Elegir una camelia entre los miles de cultivares registrados parece imposible, pero en realidad se decide con tres preguntas: qué especie es, porque de ella dependen la época de floración y la resistencia al frío; qué forma tiene la flor, que va de la corola sencilla de cinco pétalos a la doble formal impenetrable; y qué tamaño alcanzará el arbusto en veinte años. El color, que es lo primero que mira todo el mundo, es lo último que conviene decidir.

Este artículo trata de eso, de reconocer y elegir. Los cuidados están en Camelias de primavera y el cultivo en tiesto, que es la vía para tenerlas fuera de la España atlántica, en Camelias en maceta.

Las formas de la flor de camelia responden a seis tipos básicos, del sencillo con estambres a la vista a la doble formal sin ningún estambre visible.

Las especies que hay detrás de los cultivares

Camellia japonica es la reina del catálogo y la responsable de la mayoría de los cultivares. Florece de febrero a abril, tiene hoja coriácea de un verde oscuro muy brillante y es la más resistente al frío del grupo de primavera. Un ejemplar adulto y bien establecido aguanta heladas fuertes, aunque las flores abiertas se estropean con unos pocos grados bajo cero, que es cosa distinta.

Camellia reticulata viene de Yunnan y aporta las flores más grandes del género, que pueden pasar de quince centímetros. A cambio es menos rústica, de porte más abierto y algo desgarbado, y de hoja más mate y con la nervadura marcada, de donde le viene el nombre. Muchos de los cultivares de flor gigantesca son híbridos suyos con japonica.

Camellia sasanqua y Camellia hiemalis cambian el calendario por completo: florecen en otoño e invierno, de octubre a enero según la variedad. Tienen hoja y flor más pequeñas, muchas veces perfumadas, crecimiento más ligero y aguantan mejor el sol directo que las de primavera. Para un jardín del centro peninsular son a menudo mejor apuesta que una japonica, porque florecen fuera de la época de sequía y de calor.

Camellia × williamsii es un híbrido entre Camellia japonica y Camellia saluenensis obtenido en Cornualles a principios del siglo XX. Es probablemente el grupo más recomendable para clima atlántico: florece muchísimo, empieza joven, resiste bien el frío y la lluvia, y tiene una virtud enorme que las japonica no comparten, la de desprender sola las flores marchitas. Una japonica conserva las corolas pardas colgando durante semanas y hay que quitarlas a mano; una williamsii se limpia sola.

Y está Camellia sinensis, la planta del té, que es una camelia más, de flor pequeña, blanca y sencilla. Se cultiva como ornamental por curiosidad y en el norte peninsular vegeta bien.

Los seis tipos de flor

La clasificación por forma de la corola es la que se usa en los registros internacionales de cultivares. No es una característica absolutamente fija, porque el clima, la edad de la planta y la posición de la flor la hacen variar, y hay cultivares que quedan a medio camino entre dos tipos.

Sencilla. Una sola fila de cinco a siete pétalos, o dos filas incompletas, rodeando un cono central de estambres bien visibles. Es la forma más próxima a la especie silvestre, la más ligera de aspecto y la única realmente útil para los insectos polinizadores, porque el resto de las formas dobles sustituyen los estambres por pétalos.

Semidoble. Dos o más hileras de pétalos, ocho o más en total, con el centro de estambres todavía a la vista. Combina la vistosidad de la flor doble con la ligereza de la sencilla, y es la forma que mejor aguanta la lluvia, porque no acumula agua en el centro.

Doble incompleta o forma de rosa. Muchos pétalos imbricados, ordenados como los de un capullo de rosa, que al abrirse del todo dejan ver un pequeño centro de estambres.

Doble formal. Hileras y más hileras de pétalos superpuestos con una regularidad geométrica casi artificial, sin ningún estambre visible ni siquiera con la flor completamente abierta. Es la forma más asociada a la camelia clásica de jardín histórico. Su inconveniente es el peso: con lluvia intensa, la flor se empapa, se vuelve marrón y a veces no llega a abrir.

Forma de peonía. Flor globosa y desordenada, con una mezcla de pétalos irregulares, petaloides (estambres transformados en algo parecido a pétalos) y estambres verdaderos entremezclados. Es la forma más exuberante.

Forma de anémona. Una o varias hileras de pétalos externos grandes y planos rodeando un centro abultado y compacto de petaloides y estambres. Es la más fácil de reconocer de todas.

Color y variegación

La gama va del blanco puro al rojo oscuro casi granate, pasando por todos los rosas. No existen camelias azules ni realmente amarillas en los cultivares habituales, aunque hay especies asiáticas de flor amarilla pálida que se han usado en programas de mejora sin resultados comerciales generalizados.

Sobre las variegadas conviene saber algo que no siempre se cuenta. Hay dos orígenes distintos para las flores jaspeadas o con manchas blancas sobre fondo de color. Uno es genético y estable, propio del cultivar. El otro es vírico: determinados virus de la camelia producen ese jaspeado en la flor y, con frecuencia, un moteado amarillo en las hojas. Las plantas afectadas son perfectamente cultivables y se propagan a propósito por su valor ornamental, pero la variegación puede ser inestable de un año a otro y suele ir acompañada de algo menos de vigor. Si una camelia lisa empieza de pronto a dar flores jaspeadas y hojas moteadas de amarillo, esa es la explicación.

Qué camelia elegir según dónde vivas

En Galicia, la cornisa cantábrica y el norte de Portugal se puede plantar cualquier cosa, porque el suelo ácido, la humedad ambiental y el invierno suave son exactamente lo que la camelia pide. Ahí las japonica y las reticulata de flor grande dan su mejor versión, y se pueden poner incluso a pleno sol.

En el interior peninsular, en Madrid, en el Levante y en el sur, la limitación no es el frío, es el agua caliza, el aire seco y el sol de verano. Ahí la estrategia que funciona es cultivo en tiesto con sustrato de acidófilas, orientación norte o este y riego con agua de lluvia. Y entre las especies, conviene mirar las sasanqua, que toleran mejor el sol y florecen en otoño, cuando la terraza vuelve a ser un sitio habitable para ellas.

En clima atlántico frío y lluvioso, las williamsii superan a casi todo lo demás por floración y por autolimpieza. Y en cualquier sitio con heladas tardías, las variedades de floración más tardía, de marzo y abril, tienen más probabilidades de librar los capullos que las que abren en enero o febrero.

Porte, tamaño y ritmo

La camelia crece despacio, y ese es un rasgo que hay que tener presente al comprar. Un ejemplar de vivero de un metro puede tardar diez o quince años en doblar su tamaño. A cambio son plantas muy longevas: hay ejemplares centenarios de varios metros de altura y porte arbóreo en los pazos gallegos.

El porte varía mucho de un cultivar a otro, y merece la pena preguntarlo. Los hay estrictamente erguidos y columnares, ideales para un rincón estrecho o para un macetón; los hay abiertos y extendidos, que necesitan sitio de sobra; y los hay compactos y densos desde jóvenes, que son los más agradecidos en tiesto. Las reticulata tienden a ser desgarbadas de joven y a componerse con la edad.

Dónde verlas en España

La mejor forma de elegir una camelia es verla en flor y adulta, no en una etiqueta. En Galicia, los pazos y jardines históricos de las Rías Baixas concentran colecciones antiguas de Camellia japonica de porte arbóreo, y la floración se sigue de febrero a abril. En Asturias y Cantabria hay jardines de indianos con ejemplares notables. Y en Madrid, la floración de las camelias en grandes macetones demuestra que fuera del noroeste también es viable, siempre que el sustrato y el agua se controlen.

En resumen

Antes que el color conviene decidir la especie, porque de ella dependen cuándo florece y cuánto frío o sol aguanta: japonica para flor de primavera y resistencia, reticulata para flor gigante, sasanqua e hiemalis para floración de otoño e invierno y más tolerancia al sol, y Camellia × williamsii para clima atlántico y floración abundante con la ventaja de que se desprende sola de las flores pasadas.

La forma de la flor sigue seis tipos reconocidos, de la sencilla con estambres a la vista a la doble formal sin estambres visibles, pasando por la doble incompleta, la de peonía y la de anémona. Las formas más dobles son las más espectaculares y también las que peor llevan la lluvia. Y el jaspeado de muchas variegadas tiene origen vírico, lo que explica que sea inestable de un año a otro.


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