El túnel de glicinias de Kawachi Fuji, en Kitakyushu, se recorre en tres minutos y solo funciona dos semanas al año. El resto del tiempo es una estructura metálica cubierta de hoja verde, correcta y sin más. Esa desproporción entre la brevedad del efecto y el tamaño del montaje explica bastante bien qué clase de planta es la glicinia: no una trepadora que se pone para tapar algo, sino una pieza de jardín que se construye alrededor de un momento concreto de la primavera.
Cómo llegó a los jardines europeos
La fecha que importa es 1816. Ese año llegaron a Inglaterra los primeros ejemplares vivos de la glicinia china, enviados desde Cantón por John Reeves, inspector de té de la Compañía de las Indias Orientales y aficionado a la botánica, que aprovechó su puesto para remitir material vegetal a Londres durante años. Dos de aquellas plantas prosperaron: una en la propiedad de Charles Hampden Turner, en Rotherhithe, y otra en la de Thomas Carey Palmer, en Bromley. De ellas salió, por acodo y esqueje, casi todo el material que se difundió después por Europa.
Ese origen tan estrecho tiene una consecuencia visible: buena parte de las glicinias chinas veteranas del continente son genéticamente muy próximas entre sí, casi el mismo clon repetido, lo que explica que floreciesen de forma tan uniforme y que durante décadas se diera por hecho que «la glicinia» era una sola cosa.
El nombre del género es de 1818 y se lo puso el botánico inglés Thomas Nuttall, entonces trabajando en Estados Unidos, en honor de Caspar Wistar, anatomista de Filadelfia. Nuttall escribió Wisteria aunque el apellido era Wistar, y esa aparente errata quedó fijada como nombre válido; de ahí que todavía hoy circule la grafía Wistaria en jardines históricos ingleses y norteamericanos.
La japonesa llegó después, hacia 1830, de la mano de Philipp Franz von Siebold, el médico alemán destinado en el puesto holandés de Dejima que envió a Europa cientos de plantas japonesas. Con ella entró un repertorio de cultivares seleccionados en Japón durante siglos, con racimos mucho más largos y una gama de colores que la china no tenía, y se abrió una competencia sostenida entre viveros y coleccionistas europeos —Loddiges y Veitch a la cabeza— por conseguir las novedades de Extremo Oriente antes que el rival. La glicinia fue una de las plantas emblemáticas de aquella fiebre, junto con las camelias, las peonías arbóreas y los rododendros.
El fuji en el jardín japonés
Mientras en Europa era una novedad, en Japón llevaba más de mil años cultivada. El fuji aparece ya en los poemas del Man'yōshū, la antología del siglo VIII, y quedó asociado al final de la primavera con la misma precisión con que el cerezo marca su comienzo. Fue también emblema del clan Fujiwara, cuyo propio nombre contiene el de la planta.
La aportación japonesa a la jardinería con glicinias es el fuji-dana: el emparrado horizontal, una plataforma de listones sostenida por pilares bajo la cual se pasa. No es una pérgola decorativa que se atraviesa de camino a otro sitio, sino un espacio en el que se está, con bancos debajo, pensado para mirar hacia arriba a través de los racimos y, cuando hay un estanque cerca, para verlos duplicados en el agua. El resto de la iconografía —los grabados, el motivo del kimono, la danza Fuji Musume— viene de esa misma familiaridad de siglos.
Ejemplares monumentales
La glicinia es longeva: cien años no son una rareza y hay ejemplares documentados que pasan de siglo y medio. Con ese recorrido, unas cuantas se han convertido en atracción por derecho propio.
La gran glicinia de Ashikaga, en la prefectura de Tochigi, ronda el siglo y medio de edad y cubre bajo emparrado una superficie del orden de mil metros cuadrados, sostenida por una estructura de acero que se ha ido ampliando conforme crecía la planta. Se trasladó en los años noventa desde su emplazamiento original, una operación de ingeniería que se cita como referencia en trasplante de arbolado.
El túnel de Kawachi Fuji-en, en Kitakyushu, tiene cerca de cien metros y combina variedades de distintos tonos, del blanco al violeta oscuro, de modo que el color cambia a medida que se avanza.
Fuera de Japón, la parra de Sierra Madre, en California, es una Wisteria sinensis plantada en 1894 que ha llegado a cubrir más de cuatro mil metros cuadrados y que ha figurado en los registros como la planta con flor más grande del mundo; la localidad le dedica un festival anual. En Inglaterra hay glicinias de la primera hornada del XIX todavía en pie sobre fachadas de Londres, herederas directas de aquellos envíos de Reeves.
En España no hay un ejemplar de fama internacional, pero sí una tradición sólida y poco reivindicada: pérgolas veteranas en pazos gallegos y casonas asturianas, patios andaluces donde la glicinia cubre el emparrado y florece en marzo, claustros y jardines históricos del centro peninsular con ejemplares centenarios, y calles de pueblos serranos donde una sola planta tapa la fachada entera. Merece la pena buscarlas a mediados de abril, que es cuando enseñan lo que son.
El racimo colgante como recurso de diseño
Casi todas las trepadoras de flor presentan la floración hacia fuera, sobre el plano en que se apoyan. La glicinia no: su inflorescencia es un racimo que cuelga en vertical, de veinte centímetros a más de medio metro según la especie, y necesita aire libre por debajo para desplegarse. De ahí se derivan todas las decisiones de colocación.
Sobre pérgola o emparrado es donde da su máximo rendimiento, porque los racimos atraviesan el enrejado y quedan colgando dentro del espacio de paso, a la altura de la cara. La altura libre importa: menos de dos metros y medio obliga a apartar la cabeza; entre dos sesenta y tres metros es lo cómodo, y para las variedades de racimo muy largo conviene ir a tres o más.
Sobre un muro plano, en cambio, el racimo queda aplastado contra el paramento y se pierde la mitad del efecto. Si no hay otra opción, la solución es conducirla sobre una marquesina, una cornisa o un balcón, de modo que la floración caiga desde el borde y quede libre.
Sobre un puente o junto a un estanque aparece el segundo recurso, el reflejo. La glicinia es una de las pocas plantas cuya floración lee igual de bien invertida en el agua, y en los jardines japoneses eso se explota sin disimulo.
A contraluz es como mejor se ve. El racimo es semitranslúcido y con el sol bajo detrás gana una luminosidad que de frente no tiene. Orientar la pérgola pensando en la luz de la tarde de abril cambia el resultado más que cualquier otra decisión.
En cuanto al color, la gama va del blanco puro al violeta oscuro pasando por lilas, malvas y rosas pálidos. Es una paleta fría que se lleva bien con el verde tierno del brote nuevo y con la floración simultánea del árbol del amor, los manzanos de flor y los tulipanes tardíos, y que se pelea con los amarillos fuertes y los naranjas. Y hay un componente que no se fotografía: el perfume, dulce y algo empalagoso, que en un emparrado grande y en tarde sin viento se percibe a bastantes metros.
El momento exacto, que hay que planificar
La floración plena de una glicinia dura entre diez y veinte días. Es corta, es única en el año en la mayoría de los casos, y llega en una fecha bastante fija que conviene conocer antes de decidir nada.
En el sur peninsular y en el litoral mediterráneo abre a finales de marzo o en la primera mitad de abril; en el centro, a mediados o finales de abril; en el norte y en zonas de montaña, en mayo. La Wisteria sinensis abre antes de que salga la hoja y lo hace de golpe, con lo que la floración se ve limpia sobre madera desnuda; la Wisteria floribunda abre más tarde, con la hoja ya brotada, y de forma escalonada. Plantar una de cada, cuando hay sitio, alarga la temporada tres o cuatro semanas; las diferencias entre ambas están detalladas en tipos de wisteria, Wisteria sinensis y Wisteria floribunda.
Dos factores acortan el espectáculo. Una helada tardía sobre los botones ya hinchados —cosa frecuente en abril en el interior— puede llevarse la floración entera de ese año, sin daño para la planta pero sin remedio para la temporada. Y una racha de viento con lluvia desgrana los racimos abiertos en un par de días. Por eso, si la glicinia se planta pensando en un uso concreto —una celebración, un patio abierto al público—, hay que contar con un margen y con que algún año no coincida.
Conviene saber además que una glicinia joven tarda en florecer. Los ejemplares de semilla pueden pasar diez o quince años sin dar un racimo, mientras que los injertados o de acodo suelen empezar al tercero o cuarto. Es la diferencia entre plantar una pérgola y plantar una promesa, y está explicada, junto con la poda en dos tiempos y la fuerza mecánica que desarrolla la planta, en la glicina, una planta trepadora para el jardín. Ahí se detalla también la toxicidad de sus semillas y vainas, que conviene tener presente donde haya niños.
En resumen
La glicinia entró en Europa en 1816 con los envíos de John Reeves desde Cantón, recibió su nombre de Thomas Nuttall en 1818 en honor de Caspar Wistar, y se completó hacia 1830 con la japonesa traída por Siebold y sus cultivares de racimo largo, en plena carrera de viveros y coleccionistas por las plantas de Extremo Oriente. En Japón llevaba mil años cultivada bajo emparrado, el fuji-dana, que sigue siendo la mejor manera de presentarla. Como pieza de diseño, todo gira alrededor de un hecho: el racimo cuelga, y necesita aire debajo, altura libre de tres metros y luz a contraluz para lucir. Hay ejemplares monumentales en Ashikaga, Kawachi Fuji-en y Sierra Madre, y en España pérgolas veteranas en pazos, patios y jardines históricos. La floración dura de diez a veinte días entre marzo y mayo según la zona, es vulnerable a la helada tardía y al viento, y hay que planificarla con margen.