Ninguna petunia de jardinera existe en la naturaleza. La planta que se compra en bandeja cada abril es un híbrido fabricado en Europa hace casi dos siglos a partir de dos especies sudamericanas que nunca se cruzan en el campo, y en el camino se convirtió, sin que nadie lo pretendiera, en el organismo con el que se descubrió uno de los mecanismos genéticos más importantes del siglo XX.
La pregunta de si una surfinia es una petunia tiene respuesta corta —lo es, y la diferencia está en la propiedad del nombre y en el modo de multiplicación— y está resuelta en el artículo sobre la petunia surfinia. Aquí interesa lo otro: de dónde salió el género y qué se ha aprendido de él.
Dos especies y una boda de vivero
El género Petunia reúne una veintena de especies repartidas por las praderas del sur de Brasil, Uruguay y el norte de Argentina. La de jardín procede del cruce de dos de ellas, y las dos no podían ser más distintas.
Petunia axillaris tiene la flor blanca, el tubo largo y estrecho, y perfuma al anochecer. Está construida para esfíngidos, esas polillas grandes que liban en vuelo estacionario en la penumbra: el blanco se ve de noche, el tubo largo obliga a introducir una espiritrompa larga y el aroma es la señal de llamada.
Petunia integrifolia, y su pariente Petunia inflata, tienen flor violeta, tubo corto y ancho, guías de néctar ultravioleta y ningún olor apreciable. Son flores de abeja, que ve el ultravioleta, se posa sobre la corola y no necesita perfume.
Del cruce de una y otra en los viveros ingleses de la década de 1830 salió la petunia de jardín, cuyo nombre botánico correcto es Petunia × atkinsiana, en homenaje al vivero que hizo el trabajo, aunque durante mucho tiempo se la llamó Petunia × hybrida. Casi toda la variación de forma y color que hoy se ve en un expositor —el rojo, el rosa, el borde blanco, la flor doble, la estrella— procede de recombinar y multiplicar aquel material de partida.
Hay una tercera especie que merece mención: Petunia exserta, roja, de estambres salientes, sin aroma y polinizada por colibríes. Vive en unos pocos afloramientos rocosos del estado brasileño de Rio Grande do Sul, está en peligro crítico y es el ejemplo de manual de cómo un cambio de polinizador reconfigura una flor entera: color, forma, aroma y posición de los estambres cambian a la vez.
La flor blanca que no debía serlo
En 1990 un equipo estadounidense quiso conseguir petunias de un morado más intenso. La idea era sencilla: introducir copias adicionales del gen de la chalcona sintasa, la enzima que abre la ruta de los flavonoides y sin la cual no hay antocianina, para que la planta fabricase más pigmento.
El resultado fue el contrario. Una parte notable de las plantas transformadas dio flores blancas, o con sectores blancos en estrella y en cuña, y el análisis mostró que en ellas no funcionaba ni el gen introducido ni el propio de la planta. Los dos habían quedado apagados a la vez. Al fenómeno se le llamó cosupresión, porque las copias extra silenciaban también al original.
Un grupo neerlandés publicó ese mismo año un hallazgo equivalente trabajando con otro gen de la misma ruta. Durante unos años aquello fue una anomalía molesta para la biotecnología vegetal. Después se entendió qué era: el silenciamiento génico postranscripcional, es decir, la degradación dirigida del ARN mensajero guiada por pequeños ARN de doble cadena. El mismo mecanismo que años más tarde se describiría en un nematodo con el nombre de interferencia por ARN, y que resultó ser un sistema de defensa antiviral y de regulación presente en casi todos los eucariotas.
Dicho llanamente: el fenómeno que hoy sostiene una rama entera de la biología molecular y varios fármacos se manifestó por primera vez como una jardinera de petunias que salieron blancas cuando debían salir moradas.
Por qué las de ahora casi no huelen
El aroma de P. axillaris es una mezcla de compuestos bencenoides y fenilpropanoides —benzoato de metilo, benzaldehído, alcohol feniletílico, isoeugenol— sintetizados a partir del aminoácido fenilalanina en los pétalos.
Lo interesante es el horario. La emisión no es constante: sigue un ritmo diario marcado por el reloj circadiano de la planta y se dispara al atardecer, coincidiendo con la hora de vuelo del polinizador. Detrás hay un regulador maestro, un factor de transcripción bautizado ODORANT1, que enciende de golpe los genes de toda la ruta. Cuando se reduce su actividad, la flor conserva su forma y su color y deja de oler.
La petunia de jardinera heredó parte de esa maquinaria y, con la selección centrada durante décadas en el color, el tamaño, el vigor y la resistencia a la lluvia, la fue perdiendo por el camino. De ahí una recomendación concreta para quien quiera balcón con olor: las variedades blancas y las violeta oscuro conservan mucho más aroma que las rojas, rosas o bicolores, y la hora de olerlas no es la del mediodía, sino la del anochecer de un día cálido y sin viento.
El episodio de las petunias naranjas
La ruta de los flavonoides de la petunia no llega a producir pelargonidina, el pigmento anaranjado, porque le falta una enzima capaz de trabajar sobre el precursor adecuado. En 1987, en un laboratorio alemán, se transfirió a la petunia un gen del maíz que sí sabe hacerlo y se obtuvieron flores de un naranja salmón que ninguna petunia había tenido.
Aquel ensayo, además, se hizo en campo abierto y dio otro resultado inesperado: el color no era estable, las plantas perdían el naranja y aparecían sectores pálidos, otro caso de silenciamiento del transgén.
El material nunca llegó a autorizarse para su comercialización. Sin embargo, en 2017 un investigador finlandés reconoció esas flores en un macetero de una calle de Helsinki y el análisis confirmó lo que sospechaba: en el comercio ornamental circulaban desde hacía años variedades naranjas que contenían ese gen. Al no estar autorizadas, la retirada fue inmediata en la Unión Europea, en Estados Unidos y en buena parte del mundo, y se destruyeron partidas enteras de plantas y esquejes. El caso se estudia hoy como ejemplo de fallo de trazabilidad en material vegetal clonado y repropagado durante décadas.
Conviene añadir un apunte que nada tiene que ver con la genética: la petunia es una solanácea ornamental, no una planta alimentaria, y las que se compran en vivero se cultivan con tratamientos fitosanitarios pensados para flor de adorno. Ni sus flores ni sus hojas son material para llevarse a la boca, y no tiene uso medicinal reconocido.
Lo que esto significa en la jardinera
El origen híbrido explica un comportamiento que desconcierta al aficionado. Una petunia de jardín es una planta fuertemente heterocigota: acumula versiones distintas de muchos genes, y de esa mezcla salen tanto su vigor como su inestabilidad. Por eso la semilla recogida en casa produce descendencia desigual y con tendencia a volver hacia el violeta y hacia la mata erguida de sus antepasados silvestres, y por eso las variedades de color complicado —los bordes blancos, los abanicos, las estrellas— se comportan de manera caprichosa cuando cambia la temperatura: varios de esos dibujos dependen de silenciamientos parciales sensibles al calor, de modo que la misma planta puede dar flores rayadas en junio y lisas en agosto.
No es un defecto del ejemplar ni un error de cultivo. Es la ruta de los flavonoides funcionando a distinta velocidad según el termómetro.
En resumen
La petunia de jardinera, Petunia × atkinsiana, nació hacia 1830 del cruce de una especie blanca y nocturna polinizada por polillas, Petunia axillaris, y una violeta de abejas, Petunia integrifolia. Ese origen híbrido y su alta heterocigosis explican tanto su vigor como que no se reproduzca fiel por semilla. En 1990, un intento de intensificar el morado añadiendo copias del gen de la chalcona sintasa dio flores blancas y descubrió la cosupresión, hoy conocida como silenciamiento por ARN de interferencia. Las variedades modernas han perdido casi todo el aroma que su antepasado blanco emite al anochecer bajo el control del factor ODORANT1, y las blancas y violeta oscuro son las que más lo conservan. Y el episodio de las petunias naranjas retiradas en 2017, portadoras de un gen de maíz introducido treinta años antes, sigue siendo el caso de referencia sobre trazabilidad en plantas ornamentales de multiplicación clonal.