Casi todo lo que sale mal con un cactus se resume en dos frases: se riega demasiado y se le da poca luz. Son plantas que han evolucionado para almacenar agua y aprovechar cada rayo de sol, y tratarlas con la atención que se dedica a un ficus las mata. Un cactus olvidado en un alféizar durante dos meses de verano sobrevive; uno regado cada semana en invierno, no.
La otra idea que conviene desmontar desde el principio es que el enemigo sea el frío. Muchos cactus aguantan temperaturas bajo cero sin daño alguno siempre que estén secos. Lo que no perdonan es la combinación de frío y humedad, que es exactamente lo que ocurre en un patio de la costa mediterránea con las lluvias de noviembre. El invierno de un cactus tiene que ser seco.
Los cactus son plantas de gran efecto decorativo, ya sea combinando especies por formas o tamaños o, como en este caso, utilizando un único tipo de cactus (Cereus) y una colección de boles de porcelana azul.
Qué es un cactus y qué no lo es
La familia Cactaceae agrupa entre mil quinientas y dos mil especies, todas americanas salvo una excepción, Rhipsalis baccifera, presente también en África, Madagascar y Sri Lanka. Perdieron las hojas y trasladaron la fotosíntesis al tallo, que engordó para almacenar agua.
El rasgo que define la familia y que permite distinguirla de cualquier otra suculenta es la areola: una pequeña almohadilla, a menudo con pelillos, de la que brotan las espinas, los hijuelos y las flores. Si una planta carnosa con espinas no tiene areolas, no es un cactus. Es el caso de muchas Euphorbia africanas, que se le parecen mucho por convergencia evolutiva pero se delatan porque al cortarlas sueltan un látex blanco irritante que ningún cactus tiene.
Su metabolismo también es particular. Abren los estomas de noche y cierran de día, de modo que fijan el dióxido de carbono en la oscuridad. Es una adaptación para perder el mínimo de agua posible, y explica por qué toleran el calor extremo.
Hay que separar dos grupos con cuidados muy distintos:
- Cactus de desierto. La inmensa mayoría: Mammillaria, Echinopsis, Ferocactus, Gymnocalycium, Echinocereus, Opuntia, Cereus. Sol directo, sustrato mineral, invierno seco.
- Cactus epífitos. Viven sobre árboles en bosques húmedos americanos: Schlumbergera (el cactus de Navidad), Rhipsalis, Epiphyllum. Quieren sombra luminosa, más agua, más materia orgánica en el sustrato y humedad ambiental. Tratarlos como cactus de desierto los seca.
El riego, en función de la estación
No hay una pauta fija de días. El criterio válido es este: durante el periodo de crecimiento se riega abundantemente y se deja secar el sustrato por completo antes de volver a regar; durante el reposo invernal no se riega prácticamente nada.
De marzo a octubre, en el exterior y con calor, un riego cada siete o diez días es una referencia razonable para un cactus en maceta de barro. Se riega a fondo, empapando todo el cepellón hasta que salga agua por el drenaje, y se vacía el plato. Los riegos escasos y superficiales son peores que los abundantes y espaciados: mojan solo la parte alta y las raíces no llegan a beber.
De noviembre a febrero, con la planta parada, la mayoría de los cactus de desierto no necesitan agua. Si están en el exterior en clima frío, ninguna. Si están dentro de casa con calefacción, un riego ligero cada cuatro o seis semanas para que el cepellón no se pulverice.
Ese reposo seco e invernal no es solo una medida de supervivencia: es lo que induce la floración. Un cactus mantenido todo el año caliente y regado crece pero no florece nunca. Los géneros más agradecidos en este sentido son Mammillaria, Echinopsis, Rebutia, Gymnocalycium y Echinocereus, que responden a un invierno fresco y seco con floraciones abundantes en primavera.
Luz y aclimatación
La falta de luz produce el ahilamiento: la planta se estira, se estrecha en la punta y pierde su forma característica. Es irreversible, no se corrige devolviéndola al sol. Dentro de casa, un cactus de desierto necesita estar junto a la ventana más luminosa que haya, preferiblemente al sur, y aun así muchos se ahílan.
El problema simétrico es la quemadura por sol. Un cactus que ha pasado el invierno dentro de casa, o que se acaba de comprar en un invernadero, no puede salir de golpe al sol de mayo: aparecen manchas blanquecinas o amarillentas que se convierten en cicatrices permanentes. La aclimatación se hace a lo largo de dos o tres semanas, empezando en sombra luminosa y aumentando la exposición poco a poco.
En el litoral mediterráneo y el sur peninsular muchos cactus pueden vivir todo el año en el exterior. Lo que hay que resolver ahí no es el frío sino la lluvia de otoño e invierno: un tejadillo, un alero o simplemente arrimarlos bajo el voladizo de la terraza durante esos meses cambia por completo su supervivencia.
Sustrato y maceta
El sustrato de un cactus debe ser mayoritariamente mineral, entre el cincuenta y el setenta por ciento, y drenar de forma que el agua atraviese la maceta en segundos. Sirven la arena silícea de grano grueso, la puzolana, la arlita fina, la pómez o el akadama, mezclados con un sustrato orgánico ligero. Para los epífitos se invierte la proporción, con más materia orgánica y corteza fina.
Dos avisos sobre el material mineral. No sirve la arena fina de playa, que aporta sales y compacta, ni la arena de albañilería de grano fino, que hace lo mismo. Y conviene evitar los áridos calizos si el agua de riego ya es dura, porque entre ambos suben el pH.
Sobre la capa de grava en el fondo de la maceta, que aparece en casi todos los manuales antiguos, hay que decir que no funciona. Lejos de mejorar el drenaje, el cambio brusco de textura entre el sustrato fino y la grava gruesa retiene agua en la base de la maceta en lugar de dejarla salir. Lo que drena es el sustrato en su conjunto, no una capa. Lo útil es un agujero de drenaje amplio y una mezcla mineral en todo el volumen.
En cuanto al recipiente, el barro sin esmaltar transpira y seca antes, lo que perdona errores de riego; el plástico retiene más y exige más disciplina. La maceta debe ser ajustada, solo unos centímetros mayor que la planta, porque un volumen grande de sustrato húmedo alrededor de un cepellón pequeño es la receta de la podredumbre.
El trasplante
Se hace en primavera o principios de verano, nunca en invierno, cada dos o tres años o cuando la planta ya no cabe.
Para manejar un cactus espinoso, unos guantes gruesos no bastan con las especies de espina larga. Lo que funciona es una tira de papel de periódico doblada varias veces a modo de cinturón, o pinzas de cocina forradas. Con las Opuntia hay un peligro añadido: los gloquidios, esas espinillas diminutas en penachos que se clavan al menor roce, son casi invisibles y muy difíciles de sacar de la piel. Son bastante más molestos que las espinas grandes.
Al sacar la planta se retira la tierra vieja con cuidado, ayudándose de un palito sin filo, y se aprovecha para revisar las raíces. Ese es el momento de detectar la cochinilla de las raíces, unos puntos algodonosos blancos pegados al cepellón que pasan desapercibidos mientras la planta está en la maceta y que debilitan al cactus durante años.
El cactus se replanta a la misma altura a la que estaba, sin enterrar el cuello, y no se riega hasta pasada una semana o diez días. Las raíces cortadas o dañadas necesitan cicatrizar; regar de inmediato es la vía de entrada de los hongos. Después del trasplante conviene tenerlo unos días en sombra luminosa antes de devolverlo al sol.
Abono, plagas y otros apuntes
Los sustratos minerales son pobres, así que los cactus en maceta agradecen abono, pero muy poco. Un fertilizante específico para cactus, bajo en nitrógeno y con más fósforo y potasio, una vez al mes de abril a septiembre, y nada el resto del año. El exceso de nitrógeno produce tejidos blandos, aguados y deformes, más vulnerables al frío y a las enfermedades, y perjudica la floración.
Las plagas habituales son la cochinilla algodonosa, entre las costillas y en las areolas, la cochinilla de las raíces ya mencionada y la araña roja, que deja el ápice de la planta con un aspecto herrumbroso y áspero que no se recupera. La podredumbre basal, blanda y oscura, es casi siempre consecuencia del agua.
Dos apuntes que conviene conocer. El primero: los cactus de colores llamativos injertados sobre un pie verde, los conocidos como cactus luna, carecen de clorofila y no pueden vivir por sí solos; dependen del patrón y su vida es limitada. El segundo: toda la familia Cactaceae está incluida en el Convenio CITES sobre comercio internacional de especies amenazadas, precisamente por la presión que ha sufrido por recolección en la naturaleza. La planta de vivero, propagada artificialmente, es la vía correcta.
Y sobre las chumberas (Opuntia), tan asociadas al paisaje del sur, dos cosas. Varias especies del género figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, lo que prohíbe su introducción en el medio natural y restringe su comercio y posesión. Y desde 2016 las chumberas andaluzas y levantinas sufren un ataque masivo de cochinilla del carmín (Dactylopius), que ha arrasado poblaciones enteras. Antes de plantar una Opuntia merece la pena informarse de la situación local.
En resumen
El cultivo de un cactus se sostiene sobre cuatro decisiones: sustrato mineral que drene en segundos, maceta ajustada con buen agujero, sol abundante con aclimatación gradual y riego abundante en verano frente a un invierno seco. Ese invierno seco es a la vez lo que les permite resistir el frío y lo que provoca la floración de primavera.
Los errores más caros son regar en invierno, poner una capa de grava en el fondo creyendo que mejora el drenaje, sacar al sol pleno una planta aclimatada al interior y regar justo después del trasplante. Y hay que distinguir siempre los cactus de desierto de los epífitos, como el cactus de Navidad, que quieren sombra, más agua y más materia orgánica.