La mayor parte del agua que se gasta en un jardín no la bebe la planta: se evapora antes de llegar a la raíz, se escurre por debajo de la zona radicular o cae sobre suelo desnudo. Ahí es donde se ahorra, y no en tener el jardín permanentemente sediento.
Un jardín mediterráneo bien planteado gasta bastante menos agua que uno mal regado con las mismas plantas. Las decisiones que marcan la diferencia son cuatro: a qué hora se riega, cada cuánto, con qué emisor y qué hay cubriendo el suelo.
Si se riega a fondo y espaciadamente, las raíces buscarán las reservas de agua más profundas. Si se riega de forma ligera y a menudo, las raíces serán más superficiales y no aprovecharán la humedad más honda.
A qué hora regar
De madrugada o a primera hora de la mañana. Con el sol alto, y sobre todo con viento, una parte importante del agua se pierde por evaporación antes de infiltrarse, y en riego por aspersión esa pérdida es mucho mayor porque el agua viaja por el aire.
Conviene aclarar un detalle que se repite mucho: la idea de que las gotas sobre las hojas hacen de lupa y queman la planta no tiene respaldo en hojas lisas normales. El motivo real para no regar al mediodía es la evaporación, no las quemaduras.
Regar de noche cerrada tampoco es lo mejor si el agua moja el follaje. Las hojas pasan muchas horas húmedas y eso favorece a los hongos, en particular en césped, rosales y hortícolas. La madrugada resuelve las dos cosas: poca evaporación y hojas que se secan con el sol de la mañana.
Regar a fondo y menos veces
Es el principio que más agua ahorra y el más ignorado. Un riego abundante y espaciado moja el perfil del suelo en profundidad; las raíces siguen esa humedad hacia abajo y la planta se vuelve más autónoma. Un riego ligero diario deja la humedad en los primeros centímetros, ahí se queda la raíz, y en cuanto falla un día la planta se marchita.
Como referencia práctica, después de un riego el suelo debe quedar húmedo por debajo de donde están las raíces: unos centímetros en el césped, bastante más en arbustos y mucho más en árboles jóvenes. La forma de comprobarlo no es mirar la superficie, sino clavar un destornillador largo o una varilla: entra con facilidad mientras hay humedad y se frena en cuanto llega a tierra seca.
Adaptar el riego al suelo
El mismo programa de riego da resultados opuestos en dos suelos distintos.
- Suelo arenoso. El agua se infiltra deprisa y retiene poco. Pide riegos más frecuentes y de menor duración, porque un riego largo se pierde por debajo de la raíz.
- Suelo arcilloso. Infiltra despacio y retiene mucho. Pide riegos más espaciados y aplicados poco a poco, o en varios pases cortos, para no formar charco y escorrentía.
- Suelo calizo. Buena parte del este y el sur peninsular tiene suelos con caliza activa y pH alto. Ahí el problema no suele ser la retención, sino que el riego con agua dura acaba bloqueando la absorción de hierro en las especies acidófilas. Se nota en hojas amarillas con los nervios verdes.
Agrupar las plantas por necesidad de agua
Es la decisión de diseño con más efecto sobre el consumo anual. Si en un mismo parterre conviven una hortensia y una lavanda, o riegas de más a una o matas de sed a la otra. Agrupar por demanda hídrica permite dar a cada zona lo suyo, y deja crear una zona de bajo consumo con especies mediterráneas que, una vez arraigadas, pasan el verano con riegos de apoyo muy espaciados.
Ese criterio conviene aplicarlo desde el principio, cuando se plantea el jardín, porque después implica mover plantas ya establecidas.
Elegir bien el emisor
El riego localizado (goteo, tuberías con goteros integrados, microaspersión) lleva el agua al pie de la planta y moja solo el bulbo de suelo donde están las raíces. Frente a la aspersión evita mojar caminos, muros y suelo desnudo, no arrastra el agua con el viento y no moja el follaje. Para arbustos, setos, frutales, huerto y macizos es la opción más eficiente.
La aspersión sigue teniendo sentido en el césped, que necesita mojarse en toda su superficie. Ahí lo que ahorra agua es que los aspersores estén bien solapados (que ninguno deje zonas secas que obliguen a regar de más para compensarlas) y que no rieguen la acera.
Un programador con sensor de lluvia, o simplemente el hábito de apagarlo cuando ha llovido, evita el espectáculo habitual de aspersores funcionando bajo el agua.
Acolchar el suelo
El acolchado o mulching es una capa de material sobre la tierra: corteza de pino, astillas, grava, restos de siega secos, paja. Reduce mucho la evaporación directa desde la superficie, mantiene el suelo más fresco en verano, frena la germinación de malas hierbas y evita que la lluvia y el riego compacten la tierra.
Se coloca sobre suelo previamente removido y bien húmedo, nunca sobre tierra seca, porque entonces el acolchado también dificulta que el agua entre. Conviene dejar unos centímetros libres alrededor del cuello del tronco para que no se mantenga húmedo y se pudra. En un jardín mediterráneo es probablemente la medida barata que más agua ahorra.
Mejorar el suelo con materia orgánica
Un suelo con buena estructura retiene más agua disponible y la deja circular. Aportar compost maduro de forma regular mejora la estructura, la vida del suelo y la capacidad de retención, especialmente en suelos arenosos. En arcillosos, además, ayuda a que el agua infiltre en lugar de encharcar.
El compost se aporta en superficie y se deja que se incorpore, o se mezcla en los primeros centímetros. No hace falta enterrarlo hondo.
Sustratos que se rehidratan
Un sustrato de turba que se ha secado del todo se vuelve hidrófobo: repele el agua, que baja por las paredes de la maceta y sale por el drenaje sin mojar el cepellón. Es la razón por la que a veces riegas una maceta, sale agua por abajo enseguida y la planta sigue seca.
Los sustratos que llevan agentes humectantes o retenedores de agua evitan ese problema y facilitan que el cepellón se vuelva a mojar. Si ya ha ocurrido, la solución es sumergir la maceta entera en un barreño de agua hasta que dejen de salir burbujas.
Cortar el viento
El viento seca. Aumenta la evaporación del suelo y la transpiración de las hojas, y en riego por aspersión desvía el agua fuera de la zona que quieres regar. Un seto, una celosía o una pantalla vegetal en la cara de donde vienen las rachas dominantes reduce esa pérdida en toda la zona protegida.
Una pantalla algo permeable funciona mejor que un muro macizo, porque el muro genera turbulencias detrás en lugar de frenar el aire de forma progresiva.
Aprovechar el agua de lluvia
El agua de lluvia no lleva cloro y tiene muy poca cal, así que va bien para todas las plantas y especialmente para las acidófilas (camelias, azaleas, rododendros, hortensias), que en zonas de agua dura sufren con el agua del grifo.
Se recoge desde las bajantes del tejado hacia un depósito. Dos precauciones que no son opcionales: el depósito debe ir tapado, porque un recipiente con agua estancada al aire libre se convierte en criadero de mosquitos en pocos días, y el agua recogida del tejado no es potable ni sirve para lavar hortalizas que se van a comer crudas. Para regar, sobra.
En resumen
Ahorrar agua en el jardín no consiste en regar poco, sino en que el agua que sale de la manguera llegue a la raíz. Regar de madrugada, hacerlo a fondo y espaciado, usar riego localizado en todo lo que no sea césped y cubrir el suelo con un acolchado resuelve la mayor parte del problema.
Lo que consolida el ahorro a largo plazo es el diseño: agrupar las plantas según lo que beben, mejorar el suelo con materia orgánica y reservar las especies exigentes para una zona concreta en lugar de repartirlas por todo el jardín. Con eso, un jardín en clima mediterráneo puede seguir siendo verde en agosto sin que el consumo se dispare.