Los aloes son suculentas de la familia Asphodelaceae, con varios cientos de especies repartidas por África, la península arábiga, Madagascar y las islas del océano Índico. En cultivo se manejan casi todas igual: luz fuerte, sustrato que drene deprisa, riego abundante pero espaciado en la temporada de crecimiento y casi nulo en invierno. En el litoral mediterráneo y en Canarias viven fuera todo el año sin ningún cuidado especial.

La más conocida es el aloe vera, pero el género da mucho más juego: desde rosetas de sobremesa hasta arbustos de varios metros como Aloe arborescens, que en los jardines costeros españoles florece en pleno invierno con espigas rojas. Merece la pena elegir la especie por el sitio que le vas a dar, y no al revés.

Qué aloe tienes entre manos

Casi todos forman rosetas de hojas carnosas, lanceoladas, con dientes o espinas relativamente inofensivas en el margen. Unas se quedan a ras de suelo y otras desarrollan un tallo desnudo del que salen las hojas solo en la parte alta.

  • Aloe vera. Roseta sin tallo, hojas gruesas, verde grisáceas, a menudo moteadas de joven. Es la que más se cultiva y la que se ve en cualquier terraza del sur.
  • Aloe arborescens. Arbustiva, ramificada, con tallos leñosos y rosetas terminales. Puede superar los dos metros y es una de las mejores plantas para un jardín seco de costa.
  • Aloe maculata (antes A. saponaria). Roseta baja con hojas moteadas en blanco. Produce muchos hijuelos y forma grupos densos.
  • Aristaloe aristata y Gonialoe variegata. Se venden todavía como Aloe aristata y Aloe variegata. Son pequeñas, de maceta, y muy resistentes.

La mayoría florece a finales de invierno y en primavera, con espigas altas de flores tubulares en tonos naranjas, rojos o amarillos. En interior es raro que florezcan; en el exterior mediterráneo, lo normal.

Luz y temperatura

Luz fuerte y brillante. Una planta aclimatada aguanta el pleno sol del verano español, pero la aclimatación es obligatoria: un aloe que ha pasado el invierno dentro de casa y sale de golpe al sol de junio se quema, y la quemadura deja una marca parda o blanquecina que no desaparece. Se gana exposición en dos o tres semanas.

Con poca luz el aloe se estira, las hojas se vuelven finas, blandas y de un verde más oscuro, y la roseta se abre y se descuelga en lugar de mantenerse compacta. Si está en interior, cuanto más cerca de una ventana muy clara, mejor.

Sobre el frío, la referencia práctica: los aloes no toleran las heladas fuertes. En el litoral mediterráneo, en Baleares y en Canarias pasan el invierno en el exterior sin problema, y de hecho el aloe vera se cultiva a escala comercial en las islas. En la meseta y en el interior peninsular hay que plantarlos en maceta y guardarlos en un sitio fresco, luminoso y seco durante el invierno; un local sin calefacción por encima de unos cinco grados es un buen invernadero improvisado. Algunas especies aguantan heladas ligeras si el sustrato está completamente seco, pero es mejor no ponerlo a prueba.

Un detalle que se pasa por alto: los aloes tienen su temporada de crecimiento en los meses templados, y en el interior peninsular se paran en pleno verano, cuando el calor aprieta de verdad. En julio y agosto lo que necesitan es sombra en las horas centrales y poco más.

Riego y sustrato

Durante el crecimiento se riega a fondo, empapando el cepellón, y no se vuelve a regar hasta que el sustrato esté seco en profundidad. Esa alternancia entre empapado y seco es lo que le conviene a la raíz; los riegos pequeños y frecuentes mantienen húmeda solo la superficie y crean una raíz superficial y débil.

En invierno se reduce el riego casi por completo. Y aquí está el punto que hay que dejar claro porque es la causa de muerte más frecuente en el género: lo que mata a un aloe no es la falta de agua, es el riego de invierno sobre un sustrato que retiene humedad. Con poca luz, poca evaporación y temperatura baja, el agua se queda en el cepellón y la corona se pudre. Un aloe deshidratado arruga las hojas y se recupera en cuanto se riega; un aloe podrido no se recupera.

Nunca dejes agua acumulada en el centro de la roseta. Se riega al sustrato, por el borde de la maceta, y se retira el agua del plato.

El sustrato debe ser drenante: una mezcla comercial para cactáceas y suculentas, o sustrato universal aligerado en un tercio con arena gruesa, puzolana o grava fina. En maceta de barro sin esmaltar el cepellón seca antes, lo que en este género es una ventaja.

El abono es secundario. Un fertilizante para suculentas muy diluido, una o dos veces durante la temporada de crecimiento, es suficiente. En invierno no se abona.

Trasplante y multiplicación

No son plantas rápidas y no necesitan cambio de maceta a menudo. Se trasplanta en primavera, cuando las raíces han llenado el cepellón o la planta lleva un par de temporadas sin crecer. Se sube un par de tallas, no más, se revisa la raíz y se retiran las partes secas o blandas, y se deja pasar unos días antes de regar.

La multiplicación normal es por hijuelos. La mayoría de las especies produce rosetas hijas alrededor de la planta madre; se separan en primavera, con algo de raíz si es posible, se dejan secar un par de días y se plantan en sustrato apenas húmedo. Al trasplantar un ejemplar grande también se puede dividir el cepellón con cuidado. La semilla funciona pero es lenta y no aporta nada si hay hijuelos disponibles.

Toxicidad y advertencias

Bajo la piel de la hoja, y por dentro del gel transparente, hay un látex amarillo, el acíbar, de sabor muy amargo. Es irritante y su ingestión produce trastornos digestivos. Se considera tóxico para perros y gatos, que a veces mordisquean las hojas de una maceta al alcance. Si un animal ha comido hojas de aloe, el sitio al que hay que ir es el veterinario; si el problema es en una persona, el médico. En este artículo no se dan indicaciones de ese tipo.

Por el mismo motivo, aquí no se entra en usos medicinales ni cosméticos del aloe. Es una planta con una larga historia de uso, pero eso es un asunto sanitario y no de jardinería, y las afirmaciones sobre lo que cura o no cura no tienen sitio en una ficha de cultivo.

Hay una cuestión legal que sí conviene conocer: todas las especies del género Aloe están incluidas en el Apéndice II de CITES salvo Aloe vera, y algunas especies concretas de Madagascar figuran en el Apéndice I. Su comercio internacional está regulado y requiere documentación. Compra siempre material propagado en vivero, no ejemplares de origen desconocido.

Problemas habituales

Hojas blandas y translúcidas, base oscura. Podredumbre por exceso de agua. Saca la planta, corta hasta tejido sano, deja secar y replanta en sustrato nuevo. Si la corona está afectada, se rescatan los hijuelos.

Hojas arrugadas y curvadas hacia dentro. Falta de agua. Es el problema fácil: se riega a fondo y en unos días vuelve a su sitio.

Manchas blanquecinas o pardas en la cara expuesta. Quemadura solar por cambio brusco de ubicación.

Cochinilla algodonosa. En las axilas de las hojas y en las raíces. Se retira a mano en plantas domésticas y se revisa el cepellón al trasplantar. Si hiciera falta un tratamiento, en jardinería particular solo se pueden usar productos autorizados para jardinería exterior doméstica, que figuran en el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio, y la dosis es la de la etiqueta.

En resumen

Un aloe quiere luz fuerte con aclimatación previa, sustrato drenante, riegos abundantes y espaciados durante el crecimiento y prácticamente ninguno en invierno. En la costa mediterránea y en Canarias vive fuera todo el año; en el interior, maceta y resguardo fresco y seco en los meses fríos. Nunca se deja agua en el centro de la roseta.

Se multiplica separando los hijuelos en primavera, que es lo más rápido y lo más seguro. Y dos avisos: el látex amarillo de la hoja es irritante y se considera tóxico para perros y gatos, de modo que ante una ingestión el destino es el veterinario; y todas las especies del género salvo Aloe vera están en el Apéndice II de CITES, así que el material debe venir de vivero.


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