Hay un momento del otoño, entre finales de septiembre y noviembre según la zona, en el que algunas plantas hacen dos cosas a la vez: la hoja empieza a virar y todavía queda flor abierta, o ya cuelgan los frutos maduros. Ese solape es lo que da las estampas más interesantes del jardín otoñal, porque combina dos colores que normalmente van separados en el calendario.
Este es el segundo artículo sobre el color del otoño. El primero, dedicado a las especies que valen por el follaje, está en Colores de otoño para tu jardín, e incluye lo esencial sobre cómo influyen el suelo calizo y el clima en la calidad de la otoñada. Aquí se tratan las plantas que llegan a esa época en flor o cargadas de fruto, con una advertencia que conviene leer antes de plantar cerca de donde juegan niños: buena parte de los frutos ornamentales más vistosos no son comestibles y algunos son claramente tóxicos.
En otoño, el peral de flor (Pyrus calleryana) exhibe un follaje anaranjado y rojo entre el que persisten pequeños frutos no comestibles muy decorativos.
Arbustos que llegan al otoño en flor
Plumbago chino (Ceratostigma willmottianum). Es de los pocos arbustos que dan flor azul de verdad en otoño. Abre ramilletes de florecillas de un azul intenso desde mediados de verano hasta octubre o noviembre, justo cuando su follaje se va tiñendo de rojo y borravino. Esa combinación de azul sobre hoja roja es difícil de conseguir con otra planta.
Es un subarbusto de medio metro a un metro de alto, de crecimiento rápido, que tolera bien el suelo calizo y la sequía moderada una vez instalado. En zonas con heladas pierde la parte aérea en invierno y rebrota desde la base en primavera, así que se poda a ras de suelo a finales de invierno y no hay que darlo por muerto en marzo. Existe también Ceratostigma plumbaginoides, más bajo y tapizante, útil como cubresuelos con el mismo efecto de flor azul y hoja roja.
Hortensia de hoja de roble (Hydrangea quercifolia). Su hoja, grande y lobulada como la de un roble, es lo que la distingue de las hortensias comunes, y también lo que la hace interesante en otoño: vira a granate, borgoña y bronce, y aguanta ese color varias semanas. Las panículas de flores blancas, alargadas en lugar de globosas, abren en verano, van tomando tonos rosados y se secan sobre la planta, donde persisten buena parte del invierno. La corteza vieja se exfolia en tiras, un detalle que se aprecia cuando pierde la hoja.
Aguanta más sol y menos humedad que la hortensia de jardín, pero sigue siendo una planta de sombra parcial en el clima peninsular seco, con suelo rico, ácido o neutro y sin encharcar. Alcanza entre un metro y medio y dos metros. Es de mantenimiento bajo y no se poda salvo para retirar madera vieja, porque florece sobre la del año anterior.
Árbol de Júpiter o crespón (Lagerstroemia indica). Este sí es un árbol pensado para el clima español. Florece en pleno verano, de julio a septiembre, con panículas de flores de pétalos encrespados en magenta, rosa, lila o blanco, y cuando la floración se acaba la hoja pasa a naranja y rojo. En invierno queda la corteza, que se desprende en placas dejando un tronco liso y jaspeado en canela y gris. Cuatro estaciones de interés en un árbol de entre 2 y 8 metros según cultivar, con formas compactas aptas para tiesto grande.
Pide pleno sol y calor, y una vez establecido resiste bien la sequía. Es sensible al oídio, sobre todo en sitios húmedos y poco ventilados, aunque los híbridos modernos resultantes del cruce con Lagerstroemia fauriei son bastante resistentes. Su otro problema habitual en ciudad es la negrilla, ese hollín negro sobre la hoja que aparece cuando hay pulgón o cochinilla arriba. Conviene evitar el desmoche brutal que se le hace en muchas calles: la poda correcta es un aclareo de ramas cruzadas y la retirada de las panículas secas, no cortar todas las ramas por el mismo sitio cada año.
Frutos comestibles entre hojas de color
Caqui (Diospyros kaki). Pocas imágenes de otoño superan a un caqui que ya ha perdido casi toda la hoja y conserva los frutos naranjas colgando de las ramas desnudas. Antes de eso, el follaje pasa por amarillo, naranja y rojo. Es un árbol de 7 a 10 metros, de porte redondeado, que en la España mediterránea está en su elemento: aguanta el calor, no es exigente y resiste heladas moderadas, aunque por debajo de unos doce grados bajo cero sufre daños.
España es uno de los grandes productores mundiales, con la Ribera del Xúquer valenciana como zona principal y el cultivar Rojo Brillante como dominante. Ese detalle importa a quien lo plante en el jardín, porque el Rojo Brillante es astringente: si se recoge duro no hay quien lo coma, y solo pierde la astringencia cuando la pulpa se ablanda del todo. Lo que se vende en tienda como caqui firme y crujiente ha recibido un tratamiento posterior a la recolección que en casa no se puede replicar. Quien quiera comerlo duro directamente del árbol debe buscar un cultivar no astringente, del tipo Fuyu. Prefiere suelo profundo con materia orgánica, buen drenaje y sin exceso de cal, y agradece el riego durante el verano.
Arándano (Vaccinium corymbosum). Reúne flor blanca o rosada en primavera, fruto azul en verano y hoja escarlata en otoño, todo en un arbusto de un metro a metro y medio que cabe en una maceta. El problema es el suelo: exige pH entre 4,5 y 5,5, sustrato ácido, aireado y siempre húmedo. En los suelos calizos del este y del sur peninsular no hay forma de cultivarlo en tierra, y hay que hacerlo en contenedor con sustrato para plantas acidófilas y agua de lluvia o descalcificada, porque el agua dura del grifo sube el pH del sustrato en pocos meses. Conviene plantar dos cultivares distintos: la polinización cruzada mejora bastante la cosecha. El cultivo está desarrollado en Arándanos, delicias de color azul.
Frutos decorativos que no se comen
Cotoneaster (Cotoneaster horizontalis). Arbusto rastrero con las ramillas dispuestas en espina de pez, hojas pequeñas y redondeadas que en otoño pasan del verde al rojo intenso, y bayas rojas que permanecen entre las hojas y después sobre las ramas desnudas. Perfecto para taludes, rocallas y para caer sobre un muro. Soporta el frío intenso, la sequía y casi cualquier suelo. Sus frutos no son comestibles.
Piracanta (Pyracantha). Arbusto espinoso, perenne, con racimos densos de frutos rojos, naranjas o amarillos que duran de otoño a mediados de invierno. Aguanta muy bien los suelos calizos, la sequía y la poda dura, y por eso se usa tanto en setos defensivos. Sus espinas son largas y duras: no es planta para un paso estrecho. Los frutos no son comestibles.
Bonetero (Euonymus europaeus). Arbusto autóctono de gran parte de Europa y del norte peninsular, con una de las combinaciones otoñales más llamativas: hoja escarlata y frutos de cápsula rosa fuerte que se abren y dejan ver la semilla envuelta en un arilo naranja. Muy rústico y adaptable. Sus frutos y semillas son tóxicos por ingestión.
Callicarpa (Callicarpa bodinieri). Se cultiva por un motivo casi exclusivo: sus racimos de bayas de un violeta metálico poco creíble, que se mantienen después de la caída de la hoja. Necesita polinización cruzada para fructificar bien, así que conviene plantar más de un ejemplar. Sus frutos no son comestibles.
Peral de flor (Pyrus calleryana). El cultivar Chanticleer, de silueta estrechamente cónica, se ha convertido en un árbol de calle muy común en España por su tolerancia al suelo calizo, a la contaminación y al calor. Da una floración blanca abundante en marzo y una otoñada anaranjada y roja tardía, muy duradera, entre la que persisten frutitos pardos no comestibles. Un aviso sobre su estructura: las ramas salen del tronco en ángulos muy cerrados y con los años tienden a desgajarse con viento fuerte o nieve, así que necesita poda de formación para abrir esos ángulos cuando el árbol es joven.
Serbal de los cazadores (Sorbus aucuparia). Árbol de montaña, presente de forma natural en el norte peninsular, con hoja compuesta que vira a amarillo y rojo, corimbos de flores blancas en primavera y racimos de bayas naranjas o rojas muy vistosas. Necesita clima fresco y húmedo y suelo sin cal: en el interior seco y en el sur no prospera. Sus frutos crudos producen molestias digestivas y no deben comerse tal cual.
Antes de plantar frutos ornamentales
Casi todo lo que da bayas rojas o violetas atractivas en otoño está pensado para los pájaros, no para las personas. Esa es la lógica: fruto vistoso, semilla dispersada por aves que digieren la pulpa sin problema. Muchas de esas bayas contienen compuestos que a un humano, y especialmente a un niño pequeño, le sientan mal.
En la práctica esto significa dos cosas. La primera, no plantar bonetero, cotoneaster, piracanta o callicarpa al alcance directo de niños que aún se llevan cosas a la boca, o al menos saber lo que hay plantado. La segunda, que ante una ingestión no hay que buscar remedios caseros: se llama al servicio de información toxicológica o se acude al médico, y si el afectado es un animal, al veterinario.
El lado bueno de esos frutos es que atraen a mirlos, currucas, petirrojos y zorzales durante el invierno, cuando el alimento escasea. Un grupo de arbustos de baya cerca de la casa da más actividad en el jardín en enero que cualquier otra cosa.
En resumen
Para tener flor abierta cuando la hoja ya está virando, las opciones son el plumbago chino, con su azul sobre follaje rojo, la hortensia de hoja de roble, con panículas que se secan sobre la planta, y el árbol de Júpiter, que además ofrece corteza jaspeada en invierno y encaja perfectamente en el clima cálido español.
Para fruto entre el follaje de otoño, el caqui es la mejor elección en la mitad este y sur, teniendo en cuenta si el cultivar es astringente o no; el arándano solo funciona en suelo ácido o en maceta con sustrato adecuado y agua blanda. El resto de los frutos ornamentales, del cotoneaster al bonetero, son decorativos y alimento para pájaros, pero no comestibles, y algunos claramente tóxicos por ingestión. Vale la pena saberlo antes de elegir dónde va cada planta.