El frío por sí solo mata pocas trepadoras en España. Lo que las mata es alguna de tres cosas que suelen acompañarlo y que se confunden con él: el viento helado que deseca la hoja perenne mientras la raíz está congelada y no puede reponer el agua, el hielo que atrapa la base cuando esa base está en una maceta o en un alcorque de treinta centímetros, y la helada tardía que cae de madrugada sobre un brote que ya había salido. Diagnosticar cuál de las tres se llevó la planta del año pasado es más útil que buscar una lista de mínimas.

El viento seco de enero, que no parece el culpable

Es el daño más mal atribuido. Una trepadora de hoja perenne pegada a un muro sigue transpirando en invierno: la estoma se abre con la luz y el aire frío y seco de una mañana despejada arrastra ese vapor con una avidez enorme, porque su humedad relativa efectiva, una vez calentado por el sol contra el paramento, es bajísima. Mientras tanto, si el suelo está helado a cinco centímetros, la raíz no puede absorber nada. La hoja pierde agua que nadie repone y se produce la desecación invernal: bordes pardos, hoja acartonada, aspecto de quemadura, y todo ello con temperaturas que la planta en teoría tolera.

Se reconoce porque el daño no es uniforme: aparece en la cara expuesta al viento dominante —en la meseta, componente norte y noroeste— y en la parte alta de la planta, mientras el interior de la mata, protegido, sigue verde. Es lo que estropea todos los inviernos el Trachelospermum jasminoides de Burgos o de Soria, que aguanta bien −8 ºC en calma y se quema a −4 ºC con viento sostenido.

La solución es física y no química: cortavientos. Una malla de sombreo del 50 % a un metro por delante de la planta, un seto de Cupressus o Photinia en la dirección del viento dominante, o directamente plantar en la cara del edificio resguardada. Regar a fondo en noviembre, antes de que se hiele el suelo, también ayuda: una planta que entra en el invierno con el perfil de suelo cargado de agua resiste bastante más, y el suelo húmedo se enfría más despacio que el seco.

La base helada: por qué la maceta cambia la ecuación

Una planta en el suelo tiene la raíz protegida por una masa térmica enorme. Cuando el aire está a −8 ºC, el suelo a veinte centímetros de profundidad puede estar a 2 o 3 ºC, y la raíz no llega a congelarse. En una maceta, en cambio, el cepellón está rodeado de aire por todos lados y se equilibra con la temperatura ambiente en unas horas: a −8 ºC en el aire, el cepellón está a −8 ºC. Y la raíz de casi cualquier trepadora es entre 5 y 10 grados menos rústica que su parte aérea. Una glicinia que aguanta −20 ºC en tierra puede perder toda la raíz a −10 ºC en un contenedor.

Glicinia en flor sobre una pérgola

El mismo razonamiento vale para el alcorque estrecho de una acera o un patio pavimentado: poco volumen de tierra, rodeado de solado que conduce el frío, y a menudo con el drenaje comprometido, de modo que a la congelación se le suma un cepellón saturado. El agua que se congela dentro del sustrato rompe físicamente las raicillas finas, y el daño solo se manifiesta en abril, cuando la planta brota, agota lo que tenía almacenado en la madera y se seca de golpe con la primera tarde de calor. Ese marchitamiento repentino de primavera casi siempre viene de una raíz que murió en enero.

Las medidas para la base, en orden de eficacia: acolchado grueso, de diez a quince centímetros de corteza, paja o restos de poda triturados sobre la zona radicular, retirándolo en marzo para que el suelo se caliente; montículo de tierra de veinte centímetros contra el pie, técnica de toda la vida en rosales y perfectamente aplicable aquí; en maceta, envolver el contenedor —no la planta— con plástico de burbujas o vellón, arrimarlo a una pared del edificio, que emite calor toda la noche, y agrupar las macetas para que se protejan entre sí; y elevar la maceta sobre tacos, que evita que el agua se estanque y que el frío suba por contacto desde el suelo. Si la planta está injertada, como muchas glicinias y clemátides, el punto de injerto debe quedar bajo tierra o bajo el montículo: es la parte más vulnerable.

La helada tardía sobre el brote nuevo

Una trepadora dormida en pleno invierno tiene los tejidos deshidratados y cargados de azúcares, y aguanta temperaturas muy inferiores a las que aguantará en marzo. En cuanto brota, ese brote tierno, con las células turgentes, se congela a −2 ºC y muchas veces a −1 ºC. En buena parte del interior peninsular —Soria, Teruel, Ávila, Palencia, los páramos leoneses, el Pirineo— las heladas se prolongan hasta mediados de mayo, y ahí está el verdadero problema.

Las víctimas típicas son las que brotan pronto y florecen sobre madera vieja: la glicinia, que puede perder toda la floración de un año si le hiela sobre los racimos ya formados; la Clematis montana, cuyos botones de mayo vienen de yemas hechas el verano anterior; la hortensia trepadora; y Actinidia, muy sensible en brote. Sobrevivir sobreviven casi todas —rebrotan de yemas dormidas—, pero el año floral se pierde.

Lo que sí se puede hacer: no plantar en la hondonada, porque el aire frío es más denso y se acumula en los puntos bajos, de modo que un muro a media ladera puede estar dos grados por encima del fondo del valle; no abonar con nitrógeno a finales de verano, que retrasa el agostamiento de la madera y la deja tierna en octubre; retrasar la poda a después de la última helada probable en las especies que la admiten; y tener a mano un vellón agrícola de 17 gramos para tirarlo por encima las dos o tres noches críticas que anuncie la previsión, que da entre 2 y 4 grados de margen y suele ser suficiente.

Las que aguantan de verdad, con su cifra

Estas resisten sin protección en zonas USDA 5 a 7, que cubren prácticamente todo el interior frío español:

Parthenocissus quinquefolia y Parthenocissus tricuspidata, hasta −25 y −30 ºC, caducas, autoadherentes y con un color otoñal escarlata que es mejor cuanto más frío el otoño. Hedera helix, perenne, hasta −20 ºC, con la reserva del viento desecante que ya se ha comentado; las hiedras de hoja grande (Hedera colchica) sufren más ese daño que la de especie.

Hoja otoñal de Parthenocissus tricuspidata

Hydrangea anomala subsp. petiolaris, hasta −25 ºC, ideal para el norte frío y húmedo. Wisteria sinensis y W. floribunda, madera rústica a −20 ºC, con la salvedad de la flor. Lonicera periclymenum, madreselva europea, −25 ºC. Clematis alpina y C. macropetala, hasta −30 ºC y con la ventaja de florecer en abril sobre madera vieja en campanillas colgantes, que es lo mejor que puede plantarse en un jardín de montaña. Clematis del grupo viticella, que florecen en madera del año y por tanto se libran de la helada tardía: se podan a treinta centímetros en febrero y da igual lo que pase después.

Aristolochia macrophylla, hoja enorme acorazonada, −30 ºC. Celastrus orbiculatus, −30 ºC, con frutos anaranjados en invierno, aunque es planta invasora en varios países y conviene pensárselo. Actinidia kolomikta, −35 ºC en madera, hoja jaspeada de rosa y blanco. Vitis coignetiae, parra de hoja gigante y color otoñal excepcional, −25 ºC. Humulus lupulus, el lúpulo, que resuelve el problema por otra vía: es herbácea, muere entera cada otoño y rebrota de una raíz que aguanta −30 ºC, cubriendo cinco metros en una temporada. Campsis radicans, −20 ºC, brota muy tarde —a veces en mayo— y eso mismo la protege de las heladas tardías.

Y las que no son plantas de clima frío por mucho que se vean en garden centers de toda España: buganvilla (daño a 0 ºC), Jasminum polyanthum (−3 ºC), Solanum jasminoides (−5 ºC), Podranea y Tecoma capensis (−3 ºC), Passiflora caerulea (−8 ºC, rebrota de raíz si el pie está acolchado) y Trachelospermum jasminoides, que sobrevive a −8 ºC pero pasa el invierno feo y tarda hasta junio en recomponerse. En zona fría son plantas de maceta con invernada resguardada, no de muro.

En resumen

Antes de mirar la tabla de zonas conviene entender cómo se muere una trepadora en invierno. El viento helado deseca la hoja perenne mientras la raíz congelada no repone agua, y se corrige con cortavientos y con un buen riego de otoño. El cepellón en maceta o en alcorque pequeño se congela entero porque no tiene masa térmica que lo ampare, y se protege envolviendo el contenedor, acolchando grueso y arrimando a la pared del edificio. La helada tardía no mata la planta pero se lleva la floración de las que abren sobre madera vieja, y se esquiva plantando fuera de las hondonadas y eligiendo especies de floración sobre madera nueva. Con eso resuelto, hay material de sobra —Parthenocissus, hiedra, hortensia trepadora, Clematis alpina y viticella, Aristolochia, Vitis coignetiae, lúpulo— para vestir un muro en Soria o en el Pirineo.


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