Con el nombre de celestina se cultiva en España, casi siempre, Plumbago auriculata: el jazmín azul o celestina de los jardines del sur, ese arbusto de flores azul cielo que cubre tapias enteras de Sevilla, Málaga o Alicante desde mayo hasta noviembre. Conviene fijar la identidad de entrada, porque el nombre viaja: en México y el Caribe llaman celestina a Petrea volubilis, una trepadora leñosa de racimos violeta muy distinta, y algún vivero etiqueta así también a Thunbergia grandiflora. Los rasgos habituales de la celestina española —flor azul cielo, planta noble y agradecida, muro soleado— corresponden al plúmbago, y de él va este artículo.
No trepa: se apoya y hay que atarla
Esta es la advertencia útil antes de comprarla. Plumbago auriculata no es una trepadora verdadera. No tiene zarcillos, ni raíces adventicias, ni tallos volubles que se enrosquen. Es un arbusto sarmentoso: produce ramas largas, flexibles y arqueadas, de dos o tres metros, que en la naturaleza se recuestan sobre el matorral vecino y ganan altura apoyándose.
La consecuencia práctica es directa. Si la plantas al pie de un muro esperando que suba sola, obtendrás una mata desordenada que se derrama hacia delante. Para que cubra una pared hay que guiarla y atarla:
- Coloca una malla o unos alambres horizontales separados 30 o 40 cm sobre la pared, con tacos que dejen unos centímetros de aire entre el soporte y el paramento.
- Ata las ramas largas con cinta blanda o rafia, nunca con alambre desnudo: el tallo engrosa y se estrangula.
- Extiende las ramas en abanico y lo más horizontales posible. Una rama tumbada brota a lo largo de toda su longitud; una vertical concentra la brotación en la punta y deja la base pelada.
- Repasa las ataduras al principio de cada temporada, en la misma sesión de poda.
Donde funciona sin esfuerzo es en cascada: plantada sobre un muro de contención, en un talud o en la coronación de una tapia, deja caer las ramas y forma un telón azul sin necesidad de ataduras. También hace un seto informal excelente, de metro y medio de altura, y aguanta bien la maceta grande.
Flor de calor, de mayo a las primeras frías
Es originaria de la provincia sudafricana del Cabo, y esa procedencia explica su comportamiento: florece cuanto más calor hace, justo cuando el jardín mediterráneo baja el ritmo. En el litoral sur abre desde abril o mayo y sigue hasta noviembre; en Canarias, prácticamente todo el año; en el interior peninsular, de junio a octubre.
Las flores son pequeñas, de unos 2,5 cm, con cinco lóbulos y un tubo largo, y salen agrupadas en corimbos densos en el extremo de los brotes. El color típico es el azul celeste pálido —de ahí el nombre— con una línea más intensa por el centro de cada lóbulo. Hay cultivares seleccionados por color más saturado, como 'Royal Cape' o 'Imperial Blue', y una forma blanca, 'Alba'.
La condición para esa floración es sol pleno. En media sombra da algo de flor y mucho tallo largo; en sombra, hoja y nada más. Muro orientado al sur o al oeste, sin reparos: cuanto más reverbere la pared, mejor.
De suelo no es exigente: le valen los calizos, los pobres y los pedregosos, con la única condición de que drenen. Riego moderado y espaciado una vez establecida —cada siete o diez días en verano, en suelo—, y en maceta más frecuente. Aguanta sequía bastante bien, aunque con riego regular florece más densa. Un abono equilibrado en primavera y otro a mitad de verano bastan.
La poda severa de final de invierno
La celestina florece sobre los brotes del año en curso, y esa regla manda sobre todo el manejo. Cada corimbo se forma en la punta de un brote nuevo, de modo que cuantos más brotes nuevos, más flor.
Por eso la poda es fuerte y a final de invierno: febrero en el litoral sur, marzo en el interior, siempre antes de la brotación y pasado el riesgo de heladas serias. Y fuerte de verdad, no un recorte tímido.
Como seto o mata. Rebaja toda la planta a un tercio de su tamaño, o incluso a 30-40 cm del suelo si ha envejecido y está desnuda por dentro. Rebrota con vigor y vuelve a tener porte en dos meses.
Guiada sobre muro. Conserva de cuatro a seis ramas madre atadas al soporte, y corta todos los brotes laterales que salieron de ellas dejando dos o tres yemas. Cada una de esas yemas dará un brote florífero ese mismo verano. Retira además la madera vieja, seca o cruzada del interior.
Podarla en otoño no tiene sentido: elimina flor que todavía está por salir y deja brotes tiernos expuestos al frío. Durante la temporada, un despunte ligero tras la primera oleada de flor estimula una segunda.
La planta emite además rebrotes de raíz alrededor de la mata, sobre todo en suelo suelto y con riego. Son fáciles de arrancar, y sirven para multiplicarla.
Hasta dónde aguanta el frío
Su límite es lo que decide en qué mitad de España es planta de jardín. Resiste -3 o -4 ºC con quemadura de hoja y de brotes tiernos; hasta -6 o -7 ºC pierde toda la parte aérea pero rebrota de la base si la raíz está protegida y el suelo drena; por debajo de eso, o con heladas repetidas y prolongadas, muere.
Traducido a mapa: perfecta en el litoral mediterráneo, Andalucía, Canarias, Baleares y la costa atlántica sur; viable con precauciones en Madrid, el valle del Ebro o el interior andaluz, plantada contra un muro cálido y con el pie acolchado con 15 cm de corteza o de paja en noviembre; y planta de maceta que inverna a cubierto en la mitad norte y en zonas de montaña.
En cultivo en contenedor, entra la maceta a una galería luminosa y fresca cuando las mínimas bajen de 2 ºC, riega poco durante el invierno y sácala en marzo.
Flores que se pegan a la ropa
Al podar una celestina se sale del seto con la camiseta salpicada de florecillas azules que no se caen solas. No es casualidad ni suciedad: es el mecanismo de dispersión de la planta.
El cáliz tubular que envuelve cada flor está cubierto de glándulas pedunculadas que segregan una sustancia mucilaginosa y pegajosa. Al madurar la semilla, el cáliz persiste, y cualquier animal que roce la mata se lleva el conjunto adherido al pelo —o a la tela— y lo suelta lejos. Es epizoocoria pura, la misma estrategia del amor de hortelano o de los cadillos, resuelta aquí con pegamento en vez de con ganchos.
Ese detalle tiene tres lecturas prácticas. Trabaja con ropa que no te importe manchar y con guantes, porque el mucílago cuesta de quitar; en seco se desprende mejor frotando la prenda que en húmedo. No la plantes pegada a un paso estrecho si te molesta salir cargado de flores, ni junto a la zona donde duerme un perro de pelo largo. Y ten presente que esa misma pegajosidad explica por qué el plúmbago aparece por su cuenta a metros de donde lo plantaste.
El género Plumbago contiene plumbagina, un compuesto que puede irritar la piel en personas sensibles y que hace desaconsejable cualquier uso interno de la planta; el nombre popular «dentelaria» procede de un antiguo empleo tradicional para el dolor de muelas que no tiene respaldo actual. Como ornamental no plantea problemas, pero no es planta para comer ni para preparar nada.
En resumen
La celestina de los jardines españoles es Plumbago auriculata, un arbusto sarmentoso sudafricano que no trepa por sí mismo y hay que atar en abanico sobre alambres o malla, o dejar caer en cascada desde un muro. Da flor azul celeste todo el verano si tiene sol pleno y suelo drenante, y se poda fuerte en febrero o marzo porque florece en madera del año. Aguanta hasta unos -4 ºC, y algo más con el pie acolchado. Y sus flores se pegan a la ropa por las glándulas del cáliz, que es exactamente como consigue que la lleven de un sitio a otro.