Las camelias de floración primaveral, Camellia japonica, Camellia reticulata y los híbridos Camellia × williamsii, abren sus flores entre febrero y abril, cuando el jardín todavía no ha arrancado. Los capullos, sin embargo, llevan formados desde el verano anterior, y ese detalle explica casi todo lo que se puede hacer bien o mal con estas plantas.
Tienen fama de difíciles y no lo son. Son exigentes en tres cosas concretas, y si esas tres se cumplen resultan arbustos longevos y poco problemáticos: suelo ácido, agua sin cal y raíz fresca y protegida. Lo que no toleran es el sol abrasador de las cuatro de la tarde en julio, el viento seco y la sequía estival. Fuera de la fachada atlántica, la solución habitual es cultivarlas en tiesto, algo que se trata aparte en Camelias en maceta.
La Camellia × williamsii 'Brigadoon', de corola semidoble rosa pálido sobre el follaje coriáceo y brillante característico del género.
El ciclo anual, que es la clave de todo
Entender el calendario interno de la camelia evita la mayoría de los errores. De febrero a abril florece. En cuanto termina la floración, y solo entonces, emite la brotación del año, un empuje de ramas y hojas nuevas que dura unas semanas y del que depende el tamaño de la planta. Entre junio y agosto, sobre esos brotes ya maduros, se diferencian los botones florales, que se hacen visibles a simple vista hacia finales de verano y permanecen cerrados y engordando durante todo el otoño y el invierno hasta abrir la primavera siguiente.
De ahí salen tres reglas prácticas. La primera: se poda al acabar la floración y antes de que salga la brotación, nunca después, porque a partir de julio cortar una rama es cortar los botones del año que viene. La segunda: el riego de julio y agosto es el riego que decide la floración de marzo, no el de invierno. La tercera: el abonado cambia de composición a mitad de año, con más nitrógeno mientras crece y más fósforo y potasio mientras forma botones.
Dónde plantarla
En Galicia, el occidente de Asturias y en general la franja atlántica, la camelia admite pleno sol y se comporta como un arbusto de jardín sin más. En el interior peninsular, Madrid, el Levante y el sur, es planta de semisombra: orientación norte o este, con sol de mañana y sombra desde el mediodía. La sombra ligera de un árbol de copa alta, sin que las raíces compitan directamente, es la situación ideal.
Hay un matiz sobre el frío que suele pasarse por alto. Una camelia adulta y establecida resiste heladas notables, pero conviene evitar las orientaciones donde el sol de la mañana da directamente sobre la planta helada. La descongelación brusca de brotes y flores estropea el tejido más que la helada en sí. En zonas de heladas frecuentes es preferible un sitio que reciba luz pero se caliente despacio.
El viento seco es un enemigo tan serio como el sol. Deshidrata los brotes tiernos de después de la floración, precisamente los que van a llevar los botones. En una terraza o en un jardín abierto, un seto, una pared o la compañía de arbustos más altos cambian por completo el resultado.
El suelo: lo que se puede corregir y lo que no
La camelia es acidófila estricta. Quiere un pH entre 5 y 6,5, suelo rico en materia orgánica, suelto, fresco y bien drenado. Por encima de pH 7 no puede absorber hierro ni manganeso aunque el suelo los contenga, y aparece la clorosis: hojas nuevas amarillas con la nervadura verde.
Aquí hay que ser honesto sobre los límites. Corregir el pH de un hoyo de plantación en un terreno calizo funciona los primeros años y luego deja de funcionar, porque el agua del subsuelo y la del riego reponen el carbonato continuamente. En un suelo con caliza activa, plantar una camelia en el suelo es empezar una cuenta atrás. En un suelo neutro o ligeramente ácido, en cambio, la enmienda con turba ácida, corteza de pino compostada y materia orgánica sí sostiene la planta durante años.
Al plantar, el hoyo debe ser ancho más que profundo, porque el sistema radicular es superficial y extendido. Y la regla de oro: el cuello no se entierra. La parte superior del cepellón queda al nivel del suelo o ligeramente por encima. Enterrarla provoca podredumbre del cuello y una muerte lenta que suele atribuirse a cualquier otra cosa.
Riego y agua
Riego regular y abundante, con el suelo húmedo pero sin encharcar nunca. La camelia no soporta el agua estancada alrededor de la raíz, y en suelos pesados y arcillosos hay que asegurar el drenaje antes de plantar.
El agua importa tanto como el suelo. El agua del grifo en buena parte de España es dura, y años de riego con ella alcalinizan el entorno de la raíz. Agua de lluvia siempre que se pueda, y si no, agua acidificada o alternada. El síntoma de sed es característico y conviene reconocerlo: las hojas pierden su brillo típico y se arquean hacia abajo por los bordes.
Acolchado, el gesto más rentable
Una capa de cinco centímetros de corteza de pino, acículas o restos vegetales ácidos sobre el suelo, alrededor de la planta pero sin tocar el tronco, hace un trabajo desproporcionado respecto a su esfuerzo: mantiene la raíz superficial fresca en verano, reduce la evaporación, evita que haya que escardar (y escardar cerca de una camelia daña raíces), aporta acidez a medida que se descompone y aísla del frío en invierno. Es probablemente el cuidado con mejor relación entre trabajo y resultado en esta planta.
Abonado
Fertilizante para plantas acidófilas, que aporta los nutrientes en forma asimilable a pH bajo y suele incluir hierro quelado. De marzo a junio conviene un abono con predominio de nitrógeno, que empuja la brotación. De julio a septiembre, uno con menos nitrógeno y más fósforo y potasio, para la formación de botones y el endurecimiento de la madera. A finales de septiembre se suspende el abonado por completo: seguir abonando en otoño provoca brotes tardíos y tiernos que la primera helada quema.
Poda y desbotonado
La camelia crece despacio, forma su copa sola y en general no necesita poda. Cuando se poda, es por tamaño, para aclarar el interior o para compactar un ejemplar desgarbado, y siempre justo al terminar la floración. También conviene retirar a mano las flores marchitas de las japonica, que se quedan colgando pardas durante semanas y son foco de hongos. Las williamsii se limpian solas.
El desbotonado, quitar parte de los botones de un ramillete para que los que quedan den flores más grandes, es una práctica de coleccionista y de concurso. En un jardín normal no aporta gran cosa y hay que hacerlo pronto, en otoño, y con cuidado de no arrancar de paso la yema de hoja del extremo.
Problemas: qué significa cada síntoma
| Lo que ves | Causa más probable |
|---|---|
| Hojas nuevas amarillas con los nervios verdes | Clorosis férrica por pH alto o riego con agua calcárea |
| Hojas sin brillo, arqueadas hacia abajo | Sequía. Riego insuficiente o cepellón seco |
| Botones que se secan y caen sin abrir | Aire seco, sequía estival o cambio brusco de condiciones |
| Flores que se vuelven marrones y caen enteras | Daño por helada o lluvia, o un hongo específico de los pétalos en tiempo húmedo |
| Manchas pardas secas en el haz de la hoja | Quemadura de sol directo |
| Hollín negro sobre las hojas | Fumagina, que crece sobre la melaza de cochinilla o pulgón |
| No florece pese a estar sana | Poda a destiempo, falta de luz o sequía del verano anterior |
| Mordeduras semicirculares en el borde de las hojas | Escarabajo adulto que come de noche. Las larvas dañan raíces en maceta |
Entre las plagas, las habituales son el pulgón en los brotes tiernos de primavera y las cochinillas, cerosa y algodonosa, en el envés y las axilas. La fumagina que las acompaña no parasita la planta, solo cubre la hoja y le impide fotosintetizar; desaparece al eliminar el insecto que produce la melaza y se retira lavando con agua jabonosa. Contra la cochinilla, los tratamientos son más eficaces cuando se aplican en la fase de larva móvil, a finales de primavera, que sobre el adulto ya protegido por su escudo.
Con qué acompañarla
La camelia se combina con otras acidófilas, que comparten sus mismas exigencias y permiten preparar un solo tipo de suelo para todo el conjunto. Rododendros y azaleas son la asociación clásica y escalonan la floración; los pieris añaden brotación roja en primavera; los brezos cubren el suelo y aportan flor invernal; las hortensias ocupan el verano, cuando la camelia es solo follaje. Hay más sobre esa combinación en Un jardín de acidófilas.
Como planta aislada, el follaje coriáceo y brillante de verde oscuro tiene valor todo el año, y ese es su gran argumento frente a otros arbustos de flor: once meses de hoja impecable y uno de espectáculo.
En resumen
Las camelias de primavera florecen entre febrero y abril a partir de botones que se formaron el verano anterior. Por eso se podan justo al acabar la floración y nunca después, y por eso el riego de julio y agosto es el que decide si habrá flores en marzo. Quieren suelo ácido con pH entre 5 y 6,5, agua sin cal, acolchado permanente sobre la raíz superficial y el cuello sin enterrar.
Fuera del noroeste peninsular, semisombra con sol de mañana y protección del viento seco. En suelos con caliza activa, corregir el hoyo de plantación solo funciona unos años, así que la maceta es la alternativa razonable. Y ante un síntoma, el amarilleo entre nervios significa hierro, las hojas arqueadas y sin brillo significan sed, y la ausencia de flores en una planta sana suele significar que se podó a destiempo.