Arranque una hoja de parra virgen japonesa de un muro liso y mire lo que queda: una constelación de puntos grises del tamaño de una cabeza de alfiler, pegados a la pared, que no salen ni frotando. Cada uno de esos puntos es una ventosa, y entender cómo se forma explica a la vez por qué esta trepadora no necesita ni un solo clavo y por qué deja el muro marcado cuando alguien decide quitarla.
Cómo se fabrica una ventosa
El proceso empieza con un zarcillo, un órgano ramificado que nace opuesto a la hoja y que, a diferencia del zarcillo de la vid, no busca enrollarse en nada. Se despliega en cinco a ocho ramas cortas, y cada rama termina en una punta libre que va tanteando el aire.
Cuando esa punta toca una superficie, se dispara una respuesta táctil. La punta deja de crecer en longitud, se aplana contra el sustrato y sus células empiezan a dividirse y a hincharse hasta formar un disco de dos a cinco milímetros de diámetro. Ese disco se amolda a la microtopografía del material: en un ladrillo poroso penetra en los huecos, en un revoco rugoso rellena las irregularidades, en un vidrio se extiende sobre el plano.
A la vez, el disco segrega un mucílago adhesivo, una mezcla de polisacáridos y proteínas que empapa el contacto y, en superficies porosas, se infiltra en el poro. Con el tiempo ese adhesivo se deshidrata y polimeriza, y las propias células del disco mueren, se lignifican y se endurecen. Lo que empezó siendo tejido blando acaba siendo una pieza rígida cementada: la unión pasa de ser química y viscosa a ser también mecánica, un anclaje encajado en la rugosidad del material.
Falta el último movimiento, que es el más ingenioso. Una vez fraguadas las almohadillas, el zarcillo se contrae y se enrolla en espiral, acortándose. Ese acortamiento tira del brote y lo aproxima al muro, con lo que la planta queda apretada contra la pared en vez de colgando de ella. El resultado es un follaje plano, pegado como un tapiz, que es lo que da a esta especie su aspecto característico.
El sistema es potente. Las mediciones sobre zarcillos individuales dan fuerzas de arranque del orden de decenas de newton, y la unión resiste ciclos de lluvia, helada y calor durante años. Charles Darwin ya describió el mecanismo en detalle en su libro sobre plantas trepadoras de 1875, y desde hace un par de décadas es objeto de estudio en biomimética: la combinación de un adhesivo que fluye y penetra antes de endurecerse, más una estructura que después se contrae para repartir la carga, interesa a quien diseña adhesivos que deban pegar sobre superficies húmedas, sucias o irregulares, donde los pegamentos convencionales fallan.
La consecuencia práctica: sube sola, pero deja huella
El lado bueno es evidente. Parthenocissus tricuspidata no necesita ninguna estructura de apoyo: ni alambre, ni celosía, ni tacos, ni ataduras. Se planta al pie del muro, se guían a mano los primeros brotes hasta que tocan la pared, y a partir de ahí sube sola por ladrillo, hormigón, piedra, mortero e incluso vidrio. Cubre superficies grandes en pocos años y llega sin dificultad a diez o quince metros.
El lado incómodo es la contrapartida directa del mecanismo. Como cada almohadilla está cementada al soporte, al arrancar la planta las almohadillas no vienen con ella: se rompe el zarcillo y el disco se queda pegado. En un muro grande eso significa miles de puntos oscuros repartidos por toda la fachada, que resisten el cepillo y que en la práctica solo se eliminan con hidrolimpiadora agresiva, con abrasión o repintando. Es una decisión que conviene tomar antes de plantar, no después.
Sobre revoco y fábrica, la regla es la del estado del soporte: en un paramento sano, bien trabado, la planta se limita a agarrarse a la superficie y no penetra; en un revoco cuarteado, un mortero de cal degradado o una junta abierta, las almohadillas y los brotes se meten en la fisura y el crecimiento la ensancha. El asunto está desarrollado en el artículo sobre colocación de enredaderas, y el criterio de fondo es el mismo aquí: fachada en buen estado, sí; fachada con problemas de humedad o revoco suelto, resolver primero el muro.
Hay tres sitios donde no debe dejarse entrar bajo ningún concepto: bajo las tejas, donde levanta el faldón; dentro de canalones y bajantes, que atasca en otoño con la hoja caída; y sobre marcos de ventana, carpinterías y persianas, donde se cuela y bloquea el mecanismo. Un repaso con tijera cada invierno recortando el perímetro alrededor de huecos y aleros basta para tenerlo bajo control, y es prácticamente todo el mantenimiento que pide la planta.
Cómo distinguirla de la parra virgen americana
En vivero se venden ambas como parra virgen, y no son intercambiables. La diferencia está en la hoja y se ve a un metro de distancia.
Parthenocissus tricuspidata tiene la hoja simple: una única lámina ancha, de ocho a veinte centímetros, cordada en la base y dividida en tres lóbulos poco profundos y de punta aguda -de ahí el epíteto tricuspidata-, con el borde dentado y el haz lustroso. Las hojas de los brotes juveniles pueden ser más pequeñas y a veces divididas en tres foliolos, lo que despista, pero las de la planta establecida son inconfundibles. Da un follaje denso y solapado, como escamas de pez, que tapa el muro por completo.
Parthenocissus quinquefolia, la americana, tiene la hoja compuesta y palmeada, con cinco foliolos separados que salen todos del mismo punto del peciolo, cada uno con su propio rabillo. El aspecto es mucho más ligero y aireado, y deja ver el muro por debajo. Sus zarcillos también forman almohadillas, pero son menos numerosas y menos firmes, y la planta tiende además a trepar apoyándose y colgando, con lo que sobre un paramento liso y alto se descuelga más.
La confusión adicional, con las Ampelopsis -que carecen de ventosas por completo y trepan solo enrollando el zarcillo-, está tratada en el artículo que compara los dos géneros.
El otoño, que es la razón por la que se planta
Durante seis meses es un tapiz verde y correcto. Después llega octubre y la planta hace lo que hace.
El viraje va del verde al amarillo, al naranja, al escarlata y al carmesí oscuro, a menudo con los tres o cuatro tonos conviviendo en la misma pared según la exposición de cada hoja. La química es la de siempre: al acortarse el día y bajar la temperatura, la planta desmonta la clorofila y reabsorbe el nitrógeno, con lo que quedan al descubierto los carotenoides amarillos, y a la vez sintetiza antocianinas nuevas, que son las que dan el rojo. Esa síntesis requiere azúcares y luz, así que el rojo intenso sale donde da el sol y donde las noches son frescas y los días soleados. En una pared a la sombra, o en un otoño cálido y encapotado, la misma planta se queda en amarillo apagado y se deshoja pronto.
De ahí que el color sea espectacular en la meseta, en el norte y en zonas de montaña, y bastante más deslucido en el litoral mediterráneo templado. Con la caída de la hoja el muro queda cubierto por el entramado de tallos, que en invierno deja pasar el sol a la fachada, mientras que en verano la capa de hojas hace de sombra ventilada y baja de manera apreciable la temperatura del paramento. Ese comportamiento estacional es una de sus mejores bazas en orientación sur y oeste.
Es originaria de Japón, Corea y el este de China, pertenece a las Vitaceae -la familia de la vid- y resiste el frío sin inmutarse, hasta unos -25 °C. Acepta sol y sombra, cualquier suelo que drene, incluida la caliza, y una vez establecida tolera bien la sequía estival de la Península, aunque en el sur agradece riego los dos primeros años. Sus flores son insignificantes y verdosas, pero las visitan las abejas, y las bayas azul negruzco que siguen son alimento de aves y no se comen: contienen oxalatos y resultan irritantes. El cultivar 'Veitchii', de hoja menor y brotación purpúrea, es el más extendido en jardinería.
En resumen
Parthenocissus tricuspidata trepa con zarcillos ramificados cuyas puntas, al tocar una superficie, se hinchan en discos que segregan un adhesivo, se lignifican y se endurecen; después el zarcillo se contrae y aprieta el brote contra el muro. Ese mecanismo, estudiado desde Darwin y hoy en biomimética, le permite subir por cualquier paramento sin soporte alguno, y es también la razón de que al arrancarla queden las almohadillas cementadas en la pared. Se separa de Parthenocissus quinquefolia por la hoja simple y trilobada frente a la palmeada de cinco foliolos. Su color de otoño depende de noches frescas y sol, y en fachada exige mantener a raya aleros, canalones y carpinterías, sobre soporte en buen estado.