El calendario de floración de un jardín no lo fija el termómetro: lo fija la duración de la noche. Una planta mide con notable precisión cuántas horas de oscuridad ininterrumpida lleva encadenando y decide en función de ese dato si su meristemo sigue produciendo hojas o pasa a producir flores. Entender ese reloj explica por qué unas especies florecen puntualmente cada octubre, por qué otras dan color desde abril hasta las heladas y por qué una farola puede dejar sin flor a una planta perfectamente sana.

Arriate en flor con distintas especies

Lo que la planta mide es la noche

La denominación tradicional habla de plantas de día corto y de día largo, pero es engañosa. Los experimentos clásicos de mediados del siglo pasado demostraron que lo determinante es la longitud del periodo oscuro continuo: una planta de día corto puesta bajo noches largas florece, y si esa misma noche se interrumpe unos minutos con un destello de luz en mitad de la madrugada, no florece. Alargar el día no la afecta tanto como partirle la noche.

El sensor es el fitocromo, un pigmento proteico que existe en dos formas interconvertibles. La luz roja lo pasa a su forma activa; el rojo lejano y la oscuridad prolongada lo devuelven lentamente a la inactiva. Esa reversión lenta durante la noche funciona como un temporizador, y el resultado se integra con el reloj circadiano de la planta. Cuando la combinación es la adecuada, la hoja —no la yema— sintetiza una proteína móvil, FT, el llamado florígeno, que viaja por el floema hasta el ápice y allí, junto con otros factores, reprograma el meristemo para que forme flores.

Dos consecuencias prácticas se derivan de ahí. La primera: quien percibe el fotoperiodo es la hoja madura, de modo que una planta muy defoliada responde mal. La segunda: basta con que unas pocas hojas reciban la señal para que la planta entera cambie de fase.

Día corto, día largo y día neutro

Plantas de día corto (noches largas). Florecen cuando la noche supera un umbral, así que su momento natural es el final del verano y el otoño. El crisantemo (Chrysanthemum × morifolium), la flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima), el kalanchoe (Kalanchoe blossfeldiana) y el cactus de Navidad (Schlumbergera) son los ejemplos domésticos. En jardín, las dalias intensifican la floración cuando las noches se alargan, y buena parte de los cosmos y de las salvias de floración tardía se comportan igual.

Plantas de día largo (noches cortas). Necesitan lo contrario y florecen de mayo a julio. Entran aquí muchas herbáceas de origen templado europeo y varias hortalizas cuyo «subido a flor» es precisamente esta respuesta: espinaca, lechuga, rúcula y remolacha se disparan a flor cuando los días se alargan, lo que arruina la cosecha y explica por qué se siembran para recolectar antes de junio.

Plantas de día neutro. No usan el fotoperiodo como señal: florecen cuando alcanzan un tamaño o un número de nudos determinado y siguen haciéndolo mientras haya temperatura y recursos. Son la base de cualquier arriate de color prolongado: Pelargonium, Petunia y Calibrachoa modernas, Lantana camara, Bidens ferulifolia, Salvia greggii, Oenothera lindheimeri, Erysimum 'Bowles's Mauve', begonia de flor pequeña. El tomate, en el huerto, responde a la misma lógica.

La distinción admite además grados. Hay especies de respuesta obligada, que sencillamente no florecen fuera de su fotoperiodo, y otras de respuesta facultativa, que florecen igualmente pero antes o con más flor bajo el fotoperiodo favorable. La mayoría de las plantas de jardín pertenecen al segundo grupo, y eso les da flexibilidad.

Un matiz importante: no todo lo que florece mucho es de día neutro

El rosal moderno reflorece por un motivo genético, no fotoperiódico: una mutación en un gen represor de la floración, presente en las rosas chinas incorporadas al linaje europeo en el siglo XIX, eliminó la restricción a una sola oleada de primavera. Lo mismo ocurre con muchos frutales y arbustos de floración repetida. Conviene no confundir los mecanismos: unos dependen de la luz, otros de la arquitectura de la planta y otros de una mutación concreta que se ha seleccionado en cultivo.

Otro caso interesante son las plantas en las que el fotoperiodo no controla la flor sino un órgano de reserva. La dalia forma tubérculos con días cortos, la patata también, y la cebolla bulbifica según la duración del día, motivo por el que existen variedades «de día corto» para el sur peninsular y de día largo para el norte: plantar la variedad equivocada da mata sin bulbo o bulbo prematuro y pequeño.

La latitud cambia las fechas

España abarca desde los 27–29º de latitud norte de Canarias hasta los 43º y pico de la cornisa cantábrica, y eso son mundos fotoperiódicos distintos. En Canarias el día más largo del año ronda las trece horas y media y el más corto las diez y media: la amplitud es pequeña. En Santander o en Bilbao el día pasa de poco más de nueve horas en diciembre a más de quince en junio.

Para una planta con fotoperiodo crítico de, digamos, doce horas, esa diferencia significa fechas de floración distintas y duraciones de estación distintas. Es la razón por la que un cultivar seleccionado en Holanda o en Alemania puede comportarse de otra manera en Sevilla, floreciendo antes, con menos porte o con menos flor de la esperada. Cuando una variedad de larga floración decepciona sin causa aparente, el desajuste de latitud es una hipótesis razonable antes que el abonado.

Cuando la luz artificial se mete en medio

Si la señal es una noche oscura y continua, cualquier fuente de luz nocturna la borra. Una farola, el foco de seguridad de un garaje, la luz de una terraza encendida hasta tarde o el reflejo de un escaparate bastan para retrasar o impedir la floración de las plantas de día corto situadas cerca. El síntoma es característico: una flor de Pascua o un crisantemo que crecen bien, con hojas grandes y verdes, y no forman botones, mientras otro ejemplar de la misma variedad a cinco metros, en la cara oscura de la casa, florece a su hora. Umbrales muy bajos de iluminación son suficientes para interferir.

La industria hortícola usa el mismo principio al revés. Con mallas de oscurecimiento se simulan noches largas en pleno verano y con iluminación cíclica nocturna se simulan noches cortas en invierno, de modo que el crisantemo o el kalanchoe se producen en flor cualquier mes del año. Esa es la explicación de por qué en la tienda todo parece estar siempre en flor y por qué la planta comprada en flor fuera de temporada rara vez repite el espectáculo el año siguiente en el balcón: allí se le acabaron las mallas.

La temperatura decide sobre la señal

El fotoperiodo dice cuándo empieza el proceso; la temperatura dice si sale adelante. En el interior peninsular y en el valle del Guadalquivir, la limitación real de una larga floración no es la luz sino el calor: por encima de unos 32–35 ºC muchas especies abortan botones, el polen pierde viabilidad y la flor abierta dura horas en lugar de días. Petunias, lobelias y pensamientos se paran en julio y agosto no porque el día no les convenga, sino porque no soportan la combinación de calor y evaporación.

Ahí está el criterio de selección para climas cálidos: especies de día neutro y a la vez termotolerantes —lantana, gaura, salvias arbustivas, Gaillardia, Portulaca, Verbena rastrera—, plantadas con sombra de tarde y con suelo capaz de amortiguar el golpe hídrico. En el norte húmedo el problema se invierte y la limitación es la falta de radiación acumulada en otoño.

Conviene añadir que algunas plantas necesitan además haber pasado frío para poder florecer, y que ese requisito de invierno es un mecanismo independiente del fotoperiodo, aunque suelen actuar en cadena: primero el frío habilita, después la longitud del día dispara.

Sacar partido al reloj

Tres decisiones concretas se derivan de todo lo anterior. Una: para color continuo, el grueso del arriate se construye con especies de día neutro, y las de día corto y de día largo se usan como refuerzos estacionales, no como columna vertebral. Dos: las plantas de día corto se colocan lejos de puntos de luz nocturna, y si hay que iluminar el jardín, mejor con luz cálida, dirigida al suelo y con temporizador. Tres: en zonas de verano duro, la continuidad se consigue combinando fotoperiodo neutro con tolerancia al calor, no eligiendo solo por la etiqueta de floración larga.

Para la otra mitad del asunto —qué especies concretas aguantan medio año en flor, cómo influye la retirada de la flor marchita y cómo encadenar floraciones sucesivas— está el artículo sobre plantas de larga floración.

En resumen

La estacionalidad de la floración se explica por el fotoperiodismo: la hoja mide la duración de la noche mediante el fitocromo y, cuando se cumple el umbral, envía al ápice la proteína FT que reprograma el meristemo. Las de día corto florecen con noches largas —crisantemo, flor de Pascua, kalanchoe—, las de día largo con noches cortas —espinaca, lechuga, remolacha, que en el huerto se suben a flor—, y las de día neutro florecen por tamaño, que es lo que las hace útiles para una temporada larga. La latitud desplaza las fechas entre Canarias y el Cantábrico, cualquier luz nocturna anula la señal de las de día corto y, en el clima español, la temperatura de julio suele limitar más que la propia luz.


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