Basta que una hiedra suba por el tronco de un árbol para que alguien proponga cortarla por la base y salvarlo. La frase que acompaña siempre es la misma: que le chupa la savia. Es falso, y conviene desmontarlo con detalle, porque de ese malentendido salen cada año podas y arranques innecesarios que se llevan por delante uno de los recursos más valiosos que tiene un jardín en invierno.

Hiedra cubriendo el tronco de un árbol

No es un parásito, y esto se demuestra

Un parásito vegetal verdadero -el muérdago, la cuscuta, el jopo- introduce en el hospedador unos órganos especializados llamados haustorios, que perforan la corteza y conectan con el xilema o el floema del árbol para extraerle agua, sales o azúcares elaborados. Es un anclaje fisiológico, no mecánico.

La hiedra no tiene nada de eso. Lo que recorre su tallo son raíces adventicias: raicillas cortas y densas que brotan en el lado del tallo que da al soporte y que hacen dos cosas, agarrarse por interlocking mecánico en las rugosidades de la corteza o del muro y segregar una sustancia adhesiva. No penetran los vasos conductores del árbol, no atraviesan la corteza viva y no extraen ni una gota de savia. Se ha comprobado incluso en detalle el mecanismo: esas raicillas liberan nanopartículas adhesivas y, al secarse, se curvan y contraen aumentando la fuerza de agarre.

Toda el agua y los minerales que la hiedra necesita los toma con su propia raíz, que está en el suelo, igual que cualquier otra planta. Y todo su azúcar lo fabrica ella con su propia fotosíntesis, en sus propias hojas. El árbol le presta la estructura, nada más. La hiedra pertenece a las Araliaceae, la familia del ginseng y el aralia, y no tiene ningún parentesco con las plantas parásitas.

Entonces, ¿cuándo hay que actuar?

Que no sea parásita no significa que sea inofensiva en cualquier situación. Los perjuicios que sí causa son reales, pero son mecánicos y de competencia, y por eso dependen del caso concreto.

Competencia por la luz. Mientras la hiedra sube por el fuste, sin salir a la copa, no le quita nada al árbol: la sombra del tronco es irrelevante. El problema empieza cuando alcanza la copa y se extiende sobre el ramaje, tapando las hojas del árbol con las suyas. Ahí sí hay competencia directa por radiación, y en un árbol debilitado esa pérdida de superficie fotosintética acelera el declive. En un árbol vigoroso y en pleno crecimiento, la copa gana la carrera y la hiedra se queda en el tercio inferior sin llegar a nada.

Peso y efecto vela. Una hiedra adulta bien desarrollada añade una masa considerable de vegetación perenne a la copa, y esa masa está ahí también en enero, cuando el árbol caducifolio debería estar desnudo. En una borrasca de invierno, ese follaje adicional convierte la copa en una vela y multiplica el esfuerzo sobre las ramas y sobre el anclaje radicular. Sobre un chopo viejo, un fresno con pudrición de base o un árbol con horquillas mal formadas, ese sobrepeso puede ser el factor que decide un descuajo. Añádase el peso extra de la nieve retenida por el follaje.

Inspección tapada. Una capa densa de hiedra sobre el fuste impide ver la corteza, las heridas, los cuerpos fructíferos de hongos de pudrición y las grietas. En un árbol viejo en zona de paso de personas, eso es un problema de seguridad por sí solo.

La conclusión práctica: en un árbol joven y sano, dejarla; en un ejemplar añoso, decaído o en zona transitada, controlarla. Controlar no es arrancarla entera. Suele bastar con cortar los tallos en un anillo a la altura del pecho, dejando un tramo de veinte o treinta centímetros de tronco limpio para que no rebroten hacia arriba, y permitir que la parte alta se seque y se desprenda por sí sola durante los meses siguientes. Arrancarla en verde de un tirón desgarra la corteza. Y siempre queda la opción intermedia de conservar la hiedra en la parte baja del fuste, que es donde tiene el valor de refugio, e impedirle el acceso a la copa.

En muros, el asunto es distinto y depende del estado de la fábrica; está tratado en el artículo sobre colocación de enredaderas y daño al revoco.

La heterofilia: dos plantas en la misma planta

La hiedra cambia de forma a lo largo de su vida de una manera tan marcada que quien encuentra las dos fases por separado no las relaciona. Es el fenómeno de la heterofilia, y aquí es de manual.

La fase juvenil es la que todo el mundo conoce: tallos flexibles, crecimiento plagiotrópico -es decir, pegado al soporte o rastrero-, raíces adventicias en abundancia, hojas palmatilobadas de tres a cinco lóbulos, a menudo con nervadura clara marcada. Es tolerante a la sombra profunda, crece deprisa y no florece nunca. Una hiedra puede pasar décadas en este estado si no encuentra por dónde subir.

La fase adulta aparece cuando el tallo alcanza el extremo del soporte y sale a plena luz, con estímulo lumínico y con edad suficiente. Entonces el meristemo cambia de programa: los tallos se vuelven ortotrópicos, rígidos y erguidos, pierden las raíces adventicias, las hojas se transforman en ovadas o romboidales de borde entero, sin lóbulos, y la planta empieza a florecer y fructificar. El resultado es un arbusto que sobresale de la masa trepadora y que parece otra especie.

El detalle interesante para el jardinero es que la fase se hereda en la multiplicación vegetativa. Un esqueje tomado de un tallo juvenil da una planta trepadora que tardará años en florecer; un esqueje tomado de un tallo adulto florífero da un arbusto compacto autoportante que florece desde joven y que no trepa. De ahí sale el cultivar arborescente que se vende en vivero, útil como mata redondeada de sombra en un rincón donde no crece otra cosa.

El valor ecológico, que es su mejor argumento

Esta parte es la que se pierde cuando se arranca una hiedra vieja, y no se recupera en cinco años.

Florece en otoño. Las umbelas globosas verdeamarillentas de la fase adulta abren entre septiembre y noviembre, según la zona, justo cuando el resto del jardín ha terminado. Producen néctar muy accesible, en flor abierta y poco profunda, en un momento del año en que las reservas de las colmenas se están agotando y los últimos insectos adultos necesitan cargar antes del frío. Sobre una hiedra en flor en octubre hay abejas, avispas, moscas, sírfidos y las últimas mariposas del año. Hay incluso una abeja solitaria, Colletes hederae, cuyo ciclo entero está sincronizado con esta floración y que apenas visita otra cosa.

Fructifica en invierno. Las bayas negras maduran lentamente y quedan listas entre febrero y abril, en el hueco más duro del calendario, cuando ya no queda serba, ni endrina, ni escaramujo. Tienen un contenido en grasa alto para un fruto carnoso, y para mirlos, zorzales, currucas capirotadas, currucas cabecinegras, palomas torcaces y petirrojos suponen combustible en el peor mes.

Da refugio. La maraña perenne de tallos y hojas contra un tronco o un muro mantiene una temperatura más estable y protege del viento y de la lluvia. Ahí invernan mariposas adultas y coleópteros, duermen aves, y en cavidades tapadas por hiedra se instalan murciélagos y aves de nidificación temprana. El follaje persistente también amortigua las oscilaciones térmicas de la corteza del árbol y de la fábrica del muro.

Hoja lobulada de Hedera helix

En la Península conviven varias especies. Hedera helix es la común en la mitad este y en el centro; Hedera hibernica es la de la cornisa atlántica, con hoja mayor y más lustrosa; Hedera iberica vive en el suroeste; y Hedera canariensis y Hedera algeriensis, de hoja grande y peciolo rojizo, son las que se cultivan en jardinería de clima suave. Todas comparten el comportamiento descrito.

Toxicidad y dermatitis: lo que sí hay que tener en cuenta

Dicho pronto y sin exagerar: las bayas y las hojas de la hiedra son tóxicas por ingestión. Contienen saponinas triterpénicas -hederacósidos y α-hederina- que irritan la mucosa digestiva. La ingesta de unas pocas bayas por parte de un niño provoca típicamente ardor de boca, náuseas, vómitos y diarrea; los cuadros graves son raros y requieren cantidades importantes. Los frutos maduran en invierno, son negros y están al alcance de la mano, así que en jardines con niños pequeños es un dato que conviene tener presente. Ante una ingestión, la referencia en España es el Servicio de Información Toxicológica, y para los animales domésticos, el veterinario.

El riesgo más frecuente en la práctica, sin embargo, no es ese, sino el contacto con la savia durante la poda. Los tallos y las hojas contienen falcarinol, un poliacetileno que es un sensibilizante de contacto potente. Provoca una dermatitis alérgica de contacto que aparece entre doce y cuarenta y ocho horas después de manipular la planta, con enrojecimiento, picor intenso y a veces vesículas, típicamente en antebrazos, muñecas y cuello. Es una reacción de sensibilización: la primera exposición puede no dar nada y las siguientes sí, y una vez sensibilizado, se es sensible para siempre. Los jardineros profesionales que recortan hiedra a menudo la desarrollan.

La prevención es sencilla: guantes largos y manga larga siempre que se pode o se arranque hiedra, lavado con agua y jabón al terminar, evitar el trabajo en las horas de más sol -la reacción se agrava con la radiación ultravioleta- y no quemar los restos, porque el humo irrita las vías respiratorias. Si aparece la erupción, la consulta es del médico o del farmacéutico.

En resumen

La hiedra no es parásita: sus raíces adventicias solo se agarran, no penetran los vasos del árbol, y la planta se alimenta con su raíz en el suelo y su propia fotosíntesis. Lo que sí hace es competir por la luz cuando invade la copa y añadir peso y efecto vela en invierno, y por eso conviene controlarla en árboles viejos, debilitados o en zona de paso, cortando un anillo de tallos en la base y dejando que la parte alta se seque, no arrancándola en verde. A cambio ofrece un valor ecológico que ninguna otra trepadora da: néctar en octubre, fruto graso entre febrero y abril y refugio invernal permanente. Su heterofilia reparte la planta en una fase juvenil trepadora de hoja lobulada y una adulta arbustiva de hoja entera y florífera, y esa condición se hereda en el esqueje. Las bayas y las hojas son tóxicas por ingestión, y la savia produce dermatitis alérgica por falcarinol, así que la poda se hace con guantes y manga larga.


Contenidos relacionados