Los cactus epífitos son cactáceas que viven encima de otras plantas, normalmente sobre las ramas y los troncos de los árboles de la selva húmeda americana. No son parásitos: no toman nada del árbol, que solo les sirve de soporte. De ahí salen los cuidados, que son casi los contrarios de los que pide un cactus de desierto: luz filtrada en vez de sol directo, sustrato que retiene humedad en vez de puramente mineral y riego regular durante todo el periodo de crecimiento.

Bajo esa etiqueta caben plantas que casi todo el mundo tiene en casa sin saber que son cactus: el cactus de Navidad, los rhipsalis colgantes de las estanterías, los epifilos de flor enorme y la pitahaya. Si tu cactus de Navidad se arruga o no florece, o si un rhipsalis se te ha quedado amarillo junto a la ventana del sur, el problema casi siempre es que se les está aplicando el manual del cactus del desierto.

Qué los hace distintos

Comparten hábitat con orquídeas, helechos y bromelias: ramas altas donde no hay suelo. El agua les llega de la lluvia y de la niebla, y los nutrientes, de la hojarasca y los restos vegetales que se descomponen en las horquillas de las ramas. Es un medio que se moja con frecuencia y se seca deprisa, y que nunca recibe el sol de frente porque queda bajo la copa. Algunas especies crecen también sobre roca, en acantilados y afloramientos.

Esa vida sobre un árbol dejó marcas en la planta. Los cactus epífitos desarrollaron raíces aéreas que les sirven de anclaje, tallos aplanados en forma de hoja que aumentan la superficie de captación de luz, costillas y médula más estrechas (y por tanto menos capacidad de almacenar agua que un cactus columnar), y una reducción o pérdida casi total de las espinas, que en un ambiente de luz escasa habrían dado sombra a los tejidos que hacen la fotosíntesis. Perdieron también las estructuras rígidas que mantienen erguido a un cactus de suelo, y por eso son colgantes o arqueados.

No todos los epífitos lo son de la misma manera. Los hay que pasan toda su vida sin tocar el suelo, los hay que pueden crecer tanto sobre otra planta como en tierra según lo que encuentren, y están las hemiepífitas, que en algún momento de su vida sí tienen conexión con el suelo: unas germinan sobre una rama y luego emiten raíces que bajan hasta la tierra, y otras germinan en el suelo y acaban perdiendo esa conexión cuando la base del tallo se seca. Para el cultivo esto importa poco, pero explica por qué unas especies agradecen un tutor o una maceta colgante y otras se conforman con un tiesto normal.

Los géneros que vas a encontrar

Todos pertenecen a la familia Cactaceae y a la subfamilia Cactoideae, repartidos sobre todo en dos tribus.

La tribu Hylocereeae agrupa epífitas facultativas y hemiepífitas de tallos grandes: Epiphyllum, Disocactus, Selenicereus, Pseudorhipsalis y Weberocereus, entre otros. Aquí están los epifilos de flores espectaculares, muchas de ellas nocturnas y de una sola noche, y también la pitahaya o fruta del dragón, que se cultiva comercialmente en el sur peninsular y en Canarias.

La tribu Rhipsalideae reúne epífitas verdaderas de tallos finos: Rhipsalis, Lepismium, Hatiora y Schlumbergera. Rhipsalis es el género más numeroso del grupo y el más habitual como planta colgante de interior. Schlumbergera es el cactus de Navidad, originario de las montañas costeras del sureste de Brasil, y su nombre comercial despista: no es una planta de invierno rústica, sino una planta tropical de altura que florece en nuestro invierno porque responde a los días cortos.

Un dato que conviene tener presente: Rhipsalis baccifera es la única cactácea con poblaciones naturales fuera del continente americano, en África, Madagascar y Sri Lanka. El resto de la familia es americana.

CITES: por qué no se recolectan

Toda la familia Cactaceae está incluida en el Apéndice II de CITES, y algunas especies concretas en el Apéndice I. Eso significa que su comercio internacional está regulado y requiere documentación, y que recolectar ejemplares en el medio natural o comprar plantas sin origen acreditado no es una cuestión de gusto sino de legalidad. El material que se vende en vivero procede de propagación artificial, que además es sencilla en este grupo. Si alguien te ofrece un ejemplar recolectado, la respuesta correcta es no.

Luz, temperatura y ubicación

Luz brillante pero filtrada. Unas horas de sol suave de la mañana no les hacen daño; el sol directo del mediodía en verano les quema los tallos y los deja rojizos o blanquecinos. Una ventana orientada al este, o una al sur con visillo, es la posición típica de interior. Son de las pocas cactáceas que funcionan bien en casa precisamente porque no exigen sol pleno.

Vienen de los trópicos de América Central y del Sur, así que no toleran las heladas salvo alguna especie de montaña. En el litoral mediterráneo y en Canarias pueden pasar el año fuera, a la sombra y protegidos del viento; en la meseta y en el interior peninsular hay que entrarlos antes de las primeras heladas. En verano agradecen mucho salir al exterior, a la sombra de un árbol o de un porche, porque les gusta el aire en movimiento y sufren con el aire seco y quieto de una casa con aire acondicionado.

Para que un cactus de Navidad florezca hace falta darle lo que dispara la floración en su hábitat: noches largas e ininterrumpidas y temperaturas frescas durante varias semanas en otoño. Una habitación fresca y sin luz artificial por la noche resuelve el problema. Es también el motivo por el que muchos ejemplares en un salón iluminado hasta medianoche nunca florecen.

Sustrato y riego

Necesitan un medio ácido, aireado y con algo de capacidad de retención, muy distinto de la mezcla mineral de un cactus de desierto. Una combinación que funciona es sustrato universal de calidad, corteza de pino gruesa del tipo que se usa para orquídeas, y un material de drenaje como perlita o puzolana, en proporciones parecidas. El resultado drena rápido pero mantiene humedad varios días, que es justo lo que reproduce la horquilla de una rama.

El riego se ajusta al tacto: cuando el tercio superior del sustrato está seco, se riega a fondo y se deja escurrir. En plena temporada de crecimiento eso puede significar una vez por semana; en un piso caluroso y seco, más. Durante el reposo se reduce, pero no hasta el punto de dejar que la planta se deshidrate por completo, porque no almacena tanta agua como un cactus globoso. Nunca se deja el plato con agua debajo.

Aquí está el punto que mata a estas plantas, y no es la sed: es el riego de invierno sobre un sustrato que retiene agua y a temperatura baja. La combinación de sustrato frío y húmedo y poca evaporación pudre la base del tallo y las raíces en pocos días. En invierno, y en un sitio fresco, se riega poco y se comprueba siempre el sustrato antes.

Propagación

Es fácil por esqueje. Se toman durante el crecimiento activo, y la primavera es el mejor momento, aunque también funcionan el verano y el principio del otoño. Los de tallo fino, como la mayoría de los Rhipsalis, se pueden plantar directamente. Los de tallo grueso o aplanado conviene dejarlos secar uno o dos días para que cicatrice el corte antes de enterrarlos.

El esqueje se coloca en sustrato apenas húmedo y se mantiene a la sombra hasta que aparezca crecimiento nuevo, lo que puede llevar semanas. Un esqueje algo grande enraíza mejor que uno pequeño, porque durante ese tiempo vive de sus propias reservas.

En resumen

Los cactus epífitos son cactáceas de selva húmeda, no de desierto, y se cultivan como tales: luz brillante filtrada, nada de sol directo del mediodía, sustrato ácido y aireado con corteza y perlita, y riego regular cuando el tercio superior se seca. Fuera del litoral mediterráneo y de Canarias hay que resguardarlos del frío, y en verano agradecen salir a la sombra al exterior.

El error que se los lleva por delante es el riego de invierno con sustrato que retiene agua y temperatura baja, no la falta de agua. Y como toda la familia Cactaceae está en el Apéndice II de CITES, el material de cultivo debe proceder de propagación artificial: por suerte, es un grupo que se multiplica por esqueje con una facilidad que hace innecesario cualquier otro origen.


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