Casi todos los fallos de quien empieza con las plantas se reducen a tres: regar por costumbre en lugar de por necesidad, colocar la planta donde queda bonita en vez de donde hay luz, y no saber si lo que ha comprado es una planta de un año o de veinte. Con esas tres cosas resueltas, el resto se aprende sobre la marcha.
Este es el vocabulario básico y las decisiones prácticas que hay detrás. No hace falta saber botánica para tener plantas sanas, pero sí entender qué tipo de planta tienes delante, de dónde viene y qué espera de ti a lo largo del año.
Las plantas proporcionan muchas satisfacciones. Si aprendes a cuidarlas bien, el disfrute será mucho mayor. Foto: Shutterstock
Leñosa o herbácea
Una planta leñosa tiene tronco y ramas con corteza: árboles, arbustos y trepadoras leñosas. Una herbácea tiene tallos tiernos que no forman madera: desde un geranio hasta una lechuga, pasando por casi todas las plantas de interior.
La consecuencia práctica es la resistencia. Las leñosas soportan mucho mejor una helada o una semana de olvido; las herbáceas se hielan antes y se secan antes, porque tienen menos reservas y menos protección. Cuando dudes de cuánto margen de error tienes con una planta, esta es la primera pregunta.
Cuánto vive: anual, bienal o vivaz
Las anuales completan su vida en una temporada: germinan, crecen, florecen, producen semilla y mueren. Amapolas, caléndulas, cosmos, girasoles, capuchinas, petunias. No es que las hayas matado, es que ese era su ciclo. Se resiembran solas o se vuelven a sembrar cada año.
Las bienales tardan dos temporadas: el primer año hacen una roseta de hojas y el segundo florecen y semillan. Dedaleras, pensamientos, algunas campánulas.
Las vivaces o herbáceas perennes duran varios años. Muchas pierden toda la parte aérea en invierno y rebrotan en primavera desde la base o desde bulbos, rizomas o tubérculos: es lo que hacen los tulipanes, las dalias, las hostas o las verbenas. Que en enero no se vea nada no significa que estén muertas. Otras mantienen el follaje todo el año, como los geranios en clima suave o casi todas las plantas de interior.
Las leñosas son las más longevas, con diferencia. Y dentro de ellas hay dos comportamientos: las caducifolias pierden la hoja en otoño y rebrotan en primavera, y las perennifolias la mantienen todo el año, aunque la renueven poco a poco.
Rusticidad: cuánto frío aguanta
Rusticidad es la capacidad de una planta para soportar el frío invernal. Es el dato que decide si una planta puede vivir fuera en tu zona o si tendrá que estar en maceta y entrar a cubierto.
Se suele expresar en zonas de rusticidad, o directamente en grados mínimos. España tiene una variedad climática enorme: del litoral mediterráneo y Canarias, donde apenas hiela, a los páramos de Soria o Teruel, donde se bajan holgadamente los diez grados bajo cero. Una buganvilla o un plumbago viven sin cuidados en Málaga y no pasan el invierno en Burgos.
Hay dos matices que no aparecen en las etiquetas. El primero es que la mayoría de las plantas resisten bastante más frío seco que frío con el suelo encharcado: buena parte de las muertes atribuidas a la helada son en realidad asfixia radicular. El segundo es que en maceta la raíz está mucho más expuesta que en el suelo, así que una planta rústica en el jardín puede helarse en un tiesto en la misma terraza.
Las llamadas plantas de interior son casi todas tropicales o subtropicales: viven dentro de casa porque fuera, aquí, no sobrevivirían al invierno.
Luz: el factor que más se subestima
Nuestro ojo se adapta y engaña. Un salón que nos parece luminoso puede recibir una fracción muy pequeña de la luz que hay en la terraza. Un método sencillo: a mediodía, con las luces apagadas, pon la mano a un palmo de una pared clara donde piensas colocar la planta. Sombra nítida y de bordes definidos significa luz abundante; sombra difusa, luz media; sombra apenas perceptible, penumbra, donde solo aguantan sansevierias, zamioculcas, aspidistras y potos.
Fuera, los términos habituales son pleno sol (seis horas o más de sol directo), semisombra (unas horas de sol, normalmente de mañana) y sombra. En el sur y el sureste peninsular, la semisombra en verano no es un capricho: muchas plantas que en el norte van a pleno sol aquí se queman en julio.
Riego: cuándo, no cada cuánto
El calendario fijo no funciona. Las necesidades cambian entre julio y enero, entre una maceta de barro y una de plástico, entre un sitio ventoso y uno resguardado.
La comprobación es el dedo: métele dos o tres centímetros en el sustrato. Si sale con tierra adherida y fresca, no riegues. En macetas grandes, hasta el segundo nudillo. En una planta que quiera suelo siempre fresco, como un helecho o una azalea, se riega cuando la superficie empieza a secarse; en un cactus o una suculenta, cuando todo el cepellón está seco desde hace días.
Y ojo con un síntoma engañoso: las hojas lacias no significan siempre sed. El exceso de agua pudre las raíces, la planta deja de absorber y el aspecto es exactamente el mismo que el de una planta seca. Antes de regar una planta mustia, comprueba el sustrato: si está húmedo, el problema es el contrario.
Cuando riegues, hazlo a fondo, hasta que salga agua por los agujeros de drenaje, y vacía el plato a los diez minutos. Riegos largos y espaciados favorecen raíces profundas; riegos cortos y frecuentes crean raíces superficiales y plantas frágiles. Puedes ampliar esto en los trucos del riego.
Maceta, drenaje y sustrato
La maceta tiene que tener agujeros. Sin excepción. Si te gusta un cache-pot decorativo sin ellos, mete dentro una maceta normal con drenaje y sácala para regar.
El sustrato universal de saco vale para la mayoría de las plantas de interior y de flor, pero conviene aligerarlo con perlita si retiene mucha agua. Las suculentas y los cactus quieren mezclas minerales; las acidófilas (azaleas, camelias, hortensias, gardenias) necesitan sustrato específico de pH ácido, y con el agua dura de buena parte de España se les acaba poniendo la hoja amarilla entre nervios, que es clorosis por falta de hierro asimilable.
Los sustratos de plantación traen nutrientes para unas pocas semanas. A partir de ahí hay que abonar durante el periodo de crecimiento, respetando la dosis del envase: pasarse de abono quema las raíces y hace más daño que quedarse corto.
Dos cosas más que conviene saber pronto
Muchas plantas comunes son tóxicas. Potos, monsteras, filodendros, espatifilos y Dieffenbachia son tóxicos por ingestión; la adelfa lo es de forma grave; las azucenas son peligrosas para los gatos, incluido su polen. No hay que renunciar a ellas, pero sí saber dónde se colocan si hay niños pequeños o animales que mordisqueen. Ante una ingestión, la consulta es al médico o al veterinario.
Observar es la mitad del trabajo. Coge la costumbre de revisar las plantas una vez por semana, incluido el envés de las hojas, que es donde empiezan las plagas. Una araña roja o una cochinilla detectadas la primera semana se resuelven con un trapo húmedo; detectadas al mes, ya no.
En resumen
Antes de comprar una planta, entérate de tres datos: cuánta luz necesita, cuánto frío aguanta y si es anual o va a durar años. Con eso decides dónde ponerla y qué esperar de ella, y evitas la mayor parte de los disgustos.
Después, riega comprobando el sustrato con el dedo en lugar de por calendario, asegúrate de que la maceta drena, abona durante el crecimiento sin pasarte de dosis y revisa las plantas una vez por semana. Puedes repasar los fallos más frecuentes en los errores que hacen sufrir a tus plantas.