesitan cicatrizar, y regar de inmediato es la forma más segura de introducir una podredumbre.
Abonado
Un fertilizante específico para cactáceas, bajo en nitrógeno, una vez al mes durante el periodo de crecimiento, aproximadamente de marzo a septiembre, y nada durante el reposo invernal. Los abonos ricos en nitrógeno producen tejido blando y aguado, propenso a reventar y a coger hongos.
Los que no siguen estas reglas
No todos los cactus son de desierto. Los Rhipsalis y los cactus de Navidad (Schlumbergera) son epífitos de selva tropical: viven sobre ramas, en sombra o media sombra, y necesitan humedad ambiental, sustrato con materia orgánica y riegos bastante más frecuentes. Tratarlos como un Mammillaria los mata. Tienen sus propios artículos: Rhipsalis y cactus de Navidad.
Plagas y accidentes
La cochinilla algodonosa es la plaga habitual, y se esconde entre las costillas y en la base de las espinas; la de raíz, ya mencionada, es la más traicionera. La araña roja deja un moteado corchoso pardo en la epidermis que no se cura. Las podredumbres blandas, en cambio, casi nunca son un patógeno primario: son consecuencia del exceso de agua.
Cuidado con las chumberas y demás Opuntia, que además de espinas llevan gloquidios, unos pelillos diminutos con microganchos que se clavan a la mínima y son muy difíciles de sacar de la piel. No es planta para manipular sin guantes ni para tener al alcance de niños.
Al aire libre y una nota legal
En la costa mediterránea, en el sur y en Canarias muchos de estos cactus viven perfectamente al aire libre todo el año, y allí crecen y florecen mucho mejor que en interior. Lo que hay que garantizar es que el agua de lluvia de invierno drene: un cactus mojado y frío durante semanas se pudre.
Y una advertencia que conviene conocer: todas las cactáceas están incluidas en el Convenio CITES sobre comercio internacional de especies amenazadas, aplicado en la Unión Europea a través del Reglamento (CE) 338/97. Los ejemplares que se venden en comercio proceden de propagación en vivero y no plantean ningún problema, pero recolectar cactus en la naturaleza o comprarlos a vendedores que los extraen del campo es ilegal, y en muchos casos es la principal amenaza para las especies raras.
En sentido inverso, tampoco se plantan cactus sobrantes en el campo. Varias especies del género Opuntia figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013), que prohíbe su introducción en el medio natural, y hay chumberas asilvestradas que han desplazado a la vegetación autóctona en zonas del litoral mediterráneo y de Canarias.
En resumen
Un minicactus es un cactus joven, no una miniatura, y lo que necesita es luz abundante, un ciclo de riego de mojar bien y secar del todo, sustrato mineral en maceta con drenaje, un reposo invernal frío y completamente seco, y un trasplante cada dos o tres años revisando las raíces.
De todos esos puntos, los dos que más plantas salvan son los menos intuitivos: no plantarlos en recipientes sin agujero, por bonitos que sean, y dejarlos sin agua todo el invierno en un sitio fresco y luminoso. Eso último, además, es lo que hace que florezcan. Hay más sobre el género en cactus: a falta de agua, mucha belleza.