Casi todas las trepadoras que se anuncian para sombra lo que hacen en realidad es sobrevivir en sombra y florecer donde les llega algo de sol. La hortensia trepadora no: pone corimbos blancos de veinte centímetros contra un muro orientado al norte, sin una hora de sol directo en todo el día. Ese es su argumento, y no lo tiene ninguna otra planta leñosa trepadora del catálogo europeo.

Hortensia trepadora en flor sobre un muro

Qué planta es

El nombre correcto es Hydrangea anomala subsp. petiolaris, aunque en vivero se etiqueta casi siempre como Hydrangea petiolaris y así se la conoce. Procede de los bosques húmedos de Japón, Corea, Sajalín y Taiwán, donde trepa por los troncos de coníferas y caducifolios en el sotobosque. Es la misma familia que la hortensia de jardín de toda la vida, las Hydrangeaceae, pero con hábito de liana leñosa.

Es caducifolia. Las hojas son ovaladas, acorazonadas en la base, de siete a doce centímetros, de un verde brillante y textura algo áspera, con peciolo largo -de ahí el epíteto- y el borde finamente aserrado. En otoño viran a un amarillo mantequilla limpio y caen, y entonces queda a la vista lo que es su segundo activo: la corteza de los tallos viejos, canela y exfoliante, que se desprende en tiras y da estructura al muro durante todo el invierno. Alcanza sin problema los diez metros, y en un árbol grande y con muchos años puede pasar de quince.

Trepa por raíces adventicias, igual que la hiedra: raicillas que brotan a lo largo del tallo, en el lado que da al soporte, y que se agarran mecánicamente a la rugosidad de la corteza, del ladrillo o de la piedra. No hay zarcillos, ni ventosas, ni tallos volubles. La consecuencia práctica es doble. No necesita estructura de apoyo, pero sí necesita ayuda para arrancar: los dos o tres primeros años hay que atar los brotes al muro con alambre plastificado o clips, porque hasta que las raicillas prenden la planta tiende a caerse hacia fuera. Y una vez adherida, con los años los tallos engrosan y adquieren peso considerable, así que la valla de madera de listones finos no es soporte suficiente: quiere muro de fábrica, piedra o un tronco de árbol adulto. Sobre revoco en mal estado, las raicillas se meten en la fisura; el criterio general está en el artículo sobre colocación de enredaderas.

El corimbo y sus flores mentirosas

Florece de junio a julio, con la inflorescencia en forma de corimbo plano de quince a veinticinco centímetros de diámetro, blanco crema, sostenido en horizontal sobre un pedúnculo corto que la separa del follaje.

Ese corimbo tiene dos tipos de flor con funciones distintas. En el centro se apiña un enjambre de flores fértiles diminutas, de pocos milímetros, blanquecinas, con sus estambres y su ovario, poco vistosas por separado. Y en el borde, distribuidas de forma irregular, hay una decena de flores estériles mucho mayores, de dos a cuatro centímetros, formadas por tres o cuatro sépalos petaloideos blancos y sin órganos reproductores funcionales.

Esas flores del borde no producen ni polen ni semilla: son reclamo publicitario. Amplían el tamaño aparente de la inflorescencia y la hacen visible desde lejos para los insectos, que es exactamente lo que se necesita en la penumbra de un sotobosque, donde una mancha blanca destaca sobre el fondo verde oscuro mucho más que en un prado a pleno sol. Los polinizadores aterrizan atraídos por el anuncio y trabajan las flores pequeñas del centro. Es el mismo esquema de las hortensias silvestres de tipo lacecap, y también el de los saúcos y los viburnos.

El aroma es ligero, a miel, perceptible de cerca en las horas centrales del día. Las flores estériles permanecen en la planta bastante después de que las fértiles hayan cuajado, secándose poco a poco a un beige verdoso, y muchos jardineros las dejan puestas todo el invierno por el efecto gráfico.

La lentitud, que es lo que hace abandonar

Aquí está la razón por la que esta planta tiene mala fama entre quien la ha probado una vez. Se compra un ejemplar de vivero de sesenta centímetros, se planta contra el muro, y al cabo de dos años mide setenta. Al tercero, ochenta. La conclusión habitual es que está mal plantada, y se arranca.

No está mal plantada: está haciendo raíz. La hortensia trepadora tiene un arranque característico de tres o cuatro años prácticamente inmóvil en la parte aérea, durante los cuales todo el carbono va al sistema radicular y a la lignificación de la base. Ni siquiera emite raicillas adherentes en cantidad durante ese periodo. Después, cuando la raíz está hecha, el ritmo cambia de golpe: pasa a crecer medio metro o más por temporada, y a partir de ahí cubre superficie deprisa.

La primera floración llega tarde por el mismo motivo, entre el cuarto y el séptimo año desde la plantación según el tamaño del ejemplar de partida y las condiciones. Un ejemplar comprado pequeño y barato tardará más; uno de tres o cuatro años de vivero, en contenedor grande y ya con tallos leñosos, recorta el plazo de manera apreciable, y esa es una de las pocas ocasiones en jardinería en las que pagar más por la planta grande sale claramente a cuenta.

Dos cosas ayudan durante esa travesía. La primera es no podarla: cada corte retrasa el momento en que alcanza la madurez de floración. Como mucho, se recorta lo que se salga por donde no debe, y siempre justo después de florecer, porque la planta forma los botones del año siguiente sobre madera vieja durante el verano y una poda de invierno se lleva por delante la floración entera. La segunda es no abonarla con nitrógeno en exceso: fuerza brote blando y no acelera nada. Un acolchado orgánico renovado cada primavera hace más que cualquier fertilizante.

Suelo fresco, ácido y aire húmedo

Sus exigencias vienen todas del mismo sitio: reproducir un sotobosque templado y húmedo.

Suelo profundo, suelto, muy rico en materia orgánica, de los que se pueden abrir con la mano. Reacción ácida a neutra, con el óptimo entre pH 5 y 6,5. En suelo calizo o con agua de riego dura desarrolla clorosis férrica con rapidez: las hojas amarillean entre los nervios, que quedan marcados en verde, y la planta se estanca. Corregir eso a largo plazo en un suelo básico es una batalla perdida; es mejor cambiar de planta.

Humedad constante en la raíz, sin encharcamiento. Es la condición más estricta: no tolera que el cepellón se seque ni una vez, y una sola sequía severa en julio puede matar un ejemplar joven. Acolchado de cinco a ocho centímetros de corteza de pino, hojarasca o compost, renovado cada año, y riego regular durante los veranos secos incluso en planta adulta.

Humedad atmosférica alta. Este es el factor invisible y el que decide. La planta pierde agua por la hoja a la velocidad que marca el déficit de presión de vapor del aire, y su hoja grande y fina no tiene defensas: nada de cutícula gruesa, nada de pelos, nada de cera. En aire seco transpira más de lo que la raíz puede reponer, aunque el suelo esté húmedo, y el resultado son los bordes de las hojas quemados y pardos.

Exposición: sombra o media sombra, orientación norte o este. Tolera el sol de la mañana; el de la tarde le quema la hoja. Es de las pocas trepadoras que se puede plantar en un patio interior o al pie de un muro alto sin que la falta de luz le impida florecer.

De frío no hay que preocuparse en absoluto: resiste hasta unos -25 o -30 °C, y de hecho las heladas fuertes le sientan bien. El problema en España nunca es el invierno.

Corimbo con flores estériles de Hydrangea petiolaris

Por qué fracasa en el interior peninsular

Merece la pena decirlo con claridad, porque se vende en toda España y en media España no va a funcionar.

En Madrid, Zaragoza, Valladolid, Albacete, Sevilla o Murcia coinciden en verano cuatro factores que van todos en su contra: temperaturas máximas por encima de los 35 °C durante semanas, humedad relativa por debajo del 30 % en las horas centrales, noches que no refrescan lo suficiente para que la planta recupere turgencia, y suelos y aguas de riego calizos. Añádase el viento seco y la reverberación del muro, que en una fachada de ladrillo puede sumar varios grados sobre la temperatura ambiente.

Lo que se observa entonces es siempre lo mismo: la planta arranca bien en primavera, en junio empieza a marchitar por las tardes aunque el suelo esté mojado, en julio se le queman los bordes de las hojas, en agosto se defolia parcialmente y en septiembre parece recuperarse. Repetido dos o tres años, el ejemplar se agota y muere, o se queda de por vida en un metro sin florecer nunca. Regar más no lo arregla, porque el problema no es de suelo sino de aire, y encharcar la raíz añade podredumbre al cuadro.

Su territorio real en España es la franja atlántica y de montaña: Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, norte de Navarra, Pirineo, la montaña leonesa y palentina, el norte de Burgos y los valles húmedos del Sistema Central. Ahí es una planta magnífica y prácticamente sin cuidados. En clima mediterráneo litoral, con humedad atmosférica alta pero calor y agua dura, puede tirar en un patio umbrío y protegido, con suelo preparado con turba y compost y riego con agua de lluvia, pero será siempre un cultivo delicado.

Para muros a la sombra en clima seco hay alternativas que sí funcionan, tratadas en el artículo de trepadoras para la sombra. Y si lo que se busca es una trepadora de raíces adventicias más sufrida, la hiedra hace ese papel en casi cualquier clima peninsular.

En resumen

Hydrangea anomala subsp. petiolaris es una liana caducifolia de hasta diez o quince metros que trepa por raíces adventicias, con corteza canela exfoliante en invierno y corimbos planos de junio a julio en los que las flores grandes del borde son estériles y funcionan como reclamo para las fértiles del centro. Su virtud sin competencia es que florece en sombra de verdad, incluso a norte. Su precio son tres o cuatro años de crecimiento casi nulo mientras hace raíz -que es cuando la mayoría la arranca- y una primera floración que puede tardar entre cuatro y siete años. Pide suelo profundo, fresco y ácido, humedad constante y, sobre todo, aire húmedo, y por eso fracasa en el interior seco peninsular por más que se riegue: allí el problema es la atmósfera y la caliza, no el suelo. En la España atlántica y de montaña, en cambio, es difícil encontrarle un defecto.


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