Los híbridos perpetuos son el grupo de rosales antiguos que dominó los jardines europeos durante la segunda mitad del siglo XIX y que hoy casi nadie cultiva. Su nombre es un error de traducción: en francés se llamaron hybrides remontants, híbridos remontantes, es decir, que repiten la floración. Al pasar al inglés como hybrid perpetual y de ahí al español, la remontancia se convirtió en perpetuidad, y con ella se coló una promesa que estos rosales no cumplen.
Porque esa es la primera cosa que hay que saber antes de plantar uno: no florecen de continuo. Dan una floración masiva en primavera, un intervalo largo de nada, y una segunda tanda en otoño que según la variedad y el año puede ser abundante o casi testimonial. Quien espere el goteo continuo de un híbrido de té moderno se va a llevar un chasco.
De dónde salieron
El grupo nace en Francia hacia finales de la década de 1830, y su paternidad se atribuye a Jean Laffay, un obtentor que trabajaba a una escala que hoy asombra: se cuenta que sembraba decenas de miles de plántulas al año para seleccionar unas pocas. De su trabajo salió 'La Reine', una rosa grande, globular y perfumada de color rosa que fue la cabeza de serie del grupo y que todavía se encuentra en colecciones.
Los híbridos perpetuos no descienden de una sola cruza limpia, sino de una mezcla larga entre rosales borbonianos, portland, damascenas remontantes y sangre de Rosa chinensis. De la China vino la capacidad de refloración; de las europeas, la forma de flor y el perfume. Ese origen heterogéneo explica que el grupo sea un cajón de sastre en el que caben rosales muy distintos entre sí.
Donde triunfaron de verdad fue en la Inglaterra victoriana. Fueron las rosas de las exposiciones, y ahí está la clave de sus virtudes y de sus defectos: se seleccionaron para producir una flor enorme, muy doble y perfumada, digna de una mesa de concurso, sin prestar demasiada atención al porte de la planta ni a su resistencia a las enfermedades. Se llegaron a registrar miles de variedades. Sobreviven unas decenas.
Cómo son
Descrito el grupo en lo que tienen en común:
- La flor es grande, de muchos pétalos, con forma acopada o globular y a menudo con el centro cuarteado, al estilo de las rosas antiguas. El perfume suele ser fuerte y de tipo damascena clásico.
- La gama de color es corta: rosas, carmesíes, granates, malvas y blancos. No hay amarillos ni naranjas en el grupo, porque esa línea genética llegó a los rosales más tarde.
- El porte es alto y erguido, con cañas largas y rígidas que tienden a desgarbarse. Muchos ejemplares se quedan pelados por abajo y florecen solo en la punta.
- La resistencia al frío es buena, mejor que la de las rosas de té, y fue una de las razones de su éxito en el norte de Europa.
- La sanidad foliar es su punto débil. Bastantes variedades, sobre todo entre los rojos oscuros, son sensibles a la mancha negra y a la roya.
Variedades que todavía se encuentran
De todo aquel catálogo enorme quedan unas pocas en viveros especializados y en rosaledas históricas. Estas son de las más reconocibles:
- 'Reine des Violettes'. Malva violáceo que va virando con los días, flor plana y cuarteada, muy perfumada y casi sin espinas. Es probablemente la más buscada del grupo.
- 'Baronne Prévost'. Rosa intenso, flor grande y cuarteada, planta compacta para lo que es habitual en el grupo y bastante fiable.
- 'Paul Neyron'. Famosa por el tamaño de la flor, de las mayores que existen entre las rosas antiguas, en rosa oscuro.
- 'Frau Karl Druschki'. Blanca pura, de las pocas realmente vigorosas y sanas del grupo, con el inconveniente de que carece de perfume.
- 'Baron Girod de l'Ain'. Carmesí con un fino filo blanco irregular en el borde del pétalo, un dibujo que la hace inconfundible.
- 'Général Jacqueminot'. Rojo carmesí clásico y muy fragante, antepasado de buena parte de los rojos posteriores.
Merece la pena recordar que este grupo fue el puente hacia los rosales modernos: del cruce de híbridos perpetuos con rosas de té salieron los híbridos de té, y con ellos el catálogo actual.
Cultivo en España
Aquí es donde las fichas antiguas se quedan cortas, porque describen la planta pero no dicen cómo tratarla en un clima con verano seco.
Ubicación. Sol directo, pero no todo el día en el interior peninsular ni en el valle del Guadalquivir. Una posición con sol de mañana y algo de alivio en las horas centrales de julio y agosto salva las flores, que con muchos pétalos y 40 grados se abren mal, se queman en el borde y duran un suspiro. Y sobre todo, aire: nunca contra un muro ni en un rincón cerrado. La circulación de aire entre las ramas es la primera medida contra los hongos, y en estos rosales no es opcional.
Marco de plantación. Ancho, de metro y medio entre plantas. Apretarlos es garantizar mancha negra.
Riego. Abundante y espaciado, siempre al pie y nunca mojando la hoja. Un riego profundo semanal en verano vale más que cuatro superficiales, porque obliga a la raíz a bajar. En el interior, con calor seco, pueden hacer falta dos.
Abonado. Son voraces. Si quieres la segunda floración, hay que darles de comer: estiércol maduro o compost en superficie a finales de invierno, y un segundo aporte tras la floración de primavera. Después de agosto no se abona con nitrógeno, para que la madera endurezca antes del frío.
Poda. Es el punto donde se equivoca casi todo el mundo. Los híbridos perpetuos no se podan corto como un híbrido de té. Una poda severa da un rebrote vigoroso y pocas flores. Lo que piden es una poda moderada a finales de invierno, entre enero y febrero según la zona, dejando las cañas principales a un tercio o la mitad de su longitud, quitando la madera vieja, la que se cruza y todo lo que apunte al centro, y aclarando para abrir la copa.
Hay una técnica victoriana que resuelve su peor defecto y que sigue funcionando: el arqueado de las cañas. Consiste en doblar las cañas largas del año hacia abajo, formando un arco, y sujetar la punta al suelo con una horquilla o atarla a un aro. Al perder la dominancia apical, la caña brota y florece a lo largo de toda su longitud en lugar de hacerlo solo en el extremo. Un rosal desgarbado se convierte así en una mata cubierta de flores desde abajo.
Enfermedades y qué hacer
En la cornisa cantábrica y en Galicia, con humedad alta y temperaturas suaves, la mancha negra y la roya son el problema serio de estos rosales. En el interior seco lo son mucho menos, y a cambio aparece la araña roja en pleno verano.
El orden de actuación es el que marca el Real Decreto 1311/2012 sobre uso sostenible de productos fitosanitarios, con la gestión integrada de plagas como principio: primero prevenir. Eso significa poda que ventile, marco amplio, riego al pie sin salpicar la hoja, y retirar y eliminar las hojas caídas, porque el inóculo de la mancha negra pasa el invierno en ellas y en los restos de poda. Solo si el problema persiste se recurre a un tratamiento, con productos autorizados para jardinería exterior doméstica, que son los que se consultan en el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio, y siempre a la dosis y con los plazos que indique la etiqueta del envase.
Las flores blancas y las de pétalo muy fino del grupo tienen otro problema que no se trata con nada: la lluvia. Un capullo de muchos pétalos empapado se apelmaza y no llega a abrir. Es una característica de estas rosas, y en zonas de primaveras lluviosas conviene elegir variedades de color oscuro y pétalo más consistente.
En resumen
Los híbridos perpetuos son rosas de flor grande, muy doble y muy perfumada, con una remontancia real pero irregular, y con una planta que fue seleccionada para exposiciones y no para el jardín. No son rosales para empezar: piden un sitio ventilado, riego y abonado generosos, poda moderada y vigilancia frente a los hongos.
A quien esté dispuesto a eso le devuelven algo que las rosas modernas rara vez dan, una flor con la forma cuarteada y el perfume de las rosas antiguas que además repite en otoño. Y si el ejemplar se desgarba, la solución no es podar más corto, sino arquear las cañas para que florezcan en toda su longitud.