Los animales vegetales de los parques temáticos, los conos y las bolas verdes de los hoteles, esas figuras de topiario que crecen sobre un esqueleto de varilla metálica: detrás de casi todas hay la misma planta. Se llama Muehlenbeckia complexa, y su nombre común en inglés -wire vine, liana de alambre- describe exactamente lo que es y por qué sirve para eso.
Una maraña que funciona como tela
Lo primero que llama la atención al tocarla es la relación entre tallo y hoja. Los tallos son finísimos, de uno o dos milímetros de grosor, cilíndricos, flexibles, y de un color pardo rojizo muy oscuro que casi tira a negro. Sobre ellos van, alternas y separadas, hojas diminutas de cinco a quince milímetros, redondeadas u obovadas, de un verde brillante y consistencia algo carnosa, sostenidas por peciolos cortos.
Los tallos se ramifican sin parar, se entrelazan unos con otros y se enrollan alrededor de lo que encuentren. El resultado es una masa tridimensional densísima en la que el elemento visual dominante no es la hoja, sino la retícula oscura de ramillas, salpicada de puntos verdes. A un par de metros de distancia el conjunto se lee como una superficie continua, homogénea y sin dirección, más parecida a un tejido que a una planta. Es la Polygonaceae de la familia del ruibarbo y la acedera, aunque nadie lo diría.
Esa textura es su ventaja funcional. Una hiedra o una parra virgen cubren con hojas grandes, superpuestas como escamas, y sobre una forma curva se ven las hojas antes que la forma. La muehlenbeckia tiene la hoja tan pequeña y el tallo tan fino que copia el contorno del soporte sin distorsionarlo: sobre un armazón de alambre, el ojo percibe el volumen que hay debajo, no el follaje que hay encima. Por eso es el material estándar del topiario vegetal moderno, junto con el musgo de relleno, y por eso funciona igual de bien sobre columnas, arcos, esferas, letras corpóreas y esculturas.
Es semiperenne: conserva la hoja todo el año en clima suave y se deshoja parcialmente donde hiela, quedando entonces en puro entramado leñoso, que sigue teniendo interés gráfico. Trepa enrollándose, sin ventosas ni raíces adherentes, así que en vertical necesita algo a lo que agarrarse: alambre, malla, celosía o el propio armazón de la figura. Sube unos tres o cuatro metros, con empuje moderado, y sobre un plano horizontal se extiende y tapiza.
Tres trabajos distintos en el jardín
Como tapizante. Extendida sobre el suelo forma una alfombra de veinte a cuarenta centímetros de alto que cubre bien y ahoga la mala hierba una vez cerrada. Va especialmente bien en taludes y desmontes, donde la raíz y los tallos que arraigan sujetan el terreno, y en rocallas, donde cae entre las piedras. Cubre unos dos o tres metros cuadrados por planta con el tiempo.
Como trepadora ligera. Sobre una valla metálica, una barandilla o una celosía da una pantalla fina y elegante, sin el volumen ni el peso de las trepadoras grandes. Es una opción sensata para balcones y terrazas, donde el peso y el mantenimiento cuentan, y en maceta se comporta muy bien cayendo por el borde en cortinas de ramillas. El artículo de trepadoras de balcón trata ese contexto con más detalle.
Sobre formas. Es su especialidad. Se coloca un armazón de varilla de acero con la figura deseada, se plantan dos o tres ejemplares en la base o en la propia estructura rellena de sustrato, y se van guiando y sujetando los tallos hasta que cubren. A partir de ahí, el mantenimiento es puro recorte. Funciona igual con columnas, arcos de paso, setos bajos sobre estructura y separadores verdes de terraza.
Sal y viento: planta de costa
Su origen explica lo que aguanta. Muehlenbeckia complexa es endémica de Nueva Zelanda, donde se llama pohuehue y crece de forma natural en dunas litorales, acantilados y matorral costero, expuesta a viento constante y a la sal que trae el aire del mar.
De ahí le vienen dos tolerancias muy útiles en jardinería española. La primera es la resistencia a la salinidad, tanto del aerosol marino como del suelo: soporta el rociado salino sin quemarse la hoja, cosa que muy pocas plantas ornamentales hacen. La segunda es la resistencia al viento, que en su caso es más estructural que fisiológica: los tallos son tan flexibles y la masa tan porosa que el aire la atraviesa en vez de empujarla, así que no se desgarra ni se desancla, y no hace efecto vela sobre la estructura que cubre.
Esa combinación la convierte en planta de primera línea de costa, uno de los ambientes más difíciles del jardín. En paseos marítimos, jardines de urbanizaciones costeras, terrazas frente al mar y dunas ajardinadas del Cantábrico, del Mediterráneo o de las islas hace un papel que a otras se les da mal. Tolera además suelos pobres, arenosos y con poca materia orgánica, y una vez establecida aguanta bastante bien la sequía estival, aunque no es una planta de secano estricto: en verano seco del interior agradece riegos.
Su rusticidad es media, y ahí está el límite. Resiste sin daño hasta unos -5 °C, y entre -7 y -10 °C pierde la hoja y se le queman las puntas, aunque rebrota desde la base en primavera si el hielo no ha sido prolongado. Por debajo de eso se pierde. En España va bien en todo el litoral, en Canarias, en Baleares y en zonas de invierno suave; en la meseta y en zonas de heladas fuertes hay que darla por anual o cultivarla en maceta y resguardarla.
De exposición admite desde pleno sol hasta media sombra. Al sol queda más compacta y de hoja menor; a la sombra se alarga y se afina. Cualquier suelo que drene le sirve, ácido o calizo, y el encharcamiento es lo único que no perdona.
El recorte, que es todo su mantenimiento
Responde al tijeretazo mejor que la mayoría de las trepadoras, y esa es la razón técnica de que sirva para topiario. Al cortar un tallo brota con fuerza desde varias yemas por debajo del corte, con lo que cada recorte multiplica la ramificación y la mata se cierra más. No hay riesgo de dejar un hueco pelado como ocurre con otras plantas de setos.
El calendario práctico: un recorte de formación a finales de invierno o principios de primavera, más severo, para quitar lo seco y devolver la silueta; y dos o tres repasos ligeros durante la temporada de crecimiento, de mayo a septiembre, con tijera de setos o cortasetos, para mantener el perfil. Sobre una figura, cuanto más a menudo se recorte, más fino queda el acabado. Cada tres o cuatro años conviene un rejuvenecimiento más franco, aclarando la masa interior, porque el entramado viejo se apelmaza, acumula hojarasca seca dentro y pierde ventilación.
No necesita abonado en suelo, y en maceta basta con un fertilizante equilibrado de liberación lenta en primavera. Se multiplica con facilidad extrema por esqueje semileñoso en verano y por división de las porciones ya enraizadas, que es lo más rápido. Apenas tiene plagas: alguna cochinilla en ejemplares muy cerrados y sin aire, poco más.
Florece de forma casi inadvertida entre finales de primavera y verano: florecillas de tres o cuatro milímetros, verdosas o blanquecinas, muy numerosas y con un olor dulzón perceptible en masa, que atraen abejas, sírfidos y avispas pequeñas. Después vienen unos frutos curiosos, en los que el perianto engorda y se vuelve blanco, traslúcido y carnoso, envolviendo un aquenio negro brillante. Las aves se los comen.
El aviso: capacidad invasora
Conviene tenerlo presente antes de plantarla suelta en el jardín, porque el mismo vigor que la hace útil sobre una figura la hace problemática en libertad.
El mecanismo principal es el acodo natural: cualquier tallo que quede apoyado en suelo húmedo emite raíces en los nudos y, si después se corta o se rompe la conexión con la planta madre, queda convertido en un individuo independiente. Una mata extendida no crece hacia fuera como un círculo, sino que va fundando colonias hijas por el camino, y cada fragmento de tallo que quede tras un recorte puede enraizar si cae sobre tierra mojada. A eso se suman los frutos carnosos, que las aves dispersan a distancia.
El resultado es que la planta se ha naturalizado y está catalogada como invasora en California, y también se comporta como tal en zonas costeras del Reino Unido y de Irlanda -las islas Sorlingas, Cornualles, el oeste irlandés-, donde forma mantos continuos sobre la vegetación de acantilado y ahoga la flora dunar y rupícola nativa. En España no figura por ahora en el catálogo nacional de especies exóticas invasoras, pero el ambiente litoral atlántico y macaronésico es exactamente su hábitat, así que la prudencia está justificada.
Las medidas razonables son sencillas: cultivarla en maceta o en jardinera con fondo siempre que sea posible, sobre todo cerca de espacio natural costero; si va en suelo, limitarla con una barrera enterrada y revisar el perímetro un par de veces al año arrancando los tallos que hayan arraigado fuera; recoger los restos de poda y no dejarlos tirados sobre tierra ni echarlos al monte, sino llevarlos a compostaje cerrado o a punto limpio; y no plantarla al borde de dunas, acantilados o áreas protegidas.
Hay una especie hermana más contenida, Muehlenbeckia axillaris, de porte netamente rastrero -no pasa de quince centímetros-, hoja aún más pequeña y algo más rústica al frío, útil como tapizante entre losas o en rocalla cuando no se quiere volumen. Y Muehlenbeckia astonii, arbustiva y de silueta muy gráfica en zigzag, se ve ocasionalmente en jardinería de autor.
En resumen
Muehlenbeckia complexa forma una masa densísima de tallos finos y oscuros con hojas redondas diminutas, una textura que copia el contorno de lo que cubre y que la ha convertido en el material estándar de las esculturas vegetales sobre armazón, además de tapizante de taludes y trepadora ligera de tres o cuatro metros. Su origen en dunas y acantilados neozelandeses le da tolerancia notable a la sal y al viento, lo que la sitúa entre las mejores plantas de primera línea de costa. Su rusticidad es media, en torno a -5 °C sin daño, así que en la meseta hay que resguardarla. El recorte, que admite muy bien y que la densifica, es prácticamente todo su mantenimiento. Y su facilidad para acodar cualquier tallo que toque el suelo, sumada a la dispersión del fruto por aves, la ha hecho invasora en California y en la costa británica e irlandesa: en jardín cerca del litoral conviene contenerla y recoger los restos de poda.