La vaina del pacay mide entre 20 y 50 centímetros y por dentro no hay pulpa: hay una hilera de semillas negras envueltas cada una en una masa blanca, algodonosa y dulce que sabe a vainilla. Esa envoltura, técnicamente un arilo, es lo que se come, y explica el apodo inglés del género —ice-cream bean— y que en los valles andinos se cultive desde hace más de tres mil años. Como árbol de jardín es otra historia: es grande, es tropical y en España solo prospera en una franja muy concreta de costa.
Qué es exactamente el pacay
Inga feuillei DC. es una leguminosa arbórea de la familia Fabaceae, dentro del clado mimosoide, el mismo grupo de las acacias y las albizias. El género Inga reúne cerca de trescientas especies, todas americanas, y esta en concreto procede de los valles interandinos de Perú, Ecuador y Bolivia, donde se cultiva desde época prehispánica: aparece en la iconografía moche y sus restos se han encontrado en yacimientos costeros peruanos muy antiguos. Se le llama pacay, pacae o guaba según la zona.
Es un árbol perennifolio de 8 a 15 metros, con la copa muy ancha y aparasolada, a menudo más ancha que alta. La hoja es compuesta paripinnada, con cuatro a seis pares de folíolos grandes y coriáceos, y tiene dos rasgos que la identifican sin margen de duda: el raquis es alado, es decir, lleva una lámina verde entre par y par de folíolos, y entre cada par hay una glándula abultada, un nectario extrafloral que segrega néctar y atrae hormigas. Esas hormigas no son plaga: patrullan la hoja y ahuyentan a los insectos que la comerían. Si ves un desfile de hormigas subiendo por el tronco, no lo trates.
La floración se da en espigas de flores blanco verdosas, poco vistosas de pétalos pero con un penacho de estambres largos que recuerda a una brocha de afeitar. Son perfumadas y las visitan abejas, esfíngidos nocturnos y colibríes en su área de origen; aquí, abejas y abejorros. De cada espiga cuajan unas pocas vainas.
Un árbol que fabrica su propio nitrógeno (con matices)
Como buena leguminosa, el pacay establece simbiosis con rizobios en nódulos radiculares y fija nitrógeno atmosférico. Por eso el género Inga se usa masivamente en el trópico americano como árbol de sombra en cafetales y cacaotales y en sistemas de cultivo en callejones: se podan las ramas, se echan al suelo como mantillo y ese material, rico en nitrógeno, alimenta el cultivo de debajo.
Conviene entender cómo funciona eso, porque se malinterpreta con frecuencia. El nitrógeno fijado va primero al propio árbol. Llega al suelo por dos caminos lentos: la caída natural de hojarasca y la descomposición de los restos de poda. Plantar un pacay al lado del huerto no fertiliza el huerto por sí solo; lo que fertiliza es acolchar el huerto con sus hojas y sus podas. Y en un jardín pequeño, esa sombra densa y esas raíces compitiendo por agua le van a quitar al huerto más de lo que le dan.
Dónde se puede cultivar en España
Este es el punto que decide todo lo demás. El pacay es sensible al frío: un ejemplar adulto y bien establecido aguanta un roce de helada de uno o dos grados bajo cero con daño en las puntas, pero un árbol joven se pierde con la primera helada de verdad, y una helada de -4 °C mata también a los adultos o los deja desmochados. Tampoco le gustan los inviernos frescos sin helada: por debajo de 10 °C sostenidos deja de crecer y se estanca.
En la práctica eso limita su cultivo al aire libre a:
Canarias, en las medianías bajas y la costa, donde es la ubicación más cómoda con diferencia. La costa tropical de Granada y Málaga —Almuñécar, Motril, la Axarquía— que es la zona donde ya se cultivan el mango y el aguacate y donde el pacay se comporta razonablemente bien. Puntos abrigados del litoral de Almería, Huelva y Cádiz, siempre a menos de unos kilómetros del mar y con protección del norte.
Fuera de ahí, incluido casi todo el litoral mediterráneo al norte de Almería, es un árbol de invernadero. Y como llega a quince metros, el invernadero tiene que ser grande: mantenerlo décadas en maceta lo convierte en un arbusto raquítico que no fructifica. Antes de comprar semillas conviene mirar el epíteto, porque Inga edulis —la guaba de vaina larguísima y acanalada— circula en los mismos catálogos y es aún más tropical: aguanta menos frío y necesita más humedad ambiental que feuillei.
Suelo, riego y plantación
Quiere suelo profundo, suelto y bien drenado, de reacción ligeramente ácida a neutra. En los suelos calizos y con agua de riego dura de buena parte del sureste peninsular tiende a la clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con la nervadura verde. Se corrige con quelato de hierro EDDHA aplicado en riego a la salida del invierno, pero si el pH del suelo está por encima de 8 el problema es crónico y vas a estar corrigiéndolo todos los años.
El agua es su otra exigencia. Viene de valles con humedad constante y no tolera la sequía prolongada: en verano, en la costa andaluza, necesita riego frecuente y abundante, mejor por goteo con varios emisores repartidos bajo la copa. Lo que sí lo mata rápido es el encharcamiento: suelo arcilloso compactado más riego generoso equivale a asfixia radicular y a podredumbre del cuello. Si el terreno es pesado, plántalo sobre un caballón elevado.
Deja espacio de sobra. Ocho metros como mínimo hasta un muro, una piscina o un lindero, y no lo pongas encima de un pavimento: las vainas de medio metro caen enteras y el arilo fermentado atrae avispas y hormigas. Es un árbol para plantar en tierra, en un rincón amplio, no junto a una terraza.
El abonado es discreto por su capacidad de fijar nitrógeno: bastan una aportación de compost o estiércol maduro en superficie a final de invierno y, si acaso, un complejo rico en potasio antes de la floración. Cargarlo de nitrógeno mineral solo produce brotes tiernos, blandos y más vulnerables al frío del invierno siguiente.
Multiplicación: la semilla no espera
Se multiplica por semilla, y hay un detalle que decide si el semillero nace o no: las semillas de Inga son recalcitrantes. No soportan la desecación ni el almacenamiento; pierden viabilidad en cuestión de días o pocas semanas fuera del fruto. Es tan acusado que a menudo germinan dentro de la propia vaina, con la radícula ya asomando cuando la abres. Comprar semillas secas por internet, envasadas y enviadas desde el otro lado del mundo, suele terminar en un semillero que no nace nunca.
Lo que funciona: separar la semilla del arilo, lavarla y sembrarla el mismo día, apenas cubierta, en sustrato suelto y húmedo a 22-28 °C. Germina en una o dos semanas. Desarrolla enseguida una raíz pivotante potente, así que siembra directamente en maceta profunda —tipo contenedor forestal alto— y trasplanta al sitio definitivo antes del año; un cepellón con la pivotante enroscada da un árbol que nunca acaba de anclar bien y que se tumba con el primer temporal.
Crece deprisa, entre uno y dos metros al año en buenas condiciones, y empieza a fructificar hacia el cuarto o sexto año desde semilla. La poda se limita a formar un tronco limpio los primeros años y a retirar madera muerta o mal orientada; tolera bien podas fuertes, que es justo lo que se aprovecha en los cafetales para regular la sombra. Podar a final de invierno, nunca antes de una posible helada.
El fruto: qué se come y qué no
La vaina se abre por la sutura con la mano, sin herramientas, y dentro aparecen las semillas alineadas con su arilo blanco. Se come solo el arilo, crudo y recién abierto: es dulce, muy jugoso y ligeramente fibroso, con un aroma que recuerda a la vainilla y al algodón de azúcar. No se conserva; una vez abierta la vaina, pardea y fermenta en horas. La cáscara y las semillas se descartan —las semillas crudas no se comen— y van directas al compost.
En cuanto a problemas sanitarios, en clima peninsular es un árbol poco conflictivo. Lo que aparece son cochinillas algodonosas y de escudo en las ramas jóvenes y en el envés, y araña roja cuando se cultiva bajo plástico con aire seco. Ambos se controlan bien con aceite de verano aplicado fuera de las horas de sol y, en el caso de la araña, subiendo la humedad ambiental. Vigila también el cuello del tronco: un pacay de jardín se pierde antes por un riego mal drenado que le pudre la base que por cualquier plaga.
En resumen
Inga feuillei es una leguminosa arbórea andina de copa ancha y perenne, fijadora de nitrógeno, cuyo fruto aporta un arilo blanco y dulce que se come crudo en el momento. Fuera de Canarias y de la costa tropical de Granada, Málaga y puntos abrigados del sur atlántico, el frío invernal lo descarta como árbol de exterior. Quiere suelo profundo y drenado, agua abundante en verano, ocho metros libres alrededor y semilla sembrada fresca, nunca almacenada. Y su fama de fertilizante conviene tomarla en su medida: enriquece el suelo a través de su hojarasca y sus podas, no por el mero hecho de estar plantado al lado.