Cuando una planta pierde lustre, amarillea o se queda a medias, la causa casi nunca es una plaga misteriosa. En la inmensa mayoría de los casos es riego, drenaje, luz o abonado, en ese orden de frecuencia, y casi siempre por exceso más que por defecto. Las plagas suelen llegar después, aprovechando una planta ya debilitada.
El diagnóstico se hace mirando dos cosas antes que la hoja: el sustrato y la posición. Meter un dedo hasta la segunda falange en la tierra dice más que cualquier síntoma foliar, porque una hoja amarilla significa lo mismo con raíz asfixiada que con raíz seca, y desde fuera se parecen bastante.
Tanto la falta como el exceso de agua son perjudiciales para las plantas. Debes regarlas teniendo en cuenta sus necesidades concretas en cada época del año. Ilustraciones: María Eugenia Mas
Exceso de riego, el error que más plantas mata
Un suelo encharcado no tiene aire. Las raíces respiran, y cuando el agua ocupa todos los poros del sustrato dejan de tomar oxígeno y empiezan a morir. Lo desconcertante es que la planta con la raíz podrida se marchita igual que la que tiene sed, porque una raíz muerta tampoco absorbe agua. De ahí que mucha gente riegue todavía más y remate la faena.
Al encharcamiento se suman los patógenos que viven en el suelo y que solo prosperan con humedad excesiva y poco oxígeno, sobre todo Phytophthora y Pythium. Cuando aparecen, el cuello y las raíces se ennegrecen y la planta se hunde en pocos días sin que ningún tratamiento la salve. Es un problema de manejo del agua, no de producto.
Los grupos más sensibles son claros: cactus y crasas, sobre todo si al exceso de agua se le suma el frío invernal; plantas mediterráneas leñosas como lavanda, romero o santolina, que en jardín no toleran suelo húmedo permanente; y casi cualquier planta de interior en invierno, cuando el consumo cae y el riego sigue igual que en agosto.
Falta de agua, y cómo distinguirla
El déficit hídrico tiene una firma distinta: hojas mates y algo colgantes que se recuperan al cabo de unas horas de un riego a fondo, bordes secos y crujientes, caída de hojas empezando por las de abajo, y sustrato que se ha despegado de la pared de la maceta. En el caso extremo, el cepellón se hace hidrófobo y el agua se escurre por el hueco lateral sin mojar nada, lo cual da la falsa impresión de que ya se ha regado.
Ahí la solución no es regar más veces sino sumergir la maceta en un barreño hasta que dejen de salir burbujas, escurrirla bien y volver a la pauta normal. En jardín, una planta recién puesta que sufre un golpe de calor repentino puede defoliar entera. Las leñosas y vivaces suelen rebrotar; las anuales no se recuperan.
Cómo decidir cuándo regar
No hay una frecuencia universal, porque el consumo depende de la especie, del tamaño de la planta respecto a la maceta, del tipo de sustrato, de la temperatura y de la humedad ambiente. Lo que sí es universal es el criterio: se riega cuando el sustrato lo pide, no cuando toca por calendario.
En la práctica, para la mayoría de las plantas de interior y de terraza, esperar a que los primeros centímetros de sustrato estén secos funciona bien. Para cactus y crasas hay que esperar bastante más, y en invierno muchas no se riegan en absoluto. Para acidófilas y helechos, el sustrato no debería llegar a secarse del todo nunca.
Cuando se riega, se riega a fondo, hasta que salga agua por el fondo. El riego corto y frecuente moja solo la superficie y enseña a las raíces a quedarse arriba, que es justo lo contrario de lo que interesa. En césped el efecto es muy visible: riegos diarios y cortos dan un tapiz de raíz somera que se quema en cuanto llega la primera ola de calor.
Sobre regar al mediodía, la razón para no hacerlo en verano es que se pierde buena parte del agua por evaporación y que se moja la planta en el peor momento del día, no el supuesto efecto lupa de las gotas, que en la mayoría de las hojas es irrelevante.
La maceta, el drenaje y el plato
Un plato con agua estancada bajo la maceta mantiene el fondo del cepellón permanentemente saturado. Se vacía a los diez o quince minutos de regar, siempre. Si se quiere humedad ambiente, se pone grava en el plato para que la maceta quede por encima del nivel del agua.
El cache-pot decorativo sin agujeros es la versión moderna del mismo error, con el agravante de que el agua no se ve. La maceta interior tiene que poder escurrir y no quedarse en un charco dentro del recipiente bonito.
Trasplantar a una maceta mucho más grande tampoco ayuda. El volumen de sustrato que las raíces no han colonizado se queda húmedo mucho tiempo y se agria. Se sube de tamaño de forma gradual, unos pocos centímetros de diámetro cada vez.
Sustrato equivocado y agua caliza
Usar tierra de jardín en maceta, o un sustrato barato que se apelmaza en dos meses, condena a la planta a un problema de aireación que ningún cuidado posterior corrige. Un sustrato de calidad mantiene estructura, retiene agua sin encharcarse y drena el resto.
El caso más frecuente de sustrato inadecuado es el de las plantas acidófilas. Hortensias, camelias, gardenias, azaleas y rododendros necesitan pH ácido. En buena parte del este y el sur peninsular, tanto el suelo como el agua del grifo son calizos, y en cuanto el pH sube, la raíz deja de poder absorber el hierro aunque el hierro esté presente en el suelo. El resultado es la clorosis férrica: hoja verde amarillenta con los nervios todavía verdes, empezando por los brotes nuevos.
Se corrige con sustrato específico para acidófilas, con quelatos de hierro como complemento del abono, y en la medida de lo posible regando con agua de lluvia o con agua de baja dureza. En suelo de jardín francamente calizo, la alternativa realista es cambiar de especie en lugar de pelearse cada temporada.
Luz: ni poca ni de golpe
Una planta de interior con poca luz no muere rápido, se estira: entrenudos largos, hojas pequeñas y pálidas, tallos que se van hacia la ventana. Las variedades variegadas pierden el dibujo y se vuelven verdes enteras, porque la parte blanca no fotosintetiza y la planta compensa.
El error contrario es sacar de golpe al pleno sol una planta que ha pasado el invierno dentro. La hoja se quema en un par de días, con manchas blanquecinas o pardas de tejido muerto que ya no se recuperan. El paso de interior a exterior se hace en dos o tres semanas, primero a sombra y luego a sol de mañana.
Muchas plantas de interior acusan además el simple cambio de sitio. El Ficus benjamina es el ejemplo clásico: al moverlo de habitación tira media hoja y tarda semanas en estabilizarse. Cuando encuentre su sitio, conviene dejarlo ahí.
Abonar mal
Se abona en el periodo de crecimiento, que en la mayoría de las plantas va de primavera a principios de otoño, y se reduce o se suspende en parada. Abonar una planta parada en pleno invierno no la hace crecer: acumula sales en el sustrato que la raíz no consume.
Nunca se abona sobre sustrato seco ni sobre una planta estresada por calor o por falta de agua, porque el abono concentrado en poca humedad quema las raíces. Se riega primero y se abona después.
Pasarse de nitrógeno da mucha hoja tierna, poca flor y un banquete servido para el pulgón. Una costra blanquecina en la superficie del sustrato o en el borde de la maceta indica acumulación de sales: se lava el cepellón con abundante agua y se espacia el abonado.
Podar a destiempo
El error de poda más común y más frustrante es cortar en invierno los arbustos que florecen en primavera. Lilo (Syringa vulgaris), forsitia, celinda (Philadelphus), weigela o kerria forman los botones florales el año anterior, sobre la madera vieja. Si se podan en otoño o invierno, se está tirando la floración entera.
Estos arbustos se podan justo después de florecer, en primavera avanzada o principios de verano, dando tiempo a que la nueva brotación forme los botones del año siguiente. Los que florecen en verano sobre madera del año, en cambio, sí se podan al final del invierno.
Otro clásico: la poda severa en pleno verano mediterráneo. Quitar de golpe buena parte de la copa en julio expone corteza que nunca ha visto el sol directo y provoca quemaduras en ramas y tronco, además de sumar estrés a una planta que ya está gestionando calor y sequía.
En resumen
La mayoría de las plantas que se estropean lo hacen por exceso de agua, mal drenaje o un sustrato inadecuado, y los síntomas de raíz asfixiada se parecen tanto a los de sed que el error se realimenta. Antes de tratar nada, hay que comprobar el sustrato con el dedo, vaciar el plato y mirar si la maceta drena de verdad.
Lo demás es cuestión de ajustar cada cuidado a la especie y a la estación: regar a fondo y con criterio en vez de a diario y poco, elegir sustrato acidófilo y corregir el hierro en hortensias, camelias y gardenias sobre agua caliza, aclimatar poco a poco los cambios de luz, abonar solo en crecimiento y podar cada arbusto en su momento. Si hay dudas sobre una especie concreta, merece la pena leer sobre ella antes de comprarla, no después de perderla.