La lavanda es la planta que mejor resume el clima ibérico: sol duro, suelo pobre y pedregoso, verano seco. No es que la tolere, es que la necesita. La mayoría de las lavandas que se pierden en un jardín español no mueren de sed ni de frío, mueren ahogadas en un suelo que retiene agua o desnudas por dentro porque nunca se las podó a tiempo.

Son subarbustos leñosos de la familia de las Lamiaceae, de follaje aromático perenne y espigas florales que en la mayoría de las especies van del azul lavanda al violeta, con cultivares en rosa y en blanco. El género se reparte por la cuenca mediterránea, la Macaronesia, el nordeste de África y el suroeste de Asia, y en la Península hay especies silvestres en casi todas las provincias.

La Lavandula x intermedia, el espectacular lavandín que puebla los campos destinados a la recolección industrial de las flores, es un espectacular y vigoroso híbrido natural. Foto: iStock / Selitbul

La cal decide qué lavanda plantar

Este es el dato que más ejemplares salva y el que casi nunca aparece en la etiqueta. Las lavandas no se comportan igual frente a los suelos calizos, y en España la mitad este y buena parte del sur tienen suelos francamente básicos.

La Lavandula angustifolia, el espliego, y el lavandín Lavandula x intermedia viven perfectamente en terreno calizo, y de hecho ese es su ambiente natural en el este peninsular. La Lavandula dentata también los acepta bien.

El cantueso (Lavandula stoechas) es otra historia: crece de forma espontánea en los suelos silíceos de la mitad occidental de la Península, prefiere pH ácido o neutro y no tolera la caliza. Plantado en un suelo básico entra en clorosis, amarillea entre los nervios y acaba muriéndose sin que nadie sepa por qué. Si el terreno es calizo y se quiere cantueso, hay que cultivarlo en maceta con sustrato adecuado y regar con agua poco mineralizada.

Qué necesitan

A pleno sol, sin excepciones. En sombra parcial se estiran, florecen mal y se llenan de hongos. Soportan el calor extremo y el viento, incluido el aire salino del litoral, y no les molesta la reverberación de un muro blanco.

El suelo debe ser suelto, pobre y sobre todo drenante: arenoso, pedregoso o franco arenoso. Lo que no admiten es una tierra arcillosa que se encharca con las lluvias de otoño. En ese caso la solución no es abonar ni enmendar, es levantar el nivel: plantarlas en caballones, arriates elevados o taludes, de forma que el agua escurra y las raíces nunca queden en zona saturada.

Riego escaso. Los dos primeros veranos hay que ayudarlas a arraigar con riegos espaciados pero abundantes, y a partir de ahí prácticamente se mantienen solas en la mayor parte de España. En maceta el asunto cambia: el cepellón se seca deprisa y necesitan riego regular en pequeñas dosis, siempre con la maceta bien agujereada y con capa de drenaje en el fondo, y sin plato con agua debajo.

De abono, casi nada. Una lavanda bien alimentada crece blanda, se estira, florece menos y se hace vieja antes. En un suelo mínimamente vivo no hace falta aportar nada.

Prefieren la atmósfera seca. La humedad ambiental alta y persistente les provoca problemas fúngicos, y ese es el motivo por el que en el norte húmedo hay que elegir con más cuidado la especie y el emplazamiento.

La poda es lo que decide su vida útil

Una lavanda que no se poda pierde las hojas de la mitad inferior, se abre por el centro y en seis u ocho años es un montón de ramas leñosas peladas con cuatro espigas arriba. Podada bien, la misma planta mantiene forma de bola densa durante doce o quince años.

Hay una regla que no admite excepción: no se corta nunca en madera vieja. La parte leñosa y desnuda de las ramas no tiene yemas latentes y no rebrota. Un corte por debajo de la zona con hojas deja el muñón seco para siempre. Por eso el recorte se hace siempre dejando varios centímetros de vegetación verde por debajo del corte, y por eso nunca hay que dejar que la planta se ponga leñosa antes de empezar a podar.

El calendario que mejor funciona es de dos o tres recortes al año. El primero a finales de julio, en cuanto la floración principal decae, cortando dos o tres dedos por debajo de la base de la espiga: se sacrifica algo de flor, pero se gana densidad y se consigue una segunda floración en septiembre, más discreta pero real. El segundo tras esa refloración, sin pasar de mediados de octubre, para que el rebrote tierno no coja las primeras heladas. Y un tercero opcional a la salida del invierno, si la mata ha perdido la redondez.

En ningún caso conviene quitar más de un tercio de la longitud de las ramas de una vez. En los dos o tres primeros años la prioridad es formar la estructura de la planta, aunque cueste flor.

Los esquejes semileñosos que salen del recorte de julio son material perfecto para multiplicarla: unos diez centímetros, sin espiga, deshojados por abajo, en sustrato arenoso, a la sombra y con humedad constante.

Cuándo y cómo cortar la flor

Para secar espigas, el momento es cuando la mitad o dos tercios de las florecillas de la espiga están abiertas, nunca cuando ya empiezan a caer. Se corta por la mañana, una vez evaporado el rocío, y se cuelga boca abajo en manojos pequeños en un sitio ventilado, oscuro y seco. En oscuridad el color aguanta mucho mejor.

Usos en el jardín

Funcionan mucho mejor en masa que salpicadas. Grandes manchas lineales, setos bajos sin recortar en forma geométrica, islas y nubes de una sola variedad son la manera de sacarles partido: el efecto está en la repetición y en la textura, no en el ejemplar aislado.

Combinan de forma natural con las demás mediterráneas de hoja gris y bajo consumo de agua: Santolina chamaecyparissus, Teucrium fruticans, Artemisia, romero, jaras, salvias arbustivas, Perovskia, gauras y gramíneas ornamentales. Junto a los rosales dan un contraste clásico de textura y color.

Son la base de los jardines de grava y de las rocallas, se comportan bien entre olivos y almendros, y aguantan la jardinería pública, donde se han impuesto precisamente por su bajo consumo de riego. Los cantuesos y las variedades enanas son las adecuadas para tiestos y jardineras de terraza.

Escalonando especies se consigue flor casi todo el año en clima suave: la dentata abre muy pronto y repite en otoño, los cantuesos van de marzo a junio, el espliego de mayo a agosto y los lavandines en pleno verano. Las diferencias entre unas y otras están en la segunda parte y en la tercera parte de este artículo.

Polinizadores

Las lavandas son de las plantas más ricas en néctar del jardín mediterráneo y atraen abejas, abejorros y mariposas durante toda la floración. Una masa de lavanda en flor zumba de forma perfectamente audible, y ese es uno de los mejores argumentos para plantarla en cantidad. Si se busca ese efecto, conviene retrasar el recorte de julio unos días y dejar que las espigas terminen de abrir.

En resumen

Las lavandas piden sol pleno, suelo pobre y bien drenado, muy poca agua y ningún abono. El fallo más frecuente en España no es la sequía sino el encharcamiento invernal en suelos arcillosos, que se resuelve plantando en alto, y la elección de especie equivocada para un suelo calizo, que se resuelve descartando el cantueso en esos terrenos.

El segundo fallo es no podar. Dos recortes al año, uno en julio y otro tras la refloración de septiembre, sin bajar nunca a la madera vieja, es la diferencia entre una lavanda que dura ocho años y una que dura quince manteniendo la forma.


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