El color de otoño no depende solo de la especie que se plante. Depende también del clima de la zona, y sobre todo del suelo. Un arce japonés que en Asturias enrojece de forma espectacular, plantado en un suelo calizo de Murcia o de Zaragoza amarillea de clorosis en junio y llega al otoño hecho un desastre. Antes de elegir árbol conviene saber qué pH tiene la tierra y cuánto se enfría la noche en octubre y noviembre, porque esos dos datos descartan la mitad de las listas de caducifolias que circulan por ahí.

Con esa cautela, hay especies para casi cualquier situación española, incluidas las peores: suelos calizos, veranos secos y otoños templados. Y no hace falta una finca. En un jardín pequeño, un patio o una terraza grande caben caducifolias de otoñada notable si se eligen por porte y no por fama. Esta primera parte trata de las especies que valen por el color de la hoja. La segunda, dedicada a las que llegan al otoño con flores o con frutos entre el follaje, está en Colores de otoño para tu jardín, con flores y frutos.

En noviembre, el Ginkgo biloba ofrece todo su esplendor dorado. Es un árbol resistente y muy longevo, tolerante a la contaminación urbana y a suelos de todo tipo.

Por qué cambian de color las hojas

Los amarillos y los rojos del otoño no funcionan igual, y de ahí vienen los resultados desiguales de un año a otro.

Los amarillos y naranjas ya están en la hoja durante todo el verano: son carotenoides, tapados por el verde de la clorofila. Cuando la planta desmonta la clorofila para recuperar el nitrógeno antes de tirar la hoja, esos pigmentos quedan a la vista. Es un proceso bastante fiable, gobernado sobre todo por el acortamiento del día. Por eso el dorado del ginkgo o del abedul aparece casi todos los años en la misma fecha.

Los rojos y granates son otra cosa: son antocianos que la planta sintetiza de nuevo en otoño, y su producción depende del tiempo que haga. Necesitan días soleados y noches frescas, sin heladas fuertes todavía. Un otoño gris y templado, típico del litoral mediterráneo, da rojos apagados; un otoño luminoso con noches de cinco o seis grados, típico del interior o de la montaña, los dispara. Eso explica que el mismo árbol dé un año un resultado extraordinario y al siguiente pase sin pena ni gloria.

El factor que decide en España: el suelo

Gran parte del este, el centro y el sur peninsular tiene suelos calizos, con pH por encima de 7,5 y agua de riego dura. En esas condiciones, las especies acidófilas no pueden absorber hierro y desarrollan clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios verdes, crecimiento corto y otoñada mediocre.

Sufren en suelo calizo el arce japonés (Acer palmatum), el liquidámbar (Liquidambar styraciflua), el arándano y, en menor medida, el abedul y el serbal. Van bien, en cambio, el ginkgo, el pistacho chino, el arce campestre, el arce de Montpellier, el almez y el árbol de las pelucas. Si la tierra es caliza y se quiere un arce japonés de todos modos, el camino es la maceta grande con sustrato ácido y agua de lluvia o descalcificada, asumiendo que es un cultivo con mantenimiento.

Amarillos y dorados

Ginkgo (Ginkgo biloba). El amarillo del ginkgo en noviembre no tiene competencia, y además cae casi de golpe, en dos o tres días, dejando una alfombra dorada bajo el árbol. Es un árbol de otro tiempo, sin parientes vivos, resistente a la contaminación urbana, a los suelos malos, al frío intenso y, ya adulto, a la sequía. Crece despacio y llega a los 20 o 30 metros, así que necesita sitio. Hay cultivares columnares, péndulos y enanos para espacios reducidos.

Un detalle importante al comprarlo: el ginkgo es dioico, con pies macho y pies hembra. Los pies hembra producen semillas cuya cubierta carnosa, al pudrirse en el suelo, desprende un olor muy desagradable. Por eso en jardinería se plantan cultivares macho injertados. Un ginkgo de semilla no revela su sexo hasta pasados muchos años.

Abedul (Betula pendula). Silueta ligera, ramillas colgantes y corteza blanca que se exfolia, con el follaje virando a dorado sobre ese fondo. Crece deprisa. Su limitación es clara: quiere suelo fresco y clima sin veranos secos y muy calurosos. En la mitad norte y en la montaña funciona; en el interior seco y en el sur vive poco y mal. Sus raíces son superficiales y absorbentes, lo que dificulta plantar nada debajo.

Almez (Celtis australis). Árbol mediterráneo de gran porte, hoja áspera que vira a amarillo claro, corteza lisa y gris, muy resistente a la sequía, al calor y a los suelos calizos y compactos. Es el árbol de sombra de muchas plazas del este peninsular. No da el espectáculo de un liquidámbar, pero sobrevive donde este no.

Amsonia (Amsonia hubrichtii). Vivaz herbácea, no leñosa, de unos 60 a 90 centímetros. Forma una mata de hojas muy finas y plumosas que en otoño se vuelve de un amarillo dorado uniforme, con una textura que funciona muy bien entre gramíneas y vivaces. En primavera da ramilletes de flores azul pálido. Pleno sol o sombra ligera, riego moderado, suelo drenado.

Rojos y naranjas

Arces japoneses (Acer palmatum). Los más espectaculares y los más exigentes. Piden suelo ácido o neutro, riego regular, protección del viento seco y del sol duro del mediodía. Su tamaño contenido y la enorme variedad de cultivares, algunos por debajo de los dos metros, los hacen aptos para patios y tiestos grandes. Hay más detalle en Arces japoneses, noviembre escarlata.

Liquidámbar (Liquidambar styraciflua). Hoja palmeada parecida a la del arce, con una gama otoñal que va del amarillo al rojo vino en el mismo árbol. Es de porte grande, con raíces potentes que levantan pavimentos, así que no es árbol para un jardín pequeño ni para plantar junto a la casa. Necesita suelo profundo y sin cal. Su comportamiento y cultivo se detallan en Liquidámbar, hojas color fuego.

Pistacho chino (Pistacia chinensis). Esta es la alternativa práctica para el clima duro. Arbolito de 9 a 12 metros, hoja compuesta que vira a naranja y rojo intenso, tolerante a la sequía, al calor, al frío y a los suelos calizos y pobres. Se usa cada vez más como arbolado urbano en el este y el sur peninsular por esa dureza. Sus frutos no son comestibles, no debe confundirse con el pistachero de fruto (Pistacia vera). Quiere pleno sol; a la sombra se deforma.

Árbol de las pelucas (Cotinus coggygria). Arbusto grande o arbolito de 3 a 5 metros, con inflorescencias plumosas en verano y hoja redondeada que en otoño pasa a naranja y escarlata. Los cultivares de hoja púrpura mantienen color toda la temporada. Aguanta muy bien la sequía, el calor y el suelo calizo, y de hecho se estropea con exceso de riego y de abono. Es una de las mejores opciones para dar color de otoño en el Mediterráneo interior.

Arces autóctonos, la opción sensata

Antes de encargar un arce japonés para un suelo calizo conviene mirar lo que crece de forma natural cerca. El arce campestre (Acer campestre) y, sobre todo, el arce de Montpellier (Acer monspessulanum) dan buenos amarillos y anaranjados, toleran la caliza y la sequía estival, y no necesitan cuidados especiales. Están tratados con detalle en Descubre los arces nativos de la Península.

Mezcla de tonos en la misma hoja

Árbol de hierro (Parrotia persica). Pequeño árbol de origen caucásico e iraní, de crecimiento lento y estructura muy elegante, con la corteza escamada en placas grises y asalmonadas. En otoño cada hoja mezcla verde, amarillo, naranja y rojo, de modo que el árbol entero parece jaspeado en lugar de teñido de un solo color. A finales de invierno abre flores pequeñas con estambres rojos sobre las ramas desnudas. Va mejor en la mitad norte, con humedad media: el calor seco prolongado y la sequía le sientan mal.

Gramíneas: el otro color del otoño

Las gramíneas ornamentales aportan tonos dorados, cobrizos y tostados y una textura que la hoja de árbol no da, además de moverse con el viento y aguantar en pie buena parte del invierno. Los miscantos (Miscanthus sinensis) y las estipas son opciones habituales, y se cortan a ras de suelo a finales de invierno, antes del rebrote.

Hay que hacer una advertencia importante. El plumero de la Pampa (Cortaderia selloana), muy plantado durante décadas por sus penachos de otoño, está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013. Eso significa que su comercialización, tenencia, transporte y plantación están prohibidos en España. Cada penacho produce cientos de miles de semillas que el viento lleva a kilómetros, y en la cornisa cantábrica ha colonizado taludes y terrenos removidos de forma masiva. Lo mismo ocurre con el rabo de gato (Pennisetum setaceum), también incluido en ese catálogo, con un problema muy grave en Canarias. Ninguna de las dos debe plantarse, y si están en un jardín lo correcto es retirarlas antes de que fructifiquen.

Cómo plantar para que el color se vea

Un árbol de otoñada bonita mal colocado se desaprovecha. Tres consideraciones prácticas:

  • Contraluz. Las hojas amarillas y rojas son translúcidas y se encienden cuando el sol las atraviesa. Un ginkgo o un arce situado al oeste de la zona de estar, de forma que el sol de la tarde pase a través de la copa, multiplica su efecto.
  • Fondo oscuro. Contra un seto de hoja perenne, un muro en sombra o un grupo de coníferas, el color destaca mucho más que contra el cielo.
  • Proporción de caduco y perenne. Un jardín solo de caducifolias queda vacío cuatro meses al año. La estructura la dan los perennes, y las caducifolias se usan como acentos, tres o cuatro puntos de color, no repartidas por todas partes.

La época de plantación de las caducifolias en España es el otoño y el invierno, con la planta en reposo, entre noviembre y febrero según la zona. Plantadas entonces enraízan durante el invierno y llegan al primer verano con el sistema radicular ya funcionando, cosa que no ocurre con una plantación de primavera.

En resumen

El color del otoño depende de la especie, pero sobre todo del suelo y del clima. En suelos calizos y veranos secos, que es la situación de buena parte del país, las apuestas seguras son el ginkgo, el pistacho chino, el árbol de las pelucas, el almez y los arces autóctonos. Los arces japoneses, el liquidámbar y el abedul dan mejor resultado pero exigen suelo sin cal, humedad y otoños frescos, condiciones que se cumplen sobre todo en la mitad norte.

Al elegir conviene pensar en el tamaño adulto y no en el que tiene la planta en el vivero, colocar los ejemplares donde el sol de la tarde los atraviese y contra un fondo oscuro, y mantener suficiente hoja perenne para que el jardín no se vacíe en invierno. Y descartar por completo el plumero de la Pampa y el rabo de gato, dos gramíneas ornamentales incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras cuya plantación está prohibida.


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