Las plantas se mueven a todas horas. Lo que ocurre es que suelen hacerlo a una velocidad que el ojo humano no registra, y por eso llaman la atención las pocas excepciones que caen dentro de nuestra escala temporal: la mimosa que se pliega al tocarla, la atrapamoscas que se cierra de golpe, la que llaman planta bailarina y que agita sus foliolos sin parar.

Esa última, Codariocalyx motorius, tiene artículo propio en desmodium gyrans, una planta que baila, con su identificación, su ritmo y su cultivo. Lo que sigue aquí es el marco general en el que encaja: cómo se clasifica el movimiento vegetal, qué ejemplos hay a mano en un jardín español y qué mecanismo comparten todos ellos.

Hojas de Codariocalyx motorius, la planta bailarina

La división que ordena todo: nastia o tropismo

La botánica separa los movimientos vegetales en dos familias, y el criterio no es la velocidad ni el aspecto, sino algo más sutil: quién decide la dirección.

En un tropismo, la dirección la marca el estímulo. La raíz crece hacia abajo porque abajo tira la gravedad; el tallo se inclina hacia la ventana porque de la ventana viene la luz. Si el estímulo cambia de lado, el movimiento cambia de lado. Son respuestas orientadas, y se apellidan según el estímulo: fototropismo, gravitropismo, tigmotropismo, hidrotropismo.

En una nastia, la dirección está escrita de antemano en la anatomía del órgano. Un foliolo de mimosa se pliega hacia arriba lo toques por donde lo toques; una flor de tulipán se abre y se cierra siempre del mismo modo, venga el calor de donde venga. El estímulo solo actúa como interruptor. También se apellidan: nictinastia si el disparador es el ciclo día-noche, sismonastia o tigmonastia si es un contacto o una sacudida, termonastia si es la temperatura, fotonastia si es la luz.

Hay una diferencia práctica que ayuda a recordarlo: los tropismos son casi siempre irreversibles, porque se producen por crecimiento, y una vez que un tallo se ha curvado no se endereza. Las nastias son en su mayoría reversibles y repetibles, porque no implican crecimiento sino cambios de presión interna que van y vuelven.

Nictinastia: las hojas que se acuestan

Al atardecer, muchas leguminosas y varias plantas de interior pliegan los foliolos o los levantan juntando las láminas, y al amanecer los despliegan. Es el «sueño de las plantas» que ya describió Linneo y que fascinó a Darwin, que le dedicó un libro entero al final de su vida.

Dos ejemplos fáciles de observar en casa:

Oxalis triangularis, el trébol morado de maceta, cierra sus tres foliolos triangulares como paraguas plegados cada anochecer y los abre al día siguiente. Un ejemplar sano lo hace con una puntualidad que sorprende.

Maranta leuconeura y las Calathea y Goeppertia emparentadas levantan las hojas hasta ponerlas casi verticales al caer la tarde, con un roce audible si hay varias juntas. De ahí el nombre popular de planta de la oración.

Lo relevante es que el movimiento no depende de que oscurezca. Si se mantiene la planta en oscuridad continua, sigue plegándose y desplegándose durante días con un ciclo de aproximadamente veinticuatro horas: está gobernado por el reloj circadiano interno, y la luz solo lo pone en hora. La función más sostenida por los datos es reducir la pérdida de calor por radiación nocturna y limitar la exposición de la hoja a la humedad y al rocío, además de evitar que la luz de luna interfiera con la medida del fotoperiodo.

Sismonastia: la respuesta al contacto

Aquí están los movimientos rápidos, los que ocurren en segundos o en fracciones de segundo.

Mimosa pudica, la sensitiva o vergonzosa, pliega los foliolos por pares en cuanto se la roza, y si el estímulo es fuerte abate también el pecíolo entero, que cae como un brazo desmayado. La respuesta se propaga desde el punto tocado hacia el resto de la hoja y a veces a hojas vecinas, a una velocidad de un par de centímetros por segundo, porque lo que viaja es una señal eléctrica comparable en su lógica a un potencial de acción, acompañada de una onda hidráulica. La recuperación tarda entre diez y veinte minutos. La interpretación más aceptada es defensiva: una hoja que se desploma de golpe asusta a un herbívoro pequeño y deja el follaje con aspecto marchito y poco apetecible; además desaloja insectos que estuvieran comiendo. En España se cultiva sin dificultad como anual de maceta en verano, aunque es una planta introducida invasora en regiones tropicales.

Dionaea muscipula, la atrapamoscas de Venus, cierra sus dos lóbulos en torno a una décima de segundo. Su sistema es más elaborado de lo que aparenta. Cada lóbulo lleva tres pelos sensitivos, y hace falta que se estimulen dos veces en un intervalo de unos veinte segundos para que se dispare el cierre; con un solo toque no pasa nada. Ese requisito de doble señal funciona como filtro contra gotas de lluvia y restos que caen. Además la trampa cuenta los estímulos posteriores: a partir del tercero y el cuarto activa la secreción digestiva, de modo que solo gasta enzimas si dentro hay algo que se mueve. El cierre no es solo hidráulico: los lóbulos están curvados hacia fuera en tensión elástica y al perder rigidez la curvatura se invierte de golpe, como una pieza de metal que se abomba, y ese chasquido mecánico aporta la velocidad.

El mismo repertorio incluye a las Drosera, cuyos tentáculos pegajosos se curvan sobre la presa en minutos u horas, a los estambres del agracejo (Berberis), que golpean al insecto que entra en la flor, y a las trampas de Utricularia, que succionan en medio milisegundo y figuran entre los movimientos más rápidos conocidos en el reino vegetal.

Tigmotropismo: cómo trepa un zarcillo

Un zarcillo de vid, de pasiflora, de calabaza o de nueza (Bryonia dioica, común en setos peninsulares) explora el aire describiendo círculos lentos —eso se llama circumnutación— hasta que roza algo. A partir de ese contacto ocurren dos cosas encadenadas.

Primero, el enrollamiento sobre el soporte. Las células del lado que ha tocado dejan de alargarse y las del lado opuesto siguen creciendo, de modo que el zarcillo se curva alrededor del objeto. Puede empezar en minutos y completar la vuelta en pocas horas. Es un tropismo de manual: la dirección la impone el punto de contacto.

Segundo, y más ingenioso, la formación del muelle. El tramo libre de zarcillo entre la planta y el soporte se enrolla sobre sí mismo en hélice, pero como sus dos extremos están fijos no puede girar libremente, así que forma dos hélices de sentido contrario unidas por un punto de inversión. Ese punto, que los físicos llaman perversión helicoidal, permite que el conjunto funcione como un resorte: acerca la planta al soporte y absorbe los tirones del viento sin romperse. El zarcillo se lignifica después y el muelle queda instalado de forma permanente.

Heliotropismo, y por qué se detiene

El girasol joven orienta el capítulo hacia el este al amanecer y lo va girando durante el día hasta mirar al oeste, y de noche lo devuelve al este para esperar la salida del sol. El giro no lo hace la flor sino el tallo, que alarga más sus células por la cara oriental durante el día y por la occidental durante la noche, coordinado por el reloj circadiano y no solo por la posición del sol: en oscuridad continua el movimiento persiste unos días.

Cuando la flor se abre, el seguimiento cesa y el capítulo queda fijo mirando al este. El detalle de por qué esto le conviene a la planta y qué implica al cultivarlo está en el artículo sobre el cultivo del girasol.

Junto al heliotropismo conviene situar sus parientes cercanos. El fototropismo, la curvatura de un tallo hacia la luz, fue el objeto de los experimentos de Darwin con plántulas encapuchadas que llevaron, medio siglo después, al descubrimiento de la auxina: la hormona se redistribuye hacia el lado sombrío y allí las células se alargan más. El gravitropismo funciona con un sensor físico, los estatolitos, que son granos de almidón lo bastante densos como para sedimentar dentro de células especializadas de la cofia de la raíz; su posición indica dónde está el abajo. Y el hidrotropismo desvía las raíces hacia los sectores húmedos del suelo, respuesta que en secano vale tanto como las otras dos juntas.

Higroscopia: movimiento sin vida

Existe una categoría entera de movimientos que no requieren células vivas, ni energía, ni señal de ningún tipo. Basta con que un tejido muerto absorba o pierda humedad ambiental y cambie de forma, porque sus paredes celulares están construidas con las microfibrillas de celulosa orientadas de forma distinta en dos capas: al hincharse, cada capa se dilata en una dirección diferente y la pieza se curva o se enrolla.

Erodium cicutarium, el alfilerillo de pastor de cualquier cuneta española, lo lleva al extremo. Su fruto se separa en cinco piezas, cada una con una arista larga que se enrolla en espiral al secarse y se desenrolla al humedecerse. Con la semilla apoyada en el suelo y la arista trabada en la hojarasca, ese girar y desgirar con cada ciclo de rocío atornilla literalmente la semilla dentro de la tierra, unos milímetros por ciclo. La semilla lleva además pelos orientados hacia atrás que impiden que salga. Es un mecanismo de siembra autónomo que funciona con la planta madre ya muerta. Las aristas de Stipa hacen algo equivalente en los pastizales secos.

La rosa de Jericó aplica el mismo principio a otra escala. Bajo ese nombre circulan dos plantas distintas: Anastatica hierochuntica, una crucífera del desierto sahariano y arábigo, cuyos tallos secos y muertos se cierran en bola y se abren al mojarse, liberando semillas solo cuando hay agua suficiente; y Selaginella lepidophylla, un licopodio mexicano de la llamada «falsa rosa de Jericó», que sí está viva y practica una tolerancia extrema a la desecación, rehidratándose y volviendo a fotosintetizar en horas. La primera es puro movimiento higroscópico de material muerto; la segunda es un caso de resurrección fisiológica auténtica.

El mismo principio explica que las piñas de los pinos abran sus escamas en tiempo seco y las cierren con lluvia, o que las vainas de muchas leguminosas se retuerzan al secarse hasta estallar y proyectar las semillas a varios metros.

El mecanismo común: el agua cambiándose de sitio

Por debajo de toda esa variedad hay un solo recurso. Una planta no tiene músculos, ni tendones, ni articulaciones óseas. Lo único que puede hacer para cambiar de forma es redistribuir agua, y de ahí salen las tres modalidades que hemos visto.

Cambio de turgencia en células vivas. Es la vía de las nastias rápidas y del vaivén de la planta bailarina. En articulaciones engrosadas llamadas pulvínulos, situadas en la base de hojas y foliolos, existen células motoras que ganan o pierden rigidez según su contenido de agua. La planta mueve iones a través de las membranas y el agua acompaña a los iones por ósmosis; el lado que se llena empuja y el que se vacía cede. Es rápido, es reversible cuantas veces haga falta y consume energía metabólica, aunque relativamente poca.

Crecimiento diferencial. Es la vía de los tropismos. Las células de un lado del órgano se alargan más que las del otro, y para alargarse tienen que aflojar la pared celular y llenarse de agua. El resultado es una curvatura permanente, dirigida y lenta, de minutos a días.

Hinchamiento de paredes muertas. Es la vía higroscópica. Aquí no hay membranas ni bombas: la celulosa de la pared absorbe agua del aire y el tejido se deforma según cómo estén orientadas sus fibras. Sin coste energético y sin necesidad de estar vivo.

A eso se añade, en los movimientos más veloces, un cuarto ingrediente que no es hidráulico sino puramente mecánico: la acumulación de energía elástica y su liberación repentina. Una estructura curvada en tensión puede pasar de una configuración a otra en milisegundos, mucho más rápido de lo que el agua podría desplazarse. El agua, en esos casos, solo se encarga de cargar el muelle y de soltar el pestillo. La atrapamoscas es el ejemplo canónico, y también las vainas explosivas.

En resumen

El movimiento vegetal se divide en tropismos, en los que la dirección la dicta el estímulo y que se producen por crecimiento, y nastias, en las que la dirección está fijada por la anatomía del órgano y que suelen ser reversibles. En el jardín y en casa hay ejemplos de todos: la nictinastia de Oxalis y Maranta, gobernada por el reloj circadiano; la sismonastia de Mimosa pudica, que propaga una señal eléctrica, y de Dionaea muscipula, que exige dos toques en veinte segundos antes de cerrarse; el tigmotropismo de los zarcillos, que se enrollan al soporte y luego forman un muelle helicoidal; el heliotropismo del girasol joven; y la higroscopia del alfilerillo de pastor y de la rosa de Jericó, que funciona en tejido muerto. Todos comparten un mismo recurso —mover agua entre células o dentro de las paredes— en tres modalidades: turgencia, crecimiento diferencial y absorción higroscópica, con la energía elástica como acelerador en los casos más rápidos.


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