En septiembre de 1994, un guarda del Servicio de Parques de Nueva Gales del Sur bajó en rápel a un cañón de arenisca del Parque Nacional Wollemi, a poco más de 150 kilómetros de Sídney, y se encontró con unos árboles altísimos de corteza abollada que no supo identificar. Se llamaba David Noble y llevaba en la mochila una rama que acabaría dando nombre a un género nuevo: Wollemia nobilis. La descripción formal llegó al año siguiente y colocó al árbol en las Araucariáceas, la familia de la araucaria y del kauri, un linaje que se creía reducido a dos géneros vivos.

El descubrimiento tuvo repercusión porque no era un arbusto discreto escondido en un matorral: eran coníferas de hasta 40 metros, a un par de horas en coche de una ciudad de cinco millones de habitantes, y nadie las había visto nunca. Lo que sigue es qué es realmente esta planta, cuánta verdad hay en la etiqueta de «fósil viviente» y qué hace falta para mantener una viva en un jardín o una terraza en España.

Ejemplar joven de Wollemia nobilis con su follaje dispuesto en filas planas

Qué significa exactamente lo de los 200 millones de años

Conviene ajustar la cifra, porque circula mal contada. Nadie ha encontrado un fósil de Wollemia nobilis de 200 millones de años. Lo que tiene esa antigüedad es la familia Araucariaceae, bien documentada desde el Triásico tardío y el Jurásico, cuando dominaba los bosques del hemisferio sur.

Del género en sí, la pista fósil que se maneja es el polen del tipo Dilwynites, prácticamente indistinguible del que produce hoy la wollemia y presente en sedimentos desde el Cretácico superior, hace unos 90 o 100 millones de años. Ese polen fue abundantísimo en Australia, Nueva Zelanda y la Antártida, y su rastro se va apagando a lo largo del Terciario a medida que el continente australiano se seca. Es decir: el árbol que Noble encontró es el último resto de un linaje que fue común durante decenas de millones de años y que quedó arrinconado en tres o cuatro barrancos húmedos.

«Fósil viviente» tampoco quiere decir que la planta haya dejado de evolucionar. Quiere decir que su morfología ha cambiado poco y que no tiene parientes vivos cercanos. Son dos cosas distintas y la segunda es la interesante: si desaparece Wollemia, desaparece un género entero, no una especie más de un género con veinte.

Una población que cabe en un autobús

En estado silvestre se conocen unas pocas decenas de árboles adultos repartidos en un puñado de rodales dentro del mismo sistema de cañones, y menos de un centenar de individuos contando los juveniles. La UICN la clasifica como En Peligro Crítico y la localización exacta se mantiene en secreto: no aparece en mapas públicos y el acceso está prohibido.

El dato que explica la fragilidad no es el número, sino otro: los análisis genéticos no han encontrado prácticamente variación entre los ejemplares silvestres. La población se comporta casi como un clon. Eso significa que no hay individuos resistentes de reserva: si un patógeno afecta a uno, afecta a todos igual. El aislamiento reproductivo durante milenios y la capacidad del árbol de rebrotar desde la base —un mismo individuo genético puede sostener varios troncos a la vez, lo que se llama hábito cespitoso o autorrebrote— han mantenido viva la población a costa de dejarla sin barajar cartas.

La amenaza concreta tiene nombre: Phytophthora cinnamomi, el hongo de agua que arrasa las raíces de tantas especies australianas y mediterráneas —es el mismo género que mata encinas y alcornoques en la dehesa—. Viaja en el barro de las botas. Se detectó en el cañón después de visitas no autorizadas, y ahí está el motivo real del secretismo: no se protege el sitio de los ladrones de semillas, se protege del calzado.

La otra amenaza se materializó en el verano austral de 2019-2020. Los incendios del Black Summer llegaron al cañón y se montó una operación específica para salvarlo: retardante lanzado desde el aire alrededor del rodal, bomberos descolgados en el barranco instalando un sistema de riego por aspersión y humidificación del suelo. Los árboles adultos sobrevivieron, algunos con la copa chamuscada, y rebrotaron. Fue probablemente la primera vez que se ha organizado un dispositivo de extinción para una sola población de plantas.

Cómo se reconoce

El rasgo que salta a la vista es la corteza: marrón oscura, cubierta de nódulos abultados que recuerdan a chocolate en ebullición o a cereales inflados. No se parece a nada más en una conífera.

Las hojas son planas, blandas, de unos 3 a 8 centímetros, de punta roma —no pinchan— y se disponen en dos o cuatro filas aplanadas a lo largo de la rama, lo que da al conjunto un aspecto de helecho arbóreo más que de conífera. El follaje juvenil sale de un verde claro casi lima y va oscureciendo.

Hay dos comportamientos que asustan al que tiene una en casa y son completamente normales:

La caperuza blanca del brote terminal. Al entrar en reposo, la yema apical se cubre de una capa de resina blanca y cerosa que la sella por completo. Parece un ataque de cochinilla algodonosa o una enfermedad. No se toca, no se limpia y no se trata: es la protección del brote y se abre sola cuando la planta reanuda el crecimiento en primavera.

La caída de ramas enteras. Las ramas laterales no se ramifican de segundo orden y, cuando envejecen o han producido conos, el árbol las desprende completas desde la inserción en el tronco. Ver caer una rama entera con todo su follaje verde no es señal de que la planta se esté muriendo, es su forma normal de renovarse. Lo que sí hay que vigilar es que el eje central, el guía, siga vivo.

Es monoica: conos masculinos, alargados y colgantes, en la parte baja de la copa; conos femeninos, esféricos y verdes, arriba del todo. Tardan año y medio largo en madurar y se desintegran en el propio árbol soltando semillas aladas.

Cono de Wollemia nobilis, esférico y de superficie escamosa

Se vende para salvarla

El Jardín Botánico Real de Sídney tomó una decisión poco habitual en conservación: en lugar de encerrar la especie, la multiplicó y la puso a la venta. Desde 2005-2006 se comercializa en todo el mundo material propagado legalmente, y parte de los ingresos financia el programa de conservación. La lógica es doble: se recaudan fondos y, sobre todo, se distribuye la especie por miles de jardines y colecciones, de modo que un desastre en el cañón australiano ya no significaría la extinción.

Así que comprar una wollemia en un vivero especializado no es depredar una planta amenazada, es lo contrario. Lo que no procede es aceptar semillas o material «de origen silvestre», que no existe en el mercado legal.

Cultivo en España: el problema no es el frío

Su hábitat es un fondo de barranco húmedo, sombreado por paredes de arenisca, con unos 1.200 milímetros de lluvia repartidos y temperaturas que rara vez pasan de 30 °C ni bajan mucho de 0 °C. Traducido a nuestras condiciones, eso define bastante bien dónde va a estar cómoda.

Frío. Aguanta heladas suaves sin inmutarse, hasta unos −5 °C. Ejemplares adultos y bien establecidos han pasado episodios de −8 a −10 °C con quemaduras en el follaje y recuperación posterior, pero eso no es un objetivo, es un accidente sobrevivido. Las plantas jóvenes, en maceta y con el cepellón expuesto al aire por los cuatro costados, son mucho más sensibles: por debajo de −2 °C ya conviene meterlas a cubierto o proteger el cepellón.

Calor y aire seco. Aquí está el verdadero filtro. Una wollemia plantada al sol directo en Sevilla, Zaragoza o Albacete, con 40 °C y 15 % de humedad relativa en agosto y el poniente encima, se quema el follaje en una tarde y ya no lo recupera: las hojas dañadas no reverdecen, hay que esperar a que caiga la rama. La cornisa cantábrica, Galicia y el norte de Portugal son su terreno natural en la Península. En la franja litoral mediterránea y en el sur funciona en sombra de media tarde, resguardada del viento seco y con humedad ambiental: un patio interior, el lado este de la casa, bajo la copa alta de otro árbol. Tierra adentro, en clima continental, lo razonable es maceta y refugio en verano y en invierno.

Luz. De joven prefiere sombra clara o sol filtrado; en climas suaves y ya establecida tolera bastante sol directo. La sombra profunda tampoco vale: crece estirada, con entrenudos largos y aspecto lánguido.

Suelo, agua y abono

Quiere sustrato ácido o neutro, suelto, con materia orgánica y drenaje real, pero que no se seque del todo. Una mezcla que funciona: tierra de brezo o sustrato para acidófilas, corteza de pino compostada y un tercio de material drenante (perlita gruesa o arena silícea lavada). Nada de arena de playa ni de sustrato universal solo, que se apelmaza.

El agua caliza apaga wollemias en media España sin que se vea de dónde viene el problema. Con el pH del suelo subiendo riego tras riego, el hierro se bloquea, el follaje nuevo sale amarillento con los nervios marcados y la planta se queda parada. Riega con agua de lluvia siempre que puedas; si solo tienes agua de red dura, déjala reposar, alterna con agua osmotizada y acidifica de vez en cuando. En suelo francamente calizo, plántala en maceta grande y olvídate del jardín.

Riego regular en primavera y verano, sin encharcar; espaciado en invierno. En maceta, el riego de más en enero, con el sustrato frío y la planta parada, es lo que pudre el cuello y acaba con ella. Un buen acolchado de corteza o pinocha mantiene la raíz fresca y suma acidez al descomponerse.

Con el abono, mano suave. Las araucariáceas están adaptadas a suelos pobres y el exceso de fósforo les sienta mal; usa un abonado de liberación lenta para acidófilas, a dosis baja, una vez a comienzos de primavera. Nada de dobles dosis «para que crezca más»: crece lo que crece, entre 20 y 40 centímetros al año en buenas condiciones.

En maceta y multiplicación

Es una planta que se lleva bien con el cultivo en contenedor durante muchos años, lo cual resuelve el problema en casi toda la Península. Maceta profunda, con agujeros generosos y sin plato bajo que retenga agua. Trasplante cada dos o tres años, a comienzos de primavera, subiendo un solo número de maceta. Ojo con la exposición del tiesto: un contenedor negro al sol de agosto cuece la raíz aunque la copa esté a la sombra.

La multiplicación comercial se hace por esqueje, porque la semilla tiene germinación irregular y poco material disponible. Y aquí hay un detalle que decide el resultado: en las araucariáceas, un esqueje tomado de una rama lateral conserva la memoria de su posición y crece tumbado, horizontal, para siempre. No se endereza, no forma guía y acaba siendo un arbusto deforme. Para obtener una planta con porte de árbol hay que esquejar el eje vertical, la guía terminal, con lo que eso implica para la planta madre. Si compras un ejemplar, comprueba que tiene un guía central definido y no un montón de brotes recostados.

Plagas y desórdenes

En cultivo protegido aparecen cochinillas —algodonosas y de caparazón— alojadas en las axilas del follaje y en la base de las ramas; se tratan con aceite de verano o jabón potásico, insistiendo dos o tres veces separadas diez días. En ambiente muy seco puede entrar araña roja.

La podredumbre de raíz por Phytophthora es el final del camino y no tiene tratamiento fiable en jardín: la planta se marchita entera con el sustrato húmedo, que es la señal clásica. Se previene con drenaje y con riegos comedidos, no con fungicidas. No reutilices sustrato de plantas muertas por esta causa ni sitúes la maceta donde le llegue el agua de escorrentía de otras zonas del jardín.

Y una advertencia de compra: la wollemia no es un pino, aunque se venda como «pino de Wollemi». No admite la poda de una conífera de seto ni rebrota de la madera vieja de las ramas. Si le cortas el guía, has perdido el porte del árbol.

En resumen

Wollemia nobilis es el único representante vivo de su género, hallado en 1994 en un cañón de Nueva Gales del Sur y emparentado con araucarias y kauris. El linaje familiar sí se remonta unos 200 millones de años; del género en concreto hay rastro de polen desde hace unos 90 o 100 millones. Sobreviven menos de un centenar de ejemplares silvestres, genéticamente casi idénticos, protegidos en secreto frente a Phytophthora y salvados a mano de los incendios de 2019-2020.

En el jardín es una conífera de crecimiento moderado, corteza nodulosa inconfundible y follaje plano en filas. Tolera heladas suaves hasta unos −5 °C, pero lo que de verdad la limita en España es el calor seco: quiere sombra de tarde, abrigo del viento y humedad. Sustrato ácido y drenante, riego con agua de lluvia, abonado escaso y sin exceso de fósforo, maceta grande allí donde el suelo sea calizo. La caperuza blanca del brote y la caída de ramas enteras son normales; el amarilleo entre nervios señala cal en el agua, y una marchitez con el sustrato mojado señala raíz podrida. Comprarla en un vivero legal financia su conservación, y esa es, de momento, la mejor red de seguridad que tiene la especie.


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