Un tallo cargado de botones amanece con toda la hoja colgando, como si llevara una semana sin agua, y por la tarde está seco. Riegas y no reacciona. Eso es el marchitamiento de la clemátide, el problema que ha dado mala fama al género entero, y lo primero que conviene saber es que la planta rara vez muere de él si se plantó como hay que plantarla. Este artículo repasa ese asunto y los otros cuatro achaques que de verdad afectan a la Clematis armandii y a sus parientes en jardín español.

Hojas sanas y lustrosas de Clematis armandii

El marchitamiento: qué es y cómo se reconoce

El agente es un hongo, Calophoma clematidina, que la literatura antigua nombra como Phoma clematidina o Ascochyta clematidina. No es un patógeno vascular que colonice la planta entera: ataca de forma localizada un punto del tallo o del pecíolo, forma allí una lesión que estrangula la conducción, y todo lo que queda por encima de ese punto se colapsa por falta de agua.

La secuencia típica es esta. Entre abril y junio, con la planta en pleno empuje y a menudo con los botones a punto de abrir, un tallo entero pierde turgencia en veinticuatro o cuarenta y ocho horas. La hoja queda colgando, todavía verde al principio, y en dos o tres días pasa a marrón oscuro sin llegar a caer. Si se sigue el tallo hacia abajo se encuentra el punto exacto del daño: una lesión oscura, hundida y algo alargada, casi siempre en un nudo, en la axila de una hoja o en los primeros treinta centímetros sobre el suelo. Por encima está muerto; por debajo, el tallo sigue verde y firme.

Tres cosas lo distinguen de otras causas. Frente a la sequía, que afecta a toda la planta por igual y remite con riego, el marchitamiento tumba un tallo o unos pocos y no responde al agua. Frente al daño mecánico, no hay rotura visible pero sí lesión oscura. Y frente a una podredumbre de raíz por encharcamiento, la raíz y la base están sanas y el suelo no está saturado.

La plantación profunda, que es la respuesta

Con casi cualquier arbusto la norma es plantar al mismo nivel al que venía en el contenedor, ni un dedo más hondo, porque enterrar el cuello favorece podredumbres. Con las clemátides se hace justo lo contrario, y a propósito: el cuello va de cinco a diez centímetros por debajo del nivel del suelo, de forma que el primer par o los dos primeros pares de yemas queden enterrados.

El motivo es exactamente este hongo. La lesión se produce casi siempre por encima del suelo; si hay yemas latentes bajo tierra, la planta rebrota desde debajo del punto de infección y reconstruye la parte aérea en una o dos temporadas. Una clemátide plantada a ras, en cambio, no tiene reserva subterránea desde la que volver, y una lesión baja se la lleva por delante. Es la razón por la que un jardín con marchitamiento recurrente sigue teniendo clemátides y otro las pierde una tras otra.

La operación se hace en el momento de plantar, con hoyo amplio, sin apelmazar y con el sustrato bien asentado alrededor del cepellón. En plantas ya establecidas y plantadas a ras no se puede corregir cavando: lo que sí funciona es recrecer el nivel aportando quince centímetros de tierra y compost alrededor del pie, en un rodal de medio metro, para que los brotes basales queden cubiertos. Si la planta va en maceta, el mismo criterio: cepellón hundido y el resto del recipiente relleno por encima.

Cómo se maneja un ataque

No hay tratamiento doméstico que cure un tallo ya colapsado, y los fungicidas de uso aficionado no han demostrado resultados frente a este hongo. El manejo es sanitario y de paciencia:

Cortar por debajo de la lesión. En cuanto se detecta, se sigue el tallo hasta encontrar tejido sano y se corta ahí, o directamente al ras del suelo si la lesión está baja. Dejar el tallo muerto colgando no aporta nada y mantiene inóculo en la planta.

Retirar y eliminar el material. Fuera del jardín, con la basura; no al compost doméstico, que no alcanza temperaturas suficientes.

Desinfectar la herramienta antes de pasar a otra planta, con alcohol o lejía diluida.

Seguir cuidando la base. Riego regular, acolchado, sombra en el pie. La raíz está intacta y en semanas suele empujar brotes nuevos desde abajo. Puede que la temporada se dé por perdida en cuanto a flor; la planta no.

En prevención, lo que más rinde es evitar heridas en la parte baja del tallo, que es la puerta de entrada. Los tallos jóvenes son frágiles y se parten con el viento o al manipularlos, así que conviene tutorarlos y atarlos los dos primeros años, y tener cuidado con azadas, desbrozadoras y ataduras apretadas junto al cuello. Ayudan también la ventilación —matas aclaradas, no una masa cerrada contra el muro— y regar al pie sin mojar el follaje.

La susceptibilidad varía mucho según el material. Las más castigadas son los híbridos de flor grande de sépalos anchos, sobre todo los del grupo 2. Las especies y sus derivados aguantan bastante mejor: Clematis viticella y sus cultivares son notoriamente resistentes, y también van bien montana, alpina, macropetala, tangutica y la propia armandii. Quien haya perdido dos o tres híbridos seguidos hará bien en pasarse al grupo viticella, cuya poda anual a fondo se explica en Clematis y sus tres grupos de poda.

Quemadura por viento frío

Es el daño más frecuente en Clematis armandii y no lo causa ningún patógeno. Al mantener la hoja en invierno, la planta transpira mientras el suelo frío ralentiza la absorción de agua; un episodio de viento seco del norte deja el margen y la punta de los foliolos pardos, con el tejido muerto avanzando hacia el nervio. Aparece de enero a marzo y puede afectar a la mitad del follaje sin que la madera sufra.

El manejo es sencillo: no cortar nada en pleno invierno. La hoja dañada sigue protegiendo lo que hay detrás, y el corte prematuro expone brotes al siguiente golpe de viento. Se espera a que arranque el brote nuevo en primavera y entonces se limpia lo muerto. Si la quemadura se repite todos los años, el problema es la ubicación, y la solución pasa por un seto cortavientos o por trasladar la planta a una pared más resguardada; el porqué está desarrollado en la clemátide de Armand, y las pautas para mover una trepadora ya hecha, en pasos para trasplantar una enredadera.

Clemátide en flor cubriendo la fachada de una casa

Clorosis en suelo calizo

Buena parte de España tiene suelos calizos y agua de riego dura, y la clemátide, que tolera la caliza moderada, acaba clorosando cuando el pH sube demasiado. El síntoma es inconfundible: amarilleo entre los nervios de las hojas jóvenes, que quedan dibujados en verde sobre fondo amarillo pálido, mientras la hoja vieja sigue verde. Cuando el amarilleo empieza por las hojas viejas y es uniforme, lo que falta es nitrógeno, que es otro problema.

No es que falte hierro en el suelo, sino que el pH alto lo deja en formas que la raíz no puede tomar. Lo que funciona:

Aplicar quelato de hierro EDDHA al pie, en primavera, disuelto en el riego; es el único quelato que se mantiene disponible por encima de pH 7,5, mientras que el EDTA se degrada en suelo calizo y da poco resultado. Incorporar materia orgánica y mantener acolchado, que acidifican ligeramente el entorno de la raíz y mejoran la disponibilidad. Regar con agua de lluvia siempre que sea posible, o al menos alternarla con la del grifo en zonas de agua muy dura. Y evitar el exceso de fósforo y el encharcamiento, que agravan el bloqueo.

Oídio

El polvillo blanco harinoso sobre hojas, brotes tiernos y botones florales aparece sobre todo a partir de agosto, con noches frescas y días calurosos, y castiga a las matas densas plantadas contra un muro soleado y sin corriente de aire. Deforma los botones y afea la floración tardía, pero no mata la planta.

Se combate primero con cultivo: aclarar el interior de la mata, retirar la hoja muerta acumulada, separar la planta del paramento para que circule el aire y regar al pie en vez de por aspersión. Si hace falta tratar, el azufre mojable funciona bien siempre que la temperatura no supere los 30 ºC —por encima quema la hoja—, y el bicarbonato potásico es una alternativa razonable en pleno calor. El resto del cortejo que trae el microclima del muro, empezando por la araña roja y la cochinilla, está en plagas en las plantas trepadoras.

Babosas y caracoles sobre los brotes nuevos

Es el daño que más se confunde con el marchitamiento y el que más plantas jóvenes se lleva. En marzo y abril, los brotes que salen del suelo son tiernos, están a ras de tierra y resultan un bocado perfecto. Una noche húmeda basta para que desaparezcan los tres o cuatro brotes de una clemátide recién plantada o de una del grupo 3 recién podada a veinte centímetros. Por la mañana solo queda un muñón mordido, sin lesión oscura y con el corte irregular y limpio: esa es la diferencia con el hongo.

Medidas útiles: revisar la planta con linterna una noche húmeda, que es cuando se ve al culpable; apartar el acolchado unos centímetros del cuello durante la primavera, porque debajo es donde se refugian de día; colocar un collar de plástico o de botella cortada alrededor de los brotes durante el primer mes; y, si el problema es persistente, gránulos a base de fosfato férrico, admitidos en producción ecológica y menos problemáticos para mascotas y erizos que los cebos clásicos de metaldehído.

Otros problemas menos frecuentes

Armillaria, el hongo de la miel, ataca la base de la planta en jardines con tocones viejos enterrados; se reconoce por el micelio blanco en abanico bajo la corteza y por los rizomorfos negros como cordones de zapato en el suelo. No tiene solución química: se arranca la planta con el máximo de raíz y no se replanta una especie sensible en ese punto.

Manchas foliares circulares pardas, causadas por el mismo Calophoma u otros hongos, aparecen en primavera húmeda; se retiran las hojas afectadas y se mejora la ventilación.

Flores verdes o deformes, con los sépalos convertidos en estructuras foliáceas, apuntan a una infección por fitoplasma transmitida por insectos chupadores. No hay cura; si afecta a toda la planta y se repite, lo sensato es retirarla.

Y una advertencia que no es enfermedad de la planta sino riesgo para quien la trata: la savia de todas las clemátides contiene protoanemonina, irritante y vesicante al contacto en piel sensible y tóxica por ingestión. Toda esta poda sanitaria se hace con guantes, y los restos frescos se retiran antes de que los alcancen mascotas o niños pequeños.

En resumen

El marchitamiento causado por Calophoma clematidina colapsa un tallo en un par de días, deja una lesión oscura en un nudo bajo y no responde al riego; se maneja cortando por debajo del daño, eliminando el material fuera del jardín y esperando el rebrote, que llegará si la planta se enterró con el cuello cinco o diez centímetros bajo el nivel del suelo, la excepción deliberada a la norma general de plantación. Los híbridos de flor grande son los más sensibles y el grupo viticella el más resistente. Junto a eso, cuatro problemas más: la quemadura de hoja por viento frío en armandii, que se limpia en primavera y no en invierno; la clorosis de suelo calizo, que se corrige con quelato EDDHA y materia orgánica; el oídio de final de verano, que se previene ventilando; y las babosas sobre los brotes nuevos de marzo, que se distinguen del hongo por el mordisco limpio y sin lesión.


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