En la tundra no crecen árboles, y esa es la definición del bioma más que una curiosidad: la tundra empieza donde acaba el bosque. Lo que sí crece es un tapiz bajo de arbustos enanos, hierbas perennes, juncias, musgos y líquenes, pegado al suelo porque el viento no deja levantar cabeza y porque el subsuelo está helado todo el año. Hay dos tundras: la ártica, que rodea el océano Ártico, y la alpina, que aparece en cualquier latitud por encima del límite del arbolado, Pirineos y Sierra Nevada incluidos.
Conviene aclarar algo desde el principio porque casi todas las listas lo confunden: el famoso musgo de los renos no es un musgo, y ni siquiera es una planta. Es un liquen del género Cladonia, la asociación entre un hongo y un alga. Y los musgos, que sí son plantas, no son plantas con flor ni tienen vasos conductores. En este artículo separo las tres cosas, porque la tundra es precisamente el sitio donde más se mezclan.
Qué convierte un sitio en tundra
Tres condiciones actúan a la vez:
- Estación de crecimiento cortísima. En la tundra ártica se reduce a unas pocas semanas de verano con sol casi continuo. Todo lo que una planta tiene que hacer en el año (brotar, florecer, fructificar y acumular reservas) cabe ahí dentro.
- Permafrost. El suelo permanece congelado de forma permanente por debajo de cierta profundidad. En verano se descongela solo la capa superficial, llamada capa activa, que suele medir unos pocos decímetros. Por debajo, ninguna raíz pasa.
- Viento constante y suelo encharcado. El permafrost impide que el agua del deshielo drene, así que la superficie queda empapada aunque llueva muy poco. La tundra es, paradójicamente, un desierto frío con charcos.
De ahí salen dos consecuencias que explican casi todo lo demás: las raíces tienen que ser someras y extendidas, y la planta tiene que ser baja, porque a diez centímetros del suelo el aire está bastante más caliente y bastante menos movido que a un metro.
Musgo sobre roca, con la nieve aún encima. Los musgos son plantas, pero sin flores y sin vasos conductores.
Las adaptaciones que se repiten una y otra vez
Porte almohadillado. La forma de cojín compacto es la firma de la alta montaña y del Ártico. Un cojín denso frena el viento en su interior, atrapa aire quieto y llega a estar varios grados más caliente que el aire de alrededor en un día soleado. Además retiene el poco mantillo que se forma.
Pelos y hojas revueltas. Muchas especies llevan el tallo y el envés cubiertos de pelos blancos o rojizos. Sirven para dos cosas: reducen la pérdida de agua cuando el suelo está helado y el agua líquida no existe, y crean una capa aislante.
Hoja perenne y coriácea. Mantener la hoja todo el invierno ahorra el gasto de fabricarla de nuevo, y permite arrancar la fotosíntesis el primer día bueno sin esperar a brotar. Por eso hay tantas ericáceas de hoja pequeña y dura.
Flores que persiguen el sol. Varias especies árticas, como la dríada (Dryas octopetala) o la amapola ártica, giran la flor siguiendo al sol y tienen forma de parábola. El resultado es que el centro de la flor se calienta por encima del ambiente, y ese calorcillo atrae a los insectos y acelera la maduración de las semillas.
Multiplicación sin semilla. Cuando el verano puede quedarse corto y la semilla no llega a madurar, la planta se asegura por otra vía: estolones, rizomas rastreros y, en algunos casos, bulbillos o incluso plántulas que se forman directamente en la inflorescencia en lugar de flores. Son las llamadas especies vivíparas.
Sauces de dos centímetros
La imagen del sauce como árbol de ribera no vale aquí. En la tundra hay sauces, y son de los vegetales más abundantes, pero son arbustos rastreros que levantan poquísimo del suelo y extienden sus ramas horizontalmente entre los musgos. El sauce enano (Salix herbacea) es de los más pequeños que existen: un par de hojas redondeadas y el amento asomando, y el resto del tronco escondido entre el musgo. También están Salix arctica y Salix reticulata, algo mayores pero igual de tumbados.
Crecer pegado al suelo tiene premio doble: la nieve los cubre en invierno y los aísla del aire gélido, y en verano aprovechan la capa de aire caliente que se forma sobre el suelo oscuro. Un sauce de un metro, en cambio, pasaría el invierno con las ramas fuera de la nieve, expuestas a un viento seco que las quemaría.
Las plantas que vas a encontrar
Gayuba (Arctostaphylos uva-ursi). Arbusto rastrero de hoja perenne pequeña y coriácea, con bayas rojas. Es circumboreal y también crece en las montañas españolas, así que es la planta de este artículo que te puede resultar familiar.
Gayuba. Hoja pequeña, dura y perenne, y porte completamente tumbado: el manual de la tundra en una sola planta.
Té del Labrador (Rhododendron groenlandicum). Ericácea de mata baja, hoja estrecha con los bordes enrollados hacia abajo y envés cubierto de pelos rojizos. Forma masas densas en terrenos turbosos. Se llama té por un uso tradicional de los pueblos del norte de Norteamérica, y ahí se queda el dato: es tradición, no una recomendación de consumo.
Té del Labrador. Las hojas estrechas y de borde enrollado reducen la pérdida de agua cuando el suelo está congelado.
Dríada (Dryas octopetala). Mata leñosa achaparrada con flores blancas de muchos pétalos y frutos con largos apéndices plumosos. Tan característica del clima frío que los geólogos bautizaron con su nombre un episodio glacial, el Dryas reciente.
Saxífragas. Varias forman cojines apretadísimos de hojas diminutas de los que salen flores blancas o amarillas desproporcionadas para su tamaño. Son el ejemplo de manual del porte almohadillado.
Saxífraga de cojín. Dentro de la almohadilla el aire se queda quieto y la temperatura sube varios grados.
Algodón de ciénaga (Eriophorum). No es una flor blanca: son las cerdas del fruto de una ciperácea, que se alargan y se vuelven algodonosas para que el viento disperse la semilla. Tapiza las zonas encharcadas.
Camarina y arándanos. Empetrum nigrum, Vaccinium uliginosum y Vaccinium vitis-idaea forman el estrato arbustivo bajo, con frutos que alimentan a buena parte de la fauna.
Gramíneas y cárices. El grueso de la cobertura herbácea. Son plantas con la yema de crecimiento protegida a ras de suelo, de modo que pueden ser pastadas o congeladas y rebrotar igual.
Hierba asomando en el deshielo. La yema de crecimiento va a ras de suelo, protegida del frío y del diente de los herbívoros.
Los líquenes no son plantas
El tapiz gris verdoso, quebradizo y ramificado que cubre enormes extensiones de tundra, el que come el reno, es un liquen: una simbiosis entre un hongo, que aporta la estructura y la protección, y un alga o una cianobacteria, que aportan la fotosíntesis. No tiene raíces, ni hojas, ni tallo, ni pertenece al reino vegetal. Su nombre común, musgo de reno o musgo de caribú, es un error heredado que aquí conviene deshacer, porque el género es Cladonia y son hongos liquenizados. Tienes el detalle en la ficha de los líquenes.
Los musgos sí son plantas, pero tampoco tienen flor ni vasos conductores: absorben agua por toda su superficie y por eso pueden secarse por completo y revivir al mojarse. En la tundra son el colchón sobre el que se apoya casi todo lo demás, y el aislante que protege el permafrost.
El llamado musgo de reno es en realidad un liquen del género Cladonia: hongo más alga, no una planta.
La tundra alpina que hay en España
Tundra ártica no tenemos, porque no hay permafrost continuo ni noche polar. Lo que sí hay, por encima del límite del bosque en Pirineos, Picos de Europa y Sierra Nevada, es un ambiente alpino que funciona con las mismas reglas: temporada corta, viento, suelo helado en invierno y nieve como manta protectora. Y produce los mismos tipos de planta.
Ahí encuentras cojines apretadísimos como la Silene acaulis, sauces rastreros, gayuba, arándanos y un mosaico de pastos de alta montaña donde las especies rara vez levantan un palmo. Sierra Nevada, además, guarda un número notable de plantas que no existen en ningún otro sitio del mundo, adaptadas a esas condiciones.
Por qué no valen para el jardín
Es la pregunta que llega detrás del artículo, y la respuesta honesta es que casi ninguna. Estas plantas no están adaptadas al frío: están adaptadas a un verano fresco y corto. Lo que las mata en un jardín español no es el invierno, es agosto. Necesitan noches frescas, humedad atmosférica alta, suelo ácido y pobre, drenaje perfecto y nada de calor persistente.
La excepción práctica es la gayuba, que sí es planta del país y funciona bien como tapizante en jardines de montaña y de clima atlántico, en suelo ácido y bien drenado. Los arándanos van en la misma línea, con la misma exigencia de acidez. Del resto, mejor verlas donde están.
En resumen
En la tundra vive una flora baja y densa que ha resuelto el mismo problema por varios caminos: el cojín para fabricar su propio microclima, el porte rastrero para quedar bajo la nieve, la hoja perenne y peluda para no perder agua, y la multiplicación vegetativa para no depender de un verano que puede fallar. Los sauces de allí son de centímetros, y las gramíneas guardan la yema a ras de suelo.
Y el detalle que casi todas las listas se saltan: el tapiz que sostiene a los renos no es un musgo ni una planta, es un liquen. Separar plantas con flor, musgos y líquenes es lo que hace que la tundra se entienda, en lugar de quedarse en una lista de nombres.