Esa mancha gris verdosa pegada a una lápida de granito puede llevar ahí desde antes de que naciera nadie que la haya visto. Los líquenes trabajan a una escala temporal distinta de la del resto del jardín: crecen tan despacio que su diámetro sirve para fechar el momento en que la roca quedó al descubierto. Y como además reaccionan al aire que respiran mucho antes que cualquier otro ser vivo del entorno, se han convertido en el instrumento de medida más barato que existe para saber cómo está la atmósfera de un sitio.
Ni planta, ni hongo, ni alga: las tres cosas a la vez
Un liquen no es un organismo, es un consorcio. El componente mayoritario, el que da la forma y el nombre científico al conjunto, es un hongo —casi siempre un ascomiceto— que construye una especie de esqueleto de hifas entrelazadas. Dentro de esa estructura aloja células fotosintéticas: un alga verde unicelular, con frecuencia del género Trebouxia, o bien una cianobacteria como Nostoc. En algunos líquenes conviven las dos cosas a la vez, la cianobacteria en unos abultamientos llamados cefalodios.
El reparto es el que cabe esperar. El fotobionte fabrica azúcares con luz, agua y CO₂; el hongo aporta el anclaje al sustrato, la retención de humedad, la protección frente a la radiación ultravioleta y una capacidad notable de captar minerales. Cuando el fotobionte es una cianobacteria, aporta además nitrógeno atmosférico fijado, y eso convierte a esos líquenes en una fuente de nitrógeno relevante en bosques poco fértiles.
La descripción clásica se quedó corta. Desde 2016 se sabe que en la corteza de numerosos líquenes hay también levaduras basidiomicetos, del grupo de las Cyphobasidium, presentes de forma constante y no como contaminación ocasional. Su hallazgo explicó por qué dos líquenes con el mismo hongo y la misma alga podían tener aspecto y química distintos. El asunto de qué es cada uno de estos organismos y por qué la botánica los estudió durante siglos como si fueran plantas está desarrollado en el artículo sobre las fronteras de lo que llamamos planta.
Costras, hojas y barbas: los tres portes
La clasificación práctica se hace por la forma del talo, y con tres categorías se cubre casi todo lo que se ve en el campo.
Crustáceos. Forman una costra íntimamente soldada al sustrato, sin envés diferenciado; no se pueden despegar sin arrancar un trozo de roca o de corteza. Son los círculos amarillos, naranjas o grises de los muros, las tejas y las lápidas. Rhizocarpon geographicum, verde amarillento con bordes negros y aspecto de mapa, es el ejemplo de manual y el que se usa para datar.
Foliáceos. Tienen aspecto de hojas o de escamas lobuladas, con cara superior y cara inferior distintas, y se unen al sustrato solo por algunos puntos, así que un extremo se puede levantar con la uña. Xanthoria parietina, naranja, sobre ramas y tapias de zonas nitrificadas, o los Parmelia grisáceos de los troncos.
Fruticulosos. Crecen erguidos o colgantes, ramificados, con aspecto de matita o de barba. Cladonia, con sus copitas y sus podecios rojos, en suelos ácidos y en el norte; Usnea y Evernia colgando de las ramas; Ramalina en encinas y alcornoques. Son los más exigentes con la calidad del aire, y ese detalle tiene consecuencias.
Un milímetro al año: la liquenometría
El crecimiento de un liquen crustáceo se mide en fracciones de milímetro por año. Rhizocarpon geographicum en alta montaña ronda entre 0,1 y 0,5 mm anuales de aumento del radio una vez pasada la fase juvenil, y en condiciones árticas baja todavía más. Un talo de veinte centímetros de diámetro sobre un bloque de granito puede representar varios siglos de vida continuada.
De ahí nace la liquenometría, una técnica de datación desarrollada a mediados del siglo XX. El procedimiento consiste en medir el diámetro de los talos mayores de una especie conocida sobre una superficie rocosa y compararlo con una curva de crecimiento calibrada en la misma región sobre superficies de edad conocida: lápidas fechadas, muros con inscripción, morrenas documentadas. Se usa sobre todo para fechar retrocesos de glaciares, desprendimientos, coladas de lava y movimientos de laderas de los últimos cinco siglos, un rango que queda incómodamente corto para el carbono 14.
Tiene límites conocidos: la curva es local y no se puede exportar de una montaña a otra, la fase inicial de colonización introduce un desfase de años o décadas, y por encima de cierto tamaño el crecimiento se ralentiza y la precisión se pierde. Pero para el aficionado el dato que importa es otro: lo que tarda en formarse un liquen maduro no se recupera. Un talo que se rasca desaparece para varias generaciones humanas.
Por qué se usan para medir la calidad del aire
Un liquen no tiene raíces ni cutícula impermeable ni estomas que pueda cerrar. Absorbe agua y nutrientes por toda la superficie del talo, directamente de la lluvia, la niebla y el rocío, y no dispone de ningún mecanismo para seleccionar lo que entra ni para excretar lo que sobra. Todo lo que va disuelto en esa agua se acumula dentro.
Esa fisiología los convierte en acumuladores pasivos del ambiente. Con el dióxido de azufre el mecanismo es directo: en el agua del talo se disuelve como bisulfito, acidifica el medio interno, degrada la clorofila del fotobionte y bloquea la fotosíntesis. Sin azúcares, el hongo no se mantiene y el liquen muere. Los fruticulosos, con mucha superficie expuesta y poca reserva, caen primero; los foliáceos aguantan más; los crustáceos, los últimos.
El resultado se comprobó en todas las ciudades industriales de Europa a lo largo del siglo XX y recibió nombre propio: desierto liquénico. En el centro urbano no quedaba nada, en la periferia solo especies resistentes como Lecanora conizaeoides, y las Usnea se retiraban a decenas de kilómetros. Con la desulfuración de los combustibles a partir de los años ochenta y noventa el proceso se invirtió, y hoy hay ciudades españolas donde han vuelto especies foliáceas que llevaban medio siglo ausentes. El seguimiento del amoniaco agrícola y de los óxidos de nitrógeno del tráfico se hace ahora con la misma lógica, midiendo qué especies aparecen: los líquenes nitrófilos, como el Xanthoria naranja, se disparan donde hay exceso de nitrógeno.
El liquen del tronco no es el problema del árbol
Aquí llega la parte que interesa a quien tiene un manzano, un olivo o un ciruelo con la corteza cubierta de manchas grises. El liquen no es un parásito. No penetra en la corteza viva, no perfora los tejidos conductores, no absorbe savia y no toma nada del árbol. Utiliza la corteza como soporte físico, exactamente igual que utilizaría una tapia o una teja. Su alimento lo fabrica el fotobionte con la luz, y su agua y sus minerales los toma de la atmósfera.
La relación de causa y efecto va justamente en sentido contrario al que sugiere la intuición. Un árbol con la copa clara —envejecido, mal podado, con la raíz comprometida, o simplemente en su época de reposo— deja pasar mucha más luz a las ramas y al tronco, y esa luz es exactamente lo que el liquen necesita para prosperar. La abundancia de líquenes es entonces un indicio de que el árbol tiene poca hoja, no la causa de que la tenga. Rascarlos no devuelve el vigor: deja el mismo árbol débil, con la corteza dañada y sin líquenes.
Se le añade un segundo factor: los líquenes se instalan mejor en cortezas rugosas y estables, que son las de los ejemplares viejos, y en zonas con humedad ambiental alta. Un frutal de un valle atlántico tendrá líquenes por definición y estará perfectamente sano.
Lo que conviene hacer, por tanto, es nada. Ni rascar con cepillo de púas, que arranca la peridermis y abre puertas de entrada a hongos de madera y a chancros, que esos sí son patógenos. Ni aplicar tratamientos cúpricos con la intención de eliminarlos: el caldo bordelés se aplica en los frutales por otros motivos —moteado, cribado, chancros— y en las dosis y momentos que corresponde a esos problemas, no como liquenicida. Ni encalar el tronco pensando en ellos.
Sí hay dos matices reales, y conviene decirlos con proporción. En una plantación frutal muy densa, una capa gruesa y continua de líquenes foliáceos sobre las ramas puede alojar en su interior formas invernantes de algunos insectos, y complica la inspección visual de la madera. Y en el olivar, el exceso de talos sobre ramillas muy sombreadas suele acompañar a copas cerradas. En los dos casos la solución es una poda de aclareo que devuelva luz y ventilación a la copa, y los líquenes retroceden solos por falta de humedad retenida. Es una intervención sobre el árbol, no sobre el liquen.
Qué te está contando el liquen de tu jardín
Merece la pena mirarlos como se mira un termómetro. Si en el jardín hay Usnea o Evernia colgando de las ramas, el aire de la zona es limpio y húmedo. Si solo hay costras grises muy planas y nada más, el ambiente está cargado. Si el naranja de Xanthoria lo cubre todo, hay un exceso de nitrógeno en el aire, típico de las cercanías de granjas, corrales y vías con tráfico intenso.
Y sobre roca, en un muro de piedra seca o en un rocalla, el liquen es sencillamente parte del paisaje que da a la piedra el aspecto envejecido que se persigue por otros medios. Limpiarlo con hidrolimpiadora devuelve la piedra a su aspecto de material recién comprado y borra décadas de colonización.
En resumen
Un liquen es una asociación estable entre un hongo, que aporta la estructura, y un alga verde o una cianobacteria, que aporta los azúcares; hoy se sabe que en muchos casos participan también levaduras basidiomicetos que la descripción clásica no había detectado.
Por su porte se agrupan en crustáceos, incrustados en el sustrato; foliáceos, lobulados y despegables por los bordes; y fruticulosos, erguidos o colgantes y los más sensibles a la contaminación.
Su crecimiento se cuenta en décimas de milímetro al año, lo que permite datar superficies rocosas por el diámetro de los talos —la liquenometría— y explica por qué un liquen destruido tarda generaciones en volver.
Al absorber agua y minerales por toda la superficie, sin filtro ni excreción, acumulan los contaminantes atmosféricos. El dióxido de azufre degrada la clorofila del fotobionte y provoca su desaparición, de ahí los desiertos liquénicos de las ciudades industriales y su recuperación tras la desulfuración de los combustibles.
Sobre la corteza de un árbol, el liquen no es un parásito ni la causa del deterioro: aprovecha la luz que entra por una copa clara y la humedad ambiental, de modo que abunda en ejemplares viejos o debilitados por otros motivos. No hay que rascarlo ni tratarlo; si la cantidad molesta, lo que se corrige es la falta de luz de la copa con una poda de aclareo.