Cuando el jardín pierde la flor, el color lo ponen los frutos. Entre octubre y febrero, con las herbáceas apagadas y muchos arbustos desnudos, las plantas de baya son casi lo único que sostiene el interés visual, y además alimentan a los pájaros en los meses en que menos hay que comer. Es el momento del año en que una piracanta o un cotoneaster valen por diez plantas de flor.
Antes de elegir conviene tener claras dos cosas. La primera es que muchas de estas especies son dioicas: hay pies macho y pies hembra, y solo los femeninos fructifican. Comprar una skimmia o un acebo en flor no garantiza nada; hay que fijarse en el cultivar, y a menudo hace falta un macho cerca para que la hembra cuaje. La segunda es que una baya vistosa no es una baya comestible. Buena parte de los frutos ornamentales más llamativos son tóxicos por ingestión, y eso pesa si hay niños pequeños o perros que rebuscan por el jardín.
Sus densos ramilletes de frutos anaranjados o rojizos y su gran resistencia han hecho muy populares a las piracantas (en la foto).
Qué es una baya y qué llamamos baya
En botánica la baya es un fruto carnoso, de pericarpo blando y con las semillas embebidas en la pulpa. El tomate es una baya, y también lo son la uva y el arándano. En cambio el fruto del acebo, del cotoneaster o de la piracanta es un pomo diminuto, y el del tejo ni siquiera es un fruto, sino una semilla envuelta en un arilo carnoso.
En jardinería el nombre se usa en sentido amplio para cualquier fruto pequeño, carnoso y decorativo. Lo que importa a efectos prácticos no es la categoría botánica sino tres cosas: cuánto dura el fruto en la planta, si los pájaros lo vacían en dos semanas y si es peligroso llevárselo a la boca.
Los dos géneros que nunca fallan
Piracanta (Pyracantha). Es el arbusto de bayas más resistente que se puede plantar en la Península. Aguanta el calor del verano, los suelos calizos y pobres, la sequía una vez arraigado y el frío continental. Fructifica con enorme abundancia, en rojo, naranja o amarillo según la variedad, y los frutos permanecen mucho tiempo porque los pájaros los dejan para el final. Tiene espinas largas y duras, lo que la convierte en un seto defensivo excelente y en una mala vecina de las zonas de paso. Se poda en primavera, después de la floración, respetando la madera del año anterior, que es donde va a fructificar. Sus frutos no son comestibles.
Cotoneaster. Sin espinas, igual de rústico y con una versatilidad enorme de portes. Cotoneaster horizontalis es rastrero, de rama en espiga de pez, y funciona muy bien en taludes y sobre muretes; pierde la hoja tomando color rojizo. Cotoneaster lacteus es grande y perenne, apropiado para setos libres. Cotoneaster franchetii queda en un tamaño intermedio, con el envés de la hoja plateado. Todos toleran suelo calizo y exposición soleada, que es justo lo que hace falta en el este y el sur peninsular.
Conviene saber que ambos géneros se dispersan por semilla con la ayuda de los pájaros y que algunas especies de Cotoneaster se han naturalizado fuera de los jardines en zonas de montaña húmeda del norte peninsular. Si el jardín linda con terreno natural, merece la pena vigilar los brotes que aparezcan por su cuenta.
Arbustos pequeños, aptos para maceta
Skimmia (Skimmia japonica). Arbusto compacto de hoja perenne y oscura, para sombra y suelo ácido. Es dioica: los pies femeninos dan las bayas rojas, que duran meses, y el cultivar 'Rubella', que es masculino y no fructifica, se cultiva por sus botones florales rojo granate durante todo el invierno. Necesita humedad constante y sufre con el sol directo y el agua caliza. En terrazas de clima mediterráneo va mejor en maceta con sustrato para acidófilas que en el suelo.
Nandina (Nandina domestica). El llamado bambú sagrado, que no tiene nada que ver con los bambúes. Ramas verticales y finas, hoja dividida que vira a rojizo con el frío, y racimos de frutos rojos que persisten todo el invierno. Es de las más rústicas y tolerantes de la lista, admite sol y semisombra y no es exigente con el suelo. Sus frutos son tóxicos por ingestión.
Gaultheria (Gaultheria mucronata, la antigua Pernettya). Mata baja de hoja diminuta y frutos gruesos, satinados, blancos, rosas o rojo intenso, que aguantan hasta la primavera. Ericácea, así que pide suelo ácido, fresco y bien drenado, y combina de forma natural con brezos. También es dioica. Los frutos son tóxicos, y su aspecto de caramelo los hace especialmente engañosos para un niño.
Callicarpa. El único de la lista con frutos violeta metalizado, un color que no tiene ninguna otra planta de jardín. Callicarpa bodinieri 'Profusion' es el cultivar habitual. Pierde la hoja en otoño y los racimos quedan sobre la rama desnuda, que es cuando mejor luce. Poco exigente y de crecimiento rápido, aunque necesita riego en verano en clima seco.
Los grandes: acebo, tejo y madroño
Acebo (Ilex aquifolium). Crecimiento muy lento, hoja coriácea y punzante, porte que acaba siendo arbóreo tras décadas. Es dioico y solo los pies femeninos dan las bayas rojas. Quiere sombra o semisombra, suelo fresco y ácido o neutro, y humedad ambiental, condiciones que en España se dan en el tercio norte y en la montaña. En clima mediterráneo seco lo pasa mal. Sus frutos son tóxicos por ingestión. Es además una especie de alto valor ecológico cuyas poblaciones silvestres han sufrido mucho por la recolección navideña, así que la planta para el jardín se compra en vivero y nunca se corta del monte. Hablamos de él con más detalle en acebos, leucothoes y skimmias.
Tejo (Taxus baccata). Conífera de crecimiento lento y longevidad extraordinaria, perfecta para setos recortados porque rebrota de madera vieja, cosa rara entre las coníferas. Tolera bien los suelos calizos y la sombra densa. Los pies femeninos producen el arilo rojo y carnoso característico. Aquí la advertencia es seria: todas las partes del tejo son muy tóxicas, incluidas la semilla, las hojas y la corteza, y también lo son para el ganado y los caballos. La única excepción es la pulpa roja del arilo, pero la semilla que va dentro no lo es. Ante cualquier ingestión hay que acudir al médico o al veterinario sin esperar. En un jardín con niños pequeños o con caballos cerca, sencillamente no se planta.
Madroño (Arbutus unedo). Este sí es plenamente mediterráneo y crece de forma natural por buena parte de la Península. Hoja perenne y brillante, corteza rojiza, flores blancas en campanilla en otoño y frutos anaranjados esféricos que tardan un año en madurar, de modo que en otoño coinciden en la misma rama las flores nuevas y los frutos del año anterior. Tolera calor, sequía estival y suelos pobres o pedregosos, tanto silíceos como calizos. Su fruto maduro sí es comestible, de sabor soso y harinoso, y se ha usado tradicionalmente en mermeladas y licores.
Bayas comestibles y bayas de mirar
Entre los arbustos de fruto realmente comestible, los frutos del bosque son la vía más agradecida en jardín pequeño o terraza, y los tratamos aparte en frutos del bosque en la terraza. Las frambuesas (Rubus idaeus) y las grosellas (Ribes) dan cosecha desde el segundo año y no piden mucho espacio. El arándano (Vaccinium) es más exigente: necesita un suelo muy ácido, entre pH 4 y 5, y sufre con el calor extremo, por lo que en el centro y sur peninsular hay que cultivarlo en maceta con sustrato de acidófilas y darle semisombra en verano.
Los escaramujos del rosal silvestre (Rosa canina) y de Rosa rugosa son otro fruto de otoño con uso tradicional en confituras e infusiones, aunque hay que retirar los pelillos interiores, que son irritantes.
Del saúco (Sambucus nigra) se han aprovechado tradicionalmente las flores y los frutos maduros siempre cocinados, nunca crudos; las hojas y los tallos verdes no se consumen. El saúco rojo (Sambucus racemosa) es distinto y sus frutos no se comen.
Y en el otro extremo, los que solo se miran: además del tejo, la nandina, la gaultheria, el acebo y la piracanta ya citados, Viburnum opulus da corimbos colgantes de un rojo brillante muy decorativo que tampoco se consumen crudos.
Cómo asegurarse de que hay fruto
Tres reglas prácticas que resuelven la mayoría de las decepciones.
- En las especies dioicas, comprar el sexo correcto. Preguntar por el cultivar y, si se busca fructificación abundante, plantar un macho por cada tres o cuatro hembras a poca distancia. En acebo y skimmia esto es determinante.
- No podar en el momento equivocado. Piracanta, cotoneaster y la mayoría de estos arbustos forman el fruto sobre la madera del año anterior. Una poda de invierno se lleva por delante toda la fructificación siguiente. El momento correcto es justo después de la floración, en primavera.
- Regar en verano el primer par de años. Aunque muchas de estas especies acaben siendo resistentes a la sequía, el cuajado del fruto se decide en el verano anterior. Un ejemplar joven que pasa sed en julio no fructifica en noviembre.
Sobre los pájaros hay poco que hacer, y tampoco conviene: el saqueo de las bayas es parte de la función del arbusto. Si interesa que el color dure hasta enero, la solución está en elegir especies que los pájaros dejan para el final, como las piracantas de fruto amarillo o naranja, la gaultheria y la skimmia, y no las de fruto rojo pequeño y blando, que desaparecen en cuanto llega el primer bando de zorzales.
En resumen
Las plantas de baya son la forma más barata de tener color en el jardín entre octubre y febrero. Para el este y el sur peninsular, con suelo calizo y verano seco, las apuestas seguras son piracanta, cotoneaster, madroño y nandina. Para el norte húmedo y las zonas de suelo ácido se abre el resto del catálogo: acebo, skimmia, gaultheria, arándano y los frutos del bosque.
Dos cosas conviene no perder de vista. Que muchas son dioicas y sin pie femenino no hay fruto, y que la mayoría de las bayas ornamentales son tóxicas por ingestión, con el tejo como caso más grave de todos. Elegir bien la especie según quién use el jardín es tan importante como acertar con el suelo.