Un abono ecológico no es simplemente un abono que no contamina. La diferencia de fondo con un fertilizante mineral de síntesis es cómo llega el nutriente a la planta: el fertilizante químico aporta sales solubles que la raíz absorbe de inmediato, mientras que el abono orgánico aporta materia que los microorganismos del suelo tienen que descomponer primero. Esa mediación biológica es lenta, pero es también lo que construye un suelo vivo, con estructura, capacidad de retener agua y resistencia a la erosión.
Dicho de otro modo: el abono químico alimenta a la planta; el abono orgánico alimenta al suelo, y el suelo alimenta a la planta. De ahí que los resultados de la fertilización ecológica se noten menos el primer mes y muchísimo más el tercer año.
A continuación, los abonos ecológicos que de verdad se usan, qué aporta cada uno y cuándo tiene sentido emplearlo.
Abonos orgánicos de origen animal
Estiércol de vaca. El clásico. Equilibrado y suave, con un NPK aproximado de 0,5-0,3-0,5. Su valor no está tanto en los nutrientes como en la materia orgánica que aporta, que mejora la estructura del suelo. Debe estar bien compostado, con al menos seis meses de maduración: el estiércol fresco quema las raíces, desprende amoniaco y trae semillas de malas hierbas. Se aplica en otoño o en la preparación del bancal, a razón de 3-5 kg por metro cuadrado.
Estiércol de caballo. Más ligero y con más paja que el de vaca, lo que lo hace especialmente bueno para aligerar suelos arcillosos. Calienta al fermentar, cualidad que se aprovecha en las camas calientes tradicionales para adelantar semilleros. Necesita también compostaje previo.
Estiércol de oveja y de cabra. Más concentrado que los anteriores, en torno a 0,8-0,5-0,8. En seco es fácil de manejar y de dosificar. Muy usado en el sureste peninsular. Aplica menos cantidad: 2-3 kg por metro cuadrado.
Gallinaza. El estiércol más rico en nitrógeno y fósforo del grupo, con valores que pueden llegar a 3-2-1. Precisamente por eso es el más peligroso: aplicada fresca quema con facilidad. Usa siempre gallinaza compostada o peletizada, y a dosis reducidas, del orden de 0,5-1 kg por metro cuadrado. Excelente para hortalizas de hoja exigentes en nitrógeno.
Humus de lombriz. Es el resultado de pasar materia orgánica por el aparato digestivo de la lombriz roja californiana (Eisenia foetida). Su NPK es modesto, alrededor de 1-1-1, pero es un producto extraordinario por otro motivo: contiene una carga microbiana altísima, ácidos húmicos y fúlvicos, y hormonas vegetales naturales. No quema nunca, así que puedes mezclarlo directamente en el sustrato de macetas o aplicarlo al pie de plantas ya establecidas. Es el abono ecológico más versátil que existe para jardinería doméstica.
Harina de sangre. Subproducto de matadero, muy rico en nitrógeno (12-13 %) y de acción relativamente rápida. Útil para corregir carencias puntuales de nitrógeno. Atrae a perros y gatos, ténlo en cuenta.
Harina de huesos. Fuente principal de fósforo (entre el 15 y el 20 % de P) y de calcio. De liberación muy lenta, mejor incorporada en el hoyo de plantación de árboles, rosales y bulbos. Funciona mal en suelos calizos y de pH alto, que es el caso de gran parte del interior de España, porque el fósforo se bloquea. En esos suelos rinde más el guano o el compost.
Guano. Excrementos acumulados de aves marinas o de murciélago. Muy concentrado, con NPK que puede rondar 10-10-2 en los de ave. Es el abono orgánico más potente y de acción más rápida. Se usa muy diluido y en pequeñas dosis, sobre todo en fase de crecimiento. Vigila su procedencia, porque es un recurso finito y su extracción no siempre es sostenible.
Abonos de origen vegetal
Compost. La base de cualquier huerto ecológico. Se fabrica en casa con restos de cocina vegetales, hojas, restos de poda triturados y césped segado, alternando material verde (rico en nitrógeno) y material marrón (rico en carbono) en una proporción aproximada de uno a tres. Tarda entre tres y seis meses según la época y el volteo. NPK bajo pero aporta todo el espectro de nutrientes y una biología completa. Aplica 2-4 kg por metro cuadrado al año, en superficie o ligeramente incorporado.
Mantillo y hojarasca compostada. Las hojas de caducifolios tardan más en descomponerse que otros restos vegetales, pero dan un producto excelente para acidificar ligeramente y esponjar. Guarda las hojas de otoño en un saco perforado y en un año tendrás mantillo.
Abonos verdes. No se compran: se siembran. Consiste en cultivar leguminosas (veza, altramuz, trébol, habas) o crucíferas (mostaza, rábano forrajero) y enterrarlas antes de que florezcan. Las leguminosas fijan nitrógeno atmosférico gracias a la simbiosis con bacterias del género Rhizobium y pueden aportar el equivalente a decenas de kilos de nitrógeno por hectárea. Es probablemente la técnica de fertilización ecológica más eficiente que existe y la más infrautilizada en huertos pequeños. Se siembran en otoño y se siegan en febrero o marzo.
Algas y extractos de algas. Ricas en potasio, oligoelementos y bioestimulantes como las citoquininas. Se venden líquidas para aplicación foliar o en riego. Muy útiles como refuerzo en momentos de estrés, no como abono de fondo.
Purín de ortiga. Se prepara macerando un kilo de ortiga fresca en diez litros de agua durante una o dos semanas. Aporta nitrógeno de asimilación rápida y actúa como estimulante. Se diluye al 10 % para regar. Huele mal, así que hazlo lejos de la ventana del vecino.
Purín de consuelda. La consuelda (Symphytum officinale) tiene raíces profundas que extraen potasio del subsuelo. Su purín, preparado igual que el de ortiga, es un abono potásico excelente para tomates, pimientos y frutales en fase de fructificación.
Posos de café. Aportan algo de nitrógeno y materia orgánica, y mejoran la estructura. Conviene matizar dos creencias muy repetidas: los posos usados tienen un pH prácticamente neutro, así que no acidifican el suelo de forma apreciable, y en cantidad excesiva forman una capa impermeable que repele el agua. Úsalos en pequeña cantidad y, preferiblemente, incorporados al compost en lugar de directamente sobre la maceta.
Cáscara de huevo triturada. Es carbonato cálcico. Aporta calcio, pero muy lentamente y solo si se muele hasta polvo fino; a trozos grandes tarda años en disolverse. No previene la podredumbre apical del tomate a corto plazo, porque ese problema es casi siempre de riego irregular, no de falta de calcio en el suelo.
Abonos minerales permitidos en ecológico
Que un abono sea ecológico no significa que sea orgánico. Existen minerales de origen natural, no obtenidos por síntesis química, admitidos en la normativa de producción ecológica europea.
Roca fosfórica. Fosfato natural molido. Liberación lentísima y solo eficaz en suelos ácidos, lo que limita mucho su uso en España.
Sulfato potásico natural (patentkali, kieserita). Aporta potasio y magnesio sin cloruros. Muy usado en frutales y viña ecológica.
Dolomita. Carbonato doble de calcio y magnesio. Corrige suelos ácidos y aporta magnesio. En suelos calizos, que son la mayoría en el centro y el este peninsular, es innecesaria y contraproducente.
Azufre elemental. Se usa para bajar el pH de suelos alcalinos, aunque el efecto es lento y limitado. Requiere actividad bacteriana para oxidarse.
Basalto y polvo de roca. Aportan silicio y micronutrientes. Efecto muy lento pero duradero.
Cenizas de madera. Ricas en potasio y calcio, con un pH muy alcalino. Solo cenizas de madera limpia sin tratar, nunca de aglomerado, barnices ni papel impreso. Y con moderación: dos o tres puñados por metro cuadrado al año como máximo, porque suben el pH rápidamente.
Cómo combinarlos a lo largo del año
En otoño, aporte de fondo: estiércol compostado o compost incorporado superficialmente, y siembra de abono verde en las parcelas que van a estar vacías.
A finales de invierno, siega e incorporación del abono verde, y aporte de harina de huesos o sulfato potásico en frutales y rosales.
En primavera y verano, mantenimiento con humus de lombriz al pie, purín de ortiga diluido en la fase de crecimiento y purín de consuelda o extractos de algas cuando empieza la fructificación.
Y durante todo el año, acolchado. Cubrir el suelo con paja, restos de siega secos, hojas o compost grueso es en sí mismo una forma de abonado lento, además de conservar humedad y frenar las hierbas. Es la práctica que más rendimiento da por unidad de esfuerzo.
Errores frecuentes
Creer que lo orgánico no quema. La gallinaza fresca, el guano y la harina de sangre queman perfectamente si se sobredosifican. Ecológico no es sinónimo de inocuo.
Usar estiércol sin compostar. Provoca quemaduras, bloqueo temporal de nitrógeno mientras se descompone, malas hierbas y riesgo sanitario en hortalizas de consumo crudo.
Abonar sin saber qué tiene el suelo. Un análisis de suelo cuesta poco y evita años de aportes innecesarios. Como mínimo, mide el pH: en suelo calizo, todo lo que aporte más calcio sobra.
Esperar resultados inmediatos. La liberación de nutrientes de un abono orgánico depende de la temperatura y de la actividad microbiana. En enero, con el suelo a 6 ºC, no pasa prácticamente nada. Los aportes de fondo se hacen con antelación, no cuando la planta ya muestra carencia.
En resumen
Los abonos ecológicos se agrupan en tres familias: orgánicos animales (estiércoles, gallinaza, humus de lombriz, guano, harinas de sangre y hueso), orgánicos vegetales (compost, mantillo, abonos verdes, algas, purines de ortiga y consuelda) y minerales naturales permitidos (sulfato potásico, roca fosfórica, dolomita, cenizas, polvo de roca). El eje de un huerto ecológico bien llevado son el compost y el estiércol compostado como aporte de fondo en otoño, los abonos verdes en invierno y el humus de lombriz junto a los purines como mantenimiento en temporada. Composta siempre antes de aplicar, mide el pH del suelo antes de comprar nada y planifica con meses de antelación, porque la fertilización orgánica trabaja al ritmo de la biología del suelo, no al de las prisas del jardinero.