Construir un tronco es carísimo. Un árbol de veinte metros ha invertido la mayor parte del carbono de toda su vida en fabricar madera que no fotosintetiza, no florece y no da fruto: sirve únicamente para sostener en alto unas hojas y para no caerse. Las enredaderas descubrieron que ese gasto se puede evitar si alguien lo ha hecho ya. Ese es el fondo del asunto, y explica desde su velocidad de crecimiento hasta por qué hay tan pocas en un bosque de Soria y tantas en uno de Panamá.
Enredadera, trepadora, liana
Antes de seguir, un apunte de vocabulario. En castellano trepadora es el término general para toda planta que asciende apoyándose en un soporte externo, y enredadera se usa como sinónimo corriente, aunque en sentido estricto apunte a las que se enredan o enroscan. Liana es el término botánico para las trepadoras leñosas, las que forman tallo perenne y viven décadas; en América tropical se les dice bejucos. Las herbáceas que empiezan y terminan en una temporada quedan fuera de esa categoría.
No es un grupo taxonómico, y ahí está lo interesante. La condición de trepadora es una forma de vida, un modo de resolver un problema, y aparece en familias sin ningún parentesco cercano: aráceas, vitáceas, bignoniáceas, apocináceas, leguminosas, cucurbitáceas, araliáceas, ranunculáceas, convolvuláceas, pasifloráceas y muchas más. Se estima que el hábito trepador ha surgido de forma independiente más de cien veces a lo largo de la evolución de las plantas con flor, y está presente en más de un centenar de familias. Cuando un mismo diseño aparece tantas veces por caminos separados, suele ser porque resuelve algo importante. Los tipos concretos según su forma de agarrarse están tratados en el artículo sobre enredaderas y con más detalle en el de tipos de plantas trepadoras.
El negocio: externalizar el soporte
En un árbol maduro, el tronco y las ramas gruesas concentran la mayor parte de la biomasa, mientras que las hojas —lo único que produce— son una fracción pequeña del total. Esa proporción es inevitable: la madera de sostén tiene que crecer en grosor a medida que el árbol gana altura, porque la resistencia a la flexión depende del diámetro, y cada anillo nuevo hay que pagarlo.
Una liana invierte al revés. Su tallo es delgado, flexible y ligero, y no está calculado para sostener nada: el peso lo aguanta el árbol. Con el carbono ahorrado fabrica hojas. El resultado es una relación entre superficie foliar y masa de tallo desproporcionadamente alta comparada con la de cualquier árbol: un tallo de cinco centímetros de diámetro puede alimentar una copa comparable a la de un árbol con tronco seis veces más grueso.
De ahí sale la velocidad, que es la ventaja competitiva decisiva. Sin la obligación de engrosar antes de alargar, una trepadora puede dedicar casi todo su crecimiento a extensión longitudinal. Varias lianas tropicales alargan sus guías varios metros al año, y algunas superan los diez en condiciones favorables; en el jardín, una glicinia joven o una buganvilla bien alimentada hacen lo propio. Ninguna especie leñosa autoportante compite con eso, sencillamente porque un tallo de esa longitud y ese grosor no se sostendría de pie.
La estrategia funciona además en el momento adecuado. Cuando en el bosque cae un árbol y se abre un claro, la carrera por la luz la ganan las lianas, que suben por los restos y por los pioneros y cubren el hueco en un par de temporadas. Ese oportunismo es su nicho.
La factura: depender de otro
El ahorro tiene contrapartidas, y todas se derivan de lo mismo: la planta no controla su propia estructura.
Hay que encontrar el soporte. Una plántula de liana en el suelo del bosque tiene un problema previo a cualquier otro, y las soluciones son elaboradas: algunas crecen hacia la oscuridad porque una silueta ancha señala un tronco, comportamiento descrito en Monstera y comentado en el artículo sobre trepadoras de sombra. Si no lo encuentra antes de agotar las reservas de la semilla, muere.
El soporte puede caerse. Un árbol que se descuaja se lleva por delante todas las lianas que sostenía. Es un riesgo estructural que un árbol no corre. La respuesta evolutiva es la capacidad de rebrotar desde tallos derribados y de volver a subir por otro sitio, que muchas lianas tienen muy desarrollada.
El tallo tiene que doblarse sin romperse. Un tronco de árbol se diseña rígido; un tallo de liana, todo lo contrario, porque va a ser retorcido, arqueado y aplastado durante décadas mientras el hospedador se mueve con el viento y engorda. De ahí la anatomía peculiar de las lianas, con crecimiento secundario anómalo: cámbiums múltiples o desplazados, cuñas de floema intercaladas en la madera, secciones lobuladas, acintadas o divididas en cordones. Un corte transversal de una liana tropical no se parece a los anillos concéntricos de un pino; parece un cable trenzado. Esa arquitectura permite que el tallo se retuerza y hasta se parta parcialmente sin perder la conducción.
Vasos anchos: la ventaja que también es la debilidad
Aquí está el rasgo anatómico que más consecuencias tiene, incluso para un jardinero español.
Una liana debe llevar a una copa grande, situada a veinte o treinta metros, toda el agua que esa copa transpira, y debe hacerlo por un tallo estrecho. Su solución son vasos de xilema muy anchos: mientras que en la madera de un árbol templado los vasos rondan las veinte a ochenta micras de diámetro, en muchas lianas tropicales llegan a las trescientas o quinientas. La razón por la que eso funciona tan bien es puramente física. El caudal que pasa por un conducto no crece en proporción a su radio, sino aproximadamente a la cuarta potencia del radio: duplicar el diámetro de un vaso multiplica por dieciséis lo que transporta. Con unos pocos vasos anchos, un tallo del grosor de una muñeca abastece una copa entera.
La contrapartida es la vulnerabilidad. La columna de agua del xilema viaja bajo tensión, y esa tensión puede romperse formando una burbuja que inutiliza el conducto; es la cavitación, y el vaso embolizado deja de transportar. Cuanto más ancho es el vaso, más fácil resulta que ocurra y más se pierde de golpe cuando ocurre, porque cada conducto aporta muchísimo.
Dos situaciones la provocan. La primera es la sequía: al secarse el suelo aumenta la tensión y los vasos anchos fallan antes. La segunda, más determinante para el reparto geográfico de las lianas, es la helada. Al congelarse la savia, los gases disueltos salen de la solución y forman burbujas dentro del conducto; al descongelarse, si el vaso es estrecho las burbujas pequeñas se redisuelven y no pasa nada, pero si es ancho las burbujas son grandes, coalescen y el vaso queda embolizado de forma permanente. El umbral crítico se sitúa alrededor de las treinta o cuarenta micras de diámetro.
Esa es la razón de fondo de un patrón que se observa en todo el planeta: la abundancia y la diversidad de lianas disminuye con la latitud y se desploma allí donde hay ciclos de hielo y deshielo. En un bosque tropical las lianas son una parte central de la comunidad; en un hayedo del Pirineo hay hiedra, madreselva, clemátide y poco más. Las trepadoras leñosas de clima templado han tenido que renunciar a los vasos anchísimos, y con ellos a parte de la velocidad. También explica por qué en un jardín de la meseta una buganvilla o una Passiflora tropical se secan hasta la base tras una helada fuerte aunque la raíz siga viva: lo que ha fallado es el sistema conductor del tallo. Las razones de la muerte invernal de las trepadoras están desarrolladas en el artículo sobre trepadoras para climas fríos.
Qué hacen las lianas en el bosque tropical
En las selvas húmedas del mundo, las trepadoras leñosas suponen del orden de una cuarta parte de los tallos leñosos y de las especies leñosas, y su aportación a la hoja del dosel y a la hojarasca es proporcionalmente mayor todavía, porque su reparto de biomasa está sesgado hacia la hoja. No son un adorno del bosque: lo estructuran.
Su papel tiene dos caras. Para la fauna, las lianas son autopistas aéreas: enlazan copas que de otro modo estarían aisladas y permiten a monos, ardillas, hormigas y multitud de invertebrados moverse por el dosel sin bajar al suelo, donde están los depredadores. Además, muchas florecen y fructifican en épocas en las que los árboles no lo hacen, de modo que cubren huecos del calendario alimentario. Suprimir las lianas de una parcela reduce la fauna arborícola de manera medible.
Para los árboles, en cambio, son un competidor caro. Una copa cargada de lianas recibe menos luz, soporta más peso y más resistencia al viento, y compite además por agua y nutrientes en el suelo. Los árboles muy infestados crecen menos, fructifican menos y mueren antes, y bajo un dosel dominado por lianas la regeneración de plántulas de árbol se ve frenada. Como las lianas almacenan mucha menos madera que los árboles a los que desplazan, un bosque que gana lianas pierde capacidad de fijar carbono. Se ha documentado un aumento de la abundancia de lianas en bosques neotropicales durante las últimas décadas, asociado a la fragmentación, a la perturbación y probablemente a cambios atmosféricos y de régimen de sequías, y sus consecuencias sobre el balance de carbono son objeto de investigación activa.
Visto en conjunto, la liana es un buen recordatorio de que en biología no existe un diseño óptimo, sino compromisos. Renunciar al tronco propio compra velocidad y hojas baratas, y vende autonomía y resistencia al frío. Cada trepadora del jardín lleva ese trato firmado, y buena parte de lo que hay que saber para cultivarla se deduce de él.
En resumen
Las enredaderas existen porque el tejido de sostén es la partida más cara del presupuesto de una planta leñosa, y trepar permite no pagarla: el soporte lo pone otro. Con ese ahorro fabrican hoja, alcanzan relaciones de superficie foliar por unidad de tallo que ningún árbol iguala y crecen en longitud a velocidades imposibles para una planta autoportante. El precio es la dependencia —hay que encontrar el soporte, y si cae, cae la liana— y una anatomía particular, con crecimiento secundario anómalo que permite al tallo retorcerse sin romperse y con vasos de xilema muy anchos, capaces de abastecer una copa entera porque el caudal crece con la cuarta potencia del radio. Esos mismos vasos son su punto débil: cavitan con facilidad ante la sequía y sobre todo ante los ciclos de hielo y deshielo, y por eso las lianas dominan en el trópico y escasean en clima frío. El hábito trepador ha aparecido de forma independiente más de cien veces en más de un centenar de familias, lo que indica lo rentable que resulta. En el bosque tropical suponen alrededor de la cuarta parte de los tallos leñosos, sirven de vía de paso y de alimento a la fauna del dosel, y a la vez frenan el crecimiento de los árboles que las sostienen y reducen el carbono almacenado del bosque.