Durante décadas, la flor de Stephanotis floribunda se vendió en las floristerías suelta, por unidades, sin planta y sin tallo. Era un artículo de mercería floral: un capullo blanco de cera que llegaba en caja, se montaba sobre alambre y se prendía en un ramo de novia o en una solapa. Antes que planta de interior, la estefanotis fue un objeto, y esa historia explica su forma, su fama y hasta su precio. Vale la pena mirarla desde ese ángulo, y también desde el contrario: cómo es esta misma especie cuando trepa por su bosque de Madagascar.
Por qué la eligieron los ramos de novia
La especie llegó a Europa a mediados del siglo XIX, en plena fiebre victoriana por las plantas exóticas, y en pocos años se instaló en el repertorio nupcial. La elección no fue estética sin más: la flor reúne cuatro propiedades que casi ninguna otra tiene a la vez.
La textura. La corola no es papelácea como la de un jazmín ni frágil como la de un azahar. Sus pétalos son gruesos, firmes y con una superficie de cera que refleja la luz con un brillo sordo. Esa consistencia resiste el manejo y mantiene la forma durante toda una jornada.
El blanco. Un blanco puro, sin veta amarilla ni verdosa, que fotografía limpio y contrasta con cualquier tejido. En una época en la que el ajuar de novia era invariablemente blanco, importaba.
El perfume. Intenso, dulce, con fondo de azahar, y emitido de forma continua. Un ramo de veinte flores perfuma una iglesia.
La duración. Cortada y con agua al alcance, la flor individual se conserva entre tres y cinco días sin decolorarse. Para una ceremonia es una eternidad.
En el lenguaje victoriano de las flores se le asignó el significado de felicidad conyugal y buena fortuna, y en inglés su nombre de floristería acabó siendo directamente el de flor de novia. La costumbre se consolidó en el primer tercio del siglo XX y aún se sostiene.
Cómo se monta una flor de estefanotis
El trabajo de floristería con esta flor tiene técnica propia, y describirla aclara cómo está construida.
La flor se corta de la planta sin pedúnculo aprovechable, así que hay que fabricarle un tallo. El sistema clásico consiste en atravesar el centro de la corola con un alambre fino, doblarlo en horquilla por dentro y tirar hasta que la curva quede oculta en la garganta. Sobre ese alambre se enrolla cinta de floristería.
El problema es que la flor así montada queda sin conexión con el agua y en verano se deshidrata en unas horas. La solución que se generalizó fue el portaflor: un tubito de plástico relleno de algodón húmedo en el que se encaja la base de la corola, con lo que la flor bebe por su propia base durante días. Es la razón de que un ramo montado la víspera siga impecable en la ceremonia.
El otro detalle del oficio es que la corola se magulla. Un roce con el dedo deja al cabo de unas horas una mancha parda que ya no se va. Por eso se trabaja con las manos limpias y secas, se sujeta la flor por el cáliz y no por los pétalos, y se transporta en cajas con separadores. La misma cera que le da resistencia mecánica hace visible cualquier daño.
El montaje final, en muchos ramos tradicionales, remata cada flor con un alfiler de cabeza de perla clavado en el centro, que oculta la entrada del alambre y aporta el brillo.
Anatomía de una apocinácea: la corona y el nombre
La flor mide de cuatro a cinco centímetros de largo, con un tubo estrecho y cilíndrico que se abre de golpe en cinco lóbulos extendidos, formando una estrella. Cinco sépalos verdes la sujetan por la base. Hasta aquí, nada extraordinario.
Lo distinto está dentro. En la garganta del tubo, rodeando la entrada, hay cinco piezas carnosas y blanquecinas que no son pétalos ni estambres: forman la corona o paracorola, una estructura característica de este grupo de plantas cuya función es canalizar al visitante y proteger el aparato reproductor. De ahí viene el nombre del género: del griego stéphanos, corona, y ous, otós, oreja, por la forma de oreja de esas piezas. El epíteto floribunda alude a la abundancia de flor.
Debajo de la corona, los cinco estambres están soldados al estilo formando una sola pieza, el ginostegio, algo que también ocurre en las orquídeas y en muy pocos grupos más. Y el polen no está suelto: se agrupa en dos masas compactas y cerosas, los polinios, unidas por un par de brazos a una pieza córnea con forma de pinza.
La especie se describió como Stephanotis floribunda y también circula como Marsdenia floribunda, resultado de los trabajos que sitúan el género dentro de Marsdenia. Las dos combinaciones se encuentran en literatura y en viveros, y la cuestión sigue sin cerrarse del todo.
Polen en paquetes: la polinización
El mecanismo funciona como una trampa de precisión. Entre las piezas de la corona quedan cinco ranuras estrechas. Cuando un insecto se posa e introduce la trompa buscando el néctar del fondo del tubo, alguna de sus patas o su probóscide resbala inevitablemente hacia una ranura. Al retirarla, la pinza córnea se cierra sobre ella como una grapa y el insecto se lleva colgando el par de polinios enteros. En la flor siguiente, el proceso inverso deposita esas masas de polen en la cámara estigmática.
Es un sistema de todo o nada. O el visitante tiene el tamaño y la anatomía exactos y encaja en la ranura, o la flor no se poliniza en absoluto: no hay polinización parcial ni por accidente, como sí ocurre con el polen suelto de una flor corriente. El resultado es una tasa de cuajado bajísima incluso en su medio natural.
El polinizador concreto en Madagascar no está bien documentado, pero la arquitectura floral no deja mucho margen: tubo estrecho de cuatro centímetros con el néctar al fondo, corola blanca y perfume que se refuerza al anochecer son el conjunto de rasgos propio de la polinización por lepidópteros nocturnos de trompa larga, esfíngidos en particular. Madagascar es precisamente el lugar donde ese tipo de relación entre flor tubular y polilla dio los casos más extremos que se conocen. El fenómeno, y por qué produce plantas que parecen jazmines sin serlo, está desarrollado en el artículo de los falsos jazmines.
Fuera de Madagascar no existe ese insecto. Una estefanotis cultivada en Europa puede florecer cuarenta años seguidos sin producir una sola semilla, salvo que alguien practique la polinización manual con un palillo, operación delicada que se hace en colecciones botánicas y rara vez en casa.
El fruto: un folículo del tamaño de un mango
Cuando por casualidad o por intervención humana una flor cuaja, lo que sale desconcierta. El fruto es un folículo ovoide de ocho a doce centímetros, liso, verde, carnoso y pesado, colgando de un tallo que sostenía una flor de cinco centímetros. La desproporción es total y la comparación con un mango pequeño o con una pera grande es inevitable.
Tarda entre nueve y doce meses en madurar, de manera que un ejemplar puede llevar fruto y flor a la vez. Al madurar se seca y se abre por una sola sutura longitudinal, liberando decenas de semillas planas y pardas, cada una rematada por un penacho de pelos sedosos que actúa como paracaídas. Es la misma dispersión por el viento de los vilanos de la vencetósigo o del algodoncillo, sus parientes.
Las semillas son viables y germinan con facilidad en caliente y en húmedo, pero la planta obtenida tarda tres o cuatro años en florecer, motivo por el que la multiplicación comercial se hace por esqueje. La pulpa y las semillas no son comestibles, y todas las partes de la planta contienen látex irritante.
La misma planta en su bosque
Cuesta reconciliar la maceta de un metro atada a un aro con lo que la especie es en su lugar de origen. Stephanotis floribunda es endémica de Madagascar, de los bosques húmedos del este y del noreste de la isla, y allí se comporta como liana leñosa.
Nace en el suelo sombrío del sotobosque y sube enroscando el tallo alrededor de troncos y ramas jóvenes hasta alcanzar la luz del dosel, seis, ocho o más metros por encima. La base se lignifica y forma un tallo grueso de corteza parda; la hoja gruesa y coriácea, que en interior parece un lujo, es la respuesta a la insolación fuerte que recibe una vez arriba. La floración se produce sobre todo en la parte alta e iluminada, que es donde tiene sentido colocar la flor si el polinizador vuela en el nivel del dosel.
Ese hábito explica dos comportamientos domésticos. Uno, que la planta trepe compulsivamente en cuanto se le da un soporte y responda mal a que se la mantenga enrollada sobre un aro pequeño. Otro, que necesite luz abundante para florecer y a la vez rechace el sol directo y quemante a través de un cristal: en su bosque tiene luz filtrada de sotobosque abajo y luz plena arriba, nunca la reverberación de una ventana orientada al sur en agosto.
Las poblaciones silvestres están limitadas a una franja de bosque húmedo sometida a una fuerte presión de deforestación, situación que comparte con buena parte de la flora endémica de la isla. La planta que se compra en un centro de jardinería procede íntegramente de propagación vegetativa en vivero.
Todo lo relativo a su cultivo doméstico —agua, humedad, plagas, reposo invernal y trasplante— está en el artículo de la estefanotis de interior, y no tiene sentido repetirlo aquí.
En resumen
Stephanotis floribunda se ganó su lugar en los ramos de novia por cuatro razones concretas: corola cérea que resiste el manejo, blanco puro, perfume intenso y duración de tres a cinco días con agua, lo que obligó a la floristería a inventarle tallo de alambre y portaflor con algodón húmedo. Su flor es una apocinácea completa, con corona de cinco piezas en la garganta —de ahí el nombre del género—, estambres soldados al estilo y polen agrupado en polinios que un insecto se lleva enganchados como una grapa; ese mecanismo tan preciso hace que casi nunca cuaje, y menos aún fuera de Madagascar, donde no está el esfíngido que la poliniza. Cuando cuaja da un folículo carnoso de hasta doce centímetros que tarda casi un año en abrir y libera semillas con penacho sedoso. En su bosque del este de la isla es una liana leñosa que sube al dosel, y de ahí vienen su afán por trepar y su exigencia de luz sin sol directo.