Basta rozar un plumbago en flor para llevarse media inflorescencia pegada a la manga. El cáliz está cubierto de pelos glandulares que segregan una sustancia adhesiva, y esa es su forma de viajar: se engancha al pelo de los animales que pasan. Es el rasgo que primero se nota de una planta que, por lo demás, se distingue por una cosa muy concreta: hay pocos arbustos que den ese azul celeste, lavado, casi de acuarela, durante seis meses seguidos y con muy poca agua.
Qué planta es exactamente
El plumbago de jardín es Plumbago auriculata, antes llamado Plumbago capensis, de la familia de las plumbagináceas y originario de la provincia sudafricana de El Cabo. En España se le conoce también como celestina, jazmín azul o dentelaria, y ese último nombre viene de su uso antiguo contra el dolor de muelas.
Conviene aclarar de entrada un malentendido que lo acompaña siempre. El plumbago no es una trepadora en sentido estricto: es un arbusto sarmentoso o escandente. No tiene zarcillos, ni raíces adventicias, ni ventosas. Lo que hace es emitir ramas largas y flexibles, de dos a tres metros, que se apoyan en lo que encuentren. Si quieres que cubra una valla o suba por una pérgola tendrás que atarlo tú, con rafia o cinta blanda, y guiar los brotes en horizontal mientras están tiernos. Nadie que lo plante al pie de un muro liso esperando que se agarre solo va a quedar contento.
Suelto y sin guía forma una mata redondeada y algo desordenada de 1,5 a 2 m que funciona muy bien como seto informal o para tapar un talud. Con estructura y podas de conducción puede llegar a 4 o 5 m.
La floración va de mayo a noviembre en la Península, y en el litoral mediterráneo y en Canarias se prolonga prácticamente todo el año en inviernos suaves. Las flores, en umbelas apretadas de cinco pétalos soldados en un tubo largo, recuerdan a las del flox. Además de la especie tipo hay cultivares interesantes: 'Alba', de flor blanca; 'Royal Cape', de azul más intenso y algo más resistente al frío; e 'Imperial Blue', de umbelas más grandes.
Luz: el punto que decide todo lo demás
Sol directo, cuantas más horas mejor. Cuatro horas es el mínimo para que florezca de forma decente, y con seis u ocho es cuando da lo que puede dar. Aguanta bien el sol de agosto en Sevilla o en Murcia sin quemarse, siempre que tenga la raíz fresca.
En sombra o semisombra no se muere, pero pasa algo peor: se ahíla. Emite ramas largas, delgadas, con los entrenudos separados, hojas de un verde pálido y tres o cuatro umbelas contadas en toda la temporada. Es la causa número uno de decepción con esta planta, muy por delante de cualquier plaga o error de riego.
Frío y dónde se puede plantar
Aquí es donde hay que ser honesto con la climatología española, porque el plumbago se vende igual en Málaga que en Burgos y no se comporta igual.
Resiste sin daños hasta unos -2 °C. Entre -3 y -5 °C pierde la hoja y se le quema la madera fina, pero rebrota. Por debajo de -7 u -8 °C se pierde toda la parte aérea; si el suelo no llega a helarse en profundidad y la cepa está protegida con un buen acolchado, rebrota de raíz en abril o mayo, aunque ese año florecerá más tarde y más bajo.
En la práctica esto significa:
Litoral mediterráneo, Andalucía, Levante, Baleares, Canarias y costa gallega: perenne, se planta en el suelo sin más precauciones y florece casi sin parar.
Interior peninsular con heladas moderadas (Extremadura, valle del Ebro, zonas bajas de Castilla): se comporta casi como una vivaz de raíz leñosa, se hiela cada invierno y rebrota. Merece la pena si se le da una pared orientada al sur y un acolchado grueso de corteza o paja sobre la base en diciembre.
Meseta norte, montaña e interior frío: mejor en maceta grande, sacándola fuera de mayo a octubre y guardándola en un porche fresco, un invernadero frío o una galería sin calefacción durante el invierno, con riego mínimo.
Un detalle práctico para la costa: tolera bien la salinidad y el viento marino, lo que lo convierte en una de las pocas opciones fiables para setos de flor en primera línea de playa.
Suelo, riego y abonado
En cuanto a suelo es poco exigente y acepta terrenos calizos, que es una ventaja en media España. Lo único innegociable es el drenaje: no soporta el encharcamiento, y en suelos arcillosos compactados la raíz se asfixia y aparecen podredumbres. Si el terreno es pesado, planta sobre un caballón o mejora el hoyo con arena gruesa y compost, sin dejar una cazuela cerrada donde se acumule el agua.
El riego es el capítulo donde más se peca por exceso. Una vez establecido —el primer año hay que regarlo con regularidad para que enraíce— es una planta de bajo consumo. En suelo, un riego abundante cada 7 o 10 días en pleno verano es suficiente en la mayor parte del país; en primavera y otoño, cada dos semanas o menos si llueve. En invierno, nada. En maceta la cosa cambia, porque el cepellón se seca deprisa: de dos a tres riegos semanales en julio y agosto.
El criterio útil es meter el dedo cuatro o cinco centímetros: si está húmedo, no se riega. Un plumbago pasado de agua tiene las hojas amarillas de forma generalizada, la base blanda y las flores escasas, un cuadro que se confunde con facilidad con falta de riego y que la gente empeora regando más.
Del abonado responde muy bien porque florece sin parar y eso consume. Un abono para plantas de flor, rico en potasio, cada quince días de abril a septiembre, o un granulado de liberación lenta aplicado en marzo y repetido en julio. Nada de abonos muy nitrogenados: dan mucha hoja y poca umbela.
Sobre suelos calizos y regando con agua dura es frecuente la clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios marcados en verde. Se corrige con quelato de hierro EDDHA disuelto en el riego, en dos aplicaciones separadas un mes, y se previene acidificando ligeramente con un acolchado de pinocha o compost.
La poda, que no es opcional
Un plumbago sin podar se desnuda por abajo, acumula madera vieja improductiva y acaba siendo una maraña de ramas leñosas con las flores en las puntas, a dos metros de altura. La poda es lo que separa un arbusto vistoso de un matorral.
El dato del que se deduce todo lo demás: florece sobre la madera del año. Cada brote nuevo que emite en primavera terminará en una umbela. Por eso podar fuerte no le quita floración, se la multiplica.
Poda principal: de finales de invierno a comienzos de primavera, entre febrero y marzo en la costa, y en abril en zonas con riesgo de heladas tardías. Se rebaja la planta entre un tercio y la mitad, se eliminan las ramas secas, cruzadas o muy finas y se aclara el centro. Un ejemplar viejo y desnudo por la base admite un rejuvenecimiento severo a 30-40 cm del suelo: rebrota con fuerza y en junio ya está en flor.
Si el invierno lo ha helado, no cortes en enero. Espera a que rebrote para ver hasta dónde llega la madera viva; lo seco protege a lo que hay debajo del siguiente golpe de frío, y adelantarse suele costar más planta de la necesaria.
Pinzados de verano: despuntar los brotes que se alarguen demasiado, después de que la umbela se marchite, provoca ramificación lateral y una nueva tanda de flores en tres o cuatro semanas. Es lo que mantiene la floración encadenada hasta noviembre.
Lo que no hay que hacer es podar en otoño. Se pierde la floración tardía y, sobre todo, se estimulan brotes tiernos justo antes de las primeras heladas.
Una advertencia de mantenimiento: el plumbago emite chupones desde la raíz y puede colonizar el arriate contiguo. No es una planta problemática, pero conviene arrancar esos rebrotes cada primavera si no quieres que se extienda por su cuenta.
Multiplicación
Es fácil de reproducir, y de las tres vías la primera es la más rápida.
Esqueje semileñoso, de junio a agosto. Se toman ramas del año de 10 a 15 cm, sin flor, se deshoja la mitad inferior, se recortan a la mitad las hojas grandes para reducir la transpiración y se planta en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Con hormonas de enraizamiento y bajo plástico, en semisombra y a 20-25 °C, enraízan en cuatro o cinco semanas.
Acodo bajo: se dobla una rama flexible hasta el suelo, se entierra un tramo dejando la punta fuera y se sujeta con una horquilla. En seis meses tiene raíz propia y se separa. Es lo más seguro para quien no tiene invernadero.
Separación de chupones en primavera, aprovechando los rebrotes de raíz con su porción de raíz correspondiente.
Plagas y problemas
Es una planta sana, pero tiene sus visitantes habituales.
La cochinilla algodonosa (Planococcus citri) es la más frecuente: masas blancas algodonosas en las axilas y el envés, con melaza y negrilla después. Se trata con jabón potásico más aceite de parafina, insistiendo dos o tres veces cada diez días, y podando lo muy infestado.
La araña roja (Tetranychus urticae) aparece en veranos secos y calurosos, sobre todo en ejemplares en maceta contra una pared que refleja calor. Punteado amarillento y telarañas finas en el envés. Se combate subiendo la humedad ambiental y con acaricida si va a más.
Pulgón en los brotes tiernos de primavera, y mosca blanca en zonas cálidas y resguardadas. Ambos se controlan bien con jabón potásico si se cogen pronto.
Entre los problemas no parasitarios, además de la clorosis ya mencionada, el más común es la ausencia de flor. Casi siempre es una de estas tres causas: poca luz, exceso de nitrógeno o falta de poda invernal. Rara vez es otra cosa.
Una nota final: la savia de las plumbagináceas contiene plumbagina, un compuesto que puede irritar la piel sensible. No es una planta peligrosa, pero si vas a hacer una poda larga, guantes.
En resumen
Plumbago auriculata pide sol directo, suelo bien drenado —le da igual que sea calizo— y menos agua de la que se le suele dar. No trepa por sí solo: si lo quieres sobre una valla o una pérgola, hay que atarlo. Se poda fuerte a finales de invierno, entre un tercio y la mitad, porque florece sobre madera del año, y se pinzan los brotes en verano para encadenar umbelas hasta noviembre. En el litoral y en el sur es perenne y prácticamente no da trabajo; del centro hacia el norte se hiela y rebrota, o se cultiva en maceta grande con resguardo invernal. Abonado quincenal rico en potasio en temporada, vigilancia de la cochinilla algodonosa, y poco más.