El arándano azul se cultiva bien en España, pero solo si se le da lo que necesita, y lo que necesita choca de frente con la mitad del suelo peninsular. Es una planta acidófila estricta: quiere un sustrato con pH entre 4,5 y 5,5, y en los suelos calizos del este, el centro y el sur eso no se consigue enmendando un poco la tierra. O se cultiva en contenedor con sustrato ácido o no sale adelante.
La segunda condición es el frío invernal. Cada variedad necesita acumular un número determinado de horas por debajo de 7 grados para florecer bien, y ese número varía muchísimo. Elegir mal ahí significa una planta que vegeta pero no cuaja. Con esos dos puntos resueltos, el resto del cultivo es sencillo.
Los frutos del arándano azul pasan del blanco al azul oscuro al madurar. En la foto, de Vaccinium corymbosum. photo / Peterfactors
El sustrato ácido no es negociable
El arándano pertenece a las ericáceas y comparte con azaleas y camelias la incapacidad de absorber hierro cuando el pH sube. Por encima de 6 empieza a mostrar clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios todavía verdes, crecimiento parado y, si nadie lo corrige, muerte lenta de la planta.
Si tu suelo es ácido de por sí, como ocurre en buena parte de Galicia, la cornisa cantábrica, el oeste de Castilla y León y Extremadura sobre sustratos silíceos, puedes plantar directamente en tierra mejorándola con abundante materia orgánica y turba rubia. En cualquier otro sitio, y desde luego en todo el arco mediterráneo y el valle del Ebro, la vía realista es el contenedor.
Una maceta de 40 o 50 litros por planta es suficiente, porque el sistema radicular del arándano es superficial y poco voluminoso. Se rellena con una mezcla de turba rubia como base, algo de corteza de pino compostada para dar estructura y aireación, y arena silícea o perlita para el drenaje. Nada de tierra caliza de jardín ni de compost de origen desconocido.
El pH se va midiendo cada temporada, porque tiende a subir con el tiempo. Cuando sube, se corrige con sulfato de hierro o con azufre elemental, este último más lento pero más duradero.
El agua de riego, el fallo que nadie mira
Este punto se lleva por delante muchos arándanos en maceta y casi nunca se sospecha de él. En gran parte de España el agua del grifo es dura, con carbonatos disueltos, y regar con ella acaba alcalinizando el sustrato ácido en un par de temporadas por mucha turba que hayas puesto. La planta empieza a clorosarse sin motivo aparente.
Lo mejor es agua de lluvia recogida. Si no hay, se puede acidificar ligeramente el agua de riego, y en todo caso conviene renovar la capa superficial del sustrato cada año y controlar el pH con cierta frecuencia.
En cantidad, el arándano pide riegos frecuentes y ligeros. Sus raíces son finas, fibrosas y superficiales, sin apenas pelos radiculares, así que no van a buscar humedad en profundidad: lo que hay en los primeros 20 centímetros es todo lo que tienen. El sustrato debe estar húmedo de forma constante, pero sin encharcar, porque el encharcamiento le pudre la raíz igual de rápido que la sequía se la seca.
El acolchado es casi obligatorio. Una capa generosa de corteza de pino sobre la superficie mantiene la humedad, modera la temperatura del sustrato en verano, frena las hierbas y acidifica ligeramente al descomponerse.
Horas de frío y elección de variedad
Las necesidades de frío invernal van desde unas 100 horas por debajo de 7 grados en las variedades de bajo requerimiento hasta más de 1.000 en las de zonas frías. Plantar una variedad de 800 horas en el litoral mediterráneo es garantizar una floración pobre y desigual; plantar una de 200 horas en la meseta norte la expone a brotar demasiado pronto y perder la flor con una helada tardía.
Para zonas cálidas y de invierno suave, litoral mediterráneo, Andalucía occidental, valle del Guadalquivir, hay que buscar variedades de bajo requerimiento de frío: las del grupo llamado southern highbush, o arándanos del sur, y las de Vaccinium virgatum (antes citado como Vaccinium ashei), el ojo de conejo. No es casualidad que la producción comercial española se concentre en Huelva con este tipo de material.
Para el norte peninsular y las zonas de interior con invierno marcado, las variedades clásicas de Vaccinium corymbosum funcionan bien.
El otro límite es el calor. El arándano aguanta muy bien el frío pero mal los golpes de calor fuerte: por encima de 30 grados con sol directo las hojas y los frutos se pueden quemar. En el sur y el levante conviene plantarlos donde tengan sol de mañana y sombra en las horas centrales del verano.
Tres especies para orientarse
Vaccinium corymbosum, el arándano alto o highbush. Originario del este de Norteamérica, es la especie de la que salen la mayoría de cultivares comerciales, con variedades de maduración temprana, media y tardía. Arbusto de uno a dos metros, muy decorativo: floración blanca o rosada en corimbos, ramillas coloreadas en invierno y follaje otoñal rojizo. Es parcialmente autofértil, pero plantar dos variedades distintas mejora bastante el cuajado y el tamaño del fruto.
Vaccinium virgatum, el ojo de conejo, citado durante mucho tiempo como Vaccinium ashei. Del sureste de Estados Unidos. Soporta el calor húmedo, se comporta bien en inviernos suaves y, una vez establecido, tolera cierta sequía mejor que el anterior. Lleva mal los trasplantes. No es autofértil: hay que plantar al menos dos variedades compatibles o no habrá cosecha.
Vaccinium myrtillus, el arándano común o mirtillo, la única de las tres nativa de la Península. Crece silvestre en el sotobosque de montaña de la cordillera Cantábrica, los Pirineos y algunas sierras del interior. Es una mata baja, de menos de medio metro, con frutos pequeños y de sabor mucho más intenso que los cultivados, pero de producción escasa y difícil de cultivar fuera de su ambiente de montaña húmeda y fresca.
Plantación, poda y cosecha
El mejor momento para plantar es el otoño, que le da todo el invierno para enraizar antes del primer verano. Como se vende con cepellón, se puede plantar en cualquier época salvo en pleno calor.
La poda se hace a finales de invierno, con la planta sin hoja y cuando ya se distinguen las yemas. Primero se quita lo evidente: ramas secas, enfermas, débiles o cruzadas, buscando que el centro de la mata quede aireado. Después viene la parte que de verdad importa, la renovación.
El arándano produce mejor en madera joven. Las ramas principales de cinco o seis años ya dan fruto pequeño y escaso. Cada invierno se eligen una o dos de las más viejas y se cortan a unos 30 centímetros del suelo, para que de la base salgan brotes nuevos. Esos brotes no fructifican el primer año pero sí a partir del segundo. Repitiendo la operación cada temporada, la mata mantiene siempre un reparto de madera de distintas edades y no envejece.
Si quieres menos fruta pero de más calibre, la vía es podar más severo o aclarar yemas de flor en primavera.
La cosecha va de junio a septiembre según especie, variedad y zona, y se alarga varias semanas porque los frutos de un mismo racimo no maduran a la vez. El fruto pasa de verde a blanquecino, luego a rosado y finalmente a azul oscuro con pruina. Está en su punto unos días después de coger el color azul completo, cuando se desprende al tirar suavemente sin necesidad de arrancarlo.
En resumen
El arándano azul necesita sustrato ácido de pH 4,5 a 5,5, humedad constante en los primeros centímetros de suelo y agua de riego blanda. En los suelos calizos de medio país eso significa cultivarlo en maceta grande con mezcla a base de turba rubia y corteza de pino, acolchado por encima y con el pH controlado cada temporada.
La variedad se elige por horas de frío: de bajo requerimiento en el sur y el litoral, clásicas de Vaccinium corymbosum en el norte y el interior. Conviene plantar dos variedades para mejorar la polinización, obligatorio si son de ojo de conejo. Plantación en otoño, poda de renovación a finales de invierno cortando cada año una o dos ramas viejas a 30 centímetros, y cosecha escalonada entre junio y septiembre.