Hay dos maneras muy distintas de que una planta ya no exista, y mezclarlas es el error más común cuando se habla de este tema. Una es la extinción documentada en tiempo histórico, con fecha, causa y a veces con el último ejemplar contado: de eso trata la ficha de plantas que ya se extinguieron. La otra es la que cuenta esta página: plantas que solo conocemos por la piedra, de mundos que se acabaron millones de años antes de que existiera nadie para verlos.
Estas segundas no están en ninguna lista roja ni las extinguió nadie. Son la vegetación de la Tierra en otras épocas, reconstruida a partir de hojas aplastadas en pizarra, troncos convertidos en cuarzo y esporas microscópicas. Aquí verás cómo se lee un fósil vegetal, por qué las plantas fósiles tienen nombres distintos para cada trozo del mismo organismo, y qué eran Cooksonia, Lepidodendron o Glossopteris.
Cómo se lee una planta fósil
Una planta se fosiliza mal. A diferencia de un hueso, se desmonta: las hojas caen, las raíces quedan donde estaban, el tronco se rompe y las piñas ruedan aparte. Lo normal es encontrar piezas sueltas, y muy rara vez un organismo completo y conectado.
La consecuencia es una peculiaridad que desconcierta a quien llega de nuevas. En paleobotánica se usan géneros de forma, también llamados órgano-taxones: nombres que designan un tipo de órgano fósil y no un ser vivo entero. Lepidodendron, por ejemplo, es el nombre del tronco. Los órganos de fijación de esa misma planta se llaman Stigmaria, sus hojas Lepidophylloides y sus estructuras reproductoras Lepidostrobus. Cuatro nombres para un solo árbol, porque durante mucho tiempo se encontraron por separado y no se sabía que fueran lo mismo.
Los modos de conservación también cambian lo que se puede saber. En una compresión el tejido queda aplastado como una lámina de carbono y conserva el contorno y a veces la cutícula. En una impresión solo queda el molde, el relieve en la roca. Y en una permineralización los minerales disueltos rellenan el interior de las células antes de que se descompongan, de modo que se conserva la anatomía microscópica. La madera petrificada es el ejemplo más vistoso de esto último.
Cooksonia, el primer tallo
Reconstrucción de Cooksonia: tallos que se bifurcan y terminan en esporangios. Ni hojas, ni raíces, ni flores. Medía centímetros.
Cooksonia es uno de los primeros vegetales terrestres con tejido conductor que conocemos, del Silúrico, hace unos 425 millones de años. Los primeros fósiles se describieron en Irlanda y después han aparecido en varios continentes.
Su anatomía es de una simplicidad casi difícil de creer. Un tallo verde que se bifurca en dos, y cada rama otra vez en dos, terminando en unas cápsulas donde se formaban las esporas. No tenía hojas. No tenía raíces. Los paleobotánicos siguen sin saber con certeza cómo se anclaba al suelo, y se supone que mediante rizomas que no han llegado hasta nosotros. Vivía en la orilla, en terrenos encharcados, porque dependía del agua para reproducirse.
Lo que la hace importante no es su tamaño, que era mínimo, sino lo que inaugura: un tallo con vasos capaces de subir agua hacia arriba. Todo lo que vino después, desde un helecho hasta un roble, es una elaboración de esa idea.
Lepidodendron y Sigillaria, los árboles que no eran árboles
Grabado del siglo XIX con el tronco de Lepidodendron y el detalle de las cicatrices foliares romboidales, que le valieron el apodo de árbol de escamas.
En el Carbonífero, los gigantes del paisaje no eran coníferas ni frondosas: eran licopodios. Lepidodendron y Sigillaria alcanzaban decenas de metros y formaban bosques densos en las marismas tropicales, y sin embargo sus parientes vivos más cercanos son plantas pequeñas y discretas que hoy pasan desapercibidas, los licopodios y las selaginelas.
La superficie del tronco es su firma. Las hojas, largas y estrechas, salían directamente del tallo y al caer dejaban una cicatriz con forma de rombo. Como el tronco iba engrosando, esas cicatrices quedaban dispuestas en espiral, dibujando un retículo regular que en los fósiles se confundió durante décadas con piel de reptil. En las ferias del siglo XIX se exhibieron troncos petrificados como restos de serpientes gigantes.
Tampoco eran leñosos en el sentido habitual. El sostén no venía de una madera central abundante, como en un pino, sino sobre todo de una corteza gruesa y reforzada, con el interior ocupado por tejidos blandos. Se reproducían por esporas, no por semillas. Y hay indicios de que muchos crecían recto como un poste hasta la madurez, se ramificaban entonces, fructificaban y morían: un ciclo monocárpico. Es una hipótesis razonable y discutida, no un hecho cerrado.
De aquellos bosques sale el carbón
El Carbonífero va aproximadamente de hace 359 a 299 millones de años, y le pusieron ese nombre por lo obvio: es el periodo del que procede la mayor parte del carbón mineral que se ha quemado en el mundo.
El mecanismo es sencillo de contar. Los bosques crecían sobre llanuras pantanosas y, al caer, el material vegetal quedaba bajo el agua, en un medio sin oxígeno donde la descomposición se frenaba. Capa sobre capa, enterrado, comprimido y calentado durante millones de años, se transformó en turba y después en carbón. Cuando se quema una tonelada de hulla se está liberando carbono que aquellos licopodios fijaron de la atmósfera.
Se ha propuesto que aquella acumulación masiva se debió a que los hongos capaces de degradar la lignina aún no estaban extendidos, de modo que la madera no se pudría. La hipótesis se sigue discutiendo y hay explicaciones alternativas basadas en la geología y el clima de la época, así que conviene no darla por resuelta.
Esto no queda lejos. Las cuencas carboníferas de Asturias, de León y de Palencia son exactamente eso, y las capas de carbón que allí se explotaron durante siglo y medio son los restos de aquellos bosques. En sus pizarras aparecen con frecuencia improntas de hojas fósiles.
Glossopteris y la deriva continental
Hojas de Glossopteris en la roca. La forma de lengua y la nerviación reticulada las hacen inconfundibles.
Glossopteris es un género de plantas con semilla del Pérmico, extendido por todo el hemisferio sur. Sus hojas, con forma de lengua (de ahí el nombre) y una nerviación en red muy característica, aparecen a millares en los yacimientos de Sudamérica, África, la India, Australia y la Antártida.
Y ahí está su papel en la historia de la ciencia. Cuando Alfred Wegener formuló en 1912 la hipótesis de la deriva continental, uno de los argumentos que manejó fue precisamente la distribución de fósiles idénticos en continentes hoy separados por océanos enteros. Una planta de semilla pesada no cruza el Atlántico. Que Glossopteris apareciera a los dos lados solo tenía una explicación sencilla: que aquellos terrenos estuvieron unidos formando Gondwana.
Los Glossopteris dominaron el hemisferio sur durante el Pérmico y desaparecieron con la gran extinción del final de ese periodo, la mayor de la historia de la vida.
Araucarias convertidas en piedra
Piña petrificada de Araucaria mirabilis, del bosque del Cerro Cuadrado, en la Patagonia argentina. Conserva hasta las escamas y la disposición de las semillas.
En Santa Cruz, en la Patagonia argentina, hay un bosque jurásico enterrado por ceniza volcánica hace unos 160 millones de años. Lo notable del yacimiento del Cerro Cuadrado es el grado de detalle: se recogen piñas completas de Araucaria mirabilis, petrificadas justo cuando estaban maduras, en las que se distinguen las escamas una a una. El pehuén, Araucaria araucana, que se planta en los jardines del norte de España, pertenece a ese mismo linaje.
Sección pulida de madera petrificada del Bosque Petrificado de Arizona. Los rojos y amarillos son óxidos de hierro; el conjunto es cuarzo que ha sustituido célula a célula al tejido original.
En Arizona, el Parque Nacional del Bosque Petrificado conserva troncos del Triásico superior, de más de doscientos millones de años, reemplazados por sílice hasta el detalle celular. Durante mucho tiempo esa madera se atribuyó en bloque a una sola especie, Araucarioxylon arizonicum, pero conviene recordar lo dicho más arriba: es un género de forma, definido por la anatomía de la madera, y la asignación de estos materiales se ha revisado. Un nombre de madera fósil no equivale sin más a una especie de árbol.
Qué queda vivo de todo aquello
Ninguno de esos bosques existe, pero algunas ramas del árbol genealógico llegaron hasta hoy con muy pocos representantes. Los licopodios, las selaginelas y los isoetes son lo que queda del linaje que dio los gigantes del Carbonífero. Las colas de caballo del género Equisetum, que crecen en cualquier cuneta húmeda, son el último género de un grupo que también tuvo formas arbóreas.
Y hay casos de plantas actuales tan poco cambiadas respecto a sus parientes fósiles que se las llama fósiles vivientes, aunque la etiqueta sea más periodística que técnica. El Ginkgo biloba es el ejemplo clásico; el pino de Wollemi, descubierto en Australia en 1994, es el más reciente y tiene ficha propia en Wollemia nobilis. Las cícadas van por el mismo camino, y la más común en los jardines españoles está en Cycas revoluta.
En resumen
Las plantas del registro fósil no son especies que perdiéramos: son la vegetación de mundos anteriores, conocida a trozos y con nombres que muchas veces designan un órgano y no un organismo. Cooksonia inauguró el tallo vascular en el Silúrico, los licopodios arborescentes del Carbonífero formaron las marismas que hoy quemamos como carbón, Glossopteris tapizó Gondwana y sirvió de prueba para la deriva continental, y las araucarias petrificadas de Patagonia y Arizona conservan detalle celular de bosques del Jurásico y del Triásico.
Conviene no meterlo todo en el mismo saco. Que Lepidodendron desapareciera hace 300 millones de años y que el olivo de Santa Elena desapareciera en 1994 son hechos de naturaleza distinta, con causas distintas y con conclusiones distintas. Confundirlos, como hacía el texto que había antes en esta página, convierte un asunto serio, el de las extinciones que estamos provocando, en una curiosidad prehistórica sin consecuencias.